Llevaba un par de días malos, afectado por las fluctuaciones del mercado y el impacto que éstas tenían en su propia economía, cuando Francis le llamó por teléfono. No tenían en su agenda ninguna cita concertada, ni necesitaba algo de él, pero le contactó por voluntad propia. A veces lo hacía, sin venir a cuento, le preguntaba cómo estaba y, con disimulo, le ofrecía ayuda en lo que fuera o inquiría si necesitaba algo.
Lo hacía de esta manera porque le conocía, había tenido el placer de presenciar el orgullo español, que negaría que le hiciera falta algo si hacer lo contrario fuese a dejarle como una nación débil o fuese a dar la impresión de que aceptaba limosnas. Después de un silencio largo, que Francis solía aceptar con diplomacia, confesó que se sentía enfermo y que no había salido prácticamente de la cama para nada.
Al día siguiente, Francia apareció en el marco de la puerta de su habitación con una sopa caliente. Confundido y temiendo que fuese todo producto de su mente derretida a causa de la fiebre, Antonio inquirió lo obvio, por qué había venido a su casa. Su vecino parpadeó anonadado, como si le costara entender lo que le preguntaba, y al final se encogió de hombros, despreocupado.
— Tenía cosas que hacer, así que, de paso, he decidido venir a visitarte.
Por supuesto, Bonnefoy no se quedaba quieto cuando hacía apariciones de ese tipo. Dejaba su americana en una silla y se enfrascaba en tareas domésticas que él había abandonado. Como solía hacer cuando se encontraba mal, había dado días libres a los trabajadores que se ocupaban del servicio en su casa y él se abandonaba, preso de un estado febril. No había comido bien, no había limpiado la casa, no había hecho la colada ni había cambiado las sábanas.
Francis hizo todo eso, sin darle importancia ni vanagloriarse por lo amable que era. A la que podía, fingía que aquello no era la gran cosa y le ofrecía comida caliente, saludable, que le ayudaría a recuperarse pronto. Le hizo salir un rato de la cama, le envolvió con una manta gruesa para que no pasara frío y cambió el juego de sábanas. Le permitió volver a refugiarse y, después, se marchó para meterlas en la lavadora.
Sobre las cuatro y media, después de tenderlas y recoger los últimos cacharros que había ensuciado al preparar el almuerzo, se sentó en la cama a su lado con un libro y se puso a leer. España le observaba de soslayo, sin palabras.
— ¿Por qué has hecho todo esto? No me mientas, Francis. Sé que has venido a propósito desde tu casa para cuidar de mí. Dudo que no tuvieras otras tareas propias.
— Te lo he dicho, tenía cosas que hacer. Quería comprar un buen jamón serrano español, que hace mucho tiempo que no disfruto de uno, así que, como he recordado que estabas en cama, enfermo, de paso he venido a asegurar que no te morías.
— No me mientas, hasta tu llamada ha sido demasiada casualidad.
— Pero… —se quejó el rubio, viendo que le desmontaba todos sus argumentos.
— Fran —cortó Antonio, haciéndole saber que no aceptaba esa excusa. Ambos se conocían desde hacía demasiado tiempo como para saber cuándo mentían.
— No quiero que te rías de mí o que hagas alguno de tus comentarios estúpidos, ¿entendido? —le reprochó, con las mejillas rojas por la vergüenza—. Estos días yo también me he sentido más flojo, enfermizo, y he pensado que quizás tú estabas peor. Te conozco, sé que como enfermo eres horrible, que seguro estabas como… ¡Pues como te he encontrado, precisamente! Así que por eso he venido, porque no podía aguantar la idea de que estuvieras mal y solo.
El corazón de España latía acelerado ante aquellas palabras tiernas de su vecino. Se notaba en su gesto enfurruñado que admitir aquella verdad le avergonzaba, como si aceptar que pudiera preocuparse por los demás, en esta situación, no fuese algo de lo que sentirse orgulloso. Quizás porque esa inquietud no nacía de un sentimiento de pasión o de lujuria, sino de algo más profundo y arraigado.
Antonio, movido por sus latidos, se incorporó en la cama, aunque le dolían los huesos y tenía la sensación de que le habían atropellado. Se acercó a Francis, se inclinó sobre su cuerpo y, cuando tuvo su atención, posó sus labios contra los de él. El contacto sorprendió a su vecino pero, diligente y entregado, correspondió al gesto, que no se prolongó más allá de unos segundos.
Cuando se separaron, se miraron en silencio, como si ambos quisieran decir algo pero ninguno se atreviese. La mano derecha de Francis se posó en las lumbares de Antonio, quien aún se encontraba medio echado sobre su cuerpo.
— ¿Es que pretendes contagiarme? —preguntó, para intentar aliviar la tensión extraña.
El español rio y dejó caer su cabeza hasta que quedó apoyada contra el hombro del rubio.
— Me has pillado.
El silencio reinó entre ellos. Ninguno de los dos parecía encontrar las fuerzas para separarse. Esa calidez que tan bien conocían, que tanto les reconfortaba, no podían abandonarla sin más, pero les daba miedo admitir que fuese algo más intenso, con un nombre y una definición clara y concisa.
— Gracias por cuidar de mí, Fran.
— De nada, mon cher.
Y eso finaliza esta historia corta que escribí hará un tiempo. Espero que lo hayáis disfrutado. Muchas gracias por los review, los favos y todo. Intentaré acabar de responder a todos los review firmados que reciba y para los anónimos, muchas gracias por seguirme.
También quería aprovechar esto para preguntar qué tipo de historia os gustaría ver a continuación: Un oneshot PWP AU o una historia multichapter AU? El otro día pensé y no sé si tengo algún capítulo pendiente de Y regreso a ti. Tendría que revisarlo. Espero vuestra opinión. No prometo que vaya a postearlo la semana que viene o mucho menos que vaya a ser tan regular como para publicar cada semana (es que estos oneshot se corregían rápido).
Un gran saludo a todos y cuidaos mucho.
Miruru.
