Capítulo II
La señorita Pony y la hermana María recibieron a Terry con algo de sorpresa pero con los brazos abiertos. El joven se presentó muy humildemente y al igual que Candy, las mujeres notaron enseguida su cambio, además de ser un adulto completo estaba demacrado y débil y en nada se parecía a las glamorosas fotografías de él que lucían los teatros. Estuvieron de acuerdo ante la propuesta de Candy de que se quedara unos días con ellas en el Hogar mientras él reorganizaba su vida.
Terry habló con ellas muy honestamente, les expuso que no tenía a donde ir, que él necesitaba apremiantemente alejarse de la vida de Broadway y del mundo del espectáculo. La señorita Pony notó cuán desvalido estaba y por eso permitió que por primera vez un hombre se quedara en El Hogar. De hecho, ya antes había pensado en esa idea.
Afortunadamente, Terry ofrecía ser muy útil allí. Ya tenía veinticuatro años, un año mayor que Candy, y era notoriamente un hombre más maduro y responsable.
Dejaba atrás de sí seis tormentoso años que ellas apenas podían imaginar.
A veces Candy sentía una profunda tristeza al ver esos cambios, de que estaba sombrío, esquivo y ya no tenía nada de la arrogancia que tenía antes. Al menos aquel día era así. La vida le había enseñado con dureza.
-Soy un hombre distinto, Candy- le susurraba otra vez en un rincón, lejos del bullicio de la cena.
-En serio, Terry ¿Qué haces aquí?- Candy temblaba pensando en eso que se le presentaba ahora en su vida. Todavía se debatía entre la felicidad y el temor a sufrir otra vez.
-¿Todavía no sabes por qué he regresado?- le pregunta directamente.
-Yo no quiero volver a sufrir- dijo ella con amargura y se aparta de él.
-No lo harás- le aseguraba Terry con suave voz -¿O es que otro está en tu corazón?- soltó con un dejo de dolor y celos ante la actitud de Candy, tan distinta a cómo él recordaba.
-No hay nada entre Albert y yo, ya basta con eso- ella voltea la mirada y regresa con los niños.
Así sería.
Candy se ocuparía de él como enfermera, pero todavía no podía entender qué deseaba su corazón en realidad.
Pero todos esos nuevos acontecimientos alegraban a las bondadosas mujeres; que Candy estuviera dispuesta a volver a su profesión era algo bastante bueno. No sería fácil adaptarse a aquel giro, lo sabían, pero presentían un nuevo aire positivo llegando a la vida de su querida pecosa.
Esa noche después de la cena, Terry se alojó en la modesta cabaña del bosque, se dejó caer en la cómoda cama vencido por el cansancio de su viaje. Respiró profundo un aire puro de montaña y meditó, meditó ahí en la soledad. La cabaña estaba limpia y ordenada, sencilla pero decorada con delicadeza que Terry identificó era el toque de Candy, y se sintió muy feliz.
Él estaba acostumbrado a los lujos, a que lo atendieran como un rey y le hicieran todo. Pero ese Terry ya quedaba atrás, no quería nada de aquella vida, ni quería volver a ser aquel arrogante hijo de la nobleza.
Su regreso había sido para volver a nacer, y no perder otra vez a la mujer que amaba.
Dormiría en paz entre las suaves sábanas blancas y el olor de la flores que Candy tenía allí en su cabaña, y ya no tendría pesadillas. Esa noche dormiría arrullado por el sonido del bosque.
Cuando el sol se colaba por las floridas cortinas, Terry fue despertado por una pequeña niña. Totalmente renovado por un sueño reparador, el joven abre los ojos y no se sorprende por la inusual visión que se le presentaba allí sino que más bien sonríe, sonríe ante la graciosa visitante que estaba allí al borde la cama observándolo con curiosidad:
-Hey, hola pequeña- dice él.
Terry una vez fue algo machista, creció lleno de rencor por el abandono de su madre, arrastrado lejos de ella por su propio padre. Y una vez sintió que odiaba a las mujeres, pero conocer a Candy le abrió los ojos, ella le hizo ver cuán equivocado estaba con su madre y la reconciliación llegó a su alma.
La relación con Eleanor Baker fue dificultosa, pero hacía unos años la volvió a ver, y ambos se habían reconciliado. Desafortunadamente esa dicha no duró mucho, su madre falleció antes de que él se pudiera sentir totalmente redimido.
Había un peso en su corazón por eso.
Ahora Terrence Grandchester se daba cuenta de cuán injusto era el mundo y la sociedad en la que vivían; terriblemente injusta, y ahora se revelaba contra eso. Entonces lo criticaban, porque tenía un temperamento del diablo. Pero así debía ser, prefería tener "un temperamento del diablo" que ser como todos los demás que andaban por la vida como las ovejas andan en los rebaños, conformes y sin hacer nada por cambiar a la sociedad.
-¿Qué estás haciendo aquí, traviesa?- le preguntó a la pequeña con una sonrisa. Pero la niña no habló.
Afuera empezó a oír unos gritos:
-Lolo, Lolo ¿Dónde estás?- era la voz de su Candy.
Terry supo que la niña se había escapado del Hogar, así que se levantó y se arregló un poco la ropa y el cabello para salir a tranquilizar a Candy llevándole a la niña perdida:
-Ahí estás...- exclamó Candy cuando los encontró a los dos a puertas de la cabaña- Terry- apenada se les acerca -¿Qué? ¿Se metió en la cabaña esta niña? Oh Dios qué pena-
-No, está bien- rió el joven muy agradado por la vista de tan linda niña- Perdona tú mis fachas, es que estoy recién levantado- torció el gesto el joven.
Los dos se rieron y Candy tomó a la niña de la mano.
-¿Cómo amaneciste? ¿Estás bien?- ella preocupada pregunta a Terry por su salud.
-Sí, estoy bien, ya descansé del largo viaje que hice hasta aquí. Y dime, ¿Quién es esta linda señorita? Le pregunté pero es muy tímida para hablar-
-Ah, es que Lolo es muda- explicó Candy.
A Terry le impactó aquello, y observó a la pequeña huérfana preguntándose cuánto había pasado en su corta vida. Era tan injusto. Pero él no podía juzgar a las madres de aquellos pobres niños, pues ellas eran igual unas víctimas sufridas del mundo. Había visto demasiadas cosas doloras como para juzgar mal a una madre que se veía arrastrada a hacer algo así. Había juzgado a su propia madre pero ya no más, el cargo de conciencia que llevaba era demasiado pesado como para agregarse más.
-Oh, qué pena- musitó con un tono que sorprendió a Candy. El corazón de Terry estaba cambiado -¿Qué edad tiene?-
-Cinco años más o menos, llegó el año pasado al Hogar. Pero parece que le gustas mucho, ella es totalmente tímida y no se acerca a extraños. Pero ya veo que el recién llegado le despertó toda la curiosidad- dijo con una sonrisa- Ehh ¿Quieres desayunar?- invitó ella torpemente.
-Me muero de hambre, pero antes déjame vestirme, jajaja- bromeo él y le hizo un guiño a Lolo -Nos vemos, pequeña-
Lolo sonrió emocionada y Candy nunca la había visto así. De hecho la niña era retraída y apartada, pero al parecer la llegada de Terry la animada a ella también, tal como a Candy.
La noticia del regreso de Terry se esparció por todo Lakewood, y el más sorprendido fue Albert Andrew, quien a pesar de todos sus molestos deberes se echó una escapada esa noche para ir al Hogar y unirse a la reunión que hacían allí para saludar al inusual huésped.
Terry estaba feliz incluso de volver a ver a Albert, de quien todavía tenía algo de celos, pero Albert y él congeniaban ahora muy bien, tenían los mismo ideales revolucionarios, eran dos rebeldes y ante el mundo actual los dos igualmente renegaban de las misma imposiciones de la sociedad. Junto con Candy los tres se pasaron toda la noche discutiendo sobre sus luchas; Albert vivía ahora en la casa del bosque con sus animales, y trabajaba más en la veterinaria que en otra cosa, pero no la estaba pasando muy bien, pues a sus treinta años la presión para que se casara y tuviera herederos era insoportable. La Tía Abuela se quejaba de que su sobrino estaba demasiado "rebelde" y que no se ocupaba de la familia.
Por eso se juntaba mucho con Candy en el Hogar, o con Candy en la casa del bosque, para tener un respiro de una vida que rechazaba.
Esa noche Annie y Archie estaban allí también y Terry conoció a su hija Antonietta (Llamada así en honor a Anthony) que tenia la misma edad de Lolo así que Terry animaba a Lolo a que jugara con Antonietta. Ayudaba a que fuera más sociable y eso complacía mucho a la Hermana María..
Pero hubo un detalle en toda la velada que a la misma Candy se le pasó por alto: era que Terry no podía probar ni una gota de alcohol, y en la reunión había vino.
Todavía no se conocía del todo los problemas con los que Terry había llegado allí, así que Candy no estuvo pendiente del vino que tomaba. Tan animado estaba él que no hizo caso a lo que los médicos le habían dicho y brindó con vino junto con los demás, pues no veía nada de malo en tomarse una copita.
La velada transcurrió alegre hasta que ya era hora de acostar a los niños muy a su pesar. Los adultos querían quedarse conversando sobre los avatares de la vida. Pues las cosas no estaban muy bien en Europa, se decía que otra gran guerra podía venir en un futuro... sin embargo nadie habló de aquellos rumores sino que se concentraron en el matrimonio feliz de Annie y Archie, quienes contaban todas sus aventuras.
Todo iba bien, hasta que Terry comenzó a ponerse demasiado alegre, de hecho, exageradamente alegre, y empezó a decir sandeces y cosas atrevidas con respecto a Albert y Candy:
-¿Por qué un hombre como tú, Albert, noble, tan apuesto y tan rico, no tiene mujer?- decía imprudentemente- Tú la amas, a Tarzán Pecosa-
Muy comprometido Albert se puso colorado, pero era más que obvio que el joven inglés estaba ebrio.
-Eres muy ingenua al no ver lo que este hombre siente por ti- le decía ahora a Candy.
-Estás borracho- Candy se molestó con Terry – Házme el favor de irte a echar un balde de agua fría en esa cabezota. Atrevido-
-Terrence Grandchester- Albert lo tomó del brazo para que dejara las payasadas- Estás ebrio, mejor te callas-
-William Andrew- pronunció Terry, ya que nadie llamaba a Albert por su primer nombre- Yo no estoy ebrio. Noooooo- el joven hubiera caído al piso si no fuera porque Albert lo sostuvo.
-Pero si no ha tomado mucho- la señorita Pony intervino ante todo eso muy extrañada. Annie comentó lo mismo –Dios ¿Qué habrá pasado?-
-Oh Dios- Candy al fin se daba cuenta -¿Qué hicimos? Terry no debió probar ese vino- Ella recordó lo que le había contado y que por respeto no había contado a nadie más- Está enfermo, Albert, no te ofendas. Él no puede evitarlo. Vamos, Albert ayúdame a llevarlo a la cabaña-
-¿Estará bien?- preguntó Archie al fin.
-Sí, estará bien, yo acompaño a Candy. Ustedes ya deben irse, por Antonietta- tranquilizó Albert –Nos hablamos mañana-
La pareja preocupada no quería irse pero la niña ya estaba cansada así que se despidieron de sus amigos, la señorita Pony y la Hermana María, y salieron del orfanato para tomar su carruaje y marcharse.
-Candy ¿Cuál es el estado de salud de Terry en realidad?- Ya solos camino a la cabaña, Candy y Albert llevaban a Terry por los brazos, pues se sentía mal y apenas podía caminar.
-No lo sé, Albert… no lo sé- ella consternada se desahogaría con su amigo.
