Capítulo XIII

Era una mañana fresca de verano y a pesar de la estación la bruma cubría todos los caminos que llegaban al pueblo con su blanca frialdad.

-Adiós- le dijo Terry a Lolo que lo observaba callada cargar una maleta. No había dicho una palabra más desde hacía días, desde que presentía que Candy y Terry y se iban.

No había nada que pudieran decirle a una niña tan pequeña que desilusionada los veía marcharse, y que no entendería por qué se iban.

–Lolo- Terry la tomó por los hombros y con mirada muy firme le dice -Regresaremos en unos días, no nos vamos para siempre. Volveremos por ti ¿Entiendes? Te lo prometo-

Candy lucía como otra persona esa mañana, ante los ojos de la señorita Pony y la hermana María era como ver a una doncella que recién se había casado. Era la avecilla que se marchaba del nido a emprender el vuelo.

Con un fuerte abrazo la despidieron, confiando que no serían muchos los días que estarían los dos fuera.

Terry la tomó del brazo y juntos se fueron al coche que los esperaba. Ellos sin voltear atrás, en especial Candy que derramaba una lágrima.

Era extraño que marcharse a ese viaje fuera algo tan emotivo cuando ella ya había recorrido medio mundo sola, acompañada solamente por Clin, cuando era una adolescente. Ahora que tenía veinticuatro años recién cumplidos todo parecía más difícil.

Porque antes cuando tenía el corazón de una niña todo era platónico, todo era solamente un encantador romance con la vida, despreocupado, soñador, nada serio. eso ya no más.

La adolescencia pasaba y el camino de ella y Terry ahora era la adultez, la gris, austera y seca adultez, donde no había cabida para algo platónico y eso era lo que la mantenía tan aferrada al Hogar de Pony.

Dejarlo esa mañana era dejar en definitiva a la niña que siempre fue.

El coche arrancó emanando vapores entre la neblina y así Candy y Terry empezaron a alejarse, a alejarse del grupo de figuras oscuras que se dibujaban en la lejanía. Una muy pequeña se había quedado en medio de la carretera pues no entendía por qué tenían que irse: Así la dejaron, y mientras el coche se alejaba Terry perdía de vista a Lolo por completo.

Le recordó mucho a Candy gélidos momentos de un triste pasado, esa bruma blanca que la acompañaba en su partida, era como el día en que se la llevaron a Inglaterra.

Pensativa vio por la ventana pasar el sendero que iba a casa de Albert y sintió que lo extrañaría mucho. Estaba nerviosa, ansiosa por la decisión que había tomado y que debía enfrentar.

Se iba y lo dejaba todo atrás, dejaba el peligro y las amenazas, dejaba atrás aquella gente que tanto daño le había hecho y era un gran alivio para ella. Estaría siempre acompañada por Terry.

Ahora ¿Qué le esperaba en Chicago? Glamour, fiestas, sonrisas, aplausos, Candy sonreía soñando con un mundo mágico.

-Por cierto, Candy- Terry le habló en medio del ronroneo del motor del coche que marchaba -¿Qué fue de ese cuatí tuyo?- una sonrisa de añoranza se dibujó en sus perfectos labios -¿Cómo se llamaba?-

-Clin- Candy sintió una punzada en el estómago.

-Sí, ese animalito. Vaya que me había olvidado de él, jaja, recuerdo que en el Colegio San Pablo lo metías a escondidas de las monjas-

-Fue mi único compañero en mis momentos más terribles y más solos de mi vida, Terry- ella sonaba seca, inexpresiva.

Terry se dio cuenta de eso y calló.

El silencio, la expresión de Candy y la forma en que dijo que "fue" le corroboró que en efecto Clin se había ido hacía tiempo.

-Lo siento… eh- carraspeó –estás.. eh- calló por un momento. Se preguntaba si Albert con tantos animales no había intentado darle una nueva mascota, pero no hizo el comentario – Candy ¿Estás nerviosa?-

-No-

Él sabía que sí lo estaba. Pasó de la euforia de los días pasados a estar callada ahora.

-No tienes por qué. Ya verás, el mundo del teatro es fascinante. Te gustará- él se relajó y se recostó de su asiento.

Ella no se preocupaba tanto por eso precisamente, pero ¿Qué podía saber él? No podía hablar de lo que le pasaba con Terry, era demasiado íntimo. Candy se sentía muy extraña.

-Es sólo que dejamos todo aquí ya sabes. Dejamos todo aquí sin resolver- dijo al fin.

-Creí que Albert te dijo que se ocuparía de eso-

-Precisamente, no es asunto de Albert ocuparse de nuestros problemas, de mis problemas ¿Hasta cuándo? Hace demasiado por nosotras, hace mucho por el Hogar siendo él un hombre tan ocupado-

-Albert es feliz haciendo lo que hace, creéme. Por eso lo hace- Terry suspiró –Me recuerda a mí. Él y yo compartimos mucho- adquirió un tono reflexivo –Albert y yo una vez nos apoyamos el uno al otro, él me comprendió pero luego…-

-Luego ¿Qué?- Candy alzó una ceja.

-Nada- él obvió ese tema. No quería recordar todos sus momentos de crisis, de cuando estaba perdido en los vicios, en que se imaginaba toda clase de cosas con ella y Albert. Sus celos iracundos e injustificados, producto de sus delirios.

Ella recordó su misión, su misión de ayudar a Terry a volver a ese mundo donde una vez se perdió, de hacer que pudiera volver a su carrera de actor con fortaleza y principios, y sin miedos ni traumas.


El automóvil llegó a la estación y Terry cargó las dos maletas.

Con un suspiro Candy da una última mirada al pueblo y a las montañas cubiertas de bruma que albergaban su hogar. Presentía que no sería la misma cuando volvieran.

El viaje en tren sería corto, y ella y Terry iban hablando de todo, cada vez crecía más y más la emoción de ambos.

A media mañana estaban ya en Chicago, una ciudad que Candy ya veía con recelo pues las noticias sobre criminales y mafia Italiana invadiéndolo todo eran cada vez más preocupantes, y pensó en Albert que se había quedado en Lakewood con el problema de Butch Jackson encima.

Ella y Terry se habían ido dejándolo todo, se iba dejando al doctor Letermann solo con lo de la señora Wishmore. Ya se veía llamando por teléfono al hospital veterinario de Albert todos los días para saber de todo eso.

A medida que se acercaban a la ciudad, gris y nublada, se imaginó siendo recibida con flores y aplausos, como si ella fuera una estrella, y tal vez llegara a ser como las de cine, como Gloria Swanson, Clara Bow, y Terry como Rodolfo Valentino, que andaban por aquellas alfombras rojas luciendo glamorosos trajes y vestidos.

Soñaba demasiado.

Esa convivencia con Terry crearía una intimidad más profunda entre ellos.

El tren llegó y todos bajaron en medio de un barullo de gente muy bien vestida que iba y venía. Terry no se esperaba nada especial allí pero se equivocó…. antes de que pudiera tomar la mano de Candy y llevarla a la salida de la estación un grupo de fotógrafos los emboscó.

No sólo era un grupo de fotógrafos, también un grupo de mujeres y chicas con flores y canturreando al unísono el nombre de "Terry Graham"

Un poco aturdida por la multitud que la había separado de Terry, Candy se quedó tiesa en medio del andén con su maleta en la mano. Terry fue rodeado por el grupo de gente e inútilmente decía que él venía con Candy.

Inútilmente trataron de no separarse pero la multitud se interpuso y un hombre pasó junto a ella y de un golpe le tumbó la maleta.

Terrence Graham fue recibido por los medios de Chicago en el andén, en medio de fotos y reporteros, pero dejaron a Candy olvidada atrás y lejos de él.