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Imagen: 68: Pareja de chicos en parque (por June JK)

Personajes: Taichi, Yamato

Summary: Taichi siempre tenía esa estúpida sonrisa en la cara. A Yamato le daban ganas de quitársela a golpes. O a besos.

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Espejismo

28. Patatas fritas sabor vinagreta

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—Tenías razón —comentó Taichi.

—Lo sé.

—Ni siquiera sabes de qué estoy hablando.

—Pero siempre sé que tengo razón.

Yamato no tuvo que mirarlo para saber que había puesto los ojos en blanco. Y que estaba sonriendo.

Siempre tenía esa estúpida sonrisa en la cara. Le daban ganas de quitársela a golpes. O a besos.

—¿No me vas a preguntar a qué me refiero? —preguntó Taichi, sin tener demasiado cuidado en tragar las patatas fritas antes de hablar.

—¿Quieres dejar de hablar con la boca llena? —Yamato estiró la pierna lo suficiente para darle una patada al balancín en el que su amigo estaba sentado. Se tambaleó de pronto y Taichi tuvo que soltar la bolsa para no caerse.

—No hace falta ser un imbécil.

—No hace falta que enseñes a todo el mundo lo que estás masticando. Es asqueroso.

No recibió contestación. Yamato se preguntó cómo se había dejado convencer para sentarse en ese… ¿qué clase de animal era? Bueno, en ese bicho con muelle, en aquel parque infantil. Estaba a medio camino entre sus casas y Taichi se las arreglaba siempre para que acabasen perdiendo tardes enteras allí.

En verano no estaba mal, podían tomar un helado. Pero en invierno hacía un frío horrible. Más cuando empezaba a esconderse el sol.

Si hubiera estado con cualquier otra persona, Yamato se hubiera levantado para marcharse.

Pero Taichi no era cualquier persona. Era Taichi.

Y siempre conseguía descolocarle.

—Toma. —Apenas acertó a atrapar la bolsa de patatas antes de que cayera al suelo.

—¿Me das tu basura, Yagami?

—Te doy los trozos de patatas que quedan al final. Sé que es lo que más te gusta. Aunque sea raro de narices, siempre es mejor comer las que están enteras…

Yamato había dejado de escuchar. ¿Desde cuándo Taichi sabía esa estúpida trivialidad sobre él? ¿Desde cuándo le daba una voltereta el estómago solo porque su despistado amigo demostrara estar pendiente de él?

No se había fijado en el sabor, pero eran sus favoritas, de vinagreta.

Estúpido Taichi.

—En eso es en lo que tienes razón —comentó Taichi. ¿Es que acaso Yamato había hablado en voz alta? ¿O el otro había desarrollado la capacidad de leer la mente?—. No me mires así, sé la cara que pones cuando me insultas. Aunque sea mentalmente.

Yamato, que era muchísimo más educado, terminó de masticar y tragar antes de hablar. Sacudió las migas de sus manos para volver a ponerse los guantes e hizo una bola con la bolsa ya vacía.

—Podrías al menos hacer como que no me estabas insultando. Digo yo. —Maldito impaciente.

—Te estaba insultando. Es verdad. Y tú acabas de decir que tengo razón.

—No en todos los insultos, solo en algunos.

—El primer paso es reconocerlo… —Taichi se puso en pie de golpe, pillando a Yamato desprevenido.

—¿Puedes tomarme en serio por un momento?

El rubio frunció el ceño. Se movió para estar sentado de lado en el balancín, y así poder mirar a la cara a Taichi. La luz a su alrededor cada vez era más anaranjada y rosada.

—¿Qué bicho te ha picado? —preguntó Yamato, más que nada para romper el silencio.

La única respuesta fue una mirada muy intensa. Le recorrió un escalofrío, y sabía que no era precisamente por la temperatura. Pero Taichi debió pensar que sí, porque se acercó a él y le puso una mano en la mejilla.

Tenía la mano caliente, sin guante.

—Estás helado —su voz apenas salió con volumen—. ¿Tienes frío?

—Estoy bien —respondió Yamato, con más brusquedad de la necesaria. En realidad, se le acababa de pasar el frío.

Taichi no debió creerle. Porque puso la otra mano en la otra mejilla de Yamato.

Definitivamente, ya no tenía frío.

Quería apartarse. Decirle que se dejara de toqueteos y que terminara de una vez de hablar. O, quizá, preferiría estirarse lo suficiente para que su aliento contribuyera a calentarle la cara.

¿Darle un empujón? ¿Morderle? ¿Insultarle… besarle?

Había mil opciones en su cabeza. Solo una no se le ocurrió: que fuera Taichi el que se acercara más.

—Tienes razón en insultarme porque a veces tardo en darme cuenta de las cosas —murmuró, con la nariz rozando la de Yamato.

El rubio se quería morir, literalmente, porque no era capaz de apartarse. Porque no quería hacerlo. Estaba en sus manos. Así que cerró los ojos y le dejó partirle el corazón, burlarse de él o lo que fuera que se le pasara por la cabeza a Taichi para gastarle aquella cruel broma.

Por muy cerca que estuvieran, aunque notó primero el roce de narices, el beso lo pilló desprevenido.

Sabían, las bocas de ambos, a patatas fritas de vinagreta. Las favoritas de Yamato.


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Culpa de Midnighttreasure que el Taito haya escalado puestos en mis preferencias. Culpa de ella también que esas sean las patatas favoritas de Yamato (y también son las mías). Y culpa de ella que los asocie al frío. Id a leerla y ya veréis por qué.