Capítulo VI
La Colina de Pony estaba fría y brumosa esa tarde, nadie sabía que Terry solía irse allí a fumarse un cigarrillo, lejos de todos.
Porque lo necesitaba de vez en cuando.
A veces, a media noche, sufría de terribles ataques que lo hacían necesitar de una gota de licor, o de un poco de aquella otra sustancia. Y eso lo avergonzaba. Se iba a la Colina de Pony solo y fumaba que era lo único que le quedaba.
Debía hablarle de eso a Candy, o a algún doctor. Pero no soportaba la vergüenza, se odiaba a sí mismo demasiado. Analizando su vida se daba cuenta que no tenía nada que ofrecerle a ella, una vida que no fuera la que él tuvo en Broadway o en Londres, porque ése era su trabajo, y si le iba a ofrecer una vida a Candy debía seguir en la Compañía Stratford.
O tal vez no, no lo sabía.
Suspiró atormentado echándose sobre la grama y el humo salía de su nariz con estilo.
-No deberías fumar- dijo una voz que lo hizo sobresaltar.
Terry tiró el cigarrillo y no hallaba cómo esconder el hecho que fumaba y que un niño del Hogar lo había descubierto. Volteó nervioso y quien estaba allí era nada menos que Lolo.
La niña había hablado. Se quedó allí parada y no decía más.
-Lolo... tú hablas- Terry se puso de pie de un salto. Pero Lolo no habló más, se quedó allí mirándolo con curiosidad. Terry se le acercó y se arrodilló para verla de frente- Lolo, estás bien. Hablas. Alegrarás a todos-
Pero la niña en realidad se veía muy triste.
Terry se sentó junto a ella y se quedaron allí un rato contemplando las montañas y oyendo el canto de los pájaros al atardecer. Era obvio que la mudez de Lolo era algo psicológico.
De repente sintió mucha empatía con ella, de hecho sentía empatía por los niños huérfanos. Él mismo lo había sido, si veía bien las cosas.
Es le causó gran dolor, porque tal vez era pero haber sido un huérfano cuando los dos padres estaban allí presentes.
Pero ahora Terry encontraba nuevos motivos para seguir en la vida: alegraría mucho el Hogar de Pony el hecho de que Lolo hablara. Eso le dio una gran satisfacción, le hizo ver lo que realmente valía en la vida y no la fama ni el dinero ni los placeres como tan vio a lo largo de su vida como actor.
Los hombres que mayor éxito tenían, en realidad no valían tanto como esas personas humildes y trabajadoras de buena fe como las mujeres del Hogar de Pony, como su amada Candy.
Pero por diversos factores, como el hecho de ser mujer, la sociedad nunca les daría valor a estas personas.
Ya no tuvo necesidad de fumar.
-Señorita Pony-
-¡Hola Terry!- la señorita Pony estaba remendando una sábana cuando Terry llegó con Lolo llevada de la mano.
-Lolo habló- le dijo. La señorita dejó de coser y al principio creyó no escuchar bien.
-¿Qué dices, hijo?-
-La niña habló. No es muda como creían- repitió.
-¿En serio?- la vieja mujer sonrió y de la emoción se levantó de su silla –Pero, pero, es un milagro muchacho-
-Escuche, yo conozco de esto. No es muda, pero tiene un bloqueo por algún trauma. De todas maneras eso se cura- le aseguró Terry- Estoy seguro de que yo puedo ayudar, señorita Pony-
El joven tenía otro rostro, en verdad habían cosas que podían darle una gran satisfacción a su alma que por muchos años había perdido las esperanzas.
-¡Yo puedo ayudar!-
Candy no había estado en el orfanato ese día, muy tarde en la noche regresaba por el sendero desde la casa del doctor Leterman. Con paso alegre se apresuraba para llegar y esperaba que no hubieran terminado de cenar sin ella. Terry estaba allá también.
No oía más nada sino el sonido de sus pasos y el viento nocturno entre los árboles y así fue un largo rato.
Cuando faltaba poco para llegar a los terrenos que eran del Hogar, la chica cree escuchar algo más. Se detiene y da un vistazo hacia todos lados. Nada.
Prosiguió su camino y casi enseguida oye algo otra vez, y empieza a asustarse. Estaba muy sola en medio de un bosque oscuro. Candy apresura su paso pero ya no era por la ansiedad de llegar a tiempo. En realidad no debía andar caminando sola y mucho menos de noche.
Sin duda alguna que otros pasos seguían los suyos, así que Candy no lo dudó más y empezó a correr, pero antes de poder escapar una sombra salida de la nada la alcanzó y la asió del brazo fuertemente.
Candy gritó pero en aquel bosque nadie la oiría.
-Candy Candy- dijo una voz horrible, la fuerte mano del hombre le apretaba el brazo- No puedes escapar ¿Verdad?-
-¿Quién eres? ¿Qué quieres?- casi no tenía voz del miedo.
-Jajaja. Ya no eres tan valiente ¿No? Después de todo no eres más que una mujer y mira, ante un hombre estás totalmente indefensa- se burló el hombre.
Candy sintió que su alma se le iba al piso y temió lo peor. Nadie podría salvarla allí, tan simple como eso.
-Te las das de mucho, pero- y el hombre la sacudió fuerte y la maltrató- Pero no eres nada ante un hombre-
-¡Sólo dime lo que quieres! Por favor, no hay necesidad de que haya problemas- temblaba, pero tratando desesperadamente de razonar con él.
-Qué pena que tengas que suplicar, niña. Sólo la piedad puede salvarlas, nuestra piedad- le restregaba el hombre en la cara, burlándose. Y Candy sintió olor a alcohol en su aliento- Mujercita ¿Ya estás histérica como una loca?- y con un pequeño esfuerzo el hombre lanzó a Candy contra un árbol tan fuerte que la chica se golpeó muy duro, y ante su debilidad y su sufrimiento el hombre se regodeaba –Chicas, son rameras e histéricas. Rameras todas, uyy, qué rameras son ¿Con cuántos te has acostado? Anthony, Terry, Albert ¡Uyyy!- despotricaba contra ella. Candy no podía hacer nada más que ignorar todos los agravios y hacerse la sumisa y evitar que el hombre se enfureciera más y le hiciera un daño peor. Era lo más humillante que pudiera sufrir una mujer, pero ante un hombre del doble de fortaleza era eso o la muerte.
Trató de no llorar y darle el gusto, pero entre la rabia y el miedo las lágrimas estaban allí.
-Mujercita. Alguien tiene que enseñarte lo que es un hombre y así aprendas a respetar- le decía el tipo y otra vez la captura y la sacude con violencia, burlándose, divirtiéndose muchísimo.
Pero ella logra reaccionar a pesar de su histeria, y del hecho de que ya estaba herida y débil. Era mantener la calma y la cabeza bien puesta lo que hacía la diferencia entre la vida y la muerte.
Recuerda entonces los puntos débiles del cuerpo humano que ella había estudiado así que espera que el hombre esté desprevenido y logra, con una fuerza inusitada, darle un puñetazo en la boca del estómago y eso causa un terrible espasmo en el hombre y lo deja sin respiración, pero no era suficiente ante la fuerza de sus músculos, pero Candy histérica no se detiene, no se detendría, atacaría como una fiera así tuviera que morir, y tan veloz como podía le propina un puntapié entre las piernas con sus zapatos duros y de punta.
El hombre se tambalea y pierde el control por un momento que Candy aprovecha para huir, no sabía cómo pero logra huir corriendo como una loca. Su atacante no pierde el tiempo y se recupera del dolor para correr detrás de ella.
