Traducción de Half Truths, de Purrina57, con su autorización.
Bueno, ya habrán notado que Clary tiene personalidad, no es ninguna víctima. También saben un poco más de la misión de Clary, pero ¿realmente conocen a Jace? Tal vez no sea tan malvado... tal vez sí.
La autora hace mucho énfasis en las miradas y eso me cuesta UN MUNDO en español. No me suena natural, pero creo que es importante.
Este va sin beta, sin segunda revisión, sin nada, porque mañana tengo que ser buena amiga (malditos momentos de humanidad) y no puedo dedicarle una segunda leida al capítulo. Soy neurótica con la puntuación y la ortografía, así que POR FAVOR díganme si me equivoco porque debo corregirlo de inmediato.
Capítulo 5
―¡Mierda, lo siento! ―me dice un joven tras chocar contra mí accidentalmente. La cesta llena de platos que carga se inclina y unos cuantos platos parecen a punto de caer, pero logra alcanzarlos a tiempo algo torpemente.
Exhala y clava la mirada al piso antes de levantarla de nuevo y observarme con timidez, sus mejillas enrojecidas.
―Lo siento.
―No te preocupes ―le murmullo, algo desconcertada por la colisión. Nos topamos en la esquina del salón mientras ambos caminábamos al parecer distraídos. Lo observo con detenimiento. Noto que lleva su cabello rizado bien corto, y que tiene unos ojos hermosos. Pasaría por niño, de no ser por su gran altura.
―Tú...No te he visto antes, ¿verdad? ―me pregunta, arqueando las cejas. Hasta el momento no me ha visto de arriba abajo, parece únicamente notar mi cara. Es un tan cambio tan refrescante que le ofrezco una ligera sonrisa.
―No, soy la señorita Clary Fray. Soy nueva por aquí.
―Clary Fray... ―repite el muchacho como si su mente registrara el nombre.
―Ah, claro, usted es la prometida de Jace, ¿correcto?
―Así es.
―Pues buena suerte ―me dice sin pensarlo e inmediatamente lanza un gesto que delata su premura al hablar.
―Digo, no es que haya algo malo con el señor Wayland, por supuesto que no. No lo tome así, porque no es para nada lo que quería decir. Mi intención era desearles buena suerte.
Escucho al joven hilar palabras sin sentido con una sonrisa disimulada en mi cara.
―Por supuesto, eso querías decir.
Hincha las mejillas y suelta una bocanada de aire.
―Lo siento, me llamo Simon.
―Es un placer conocerte, Simon ―le digo, inclinando mi barbilla en su dirección.
―I... igualmente ―me responde sin mirar a mis ojos.
Su torpeza es tan adorable que le sonrío.
―¿Trabajas aquí? ―le pregunto.
―Así es ―dice con un bufido y rueda los ojos―. Soy el lavaplatos, ayudante del mesero, lava-inodoros, besa-traseros, lo que ellos necesiten que sea. ―De nuevo hace una mueca de desagrado―. Digo, no es que los Guardianes sean unos desgraciados.
Le sonrío de nuevo y me percato de lo extraña que es la sensación. No sonrío mucho estos días, al menos no con sinceridad. Creo que es una sonrisa sincera, pero no estoy segura. No recuerdo ya lo que era una sonrisa sincera.
―Por supuesto que no.
―¿Es usted una Cita? Digo, eso me han dicho. Espero que no le importe que le pregunte.
―No me molesta para nada. Sí, me imagino que se me considera una Cita, aunque ningún hombre ha comprado mi compañía hasta el momento, tan solo me han pedido ser esposa del señor Wayland.
―Vaya, qué mala pata ―responde Simon sin pensarlo. Parpadea rápidamente y se ruboriza―. Dios, lo siento, no sé que me ocurre hoy, parece que no tengo la lengua conectada al cerebro. Discúlpeme. Mi mamá dice que no pienso lo que digo.
―Su honestidad me parece muy refrescante, Simon ―le respondo con una sonrisa―. Es un rasgo poco frecuente, no debería avergonzarse.
―Bueno, la honestidad te puede costar el puesto aquí ―murmulla Simon mientras patea la alfombra dorada bajo sus pies. Pasa la pesada caja de platos de un brazo al otro.
―Por favor no le diga a nadie que dije todo eso, ¿sí? Usted parece simpática, y no es una de ellos. Al menos no lo es aún. Usted sabe la desgracia que es no tener empleo en esta ciudad.
Observo cuidadosamente su linda cara y ojos sinceros un tiempo y siento arder en mi pecho la promesa de hacer todo lo necesario para lograr mi misión. Es lo que debo hacer. Debo seguir el plan de mi madre, es imprescindible que lo haga.
―Por supuesto que no diré nada, se lo prometo. No es necesario que se lo cuente a nadie.
Mis palabras parecen aliviar a Simon, quien me da la impresión de ser muy inocente –una cualidad hermosa– por haberme creido tan fácilmente.
―Gracias, señorita Fray.
―Llámeme Clary ―y le sonrío de nuevo.
―Es una hermosa habitación ―exclama mi madre. Nos hallamos en la sala de estar del penthouse. Es la primera vez que me visita, el día después de que desempacara.
Echo un vistazo a mi alrededor, algo asqueada por la opulencia del lugar. Preferiría estar en casa, en el apatamento pequeño pero acogedor por el que mi madre trabajó tanto.
―Lo es.
Mi madre mira por la ventana, impecable como siempre, en un traje de sastre verde. Se ve respetable, como siempre trata de verse, incluso cuando acompaña a un hombre por la noche. Nunca ha hecho alarde de su profesión. Siempre le ha avergonzado.
Vuelve su mirada hacia mí y sonríe.
―Has hecho un magnífico trabajo hasta ahora, Clary.
Le sonrío de vuelta, pero mi sonrisa no alcanza mis ojos.
―Gracias ―le respondo, sin alcanzar decir más.
―Toc, toc.
Ambas giramos la vista hacia la puerta, justo en el momento en que Valentine cruza el umbral del vestíbulo. No me agrada que tenga su propia llave, que pueda entrar cuando guste, pero me parece poco oportuno mencionarlo ahora. Ya decidiré qué hacer más adelante.
Se ve más elegante que nunca hoy. Su traje de sastre, el que acompaña de una corbata celeste hielo, le ajusta perfectamente. Lleva su cabello peinado hacia atrás, sin un cabello fuera de lugar.
―Jocelyn, te ves hermosa, como siempre. Parece que nunca envejecieras ―le dice conforme avanza hacia ella para abrazarla.
Veo a mi madre impostar una sonrisa y siento que estoy frente a un espejo. Lo abraza de vuelta, delicada y elegantemente.
―Sus cumplidos nunca paran, señor Wayland.
―Valentine ―le corrige―, me conoce desde hace años, no es necesaria tanta ceremonia.
Mi madre se aleja de él y se acomoda el cabello.
―Por supuesto.
―Y bueno, Jocelyn, ¿qué te parece la habitación de Clary? ¿Cumple con sus expectativas? ―la increpa mientras su brazo encuentra una forma de tomarla de la cintura y girarla para que examine la habitación.
Me enfurece como la toca, con ese aire de posesión.
Mis ojos conectan con los de mi madre, quien reconoce mi enojo. Responde con una ligera sacudida de su cabeza, apenas imperceptible, en señal de advertencia.
―¡Oh, es absolutamente deslumbrante, veo que no ha escatimado ningún gasto para atender a mi única hija ―responde mi madre con una gran sonrisa.
―Por supuesto que no, se casa con mi único hijo. Debo asegurarme de que son felices.
―Es usted tan generoso, Valentine ―exclama mi madre. Solo yo puedo detectar el tono falso en su voz. Solo yo aprecio esa mirada de odio en sus ojos. Odia al hombre que la sostiene de la cintura en este momento, mucho más de lo que lo odio yo.
Su odio es un oceano, donde el mío es apenas un riachuelo
―¿Le gustaría ver a Jonathan ahora? ―pregunta Valentine.
―Claro, no puedo esperar ―responde mi madre.
Nos dirigimos hacia el suntuoso comedor. Para cuando llegamos, ya ha comenzado a anochecer. El sol se oculta detrás de las montañas, una bola de fuego que se refleja en las paredes. El extraño tinte naranja parecer hacer eco del humor del salón, de los comensales en alegre conversación y la animada música big band que toca el grupo.
Jace nos espera sentado en una mesa esquinera, tirado en una silla, como de costumbre. Su cara rígida e inexpresiva dirigida hacia los ventanales. El sol levanta destellos de oro en su cabello y ojos, parecen arder en llamas.
Se pone de pie apenas alcanzamos la mesa y le sonríe a mi madre. Besa su mano y le ofrece una silla, como un perfecto caballero. Es alarmante como puede ocultar sus impulsos atroces. Parece que ha tenido el mejor maestro, pues su padre hace lo mismo al ofrecerme a mí una silla en la mesa.
―Estás tan guapo como siempre, Jonathan ―dice mi madre una vez que nos hemos sentado a la mesa.
―Y usted siempre radiante, señora Fray ―le responde él.
―Señorita ―corrige Valentine, llamando atención al estado civil de mi madre con un ligero aire de cruel entretenimiento.
Jace tan solo carraspea, pero no dice nada más.
―¿Dónde está su esposa? ―le pregunto a Valentine, sin poder evitarlo. La forma en que mira a mi madre comienza a irritarme.
La postura de Valentine cambia, se endurece. Toma una servilleta de tela y la coloca en su regazo.
―Desgraciadamente, aún se encuentra indispuesta.
Jace hace un sonido, algo como un bufido. Mis ojos pasan furtivamente a observarlo, pero sus ojos están clavados en su plato, su mirada perdida.
―Espero que mejore pronto ―murmulla mi madre, quien luego toma una copa de agua delicadamente para beber de ella.
Nuestra conversación merma hasta que el mesero aparece para tomar nuestras órdenes. Valentine comienza su aburrida conversación banal sobre el clima y el estado del Wonderer.
Mi madre le sigue la corriente con un aire aburrido.
Jace y yo permanecemos callados.
Lo miro con curiosidad de vez en cuando a lo largo de la cena. Observa fijamente su plato, su mirada cada vez más ausente y aterrorizada conforme avanza la noche.
Cuando finalmente traen la comida, no la toca. Tan solo coloca sus manos a los lados del plato y clava la mirada en su bistec humeante. Lo ve, pero no parece mirarlo.
Me percato de que su respiración ha cambiado, es más apresurada y notoria. Noto que sostiene puñados de mantel, sus nudillos blancos de la ira. Veo una mirada espantosa en su cara, tan horrible que hace palpitar mi corazón. Algo le sucede.
―¿Jonathan?
Parece sacudirse del trance en el que está y vuelve la mirada hacia su padre. Valentine lo observa con nojo.
―Come ―le dice Valentine.
―No tengo hambre.
―Espero que no haya sucumbido al mismo mal que su madre ―agrega mi madre cortésmente.
Jace levanta la mirada y la clava en mi madre.
―Mi madre no está enferma ―responde Jace con un tono sarcástico
―¡Jonathan! ―gruñe Valentine, una mirada de furia en sus ojos.
Jace lo observa con esa misma mirada de furia, pero regresa su mirada al plato. Su cuerpo vuelve a lanzarse en la silla y suelta el mantel. Luego de unos cuantos minutos se evapora la tensión y Valentine y mi madre retoman la conversación.
Corto un trozo de carne lentamente y giro la mirada hacia Jace, quien levanta la cabeza súbitamente y conecta conmigo. Nos miramos por un largo e incómodo rato.
―¿Puedo hablar con usted, señorita Fray? ―me pregunta Jace repentinamente―. En privado ―aclara, posando la mirada en los otros comensales en nuestra mesa.
Por un momento contemplo rechazar su solicitud. Su comportamiento es tan extraño que no me extrañaría que desee alejarme para herirme de alguna manera. Pero un aire persistente invade sus ojos y siento el peso de la mirada de su padre. Mi madre me ruega silenciosamente que acceda, solo en esta oportunidad.
Así que asiento con la cabeza.
―Por supuesto.
Jace se levanta rápidamente y me ofrece su brazo, el cual acepto. Me guía fuera del salón, caminando tan pronto como sea posible. Pasamos de corredor en corredor hasta llegar a una habitación rectangular. Su piso de mármol y sus altos pilares que terminan formando una nave exacerban la sensación de altura de la habitación. No hay nada en ella, salvo una ventana que da a la ciudad a la distancia y a las montañas, meras siluetas oscuras con la puesta del sol.
―¿Dónde estamos? ―le pregunto a Jace una vez que suelta mi brazo y me encamina hacia la ventana.
―Es el frente de la capilla. Aquí se celebran las ceremonias ―me indica desinteresadamente. Poso la mirada en las grandes puertas dobles que deben llevar al altar.
―Tienen una iglesia aquí, qué ironico ―murmullo sin pensar. Me preparo para enfrentar la furia de Jace, pero tan solo asiente con la cabeza.
―Así es ―dice suavemente, dándome la espalda mientras mira hacia la ventana
―¿Qué desea discutir conmigo? ―le pregunto cuidadosamente, siempre segura de mantener unos tres metros de distancia entre nosotros. Escucho el eco de mis palabras en los altos cielos de la capilla.
Jace se reclina en el pretil de la ventana, su cabeza ligeramente colgada hacia el frente.
―No soportaba un segundo más la presencia de mi padre. Pensé que si pedía estar a solas con usted, me dejaría irme sin reclamos.
―Así que no desea usted mi compañía ―le respondo.
―No.
Asiento con la cabeza y siento un extraño alivio correr por mi cuerpo.
―Muy bien, entonces lo dejo a solas.
Comienzo a alejarme, el único sonido en el amplio recinto el taconeo de mis zapatos en el piso de mármol.
―Espere ―larga Jace.
Me detengo. Siento mi corazón detenerse también, previendo un cambio de humor. Sin embargo, no ocurre.
―Discúlpeme por haberla herido. No fue mi intención lastimarle el brazo, no... no quería dejar marcas.
Toco los moretones en mis brazos inconscientemente, las marcas ocultas bajo las mangas de seda que llevo puestas esta noche.
―No se preocupe ―le digo antes de partir.
No trato de descifrar por qué Jace sintió la necesidad de disculparse. Es mejor no pensarlo.
