Capítulo XII
-Es muy hermoso lo que vas a hacer- ella estaba conmovida. Observaba a Terry con nuevos ojos, unos muy brillantes y llenos de vida–Nunca pensé que tú harías algo así-
-¿Qué?¿Adoptar?-
El joven estaba en el campo montando un enorme caballo inglés con Lolo en la grupa cuando encontró a Candy recién saliendo de la capilla con su clase. Terry se detuvo y bajó del caballo cargando a Lolo en sus brazos, luego le dice a la pequeña con suave voz: "Ve con tus amigos y ya nos veremos"
Después de que la niña corre alegre a reunirse con los otros, él observa a Candy con curiosidad.
-Es asombroso- soltó Candy sin quitar la vista de la pequeña que se alejaba - Antes ella no se reunía con nadie, era apartada y solitaria. Se ha conectado mucho contigo, Terry-
-Lo sé- sonrió pero luego torció el gesto -Y todos los niños se burlaban de ella ¿Sabías eso?- agregaba.
La chica volteó hacia él perpleja.
Terry asintió.
-¿Cómo lo sabes?-
-Cuando llegué aquí, a los pocos días, mientras me recuperaba de… ya sabes- Terry no continuó pues ella asentía –Pues estaba por aquí y escuché a un grupo de niños cantando, y cantaban y cantaban- Terry empezó a contar esa anécdota – Al oír lo que cantaban me acerqué a ellos…-
-¿Qué era?-
-Candy, los niños del Hogar se burlaban de Lolo, la rodeaban todos en un círculo y cantaban mofas ¿No se habían dado cuenta ustedes de eso?-
-No- Candy sacudió la cabeza consternada –No, en realidad no-
-Lolo no hablaba, por eso no contaba nada de lo que le pasaba-
-Oh, Dios. Debimos saber eso ¿Cómo pudo pasar?-
-Es natural, los niños son así. No los culpes- replicó Terry severo –Yo fui así, lo admito, la inmadurez es mala en algunos de nosotros. Entonces…- prosiguió con la anécdota y evadiendo recordar su pasado–Me acerqué a ellos para detenerlos. Llegué y los escarmenté. Les dije que no molestaran más a Lolo-
Candy bufó:
-Ahora entiendo, entiendo por qué su mudez y su timidez eran cada vez peores-
-Sí, es posible-
-Y por eso ella habló contigo. La ayudaste y ella se sintió mucho más a gusto contigo-
Los dos se miraron, como envueltos por un encantamiento. El paisaje que rodeaba el Hogar de Pony parecía emanar algún hechizo mágico porque Candy desde la otra noche no dejaba de sentirse en el País de las Maravillas.
Sorpresivamente él le tomó la mano y sintieron ambos el corrientazo del amor.
-Gracias, en verdad. No creí que…- agregó ella desviando sus ojos hacia sus zapatos para evitar esos ojos azules que tan hermosos.
-Que alguien como yo hiciera estas cosas- adivinaba él – Que alguien como yo adopte a un huérfano-
-Sí, es que debes entender… Casi nadie en el mundo lo hace. Todos quieren hijos biológicos y bueno…-
-Supusiste que yo era demasiado egoísta para eso- adivinó él con una mueca- Bueno, ya ves. No todos los que quieren adoptar tienen que ser unos buenos samaritanos. Y yo soy raro ¿No te habías dado cuenta antes de eso?- Terry se sentía halagado por su sinceridad. Tal vez era la primera vez que Candy valoraba algo de él como persona.
Él tocó su rostro con su mano y la hizo alzar la mirada y la miró a los ojos:
–Fui duro contigo una vez, era un tonto, pero ahora ya ves, soy diferente- alzó una ceja con elegante gesto, muy inglés.
-Terry, lo eres- ella sintió una oleada de cariño y admiración. Si una vez lo amó, ahora lo amaba más y era porque él se lo estaba ganando.
Sin darse cuenta comenzaron a caminar juntos hacia el edificio.
Los días pasaban tranquilos, una mañana después estaban en la biblioteca del pueblo donde Terry iba con frecuencia. Le gustaba leer, y ahora que se preparaba para regresar a su trabajo, volvía a retomar su hábito de estudio. Hacía tiempo que Terry había dejado todos esos hábitos.
A Candy parecía haberla atacado la ansiedad pues trabajaba más que nunca y no paraba de dar vueltas. Ni aún en la biblioteca se estaba quieta.
El lugar era bastante pequeño y modesto y su catálogo consistía más que todo en libros estudiantiles para la escuela local. Pero para reunirse con Candy era el lugar ideal.
-Dime ¿Te preparas para el viaje?- preguntó ansioso, pues tenía el temor de que Candy desistiera en cualquier momento. Y él no pensaba en otra cosa que eso; por encima de su regreso al teatro estaba el de su futura unión con Candy.
-Ehh, bueno, sí- ella respondió escuetamente. Tenía millones de cosas que decir pero a la hora de la verdad nada le salía.
Terry sonrió mucho más tranquilo, no quería ni presionarla ni asustarla. Era obvio que la chica había aceptado su propuesta pero aún luchaba contra las dudas y el miedo.
Parecía que esta vez nada iba a detenerlos, a Candy o a Terry. Se irían a Chicago a enfrentar su destino.
Firmemente Albert les había sugerido a todos no decir nada a nadie.
En la Mansión Leagan esa misma tarde del día en la biblioteca, Albert se cercioraba que ninguno de los Leagan supiera nada de los planes que tenía Terry con Candy.
En lo general a Neil no le gustaba nada tener a Albert allí todo el tiempo, era como si el hombre lo estuviera vigilando, como si supiera algo.
Evadía salir de su cuarto cuando estaba presente en la mansión. Pero aún así no se salvaría, cuando creyó que el automóvil de Albert salía, se acercó al jardín sintiéndose más relajado, pero cual no fue su sorpresa que al estar fuera junto a los rosales, una sombra se encontraba parada al lado de la fuente cuyas aguas chispeaban ante los rayos del sol:
Era Albert que estaba en el jardín.
Perplejo Neil no entendió, pero poco a poco su mente se aclaraba. El automóvil se había ido, en efecto, pero con George solo, Albert se había quedado en la casa.
-Hola Neil- saludó relajadamente el señor Andrew, muy elegantemente vestido en esa ocasión. Algo muy inusual en él, por cierto.
-Hola- rasguñó el aludido secamente- Ehh ¿Cómo están los negocios?- disimuló su sorpresa con una conversación vanal.
-Bien. Anoche me reuní con el señor Siao Han, que parte para China hoy- chequeó su reloj de bolsillo- De hecho ya debe haber embarcado. Y bueno, los presupuestos han bajado mucho, los intereses de nuestras acciones también…-
Neil se aburrió enseguida.
-Oh, qué bien- cortó la cosa y quiso marcharse –Bueno, tengo algo que hacer…- se excusaba.
-No hemos hablado de lo que vine a hablar- lo detuvo Albert cuando Neil daba la media vuelta.
-¿Ahh?- Neil se quedó tieso y giró la cabeza lentamente. El sol le iluminaba todo y su cabello parecía más claro.
-Neil, quiero que me digas si conoces a Butch Jackson-
-¿A quién?-
-Me oíste, Butch Jackson, el hijo del banquero-
-Ohh, ya- hizo memoria- Sí, ya me acordé. Lo he visto, sí ¿Qué pasa con él?- bufó malhumorado.
Albert se le acercó y Neil involuntariamente retrocedía.
-Es un tipo peligroso-
-¿Ah?- balbuceó Neil.
-Es un tipo peligroso. Espero no te relaciones mucho con él, Neil- la voz de Albert adquirió un tono grave, algo amenazante –Se está metiendo en cosas que le van a traer muchos problemas-
-Oh- balbuceaba Neil otra vez.
-Butch Jackson algún día caerá, porque sabemos las cosas que hace, y junto con él todos aquellos que lo alcahueteaban. Ten en claro eso-
-Ah-
Los ojos azul claro de Albert se clavaron en Neil que éste casi podía sentirlos como agujas.
-Yo sé muchas cosas, Neil, te lo advierto, pero…- dejó de mirarlo y se paseó tranquilo alrededor de la fuente –Agradecería mucho que me informaras si sabes algo, si colaboras en vez de juntarte con ciertos individuos-
-Yo he visto al tipo, pero no soy amigo ni hago nada con él- se defendió al fin el joven Leagan.
-Bien, sólo te lo digo-
No quería entrar mucho en detalles, mucho menos que las cosas llevaran a hablar algo sobre Candy y Terry. Albert disimuló todo fingiendo naturalidad. Solamente quería dejar las cosas en claro. Conocía a Neil, y sabía que tenía miedo y que por salvarse el cuello le informaría cualquier cosa.
Albert obraría de esa manera. No tenía ayuda de ninguna autoridad, de nadie, de hecho, pero él se las ingeniaría para librar Lakewood de individuos peligrosos. Candy no volvería a pasar por lo que pasó.
Ella se iría a su viaje y se olvidaría del sufrimiento que dejaba allí, y cuando volviera… tal vez para casarse con Terry… Albert le tendría una ciudad segura donde pudiera vivir, aunque del resto de las cosas él no podría protegerla.
