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Imagen: Chica mirando un cuadro. Décima propuesta, por CieloCriss, en "Escribe a partir de una imagen" del foro Proyecto 1-8.

Personajes: Hikari y Takeru

Género: Romance

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Espejismo

7. Desconocidos

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Una niña miró durante horas un cuadro. En él había colores imitando formas que se debían inventar. La pequeña se sostenía sobre unas muletas y el pie izquierdo. Después se marchó.

Una joven pasó mucho tiempo mirándola. Cuando se quedó sola en la sala, se acercó a la pintura. Unos segundos más tarde, un chico se detuvo a su lado y sonrió.

—Parece una explosión, ¿verdad? Como si hubiera caído una bomba. ¿Qué ves tú en él?

Ella se tomó muchos instantes para contestar. Se rasco algún punto bajo la oreja.

—Veo muerte.

—Qué curioso.

—¿Por qué? ¿Qué ves tú? Has dicho que es una explosión.

—Yo veo vida.

—No tiene sentido.

—Claro que sí. Mi padre me contó una vez que el Parque Nacional más importante del mundo se quemó. Es privado y los dueños, después de que se cercioraran de que era un incendio natural, no dejaron que lo apagaran. Todas las asociaciones ecologistas del mundo los insultaron hasta cansarse. Ahora, muchos años después, se ha convertido en el lugar más próspero y fértil. La naturaleza a veces sale mejor entre las cenizas.

Ella parpadeó. Remojó sus labios y se acercó un poco más al cuadro.

—Creo que las personas también. Siempre se ha dicho que las peores situaciones sacan lo que tenemos en el interior. Sea bueno o malo. Y cuanto más negro es todo… bueno, más fácil es ver un punto blanco. Aunque el blanco no es sinónimo de mejor, ni el negro de peor.

Él se quedó callado. Miraron durante minutos enteros el cuadro de la muerte y la vida. Después salieron del museo en silencio, compartiendo mucho sin palabras. Se quedaron de pie en medio de la acera, con la contaminación de los vehículos a su alrededor y las farolas despertando.

—¿Puedo invitarte a un café? —No parecía querer dejarla marchar.

—No me gusta.

—¿Y a qué te gustaría que te invitara?

—A nada.

Ella sonrió por primera vez. Le acarició con suavidad el dorso de la mano con el dedo índice, para que la siguiera hasta el banco frente al puente de la autopista. Vieron las luces de los coches pasar a toda velocidad, como estelas que nunca atraparían, como el fin de ese momento que estaban evitando. Él se recostó contra el respaldo y miró al cielo.

—No me gustan las estrellas.

—¿Por qué?

—Son algo que nunca podré contar. Lo he intentado toda mi vida. Lo bueno de la ciudad es que ves tan pocas que parece que hay un tope.

—A mí tampoco me gustan. Me recuerdan que soy solo un minúsculo punto en el mundo.

Se sentaron más cerca. Pasaron minutos enteros en silencio. Después, entrelazaron sus manos.