Capítulo XI
George había ido a buscar a Candy a casa de la señora Wishmore dos noches después de los eventos en la cocina. La señora estaba muy enferma y se decía que ya no había esperanzas para ella…
Dejaba huérfanos a dos hijos…
Ella y el doctor Leterman estaban a cargo de la desafortunada mujer. Se investigó quién era el padre de los niños, pero el hombre vivía en México con otra mujer y otros hijos.
Candy estaba empeñada en contactar al hombre, puesto que si la señora Wishmore moría él debía hacerse cargo de sus hijos, pero ni el doctor Leterman, ni Tom, ni la Hermana María y mucho menos la señora Wishmore estaban muy seguros que el hombre iba a aceptar.
Esa noche George la buscó para llevarla a la casa de Albert. Ahora ella no andaba sola por los caminos nunca, si no era Terry, era Tom, o Albert, o Archie y Annie o George quienes se ocupaban de acompañarla.
Era la hora de la cena y el olor que provenía de la cocina llegaba hasta el jardín. Albert la recibió vestido con un traje recién lavado y se veía muy bien.
También él tenía mucho trabajo, pero siempre había espacio para los amigos.
-Hola- la saludó el gentil hombre.
-Hola, Albert- ella bajó del automóvil antes de que George le abriera la puerta.
-Sé que las cosas están delicadas ¿Cómo sigue la señora Wishmore?- Albert la acompañaba hasta la puerta, cruzando el jardín enrejado. A esa hora ya muchos de los animales dormitaban, sin embargo los sonidos nocturnos musicalizaban la casa de Albert por las noches.
-Mal, es una pena- decía afligida –Este trabajo a veces es tan duro…-
-Lo sé, yo también fui médico, aunque ahora trabaje con animales nunca deja de afectarlo a uno la muerte de un paciente…-
Solidariamente él le toma la mano y cruzan el arco de la puerta. Caramelo, el perro amarillo de Albert, corre a saludarla con su larga lengua afuera.
Cenaría en casa de él esa noche, y con George también. Sería eso una gran ayuda para relajarse de la tensión de los últimos dos días.
Y Candy tenía algo importante que hablar con Albert.
-¿Y cómo sigue lo de Terry? ¿Va a regresar al teatro?- ya en la mesa Albert va al grano. La cena la cocinó él, pero George lo ayudaría a servir, porque ellos tenían que hablar.
-De eso quería hablarte-
-Qué bueno, porque yo también-
-Terry tiene planes. Él… pues él está muy ilusionado- la chica se sonrojó mucho.
-¿Y qué planes son esos?- sonrió Albert jugueteando con sus cubiertos.
-Bueno, Albert, me habló de matrimonio- dijo y se sonrojó aún más, que las mejillas le ardían y los ojos le brillaban.
-Ah-
-Quiere recobrar su carrera, y así ofrecerme matrimonio- Candy calló porque la voz denotaba su emoción y su nerviosismo -¡Oh, Albert!-
-Bien, pero ¿Recobrar su carrera con ese papel? ¿Dorian Gray?- Albert alzaba las cejas.
-Bueno, eso quería preguntarte ¿Qué opinas de eso?-
-Bueno, si tiene éxito, Candy, podría ser nominado a algunos premios. Eso borraría por completo su mala racha, obtendría nuevas oportunidades y podría construirse un nuevo futuro en el teatro, si es que él de verdad pone de su parte- a Albert le costó un poco decir lo que añadiría –Y así poder casarse contigo-
Candy quería controlar sus emociones, pero estaba fallando en el intento. Era una chica de veintitrés años cerca de los veinticuatro después de todo, llena de amor, emociones y vida.
-Pero ese papel es peligroso- advirtió él.
-Eso pienso yo. Pero, pero…-
-Aunque sea ficción tiene que meterse dentro de la piel de un drogadicto maldito entregado a los vicios, Candy. Es muy peligroso para alguien que todavía le falta mucho por recuperarse de precisamente lo mismo-
-Lo sé. Pero Albert… está ilusionado-
-Está ilusionado por ti- atajó él secamente.
-Tal vez no tendrá ofertas tan buenas en un tiempo, Albert, ya sabes que Terry como actor perdió el prestigio por completo- explicaba Candy –Dorian Gray puede ser su salvación, pero también su perdición, lo sé-
Albert meditó, comprendía totalmente a Terry en ese momento.
-Es cierto, tendría que esperar mucho tiempo para poder recuperar su dignidad y casarse contigo- Albert no le mencionó su opinión de que si él fuera Terry le propondría matrimonio a Candy ya, enseguida, sin importar nada más. Pero también sabía que Candy no aceptaría por ser tan apresurado - Y no sólo eso, a ti te haría muy bien irte unas semanas de Lakewood ya sabes por qué- puntualizó el hombre con disgusto –Chicago no está lejos, podría ir a visitarlos también-
-Aquí estoy amenazada, debo irme, sí...- Candy sintió un viento frío rozar su piel. Sin darse cuenta revisó con la mirada que las ventanas y las puertas de la casa estuvieran cerradas.
-Y además te ayudará a recuperarte de lo de la señora Wishmore… Aunque no quiero pronosticar lo peor-
George traía ya la comida a la mesa y tanto Caramelo, como Roco el guacamayo, y Pita la serpiente jugueteaban por ahí por el piso como si nada.
Los animales convivían mejor entre sí que las personas.
-Es una buena idea, lo reconozco- le dijo Albert- Claro, sigue preocupándome ese personaje…-
Oscar Wilde era un autor muy controversial, había estado en la cárcel y mucha gente le tenía recelo en especial a ese libro "El retrato de Dorian Gray" que tanto escándalo causaba y que la Iglesia había prohibido.
-Pero confiemos en que él es un profesional, un hombre recuperado y más fuerte- añadió animando a Candy –Pero sin duda que te necesita-
La chica abrió mucho los ojos ante ese comentario.
-Sí, debes estar con él si hace ese papel, Candy- aclaraba su amigo.
-Lo sé…- ella sabía eso, lo que la asustaba era tener que viajar con Terry sola, sin la familia del Hogar allí presentes con ellos. Ya no era lo mismo a como era antes cuando tenían dieciséis años. Y la asustaba enfrentar la sociedad, el mundo del espectáculo.
-Entonces... voy a codearme con artistas, directores, actores, a estar en fiestas y en teatros, hum- decía Candy entre emocionada y asustada. Ella en realidad no era muy dada a esas cosas pero al lado de Terry sería muy distinto.
-Sí, eso creo- Albert le sonrió plenamente y el olor de la comida era exquisito -¿Aceptarás?-
-Oh Albert ¿Debo?-
Esa pregunta era para él algo difícil de responder, ese viaje significaba que la boda de Candy con Terry estaba a un poco más de un mes como mucho de distancia y el tenía sentimientos encontrados al respecto. Era muy poco tiempo para Terry recuperarse más.
-Ayúdalo, Candy, ayúdalo a ser un gran actor con esa obra y te veremos en los teatros con él, recibiendo premios y todo- pero para Albert lo primordial era la felicidad de Candy- Tú debes irte un tiempo, y nosotros aquí nos ocuparemos de Butch Jackson-
Candy suspiró, su mente empezaba a soñar. Albert le extendió su mano y sintió su calor:
-Ayúdalo, y así tú serás feliz-
Después de la cena, George la llevó al Hogar de Pony y apenas detuvo el coche, Candy se baja y corre hacia la cabaña. Terry estaba allí, sabía que ella se había ido a cenar a la casa de Albert y no pudo dejar de sentir una punzada de celos.
-Hola-
-Hola- él le abrió la puerta -¿Qué tal la cena?-
-Muy bien- sonrió de oreja a oreja –Me ayudó mucho a superar lo de la señora Wishmore-
-¿Qué harás al respecto, Candy? Si esa señora fallece…-
Ella lo meditó, ahora tenía otras ideas en la cabeza.
-Esos niños necesitan a su padre, Terry-
-Pero ese hombre no es un padre para ellos. Nada harás tratando de contactar a ese tipo. ¿Piensas irte a México a buscarlo? Te conozco, eres capaz-
Su instinto le decía que ella debía hacerlo, pero ahora estaba su futuro con Terry y ese viaje a Chicago.
Terry se molestó mucho pensando que Candy escogería irse a México para buscar al tipo aquel que quedarse con él o irse a Chicago con lo de la obra.
-Creo que dejaré ese asunto en manos de la Hermana María- le respondió sorprendiendo mucho a Terry.
-¿Sí?...-
-Sí-
-Bueno. Sí creo que es lo mejor. Aquí ya no podemos tener más niños por ahora- Terry se tranquilizó y su rostro se suavizó por completo- Candy, me siento muy bien. Me he recuperado tanto que creo que tendré un futuro nuevo y muy bueno-
-Oh, claro que sí-
-Tengo pensado hacer muchas cosas- Terry sonaba soñador, y Candy adoraba eso –Candy, yo…- el hombre la miró con sus ojos azules y penetrantes.
A ella le brincó el corazón, había algo más que Terry quería decirle:
-Yo quiero adoptar a Lolo-
-Ehhh ¿Tú?- Candy no reaccionó mucho –Pero, ehh- su mente tardó en coordinar la información –Creo que para adoptar hay que estar casado, tiene que haber un padre y una madre-
-Bueno- Terry sonrió – Yo sé que soy un soltero desastroso, con un historial dudoso. Pero ahora voy a comenzar de nuevo, me voy a recuperar y, bueno, te lo digo otra vez, yo quiero que te cases conmigo-
-¡Terry!- balbuceaba la chica con la piel de gallina. ¡Era demasiado lo que ocurría en dos días!
-Ya te lo dije… Casémonos, y cuando nos casemos, tú y yo podremos adoptar a Lolo, de hecho, adoptar a todos los niños que quieras, Candy-
La cabaña se llenó de color. Para Candy era como entrar al país de las maravillas de las que hablaba aquel cuento.
Sonrió sin poder pronunciar palabra alguna.
