Verdades a medias

Traducción de Half Truths, de purrina57, con su autorización. Ella es dueña de esta maravillosa historia (y muchas más). Gracias por sus comentarios de apoyo, realmente se los agradezco :) Este van sin beta, así que por favor avisen si algo les llama la atención. Voy a tratar de actualizar dos veces por semana, pero dependerá mucho del tiempo libre que tenga.


Capítulo 2

―Te ves hermosa ―dice mi madre.

Me veo en el espejo, mi cara pálida e inocente, mis grandes ojos verdes enmarcados en suaves rizos. Creo que soy bonita, pero a menudo desearía no serlo. De haber sido fea, mi madre jamás me hubiera pedido que hiciera esto.

Esto que haré es importante, un trabajo que la mayoría de las chicas acá matarían por tomar mi lugar. Sin embargo, a mí me aterroriza. Es abominable tener que casarme con un hombre al que nunca amaré, alguien con quien deba compartir lecho y al mismo tiempo mentirle todos los días.

Veo mi vida desencadenarse ante mí, larga, interminable. Una gran trampa de la cual nunca podré salir.

Podría perder mi virginidad con este hombre.

Empalidezco aún más.

―Clary, has hecho un excelente trabajo ―dice mi madre mientras me acaricia los hombros y endereza las tiras de mi vestido. Su cara se ve apacible, pero sus ojos delatan que está nerviosa. Sé que es duro para ella también, está tirando a su hija a los lobos. ―Verás que esta noche, cuando conozcas a sus padres, te irá de maravilla de nuevo.

Giro mi cara ligeramente. Mis ojos se posan en los grandes pendientes de diamante que cuelgan de mis orejas, tan pesados que rozan mis hombros. Son lo más hermoso que jamás haya usado, un regalo que le dieron a mi madre por sus servicios.

Quisiera no tener que usarlos, pero mi madre insiste en que se ven perfectos con mi vestido verde esmeralda ceñido al cuerpo, ese mismo que resalta cada una de mis curvas. Tiene razón, le van perfectamente.

Sin embargo, me enferma tener que usarlos.

―Regresa pronto ―me susurra mi madre al oído antes de besar mi mejilla.

Quisiera no tener que partir jamás.


―Se ve usted espectacular ―me dice una voz conocida, su aliento caliente en mi oído.

Giro la cabeza ligeramente, sin mostrar sorpresa, para verlo desde el rabo del ojo.

―Gracias ―le digo.

Lo veo acercarse, deslumbrantemente guapo en su traje oscuro y una corbata negra y delgada que cuelga algo suelta de su cuello. Me mira con una sonrisa burlona.

―¿La pone nerviosa conocer a mis padres?

―Para nada ―le respondo mientras me acomodo mi cabello con la mano. ―Tan solo me sorprende que me haya invitado de regreso luego de nuestra primera cita.

―Usted no está sorprendida ―me dice Jace. Tiene razón. ―Mujeres como ustedes están acostumbradas a que los hombres caigan rendidos a sus pies.

―De hecho, ningún hombre ha caído rendido a mis pies. Mi madre me ha mantenido aislada de ellos, a pesar de su profesión. Le sonrío lentamente. –Hombres como ustedes están acostumbrados a obtener lo que desean.

―Tiene razón ―me dice sin siquiera una pausa. Siento que me observa intensamente mientras yo escudriño la maravillosa vista de la ciudad bulliciosa a nuestros pies.

―¿Le puedo ofrecer un cigarrillo?

―Se lo agradezco ―le murmullo, mis manos apretando el chal alrededor de mis hombros. Estamos en un balcón privado del Wonderer, donde se encuentra una sola mesa a la luz de una candela muy particular. Hace poco estaba sentada, pero estoy tan nerviosa que no resistí la necesidad de levantarme e ir a recostarme en la baranda del balcón. Miro hacia abajo, hacia la calle a tantos metros de distancia y pienso en saltar.

Por supuesto, no lo hago.

―Tome ―me dice Jace, extendiendo su mano para colocar un cigarrillo cerca de mi boca. Lo miro a los ojos y tomo el cigarrillo mis labios con un gesto sensual. Me sonríe ascérbicamente, acerca el encendedor y enciende mi cigarrillo.

―Para ser una mujer que se declara inocente, parece estar bien versada en las artes de la seducción.

―Me han enseñado uno que otro truco – le digo mientras exhalo el humo delicadamente.

Jace se ríe y luego me pregunta: ―¿Qué tipo de trucos le han enseñado, exactamente?

―Pues bien, tendrá que esperar para darse cuenta ―le digo, aunque en realidad no conozco uno solo. Mi madre me ha enseñado lo que necesito saber para seducir a un hombre, pero no se me ha informado nada respecto del acto en sí. Nunca quise saber, la mera idea me causa repulsión.

Jace ofrece otra sonrisa burlona pero no dice nada más, ensimismado con la candela en el centro de la mesa. Parece distraído, más aún que la noche en que cenamos juntos. Lo observo, estudio su cruda belleza y ese velo de oscuridad que se oculta detrás de todos esos tonos dorados. Tiene un lado oscuro, posee la habilidad de ser cruel. Lo noto en sus rasgos, en su porte. Es reservado, peligroso.

Trago en seco y le quito la vista, mirando hacia la calle a nuestros pies, veo como los autos se apresuran por llegar a su destino.

―¡Jonathan!

Ambos giramos la cabeza para ver a un hombre mayor muy atractivo desplazarse con confianza hacia el balcón. Su andar es parecido al de Jace, aunque parece dominar mejor su arrogancia. Su cabello es casi blanco, a pesar de no tener arrugas. Las estrellas y la candela de la mesa se reflejan en su cabello como hilos de una telaraña.

―Ah, usted debe ser la señorita Fray ―indica el hombre. Se acerca, me toma la mano y la besa con la misma gracia que Jace.

―Es un placer conocerla al fin. Es usted tan hermosa como su madre.

Sonrío ligeramente y le doy las gracias.

―Soy Valentine, el padre de Jonathan.

―Es un placer ―murmullo, a lo que Valentine guiña un ojo.

―Temo que mi esposa no podrá cenar con nosotros ―nos indica Valentine― no se siente bien, pero quisiera extenderle la más cordial bienvenida de su parte, Señorita Fray.

―Por favor, llámeme Clary― le indico cortésmente.

―Naturalmente― me responde, al mismo tiempo que saca una silla y me la ofrece con un amplio gesto de su mano.

―Muchas gracias ―le digo de nuevo y procedo a sentarme con cuidado.

Jace toma la silla a mi lado, sus gestos abruptos, su cara sin expresión alguna. Valentine se sienta del otro lado de la mesa.

―Mi hijo no desea casarse, como usted sabe, pero usted parece haberlo impresionado lo suficiente como para aceptar casarse con usted, si está usted de acuerdo, Clary.

Trago en seco, sin sentir satisfacción alguna porque el plan de mi madre ha funcionado. Sé que debería estar feliz, pero estoy horrorizada. Sin embargo, sonrío y le digo sin titubear que acepto.

Jace me lanza una mirada furtiva, pero no logro captar el sentimiento detrás de ella. Está a la defensiva.

―Maravilloso― dice Valentine con una sonrisa que contradice la fría indiferencia oculta detrás de su cara. Es como si estuviese congelado, como si por las venas le corriera hielo, alguien al que no le remordería la consciencia actuar de manera inmoral para lograr su cometido. Es todo lo que los Guardianes no deben ser, todo en lo que se han convertido.

Son nuestros protectores, enviados por Dios para proteger a los humanos de los demonios que invadieron la Tierra hace 219 años. Por sus venas corre la sangre de los ángeles, tienen poderes suprahumanos para defendernos y mantenernos a salvo, y sin embargo son nuestros tiranos.

Todo está mal, Valentine es la imagen del abuso de poder. Lo detesto, a él y a Jace y a todos los Guardianes que se encuentran en el Wonderer en este momento. Son criaturas malvadas y crueles.

―La boda será tan pronto como sea posible, no hay razón para atrasarla ―dice Valentine, quien luego suena una campana sobre la mesa. Un mesero se acerca y Valentine le dicta su orden. El mesero obedece con diligencia y desaparece de regreso al Wonderer.

―Y su madre, ¿cómo se encuentra?―me pregunta Valentine sin que su voz registre una pizca de interés.

―Se encuentra bien ―le respondo.

―Cuanto me alegro, Clary. Su madre es una mujer muy interesante.

―Así es ―le digo desinteresadamente.

Jace luce aburrido, su cuerpo tirado sin gracia en la silla, rodando los ojos con cada comentario de Valentine.

―Quisiera discutir algunas de las responsabilidades que adquirirá al casarse con Jonathan ―el mesero nos interrumpe para colocar varios platos de comida gourmet humeante en la mesa. Valentine no pestañea, ni siquiera se toma la molestia de darle las gracias, sino que inmediatamente vuelve a enfocar su atención a mí. Su mano encuentra el tenedor y comienza a cortar el bistec en su plato.

―Usted lo acompañará a todos los actos públicos a los que él asista. Tendrá sus hijos y atenderá todas sus necesidades, sexuales y de cualquier otra índole. Lo obedecerá ciegamente y a cambio, tendrá su propio penthouse en el Wonderer. Tendrá toda joya y prenda de ropa que desee o necesite.¿Le parece?

―Sí ―le digo, pero noto que mi voz se vuelve cada vez menos melodiosa y más automatizada.

―De no poder tener hijos, se le reemplazará por alguien que pueda hacerlo, ¿está claro?

Es un monstruo despiadado.

Veo a Jace desde el rabo del ojo, registro una mirada de aburrimiento mientras su cabeza cuelga hacia atrás y observa la noche estrellada.

¿Cómo pueden ser estos hombres descendientes de ángeles? ¿Se habrá diluido su sangre con el pasar de las generaciones?

―Comprendo ―le digo a Valentine, asintiendo con la cabeza.

―Muchos de los Guardianes contraen matrimonio con mujeres como usted, por lo que no debe sentir la necesidad de mentir sobre su linaje. De hecho, la mayoría de nuestros hombres tiene matrimonios de conveniencia con mujeres de su estirpe. Verá, no tenemos tiempo para encontrar nuestra media naranja. La mayoría de nosotros morimos jóvenes, como usted sabrá.

Asiento con la cabeza de nuevo.

―Sin embargo, de ninguna forma puede usted vestirse o actuar inapropiadamente, de manera que llegara a avergonzar a mi hijo. Le está estrictamente prohibido salir de su penthouse vestida como una puta, o de cualquier otra forma que Jace considere inaceptable. ¿Está claro?

―Por supuesto ―le digo, aunque siento la cólera comenzar a arder en mi pecho.

―Maravilloso, me parece usted una chica muy lista, Clary ―dice Valentine mientras termina su bistec, el mismo que no ha parado de comer durante nuestra discusión. Se limpia ligeramente la boca con una servilleta de tela y procede a levantarse.

―Muy bien, ha llegado la hora de partir. Debo atender varios asuntos, pero espero que disfruten el resto de su cena. Jonathan, necesito hablar contigo. Búscame cuando te hayas despedido a Clary ―indica Valentine, lanzándome una mirada de emoción.

―Sí, padre ―responde Jace mecánicamente.

―Espero verla pronto, Clary ―me dice Valentine con una sonrisa y un asentir de cabeza, para luego desaparecer por una puerta. Nuevamente quedamos Jace y yo solos.

Giro la cabeza y noto que su mirada de nuevo está clavada en las estrellas.

―¿Entonces aprueba usted de mí después de todo?

―Difícilmente ―me dice, mirándome directamente con esos ojos tan inusuales, tan hermosos que casi me dejan engañarme y pensar que no es tan despiadado como su padre. Pero lo es, o, si por milagro no lo es, lo será.

―Usted debe ser la mejor puta disponible, ¿por qué no la eligiría?

―¿Disculpe? ―le increpo sorprendida.

―¿Por qué quiere casarse usted conmigo? No me conoce, actúa como si le provocara asco.

―Vaya, es usted un genio ―le respondo.

Jace me toma del brazo antes de que pueda siquiera guiñar, me pone de pie y me acerca a su pecho. Sus ojos irradian, incandescentes, clavándose directamente en los míos; me sujeta con tanta fuerza que sin duda me dejará una marca en el brazo. Me lastima.

―Más vale que sepa, Señorita Fray, que la mala disposición no me sienta bien. Sería bueno informarle también que soy temperamental. No piense por un minuto que su belleza o delicadeza evitará que la ponga en su lugar.

―¿Me golpearía? ―le digo, mi voz más aguda de lo que planeaba, traicionada por el temor.

―No, buscaría fomas más creativas de lastimarla ―me susurra en la cara. Me levanta un poco más del brazo, su cara tan cerca a la mía que debo pararme de puntillas y mis pies apenas rozan el suelo. Su fuerza me llena de terror. Me sujeta aún con más fuerza, el dolor cada vez más agudo, al punto que creo que me va a partir en dos con sus dedos. Sin embargo, me suelta y me lanza lejos de sí.

―Dejemos algo claro, Señorita Fray ―me dice, sujetando la baranda con sus manos, sus brazos rodeando mi cuerpo recostado a la baranda, de manera que no puedo alejarme―. No permito que nadie me trate como un imbécil, mucho menos usted. No toleraré irreverencias. Usted no será mi pareja cuando estemos casados, sino tan solo algo qué colgar del brazo en actividades y alguien en mi cama cuando yo así lo desee. Usted no me dará consejos, ni tampoco me hablará a menos que yo le hable primero. No será en ninguna manera mi contraparte. ¿Entiende?

Alzo la mirada a sus ojos resplandecientes, lo observo fijamente. Siento que mi cuerpo entero tiembla del terror, pero no mis ojos. De alguna forma, se mantienen apacibles.

―Entiendo ―le digo.

Sus ojos caen a mis labios entreabiertos por el terror, para luego seguir hasta mis senos, exagerados por el vestido ajustado y el sostén de realce. Toma mi barbilla con fuerza y yo aprieto los labios inconscientemente. Temo por un momento que me vaya a robar mi primer beso por maldad. Sin embargo, me suelta, se aleja de mí y suena la campana para llamar al mesero, quien aparece de inmediato.

―Llame a un taxi, es hora de que la señorita Fray regrese a casa ―dice Jace, sin quitarme la mirada.

Espero hasta llegar a mi cama para dejar brotar las lágrimas. Lloro dos horas sin parar, recreando en mi mente todos los posibles escenarios por venir. No logro sentir nada, estoy entumecida.

Rezo para que no me abandone esta sensación, pues será lo único que pueda ayudarme a sobrellevar los días venideros. Es mi única esperanza.