Capítulo XVI
Era noche de gala en la sala de óperas de Chicago. La compañía de teatro Stratford celebraba el Opening de la nueva temporada, con el regreso de su estrella Terry Graham, y esa noche se organizaría un gran baile.
Candy no esperaba que fuera tan glamoroso el asunto… pero lo era. El vestido que Terry le había comprado para la ocasión era la última moda en Europa, pero para Candy era como meterse dentro de una prisión: nunca usó un vestido tan incómodo.
Ya cercana la noche, estaban todos listos para irse a la gala, y un carruaje esperaba a la pareja a puertas del hotel, todo rodeado de fotógrafos. Candy lucía como una princesa, y Terry no podía estar más feliz, a medida que pasaban los días la importancia de Candy ya se estaba haciendo notar, y lo que en una principio fue frialdad e indiferencia… se estaba volviendo admiración.
Y a pesar de la dificultad para poder escapar de la prensa, el carruaje los llevó a la sala de óperas a lo largo de un viaje al atardecer.
No hablaron mucho ellos dos, pero sus corazones palpitaban con emoción.
La mujer que pasaba por enfrente del Hospital de Chicago en ese momento, era una completamente distinta a la que una vez se fue de allí. Candy observó pasar el edificio con rapidez por el cristal del carruaje, pero las memorias que le cruzaron por la mente eran infinitas.
La Ópera de Chicago era un lugar impresionante, ya Candy lo conocía pero no podía decir que todos los recuerdos le eran gratos. El pasado los acompañaría siempre, pero como Albert siempre les decía a los dos, nunca debían pensar más en lo que ocurrió.
La vida que tenían ahora era otra, y todo lo demás era sombra inexistente ya.
No creyó que ocurriría, pero Candy empezaba a preferir que la ignoraran como hicieron los primeros días de su llegada a Chicago, que toda aquella atención. Se sentía muy incómoda y fuera de lugar.
Terry necesitaba que ella se adaptara, que se sintiera bien en ese mundo, porque eso era lo que hacía que él pudiera continuar con su carrera, con su pasión, reconstruyendo de nuevo lo que fue destruido por completo junto con su propia vida.
Aquel renacer era gracias a Candy y nada más.
-Me alegro, me alegro, me alegro de verte otra vez sobre los escenarios, Terrence- comentaba el alcalde con una copa llena de vino en la mano–Los medios se han retractado de muchas cosas que han dicho-
-Así es- Candy intervino –De muchas cosas, señor alcalde, de muchas mentiras-
-Pues qué bien, siempre supe que eras una gran promesa, Terry. Y la compañía Stratford está entre las mejores de estos días, sí, sí- proseguía alegremente aquel hombre bien vestido –Y por cierto ¿Van a regresar a Londres?- agregaba a propósito.
-No- intervino Terry –Nosotros vivimos en Lakewood, señor alcalde, no en Inglaterra. La compañía sabe eso muy bien, y mi contrato está acomodado para eso. Ésa era la condición-
-Oh, qué bien-
-Sin embargo, quién sabe en un futuro- agregó ella casi sin pensarlo. Terry volteó a mirarla.
Entonces, el anillo que llevaba ella en su dedo, finalmente empezó a ser notado: la representante de Terry se acercó y la tomó de la mano.
-Creo que ustedes dos tienen algo que decir, si no me equivoco-
La representante no aceptaba a Candy todavía, de hecho, casi nadie, pero se daba cuenta de que no había nada qué hacer al respecto.
Candy se estremeció de pies a cabeza y Terry abrió mucho los ojos:
-Sí, es cierto, hay algo muy importante qué decir, señora Layete: Candy y yo estamos comprometidos-
La señora Layete no se inmutó.
-Bueno, supongo que lo anunciarán a la prensa oficialmente- dijo.
-No- Terry respondió al instante con severidad–No lo anunciaremos ante la prensa. No queremos que salga en los periódicos todavía, no al menos hasta que termine la temporada-
-Entiendo. Pero igualmente la gente verá ese anillo…-
-Que lo hagan y piensen lo que quieran, no daremos ningún anuncio oficial- la cortó Terry tajantemente. La señora Layete no hizo ningún otros comentario y dejaría las cosas así como estaban. Lo más importante ahora eran las presentaciones.
Así era.
Candy estaba adaptándose a todo eso, de la misma manera en que Terry se había adaptado a la sencillez de Lakewood y del Hogar de Pony. Era algo que le había salvado la vida, pero todavía, estando en aquellos ambientes, Candy no podía dejar de sentir una gran ansiedad.
Era realmente difícil tal como lo había experimentado Terry, la gente era déspota, interesada e hipócrita, y muy difícilmente se encontraban buenas compañías. Pero todo lo hacía por ayudarlo a él a no abandonar su pasión, y ahí estaban, juntos y felices.
A medida que avanzaba la noche, la prensa empezaba a acaparar la atención en todo. Y no importaba cuánto hubieran pedido que la prensa se mantuviera lejos de ellos, siempre se hacían su camino para entremeterse.
El baile era sofocante, el vestido agobiaba a Candy, y Terry, Terry fue absorbido por completo por las incesantes preguntas de la gente y de la prensa sobre su polémica interpretación de Dorian Gray pronta a realizarse.
Por supuesto que tampoco escapaban de las indagaciones sobre su supuesto compromiso con "la chica".
Había una gran multitud bailando, comiendo y charlando, y finalmente Candy se queda sola sin saber en qué momento había perdido a Terry de vista. Pero debía comportarse, debía actuar como lo hacían todas las demás.
Pero ella no era como todas las demás.
Entonces, al verse allí tan fuera de lugar, apartada y sin que nadie le prestara atención, comenzó a sentirse incapaz de dominar su ansiedad, ella jamás se sintió bien entre aquella gente. Y nunca sería aceptada, lo sabía, lo sentía.
-Tú eres la chica de Terry- una delicada voz interrumpe aquellos atormentantes pensamientos en Candy. Había un grupo de chicas paradas allí donde ella estaba.
–Soy Candice White- ella corregía secamente. Hasta ahora, nadie la había llamado por su nombre, siempre era "la chica con quien andaba Terry Graham", y no importaba cuánto tiempo pasara ella en el medio, nunca la llamarían por su nombre. No conocía al grupo de chicas que tenía enfrente, pero siempre estaba dispuesta a intentar relacionarse con las gentes del teatro y la sociedad cuando estaba en ese mundo.
-Vaya- exclamaron varias. Suponía que eran invitadas de los compañeros de reparto de Terry, o algo así. No le importaba en realidad.
-¿Pasa algo?-
-¿No bailas, Candy? Porque estás por aquí sola- otra de las chicas se interesa.
-No en realidad, es que sinceramente…- Candy quiso ser honesta –No soporto este vestido, no puedo ni moverme- soltó con una sonrisa traviesa.
El grupo se echó a reír, y Candy se puso colorada al ver que estaban todas vestidas igual, y que aquellas chicas bailaban y hacían todo con esos corsé, como si nada.
-Es que no soy buena bailando- fue lo que se le ocurrió decir, y torció el gesto con una mueca. Las chicas volvieron a reírse.
Eran todas iguales, siempre esas risitas, y más risitas. Y recordaba lo que le decía Terry, que en realidad allí sólo habían chicas inmensamente tontas y fáciles, las chicas que la mayoría de los hombres conocían en sus vidas.
No tenía nada que hablar con ellas, ni con nadie. Candy suspiró y supo entonces que era inútil, estaba allí siendo como un mono de circo ambulante y perdió el sentido de la conversación por completo. La veían como una cosa exótica, como la nueva mascota del famoso pero caprichoso actor. Estaba totalmente fuera de lugar. Y se sintió muy mal, aunque no supiera en la realidad si tenía razón de pensar todo lo que estaba pensando.
Lo hacía todo por ser una dama, había estudiado, había aprendido a bailar como la nobleza, había aprendido a hablar, pero ahí estaba deseando estar sin zapatos corriendo por la Colina de Pony.
Decepcionaría a Terry, que había sido capaz de dejarlo todo por ella.
Entonces el baile se le transformó en una mascarada falsa e hipócrita, y la amargura se adueñó de su corazón. No se dio cuenta siquiera de si había continuado hablando con las chicas aquellas.
Necesitaba escapar, respirar aire, alejarse.
