Traducción de Half Truths, de Purrina57, con su autorización.
Muchas gracias por los reviews, en serio. Para esa persona desesperada por una actualización, ¡si tuvieras cuenta te hubiera dicho que estaba trabajando en ello! Siento mucho el atraso, pero tenía mucho trabajo y bueno, hay que pagar las facturas. Prometo no dejar de traducir si ustedes no dejan de leer :)
No olviden comentar si algo les suena extraño, si el formato se ve raro, etc., pues es un experimento en traducción y soy nueva en esto de fanfic. If you speak Spanish as a second language, I'd really like to hear your impressions so far.
Capítulo 4
―Conocí a su prima Isabelle hoy ―le digo a Jace, luego de haber tomado el asiento frente al suyo y doblar la servilleta en mi regazo.
Estamos en la misma mesa que ocupamos hace unos cuantos días, cuando cenamos juntos por primera vez. Solo que esta noche, Jace apenas me echa una mirada. Parece aburrido, como si algo lo distrajera. No es que me importe, para nada. Sinceramente, es un alivio.
―¿Ah, sí? ―dice sin una pizca de emoción.
―Es muy peculiar.
―Es todo un personaje ―me responde mientras restriega los nudillos en el labio una y otra vez, sus ojos perdidos en el horizonte―. Es un dolor de cabeza para mi padre.
―Fue Valentine quien nos presentó. Quiere que ella sea mi guía turística en los próximos días.
―Probablemente espera que Izzy se contagie de tus buenos modales.
Jace sigue rozándose los labios con sus nudillos, sus ojos en blanco.
―Vaya, ¿acabas de darme un cumplido? ―le digo acérbicamente.
―No necesariamente. No siempre es bueno tener modales.
Luego de un rato baja la mano y me mira por primera vez desde que me senté a la mesa hace diez minutos.
―¿Por qué vas a hacer esto? Te pregunté antes y te pregunto de nuevo. ¿Por qué? Sé que no quieres, pero no logro entender por qué, por...
―¿No logras entender por qué una chica no se tiraría a tus pies? ―le digo antes de tomar un sorbo del vino con delicadeza.
Jace me mira con enojo.
―No entiendo por qué alguien de tu clase social parece reacia a subir de categoría. Solo que sé que no te preocupa la clase social. De hecho, a pesar de tus buenos modales, se nota que eres indiferente a todo esto ―me dice Jace, gesticulando con las manos hacia el trío de cuerdas, los candelabros y los otros cincuenta Guardianes en el gran salón.
―¿Te parece tan difícil que no quiera ser vendida como una vaca en subasta? ―le pregunto con calma, tomando los cubiertos para cortar mi entrecot―. ¿Te parece tan extraño que tenga aversión a casarme por la fuerza con alguien a quien apenas conozco y mucho menos amo?
―¿Entonces por qué lo haces? ―me pregunta sin paciencia.
―Porque respeto a mi madre, como tu respetas a tu padre. Por eso es que ambos lo haremos.
―No respeto a mi padre ―dice Jace repentinamente, tirándose en una silla. Su mirada de nuevo se pierde en la pared mientras se raspa los nudillos en la boca.
―Es un hijo de puta.
―¿Entonces por qué sigues sus órdenes? ―le pregunto en un tono aburrido, aunque siento algo de curiosidad. Son cosas que quisiera saber, cosas que debo averigüar. Es progreso.
―Tomo órdenes de él porque es Dios en este lugar. Es el Guardián mayor, no trates de convencerme de que no lo sabías. Reina por encima de todos nosotros, tanto Guardianes como humanos. Si quiero ese título algún día, debo seguir sus órdenes o encontrará alguien que tome mi lugar.
―¿Tan importante es el poder para tí?
―Es lo único que me importa ―responde Jace, sus ojos de nuevo clavados en los míos por un breve momento―. Si tienes poder, puedes hacer lo que quieras.
Encojo los hombres desinteresadamente y procedo a cortar otro trozo de carne.
―Piénsalo, si estuvieras en la posición de tu madre, no tendrías que casarte conmigo, o hacer algo que no deseas hacer.
―Creo que el poder es mucho más complejo de lo que piensas ―murmullo―. Aún cuando tienes poder, debes hacer cosas que no deseas, por el bien común.
―Al carajo con el bien común. Al carajo con cualquier cosa que te haga inclinar la cabeza. Es una forma espantosa de vivir.
Jace se desliza un poco más en su silla, la ira irradiando de su cuerpo peligrosamente.
―Debo confesar que su visión de mundo es algo inmadura y estrecha, señor Wayland.
Jace su cabeza lentamente y me mira con furia.
―¿Que le dije sobre lo que pienso de sus opiniones?
No lo miro, tan solo clavo los ojos en mi plato y sigo cortando mi bistec. Lo hago tan solo para enojarlo aún más.
―Dijo que no le interesan mis opiniones y, para ser sincera, no me importan las suyas tampoco, pero acá está usted, impartiéndolas. Nos casaremos en una semana y no hay nada que ninguno de los dos pueda hacer al respecto. Sin embargo, hay una cosa que sí puedo hacer. Puedo no dejarme mandar por usted. Usted se ha creado expectativas de mí, y ahora yo haré lo mismo con usted. El hecho de que su posición social sea superior a la mía no significa que usted sea mejor que yo ―le digo con paciencia―. De hecho, a juzgar por lo poco que he visto de su forma de ver el mundo, usted está muy por debajo de mí. Usted no es más que un niño consentido, hace un berrinche porque las cosas no salen como usted quiere.
Jace golpea la mesa con tanta fuerza que a vajilla retumba.
―Cállese, usted no tiene la menor idea de lo que dice.
―¿Ve? De nuevo hace un berrinche porque alguien le dice la verdad ―le digo mientras corto mi bistec con toda la calma. Corto más rápidamente, algo nerviosa, pero mi voz continúa tranquila y puntual.
―Pues lo siento. He pensado en vivir mi vida siguiendo sus reglas y debo confesar que no puedo vivir así, como alguien a quien nadie toma en cuenta, tan solo un adorno. No voy a permitir que usted me pisotee. Simplemente no lo permitiré. Nosoy así, y creo que usted ya lo sospecha, por eso me dio el visto bueno para ser su esposa. Usted no quiere una chica a la que pueda manipular, usted quiere un reto. Está en su naturaleza.
―Usted no sabe nada de mí ―me dice en voz baja, acercándose a mí.
Levanto los ojos súbitamente y encuentro los suyos, fríos y furibundos, llenos de odio.
―Y usted no sabe nada de mí tampoco, así que le agradezco que se guarde sus opinione sobre lo puta que soy.
Dejo que mi cuchillo caiga en el plato escandalosamente y me levanto de un golpe. Tengo terror de él, veo como su furia irradia de su cuerpo en olas gigantes, noto la forma en que aprieta puños de mantel en sus manos. Apenas puede contenerse. Sin embargo, me levanto de la mesa.
―Debo irme ―le digo simplemente. Camino lo más rápido posible para no darle oportunidad de que recupere la compostura, de que intente detenerme sin abusar físicamente de mí y haga una escena en frente de los comensales.
Paso una toalla facial sobre el lápiz labial rojo y lo veo desparecer de mi boca en el espejo. Luego tomo una toalla mojada y restriego mis mejillas y mis ojos. Sin el maquillaje, me veo como mucho menor de dieciséis.
Parezco una niña. Me veo inocente, dulce y triste. Siempre me veo triste.
Intento recordar un momento en mi vida en que no haya estado triste, y nada viene a la mente. No puedo creer que siempre haya tenido esa mirada de solapada desesperación pintada en la cara. En algún momento de mi vida debo haber sido menos miserable.
Dejo caer una sola lágrima. Recorre mi mejilla, baja por mi quijada y finalmente terriza en mi camisón de dormir.
Mi nueva habitación es silenciosa. Las luces de la ciudad brillan de una forma diferente, tanto así que parecen ser otras a las que veía desde mi antiguo hogar.
Yo no crecí en un putero, como Jace cree. Crecí en un pequeño apartamento con mi madre. No era sofisticado o lujoso, pero era nuestro. Ella trabajaba en un aserradero barriendo pisos para pagarlo.
Una vez le pregunté por qué trabajaba de barrendera para pagar el apartamento. Respondió que quería que yo tuviera un lugar donde posar mi cabeza en la noche que no fuera pagado por sus actos inmorales. Incluso en aquellos tiempos, ella se avergonzaba de ello.
Cuando yo era más pequeña, no entendía por qué no le gustaban las joyas y vestidos que tenía. Eran prendas tan bellas, cosas tan hermosas, pero a ella parecían provocarle asco. Siempre parecía estar más triste los días en que portaba esos atuendos, cuando pasaba la noche con un cliente.
Me enteré de paso. No lo deduje y nadie me lo contó.
Un día un vecino llamó a mi madre puta. Yo tenía tan solo diez, pero lo golpeé con un bate de beisbol tantas veces que acabé mandándolo al hospital. Si hubiera sido más fuerte, lo hubiera matado, pues no me faltaba ira.
Luego de ese episodio, mi madre me contó lo que hacía. Me dijo que no era tan solo una Cita, sino que también era la madame, la que decidía cuál chica asignar cuál cliente, la que decidía cuál de todas las chicas hacía mejor pareja con un hombre o Guardían, de acuerdo con su personalidad. Generalmente eran Guardianes, pues las Citas eran demasiado caras para meros humanos, a menos que trabajaran para los Guardianes.
Me miro al espejo y me pregunto cómo llegaron a ser tan corruptos los Guardianes. Los rumores que circulan deben estar equivocados, los Guardianes deben de ser descendientes de los demonios invasores y no de ángeles.
Espero que los ángeles no sean así ―los ángeles de verdad. Mi corazón me dice que no puede ser cierto, espero que así sea.
Las cosas son tan distintas a como me las imaginaba a los diez. Me comportaba como un chico en ese entonces, siempre de pantalones cortos y gorra. Jugaba fútbol y béisbol con los chicos en el parque, y nada de los juegos de niñas, eran juegos de contacto. Me habían mantenido aislada de todo lo feo en el mundo, estaba a salvo. Pensé que así vivía todo el mundo, porque en la escuela aprendíamos que los Guardianes eran buenos y honestos, que nos cuidaban, que protegían nuestra ciudad de las hordas de invasores demoníacos en los límites de la ciudad.
Conforme crecí, comencé a percatarme de las injusticias. Vi que los humanos eran pobres y vivían en la miseria, mientras que los Guardianes vivían rodeados de lujo en el centro de la ciudad. No nos cuidaban. Tal vez mantenían a los demonios a raya, pero no nos cuidaban ―no como lo necesitábamos.
Comencé a ver todo en tonos de gris y oro ―nosotros los humanos éramos gris, mientras que todo lo que representaba a los Guardianes, las joyas y el dinero, toda la ostentación, todo eso era oro.
Mi madre lo veía así también. Lo veía como nadie más porque era especial. Porque es especial y tiene un plan. Un plan que yo espero poder ejecutar.
Porque ahora todo está en mis manos.
