La cumbre hispano-francesa empezaba en un par de horas y, por un instinto suyo, Francis había decidido saltarse el protocolo y en vez de ir a la sala de reuniones, pasar por la casa de Antonio, que se encontraba en la zona exterior de Madrid, más alejada del alborotado centro en el que miles de personas salían para ir a sus respectivos trabajos.

Sin embargo, toda aquella paranoia, que él mismo se decía, para sus adentros, que era infundada, resultó ser más real de lo que había pensado en un inicio y le recibió un Antonio despeinado, ojeroso y que aún iba en pijama. Boqueó, intentando encontrar la manera de preguntar, con delicadez, qué había ocurrido, pero no dio con ella. No obstante, el español le conocía lo suficiente como para saber qué buscaba preguntarle.

— No quiero que me sermonees o que te rías de mí: me he dormido.

Francia arqueó una ceja, sorprendido por la manera tajante en que le había hablado y dedujo, rápido, que el humor de su vecino se encontraba por los suelos. Si tenía que llevarle a la reunión en ese estado, seguramente ésta sería desventajosa y saldrían todos los temas históricos que España no dudaba en traer a la mesa cada vez que se sentaban y se sentía molesto.

Sería como tener una discusión de pareja sin que hubiera hecho algo malo realmente, por lo que, de ser posible, prefería evitarlo. Se llevó una mano a la cabellera rubia, se frotó el cuero cabelludo un momento, mientras ordenaba sus pensamientos, y terminó por suspirar.

— De acuerdo, que no cunda el pánico. Ve a la ducha y vístete. Mientras, te preparo algo para desayunar y aviso a nuestros jefes de que llegaremos media hora tarde. No te preocupes de nada más que de ducharte, del resto me encargo yo.

Después de tal demostración de control, Antonio observaba a su acompañante con algo parecido a la admiración, como el que ve a su ídolo y se queda sin palabras. Antes de que se viera obligado a azuzarle, el hispano reaccionó, asintió y salió corriendo hacia su habitación. Francis cerró la puerta y caminó por esos pasillos conocidos en dirección a la cocina. Se quitó la americana, la dejó en una silla de madera y mimbre, desabrochó los puños de la camisa y enrolló las mangas, con cuidado, hasta tener al descubierto todo el antebrazo.

Levantó las manos y con los dedos fue recogiendo los mechones de pelo, descubriendo su rostro. En la muñeca izquierda llevaba una goma fina, que quedaba disimulada bajo la ropa y que no le molestaba. Ladeó el rostro y con los dientes tiró de ella hasta poder manejarla con sus dígitos. Una vez asegurado el cabello, se puso a preparar algo para que la nación hispana llenara el hueco del estómago el cual seguro acentuaba su humor volátil.

Minutos después, oliendo a menta y a un perfume que solía usar, Antonio regresó algo más despierto. Se había vestido con un traje chaqueta de color gris oscuro, el cual había combinado con una camisa blanca. Los botones más cercanos al cuello se encontraban desabrochados y rodeando éste había una corbata negra a la cual no le había hecho el nudo. Sus ojos verdes se centraron en el desayuno que había en la mesa y, antes de que Francis pudiera decir nada, éste ya se había sentado a ella y le había pegado un sorbo al café. Conocía lo suficientemente al francés como para tener la certeza de que su bebida ya tenía la cantidad de azúcar con la que gustaba tomarlo, que no era precisamente poca.

Francis se sentó frente a él, con un zumo de naranja en la mano a medio acabar. El ambiente, enrarecido, no se ofrecía para que ninguno de ellos iniciara una conversación, así que estuvieron en un agradable silencio mientras desayunaban. Primero terminó el galo, el cual se levantó y recogió los cacharros que había utilizado. Antonio finalizó poco después, se incorporó y trató de hacer el nudo a la corbata. Desde que ésta se convirtió en un accesorio formal que todo humano respetable debía llevar a los lugares importantes, España había resultado ser un negado para ello. Mientras se secaba las manos con un trapo, los ojos azules le observaron, prácticamente adivinando antes de tiempo lo que iba a ocurrir y dónde cometería el error que le llevaría al fracaso.

Le vio gruñir, a disgusto, enfurruñado, y Francis tuvo que reprimir una sonrisa enternecida. Con movimientos gráciles, se apartó de la encimera, caminó hasta plantarse delante de su compañero, alejó las manos ásperas del español y tomó él mismo la corbata. No le robó demasiado tiempo, unos cuantos movimientos y ya tenía el nudo perfecto. Lo apretó, ajustándolo a su cuello y luego metió el resto de la corbata por dentro de la americana.

— Gracias, Fran. Si no fuera por tu ayuda, seguramente estaría en la cama, de mal humor, llamando a mi jefe para decirle que no voy.

— Suerte que tu querido Francia ha venido a verte por si necesitabas algo —apuntó, meloso.

Rozó con el dedo índice y corazón su mejilla y, cuando el varón de cabellos castaños le miró, aprovechó su desprotección para inclinarse y sellar su boca con la propia. Antonio no se movió, no se apartó, le dejó hacer hasta que segundos después se apartó, relamiéndose los labios.

— Tenías que cobrártelo, ¿no? —repuso, con una sonrisa resignada.

— Ya sabes que no hago las cosas gratis, amor.