Echado sobre la cama, de lado, con los cabellos rubios desparramados sobre la almohada, Francis alternaba revisar su teléfono con mirar a su amante, que se paseaba por la habitación, recogiendo las prendas de ropa que habían quedado desperdigadas por diferentes sitios a medida que necesitaba ponérselas y no las encontraba. En un par de ocasiones había tenido que indicarle dónde se hallaba lo que buscaba, ya que él sí recordaba en qué lugar le había quitado dicha prenda.

— Creo que vamos a tener que establecer una nueva regla en la que me desnudas sólo en un sitio.

— ¿Eh~? Con lo divertido que es ir quitándote prendas de ropa a ratos, descubriendo tu cuerpo poco a poco.

— Luego me cuesta encontrarla —se quejó.

— Antonio no es divertido. No quiero ser como él cuando sea mayor~

Aguantó la risa cuando le vio poner los ojos en blanco. Le daba pena que tuviera que marcharse, pero el trabajo se volvía ineludible y aunque se lo dijera, no lograría que abandonara sus obligaciones. Por mucho que odiara, el que más, tener que ir a trabajar, España era más responsable de lo que la gente creía. Contrastando con su desnudez, que quedaba oculta bajo las sábanas, Antonio ya estaba vestido con un elegante traje chaqueta que había sido el que le había hecho perder la sangre fría el día anterior.

— Bueno, creo que ya es hora de que me marche, o no llegaré a tiempo a mi reunión.

— No puedes irte todavía, querido. Hay algo que no has hecho aún —dijo Francis, el cual se había incorporado lo suficiente para poder apoyar su cabeza sobre la palma de su mano izquierda para poder mirarle. Se dio cuenta de la expresión de desconcierto en la cara de su amante y suspiró, agobiado.

El español miró alrededor, luego de nuevo a Francis y se encogió de hombros, sin saber qué era eso de lo que hablaba. El galo gruñó, se dejó caer contra el colchón y pateó contra las sábanas y colchas que lo aprisionaban. Levantó una mano, sólo con el dedo índice extendido, el resto flexionado hacia la palma y señaló el colchón.

— Ven aquí —ordenó, empezando a perder la paciencia. El español, dócil, le hizo caso y se puso al lado de la cama. Parecía una de esas mascotas que espera a que su dueño le dé la siguiente instrucción. Puso morros y habló, lento. Si no captaba la indirecta, se rendía—. Se te olvida algo importante.

Algo cambió en su cara, quizás fue la sonrisa el indicador más claro, pero tuvo la certeza de que España había comprendido al fin lo que quería decir. Aún así, la malicia que podía leer en su expresión le auguró un futuro no muy bueno.

— Algo importante, algo importante… Me pregunto qué será.

— Serás maldito. ¡Sabes de sobras de lo que estoy hablando! —chilló Francis, señalándole acusador—. Te lo noto en la mirada y en esa sonrisa de desgraciado que llevas en la cara.

— ¿Eeeh~? Te lo digo en serio, no sé a qué te refieres.

— ¡Bésame antes de irte o te vas a arrepentir!

— ¿Qué será lo que me olvido…?

— ¡Pero si te lo estoy diciendo! —insistió, exasperado, deseando ya arañarse la cara de la desesperación.

— Pues nada, supongo que me iré sin eso que me olvido. Qué pena.

Las manos de Francis asieron la ropa, sin importarle si la arrugaba, y empujaron a Antonio contra la cama, el cual no había visto venir el ataque y no lo había podido prevenir. Francis metió una de las piernas entre las del español y rozó con su muslo la zona de los genitales. Al mismo tiempo, devoró su boca con ansia y profundizó en ella con su lengua, arrancando un jadeo de Antonio, que agarró los brazos desnudos del galo.

Cuando éste se separó, escasos centímetros, ambos respiraban acelerados y Francis sonreía.

— ¿Ves lo que has logrado? —susurró, al mismo tiempo que sus manos agarraban las nalgas de su acompañante y elevaba su cadera para poder tenerle a su merced— Ahora sí que vas a llegar tarde.