Capítulo VII
Candy creyó que no llegaría al Hogar de Pony, pero al cabo de unos momentos de desesperada huida en los que sintió las manos de su perseguidor muy cerca de ella, ya vio las luces que venían del edificio, y su perseguidor no la alcanzó.
-AYUDAAAAA- gritó a pesar de estar sin aliento. La voz milagrosamente le salía potente –AYÚDENME-
Entre lágrimas no tenía la visión muy clara y probablemente chocaría contra algo y se rompería una pierna antes de poder salvarse.
-¡TERRYYYY!- clamaba a gritos por algún salvador.
Una sombra se había aparecido por el sendero y Candy aterrada de que fuera su atacante huyó de ésta. Se apartó violentamente del sendero gritando para que la oyeran en el Hogar.
-Candy ¿Qué pasa?- dijo Terry para que ella lo reconociera –Candy, soy yo-
Al darse cuenta de que nadie la perseguía, y que la sombra era Terry ella sin fuerzas se refugia en sus brazos, y llora agitadamente.
-¡Dime ¿Qué pasa?!- alarmado Terry la tranquiliza –Tranquila, estás bien. Tranquila Candy-
Ella temblaba pero se tranquilizaba a medida de que reconocía que no estaba en peligro. Terry le brindó la seguridad que necesitaba y ya no lloró más.
-¡Alguien..!- balbucea -¡Alguien me persigue!-
Terry enseguida se pone alerta, pero a la poca luz de la noche no veía nada ni sentía ninguna otra presencia. Entonces se cerciora que Candy estuviera vestida, aunque muy maltratada. Tenía raspones, le sangraba la boca, y estaba adolorida.
-¡Vamos adentro, rápido!- él la llevó al Hogar –Pero ya no estás en peligro, te lo aseguro. Tranquila-
La Hermana María fue quien los recibió y soltó un grito.
-Estoy bien, Hermana- Candy no alarmó a la Hermana. Ya estaba mejor, aunque muy adolorida.
-Pero ¿Qué pasó?- fue lo que dijo la pobre mujer.
-Candy fue atacada por alguien- gruñó Terry muy severamente. Sentó a la chica en una silla- Tráigale un poco de agua. Hablaré con ella, Hermana-
La Hermana dudó un poco pero era lo mejor para hacer.
-Candy, mírame y dímelo todo ¿Qué te hicieron? ¿Quién te lo hizo?- la asió con angustia por los brazos, temiendo que ella no pudiera decir nunca la verdad.
-No sé, yo, yo venía… yo venía y entonces un hombre salió de la nada y me atacó- gimoteaba ella, tratando de controlarse.
-¡¿QUÉ TE HIZO?!- los ojos de Terry estaban encendidos de furia.
-Gracias a Dios, Terry, Gracias a Dios me salvé- dijo Candy sabiendo las cosas terribles que temía él. Debía calmarlo también –No sé cómo, pero Gracias a Dios- y lo abrazó fuerte y no quería soltarlo.
El joven vio que ella estaba bien y que nada peor pudo haber pasado, y suspiró profundamente. Su abrazo y su protección le devolvieron la cordura a la chica.
Cuando la Hermana y la señorita Pony llegaron, Candy tomó un vaso de agua y estaba serena. Ya no más en ese bosque oscuro sola y perseguida, estaba segura con las persona que quería y que la protegerían. Hablarían todos con ella, y eso desahogaría toda la angustia que albergaba el pecho de Candy.
-No sé quién era ni qué quería- decía sosteniendo el vaso temblorosa –No lo sé- ella no iba a repetir las horribles cosas que el hombre le dijo. Estaba pasmada por haber presenciado tanto odio.
-Pero hay que saberlo. Esto es muy grave- espetaba Terry furioso -¿Cómo puede pasar algo así? ¿Qué clase de hombre es ése?-
-Jamás habíamos tenido problemas así- la señorita Pony se negaba a aceptarlo- Dios mío-
-Creo que estaba tomado, sentí olor a alcohol- recordó Candy.
-Maldita sea…- Terry gruñía impotente –Me quedaré aquí esta noche y mañana a primer ahora voy a denunciar esto al ayuntamiento. Tú duerme tranquila, Candy y no te preocupes de nada más-
Ella no iba a decir todo lo que sintió durante el ataque, de las cosas que vivió que le abrieron mucho los ojos, no por ahora. Quería simplemente olvidar pues nada más podía hacer.
Las mujeres muy agradecidas no sabían cómo retribuirle a Terry aquel inmenso favor. Había sido algo terrible para ellas y de ahora en adelante no estarían tranquilas, y por primera vez se dieron cuenta de cuán solas y desprotegidas estaban.
A primera hora, Terrence Grandchester estaba en el ayuntamiento del pueblo, aunque hubiera deseado que hubiera un cuerpo policial como lo había en las grandes ciudades.
Pero los pueblos eran lo suficientemente sanos y tranquilos como para tener tales cosas.
-Joven ¿Qué desea?- el alcalde accedió ante la fuerte exigencia del señor Grandchester –En realidad no tenía muchas ocupaciones así que bueno.
-Anoche un hombre atacó a Candy en el sendero del bosque- denunció.
-Oh, Dios- lamentó el hombre -¿Cómo está ella?-
-Muy golpeada, pero afortunadamente pudo escapar del atacante. Pero fue muy grave, señor, que haya gente tan loca suelta-
El alcalde meneaba la cabeza y Terry se quedó esperando algo, pero no pasó nada.
-¿Y entonces?- insitó una respuesta del encargado del pueblo.
-Bueno ¿Saben quién fue el sujeto?- añadió el alcalde con un dejo de indiferencia.
-No, claro que no. Es trabajo de ustedes encontrar a ese hombre y encarcelarlo- agregó Terry como si hablara con un idiota.
-Bueno, no será tan fácil- suspiró el hombre y su atención se dirigió ahora hacia sus papeles.
-¿No será tan fácil? ¿Qué no son ustedes la autoridad aquí, y me responde eso?- los ánimos de Terry se alteraron. Obviamente el hombre ya se dedicaba a otra cosa como si su asunto no fuera cosa de él.
-Señor Grandchester, lamento mucho lo que pasó con su amiga. Pero…-
-¿Pero qué?-
-Esas cosas pasan-
-¿Esas cosas pasan?- Terry no terminaba de entender.
De repente hubo silencio en la oficina y el joven después de pasar el ofuscamiento comenzaba a entender: Claro que no era una cosa grave, las mujeres que andaban solas estaban expuestas a caer en las manos de algún vivaracho por ahí. Y eso era lo más normal del mundo.
-Escuche, no saben quien fue- el alcalde suavizó la situación pues el señor Grandchester estaba muy molesto- Lo que le digo es que será trabajo difícil-
-De hecho yo sí creo saber quién fue- dijo Terry de repente. Con la cabeza más fría podía razonar –Yo sé, sí-
El alcalde lo miro curioso.
-Hay unos tipos muy poco confiables en este pueblo, señor. Yo los he visto, los conozco. Son amigos de Neil Leagan- denunciaba indignado.
-¿El señor Leagan?-
-No él, sino uno de sus amigos en especial. ¡Yo sé que fue él, un tal Butch Jackson!- Terry aseguraba con la mente clara.
-¿El hijo del banquero Jackson?- el alcalde bufó.
-Apresen a ese hombre, es un borracho. Porque aquí con esos malditos bares envenenan las mentes de los hombres y crean esos desgraciados- exclamaba el joven.
-Un momento, cálmese, joven, no podemos pensar así. Primero acusa al señor Jackson y ahora pide que se cierren los bares. -
-¿Cómo que no? ¿No sabe lo que pasa en esos lugares, lo que hace la gente bajo los efectos del alcohol? Es una cosa maldita, deberían prohibir eso-
-Joven, no hay que exagerar- la tranquilidad de aquel alcalde ante la injuria que cometieron con su Candy enervaba a Terry- Nada en el mundo podrá prohibirle a los hombres la diversión-
-Diversión… "diversión"- repitió incrédulo.
El alcalde conocía muy bien los chismes que habían circulado sobre Terrence Graham Grandchester, el actor desequilibrado y ebrio. Eso en definitiva hacía que no se tomara en serio las protestas con las que había ido a su oficina.
Porque lo que le había pasado a Candy era "normal e inevitable", después de todo era una chica huérfana sin un hombre que la cuidara.
-Lo lamento, las mujeres solas viven con esos riegos encima. Nada podemos hacer. Usted más bien debería cuidarse y no andar denunciando al señor Jackson, hijo del banquero-
Terry se quedó frío y sin habla. Su mente ya no le daba más. Claramente le estaba diciendo aquel hombre que el acusado era "demasiado respetable" y que si por casualidad había atacado a Candy, una huérfana nada más, pues eran "cosas de muchacho".
Las mujeres que no tenían un hombre o una familia respetable de respaldo que se ocupara de ellas, pues nadie respondía por lo que les pasara.
Dio la media vuelta y salió del edificio sin decir nada.
Terry no tomó ningún coche sino que prefirió caminar, como siempre alejarse un poco de la gente que tanto lo enfermaba.
Sin embargo sus pies lo llevaban a un lugar distinto del camino que llegaba al Hogar de Pony.
La casa del bosque de los Andrew estaba un poco lejos, pero Terry estaba acostumbrado a caminar grandes distancia, ya bastantes viajes había hecho a pie. Durante los años que siguieron a la muerte de Susana, él casi que vivió en el camino.
Agradeció no encontrarse con ninguno de los amigos de Candy, pues estos le preguntarían por ella y él tendría que tratar sobre la incómoda situación.
-¡Terrence!- dijo Albert Andrew al verlo. Estaba en corral examinando unas llamas que recién había recuperado de un dueño que las tenía para cría comercial. Las llamas estaban muy desnutridas y en mal estado. Albert trabajaba como veterinario, como siempre, estaba alejado de la familia.
-Hola- saludó el aludido. Albert fue a lavarse las manos para luego abrir la reja. Le sorprendía mucho tener a Terry allí. Las cosas eran ahora muy diferentes a cuando eran amigos.
-Supongo que aún no te has enterado- dijo el joven entrando a la casa. Obviamente Albert estaba en sus quehaceres sin saber nada.
-¿Qué? ¿Pasó algo?- Albert sospechó enseguida.
-Sí. Pero hablemos con calma. Tengo mucho que decir- respondió con seriedad.
Los dos hombres entraron a la casa y Albert iba a ofrecerle algo de tomar. Con asombro Terry observó los pájaros exóticos, las ardillas, los conejos, las serpientes que Albert tenía en su casa. Sin embargo todo estaba muy acomodado y aseado a pesar de vivir entre animales.
-Bonitas aves- comentó.
-Sí, son aves exóticas en peligro de extinción. Trato de salvarlas del tráfico de aves y de la cacería- respondió con orgullo –Pero no puedo evitar que se cacen todos estos animales- suspiró entristecido –Pero dime ¿Qué pasó? ¿Es Candy?- preguntó ansioso.
-Fue atacada anoche, cerca del Hogar de Pony, Albert- dijo Terry y para Albert fue como recibir un balazo –Pero está bien, no hay que preocuparse… El asunto es que un hombre estuvo anoche en el bosque, un loco maldito-
-Pero ¿Quién? ¿Seguro está Candy bien?-
-Ella no sabe quién la atacó ni por qué. Pero la golpearon y ella tuvo que huir. Albert, fue horrible-
-Qué basuras malditas ¿Cómo se atreven a tratar así a una mujer? ¡Hay que demandarlo!-
-¡Ya lo hice! ¿Y sabes qué? No logré casi nada- soltó Terry frustrado –¿Entiendes lo que quiero decir?-
-Lo sé muy bien- el joven, también aristócrata como Terry, dio un golpe sobre la mesa de frustración. Él más que Terry conocía muy bien la ineficiencia de las autoridades.
-Es importante que lo sepas. Ella te importa ¿Verdad?- Terry le lanzó una mirada inquisidora.
-Me importan todos mis amigos, Terrence- aclaró éste con seriedad.
-En fin, escucha- Terry obvió la insinuación y prosiguió - Lo que vi entre ayer y hoy me deja en claro que a nadie le importa ni Candy ni el Hogar, y que el mundo está cada vez más peligroso para los indefensos y marginados. Yo denuncié a cierto individuo que sé que fue el que atacó a Candy…-
-¿QUIÉN?- exigió saber el joven aristócrata cuyo rostro había cambiado por completo.
-Uno de los amigos de Neil, de hecho todos esos cobardes son unos desgraciados, pero a ése, a ése le di una buena paliza la otra noche- Terry empezó a pasearse por la sala –Butch Jackson-
-¡Lo conozco! ¡Nunca me gustó!- Albert abrió mucho los ojos –Su padre vino de Michigan a trabajar aquí…-
-Albert, necesito tu ayuda. Nadie más ayudará a nuestras amigas, ellas sólo nos tienen a nosotros. Hay tipos peligrosos por ahí-
-Sí, lo sé- respondió Albert con seguridad –Para eso estoy, yo siempre cuidé de Candy, no dudes nunca de eso- hizo una pausa -Te apoyo en todo lo que haya que hacer, ese Butch Jackson no me gusta, y nada le hará a Candy ni a nadie más-
Terry asintió satisfecho.
