La sala de reuniones se encontraba en un ambiente tenso que a nadie le gustaba. A excepción de dos naciones, el resto observaba, en silencio, cómo éstas discutían acaloradamente. Les había tocado sentarse el uno al lado del otro y la calma en la que habían permanecido se había roto cuando habían empezado a tocar el tema de la agricultura.
Francis insistía en la protección de los mercados agrícolas de cada una de las regiones y Antonio se quejaba de que el libre comercio sólo podía ser efectivo si los comerciantes no se veían amenazados por personas que se tomaban la justicia por su mano. Lo comparó a la piratería que se había vivido en la época de la conquista y el galo se llevó una mano al pecho y bufó, ofendido.
No solían discutir y, en este caso, no había que ser demasiado tonto para darse cuenta de que la justificación del rubio no tenía base sólida. La ira que había utilizado para mantenerse firme contra él, como un muro sólido, poco a poco fue perdiendo el significado y se encontró observando a Antonio, el cual ardía figuradamente con la ofensa y la preocupación que la situación precaria de su gente le producía.
Le comprendía, si dejaba atrás sus propios intereses, y por ese mismo motivo intentó poner paz entre ellos. No obstante, cada vez que entreabría los labios para interrumpir y poder finalizar esa pelea, España subía el volumen, pisaba sus palabras y seguía argumentando acerca del problema que había en las fronteras.
Conocía ese modus operandi, lo había visto con anterioridad, y sabía que no le escucharía, dijera lo que dijera. Fue consciente de que los ojos estaban todos puestos en ellos. De nuevo, aunque tenía claro que no funcionaría, intentó calmar a España, pero éste le interrumpió. Gesticulaba vehemente con una de sus manos. Ante tal disyuntiva, el galo dejó de pensar. Estiró su derecha, atrapó la muñeca alzada de su acompañante y cuando éste le observó, sorprendido, se inclinó y le dio un beso.
El resto de naciones murmuró por lo bajo, asombrados por lo que no se decidían si definir como coraje o como necedad. El de cabellos castaños, después de perder el hilo de pensamiento durante un par de segundos eternos, se echó atrás y le miró con reproche. Por desgracia, no se trataba de la primera vez que Francis utilizaba esa treta para silenciarle. La diferencia radicaba en que, normalmente, no había tanta audiencia.
— No hagas eso —amenazó en tono bajo pero tremuloso.
— Me has obligado a ello. Llevo un rato intentando dejar la conversación y decirte que entiendo tus motivos pero tú…
— ¡Es que no quiero escuchar tus excusas! Tú deberías hacer algo y—
En esta ocasión, aprovechó que tenía la boca abierta para introducir su lengua en su cavidad. La otra mano, la que no sujetaba la muñeca de la nación vecina, aferró su nuca para que esta vez no se apartara cuando gustara. Maniobró con sus labios, como él sabía hacer, seduciendo y sosegando a ese hombre tenso. Confiaba en sus habilidades y tenía bien claro que besaba bien. Así pues, probando su dominio, consiguió que, por un momento, Antonio correspondiera.
Aflojó el agarre que ejercía sobre su acompañante y esto fue aprovechado por él, que prácticamente de inmediato se apartó. Su respiración se había marcado y tenía las mejillas encendidas ahora que se daba cuenta de lo que había ocurrido. Al menos su aire hostil parecía haberse extinguido y eso mismo quiso probar.
— Tienes razón, tendré que mirar y ver lo que puedo hacer. ¿Te parece bien? No me gustaría quedar en malos términos contigo en esta reunión.
— Sí… Me parece bien. Gracias.
Los ojos verdes descendieron a sus propios papeles y con el bolígrafo que recuperó de la mesa escribió algo. Ni siquiera tenía la certeza de que realmente estuviera apuntando algo coherente, pero al menos así daba la apariencia de estar ocupado. En su silla, Francis también fingió estar ocupado con sus papeles. Se relamió sus labios y le dio la impresión de que aún podía saborear los de Antonio.
Una sonrisilla triunfante se dibujó en su rostro.
