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Imagen: 129. Castillo en el cielo, mar, piano y chica. Propuesta por mí.
Personajes: Takeru, Hikari
Summary: Las palabras que escribe él, hacen que ella brille. La melodía que toca, que ella hable. Antes de volver a su prisión del cielo.
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Espejismo
23. La sombra brillante
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Takeru corría todo lo rápido que le daban las piernas. Tropezó varias veces con las grandes raíces de los árboles o se chocó con ramas bajas, pero siguió atravesando ese bosque a toda velocidad. Llegó por fin al final y, con un último esfuerzo, alcanzó la pequeña playa. Cada instante que no pasaba a su lado, era un instante perdido.
La poca arena que había era muy blanca. El mar estaba en calma, tan azul como el cielo. Se sentó, con las pequeñas olas mojando sus pies, y comenzó a escribir.
Escribió textos llenos de palabras que hacían que recordara cosas bellas: felicidad, eternidad, magia, poemas, sueños, lluvia, sonrisas, cielo, flores, estrellas, canciones, amor… y luz.
Cuando escribió esa última, ella apareció. No era capaz de ver su rostro, solo era una sombra brillante, tan blanca como la luna. Aun así, sabía que sonreía.
—Te he echado de menos —saludó él, como siempre.
Ella caminó sobre el agua. A cada paso, un papel parecía desprenderse de su cuerpo. Lleno de palabras y textos mágicos, escritos por Takeru. Apareció un piano en una acumulación de arena que se adentraba un poco en el mar. Él se sentó sobre el taburete del instrumento y pulsó las teclas.
Con suavidad, con cariño, como si acariciara a alguien querido. Y cada nota, le daba más voz a ella.
—Debes dejarte de hacer esto —fue lo primero que dijo.
—Hikari… te quiero.
—Takeru. No lo hagas más difícil.
Él negó con la cabeza, sonriendo, sin dejar de tocar en el piano esa delicada melodía que había compuesto para ella. Cuando llegó a un punto culminante, entre las nubes del horizonte, cada vez más cercanas, emergió un gigantesco castillo flotante.
—Iré contigo esta vez —dijo.
—No. —La silueta luminosa de Hikari pareció titilar, él temió que se apagara.
—Nada me ata a aquí.
—¡La vida! Simplemente eso —por su voz, ella parecía a punto de llorar.
—¿Qué es este mundo en comparación con cualquier otro en el que pueda estar contigo?
El mar, igual que el castillo en el cielo, parecía acercarse hacia ellos. El piano se volvía más viejo a cada segundo, mientras la melodía llegaba a su fin y el cuerpo de Hikari se hacía más luminoso con cada papel que se desprendía.
—No podrás, aunque quieras —susurró ella—. No soy nada, ¿cuándo lo entenderás? Ni siquiera soy una sombra, solo soy algo que creaste…
—Jamás podría crear algo tan perfecto.
—¡No me conoces! No soy perfecta. Brillo por tus palabras, hablo por tu música, te espero en un castillo hasta que vuelvas a aparecer… ¿Y para qué? Debes tener una vida, dejar de aferrarte a este mundo imaginado que intentas alcanzar.
—Eres todo lo que quiero, tal y como eres. Yo solo estuve ahí cuando la magia apareció, porque algo quería que existieras. Y no volveré a separarme de ti.
—Solo te llevarás una decepción más.
La pieza musical bailaba hacia las últimas notas. Hikari caminaba por el agua, alejándose de Takeru para volver a su hogar flotante.
Todo empezó de niño, cuando él escribió en un papel palabras que le parecían bonitas. Algo brilló en aquella solitaria playa y ella apareció por primera vez. Pero se desvaneció pronto volando en forma de resplandor hasta una enorme nube. Con años de práctica, él consiguió que permaneciera más tiempo, que tuviera una forma más consistente, que tuviera vida propia. Y un día apareció el piano. Takeru pulsó una tecla y ella dijo su nombre.
Desde entonces, cada vez que podía volvía a aquel lugar a perfeccionar aquel arte mágico. La conoció a través de cortas conversaciones, la amó un poco más cada instante compartido, pudo ver cuál era su hogar cuando la melodía que le compuso llegó a ser lo que debía.
Y en ese instante decidió que se iría a aquel castillo con Hikari. Por supuesto, a ella no le pareció bien. Habían discutido por ello durante años, hasta que llegaba el momento y la chica se marchaba.
Él estaba cansado de solo poder verla unos minutos al día.
Pero esa vez sería diferente. La melodía de siempre dio paso a un final nuevo. Y él cantó. Cantó sobre un chico real que quería vivir en un instante de fantasía una y mil veces, que daría todo por estar con una chica luminosa.
Cuando Hikari se transformó en un resplandor blanco, otro dorado apareció a su lado. Y juntos volaron y volaron, más allá de ese castillo en el cielo que había sido tanto hogar como prisión, más allá de esa playa y de ese efímero instante que podían compartir.
Alcanzaron todos los cielos de los mundos reales e imaginados y se transformaron en estrellas gemelas.
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Se lo dedico con cariño al topic Takari, especialmente a loveangel7, que me animó a que escribiera mi versión de ella. La suya es preciosa, debéis ir a leerla (el octavo capítulo de su colección Dibujando momentos).
