La cena, que había empezado cuando había aún algo de luz en el firmamento, a pesar de que el sol ya había caído, se había alargado hasta altas horas de la noche. Sentados a una mesa pequeña, redonda, que España había mandado que pusieran en el balcón para aprovechar las temperaturas estivales, las horas habían pasado. Por descontado, no había sido un festín copioso, pero su anfitrión se había encargado de que no faltara alcohol y, a medida que las botellas se iban vaciando, llegaban nuevas, que descorchaban con jolgorio, mientras intercambiaban historias de cuando eran pequeños.
Envalentonados por la sensación de invencibilidad que el alcohol les proporcionaba, empezaron a jugar al "Yo nunca he". Les daba la oportunidad magnífica de tener un motivo estúpido por el que seguir bebiendo y, mientras, Francia se empapaba de la presencia que tenía a su lado. Aunque quería mirar para otro lado, una parte de él deseaba demostrar que podía hacerlo y que controlaba la situación, se veía absorbido por el maravilloso remolino que era Antonio. No podía apartar la vista de sus ojos verdes, brillantes por el alcohol, nublados por la sensación de bienestar, igual que no le pasaba desapercibido el sonrojo que adornaba sus mejillas.
Así pues, Francis se aprovechaba de ese estado de vulnerabilidad y acortaba las distancias entre ellos, acariciaba uno de sus brazos, meloso, o incluso se acercaba para susurrar a su oreja, lo cual le ganaba un estremecimiento que trataba de memorizar. En algún instante, más tarde que pronto, España fue consciente de la cercanía, de la presencia del rubio a su lado y entonces le miró como a un igual, un hombre, una persona que podría ser cualquier otra cosa, además de su amigo.
Identificaba ese gesto con suma facilidad y, para él, era el punto de partida. En ese momento sus caricias se volvían más suaves, insinuantes. Acarició el torso de Antonio por encima de la ropa y, a pesar de la tela, pudo percibir los músculos torneados por el trabajo, por el continuo entrenamiento. Osó descender y tocar la zona delantera del pantalón, sin presionar demasiado, tanteando las reacciones de su acompañante, que le miraba fijamente, sin expresar su opinión ni con palabras ni con su expresión facial.
Entonces España movió la mano, acunó la del rubio, que aún seguía en su entrepierna, y la apretó contra ésta, lo cual provocó un tirón de excitación en el francés. Tal había sido el deseo, nacido en un momento en el que ninguno de los dos tenía el cerebro racional para pensar, que ni siquiera se habían besado. Se quitaron parte de la ropa, como animales, buscando la piel, el calor, el contacto de algo familiar y se tocaron, ansiosos.
Los previos fueron limitados a lo que necesitaban para fundirse en uno y fue apoyado contra la baranda de piedra, con la camisa desabrochada y los pantalones por los tobillos, que la molestia de la intrusión amenazó con romperle por completo. Francis fue gentil, todo lo que pudo, hasta que el interior de su acompañante dejó de asfixiarle, como si quisiera atraparle para siempre.
Con la voz ronca, Antonio hizo comentarios soeces, sucios, con una boca que normalmente sólo hablaba delicias de la gente que lo rodeaba y se preocupaba por los demás. Asió su cintura, clavando sus dedos en la piel morena hasta dejarla blanquecina bajo la presión y con la otra asió el cabello de su nuca, obligándole a alzar el rostro mientras seguía adueñándose de él, empujando repetidamente, como una bestia salvaje, un animal sin dueño ni control.
Allí, a la vista de todos, bajo la luz lunar, gemían desinhibidos hasta que, de la nada, la voz de Antonio pronunció el nombre de su amante y éste se detuvo por completo, con los ojos como platos. Su voz obnubilada, rebosante de placer, descompuesta por no poder controlar las sensaciones, había devuelto parte de la cordura al francés y se dio cuenta de lo hermoso y lo sensual que Antonio se veía prácticamente desnudo, sudoroso, jadeante. Todo suyo. Empujó hacia su interior, enterrándose en él hasta que su cintura chocó contra sus montículos, soltó su cabello, apoyó la mano en el mentón y le hizo ladear el rostro. Cuando encontró su mirada verde, se acercó y le besó.
Atrás quedó la lujuria y el desenfreno, ese gesto era íntimo, hablaba todo lo que su dueño no podía ni quería expresar con palabras, por miedo al desengaño, a que la ilusión se rompiera. Balanceó su cadera y suavemente fue moviéndose contra él. Para su sorpresa, el gemido del moreno fue aún más intenso, más reprimido, como si la combinación de ambas cosas fuese más intensa que el torbellino de antes.
Porque eso que ahora vivían no podía calificarse como sexo casual, como un revolcón para calmar la libido. Se había vuelto un acto carnal con significado, con sentimiento. Sus almas se fundían, por primera vez en ese rato, e interactuaban para mostrarse afecto. Así que no rompió ese beso, aunque seguramente que Antonio se lo reprocharía luego, a pesar de que lo disfrutaba y cada vez lo sentía más tenso, contrayéndose por el placer.
No le importaba el sermón que quedaba por venir. Sus labios le pertenecían y, al menos durante unos minutos más, no renunciaría a ellos.
