Capítulo IV
-Buenos días-
Terry estaba vestido con unos jeans azules y una camisa de cuadros negra, y su brillante cabellera café oscuro caía sobre sus hombros con descuido.
-Buenos días- saludaron todos en el comedor. Estaban los niños, la señorita Pony y la Hermana María allí presentes –Candy nos dijo que estabas mucho mejor- comentó la señorita Pony.
-Sí, ella veló por mí toda la noche. No sé cómo agradecerle eso-
-Bueno, ya lo harás. Ven y siéntate, Terry ¿Tienes hambre?- lo invitó la Hermana y se paró para buscar unos platos.
-Mucha. Gracias- respondió el aludido y se acercó a la mesa. Todos los niños lo observaban con curiosidad –Y ¿Dónde está mi pequeña amiga?-
-¿Lolo? Ah, está con Candy y Albert. Fueron al pueblo esa mañana. Ya deben estar por venir- le dijo la Hermana María colocando un plato y cubiertos frente a él. En la mesa habían platos con pan, frutas, había leche y cereales. Terry que estaba acostumbrado a desayunos exóticos y abundantes encontró aquella mesa muy apetitosa.
Terry se sentó y se acomodó la servilleta sobre las piernas. Sus gestos eran todos muy finos, de caballero noble, algo que los niños no veían con mucha frecuencia. Algunos trataban de imitarlo.
Al ver eso, el joven los enseñaba. Tendría una buena tarea enseñando modales cortesanos a los niños.
-Lamento mucho lo de anoche- se disculpó ante todos –No fue mi intensión. Me embriagué y ustedes tuvieron que aguantarse tan vergonzoso espectáculo. Me recibieron aquí confiando en mí y pasó eso. Prometo que no volverá a pasar, prometo que soy de ahora en adelante un hombre en quien pueden confiar y cumpliré-
La señorita Pony lo tomó de la mano con una sonrisa:
-Tranquilo, no pasó nada, hijo-
Más relajado, Terry sonrió. Estaba un poco débil por la resaca, pero el té que le había dado Candy esa mañana al despertar, en verdad que había recompuesto su cuerpo. Necesitaba comer y fortalecerse.
-¿Es usted actor?- le preguntó uno de los niños –Usted es Hamlet-
-Jaja, sí, lo fui. Yo actúo en el teatro, sí- respondió Terry.
-Y dime ¿Sigues en la compañía?- preguntó a propósito la Hermana.
-De hecho, sí- explicó él- Todavía sigo con la compañía, pero no de la manera que ellos quieren. Me estaban explotando, porque yo era la gran estrella, y me metían en todas las obras… pero me di cuenta de eso, y de que esa vida me estaba haciendo mucho daño. Entonces les dije que sólo iba a actuar en las obras importantes de la temporada de verano; si no lo querían así, pues adiós ¿Saben qué? No me han dicho que no aceptan-
-Oh, bueno, me parece muy bien- opinaban las mujeres.
-Sí, y aún recibo mis ganancias, así que ya saben. En todo lo que necesiten yo las ayudo-
-Oh no te preocupes, Terry, Albert nos ayuda mucho- sonrió la Hermana.
Otra vez Albert. Terry se preguntó qué tanto estaba Albert involucrado en toda la vida actual de Candy. No olvidaba las fotos y las cosas que imaginó en sus horribles años pasados que se resistía en recordar. Apartó eso de su mente, ningún recuerdo de esa vida pasada la permitiría en su mente ahora.
En eso aparecen Candy y Lolo que ya llegaban con su bolsa de compras, y ella lucía su braga de jean limpia y una camisa floreada de rojo y amarillo. Le sonrió plenamente al verlo en la mesa.
-Hola- saludó él a Candy, y le brillaban los ojos.
-Hola Terry ¿Te sientes mejor?-
-Sí-
Ella se sentó en la mesa con la niña, y Terry no dejaba de mirarla. Parecía un hada de las flores, con su niña allí junto a ella tan hermosa. Admiró el cariño con el que Candy cuidaba de la pequeña, le había puesto lazos en el cabello. Parecía que trataba de ignorarlo, eso le parecía a él.
Ahora que no era un enfermo, Candy se alejaba un poco, temerosa de él. Sin embargo con Albert era muy distinta.
Terry volvió a la cabaña aunque Lolo lo arrastraba por todo el sendero para que jugara con ella mientras Candy trabajaba atareada con los otros niños.
Aún estaba convaleciente, tal vez necesitaba descansar, tomarse la vida muy despacio.
-Lolo, después juego contigo. Estoy cansado. Ve con Candy, traviesa, con mami ¿Sí?- le dijo y en verdad estaba cansado, con los ojos entrecerrados.
La niña asintió y salió corriendo a buscar a Candy. Terry sonrió mientras la veía meterse en el Hogar otra vez, y ya se volvía hacia la cabaña cuando oye un automóvil.
Claro, era Albert y Terry atisbó por una esquina de la pared trasera del Hogar, la que daba al sendero hacia la cabaña frente a los establos, y allí estaba despidiéndose de Candy, frente al Hogar. El automóvil de George lo esperaba para llevarlo a su casa del bosque para trabajar en su hospital veterinario y asuntos de negocios que tenía allá mismo.
Muy cerca estaban los dos, trabajaban allí en sus casas, y se ayudaban mutuamente. Terry estuvo demasiado tiempo lejos como para pretender ser parte de la vida de Candy ahora. Suspiró.
Tal vez su sueño de estar con Candy y hacerla su esposa por el resto de su vida no sería tan fácil de realizar. Habían muchos cambios en ella, y muchas cosas nuevas. Y Albert… ¿Qué sentía él por ella? Esa era otra preocupación para Terry.
El joven se quedó en la cabaña por el resto del día, tendido en la cama pensando y las cortinas estaban a medio cerrar. Candy estaba muy recelosa del amor, todo lo que hacía por él era como enfermera pero no daba cabida a algo más. Fue un tonto total por haber perdido tantas oportunidades en el pasado, pero de eso también tenían la culpa los Legan ¡Los Leagan! Terry sintió una puñalada de ira. Él no podía saber qué hubiera ocurrido de no haber sucedido lo del establo aquella noche, si en verdad hubieran cometido la imprudencia de casarse tan jóvenes. No lo sabía. Pero sí sabía que eso les ocasionó muchas tristezas, sobre todo a Candy, y eso no lo perdonaba.
Candy, a diferencia de él, había usado su dolor para crecer. Ahora tenía una vida nueva en el Hogar de Pony donde él no tenía cabida, en cambio Albert estaba allí y era parte de su mundo, Albert que era un hombre intachable también. No como él.
Terry se retorció en su cama pues no dejaría de tener pesadillas con Albert y Candy, las cosas no estaban nada fáciles ahora. Pero para bien o para mal, el destino los había reunido de nuevo y esta vez no cedería, sino que lucharía con todas sus armas por el único amor de su vida.
Oía los pájaros cantar y sentía el olor del bosque y sintió una paz indescriptible. Sí, sería feliz viviendo allí un tiempo, ayudando a gente tan buena. Era un oasis en medio del mundo que lo había arrastrado casi hasta la perdición.
