Traducción de Half Truths, de Purrina57, con su autorización.

A los que me dejan reviews como Guests, mil gracias, solo aquí les puedo agradecer :) Viki16Melendez, gracias por tu review desde el celular. ¡Es inhumano, que sacrificio!

Astrid Wayland, mi fiel apoyo, ya te volviste una regular por acá.

Basileia75, te voy a tomar la palabra.

¡Entra Celine a la escena! Todo lo que sale de su boca es importante. Me interesa saber qué piensan de ella.


Capítulo Siete

Me miro en el espejo de cuerpo entero, mi vestido de bodas blanco impecable, obviamente. Es de crepé de seda, el torso estilo kimono, con un cinto acolchado y una falda volada que sutilmente abraza mis curvas. El escote es una sobria v, mientras que las mangas cortas de encaje cuelgan libremente de mis brazos, acariciándolos como un susurro.

―Es hermoso ―me dice mi madre.

―Me parece que se ve demasiado dulce, para nada sexy ―señala Isabelle desde el sofá en mi sala de estar, sus pantorrillas apoyadas en el descansabrazos como si fuera un hombre.

―No debes verte sexy en tu vestido de novia, Isabelle ―responde mi madre. Un ligero tono en su voz me deja entrever que halla su comentario entretenido.

―Bueno, al menos métanla en algo más ceñido al cuerpo, ese vestido la hace parecer una niña en pijamas.

Lanzo un mirada vacía al espejo y le doy la razón a Isabelle, pero no me importa lo suficiente para externarlo. Tan solo deseo quitármelo lo más pronto posible y poder sobrevivir esta boda.

―¿Hola?

Todos giramos la cabeza y notamos una hermosa mujer de aspecto frágil asomarse desde la sala de estar. Su cabello parece oro puro. Una cascada de rizos cubren sus hombros perfectamente y enmarcan su pálida cara. Sus ojos avejentados por la sabiduría contradicen su aire joven y sincero.

Mi madre inmediatamente se aboca a recoger el equipo de costura.

―¿Puedo ayudarla? le pregunto a la hermosa mujer.

―Soy Celine ―me indica mientras entra casi flotando a la habitación. Tan solo lleva puesto un camisón de dormir que domina su figura entera y parece ocultarla por completo.

―Soy la madre de Jace y quisiera presentarme formalmente ―mumulla en un tono efectivamente muy formal, su voz suave como una caricia.

―Me disculpo por no haber venido antes, pero he estado... algo indispuesta.

―No necesita disculparse, señora Wayland ―le digo con una sonrisa cortés―. Espero que se sienta mejor.

―Sí, me siento un poco mejor, gracias por preguntar ―me responde, su sonrisa débil y sus ojos llorosos.

―Por favor, llámeme Celine.

Tan solo asiento con la cabeza.

―Tía Celine, dile a Jocelyn que el vestido es demasiado infantil ―reclama Isabelle.

Los ojos de Celine echan un vistazo a mi madre, quien continúa absorta en la tarea de recoger los hilos y agujas. Celine parece palidecer aún más, lo que la hace parecer un cadáver.

―Creo que es un vestido muy hermoso ―dice Celine, su voz ronca y vacía.

―Solo dices eso por decir algo ―dice Isabelle de mal modo y cruza sus brazos con un gesto de enojo.

―Debo irme. Clary, ¿qué tal si te ayudo a quitarte el vestido para que no se caigan los alfileres? Vamos ―dice mi madre apuradamente mientras me asiste a bajarme del taburete y me ayuda a entrar al baño.

Miro a mi madre en la pared de espejo cuando me pasa el vestido por encima de la cabeza. Sé que se apuró en dejar la habitación porque entró Celine. Sé que mi madre ha estado con Valentine desde que se casó con ella. De repente todas las piezas del rompecabezas comienzan a calzar. Toda la asquerosa verdad se revela ante mí.

―Gracias ―le digo a mi madre una vez que termina de ayudarme a ponerme mi vestido.

Sus ojos me encuentran en el espejo y me ofrece una sonrisa breve y poco sincera.

―Con gusto, cariño.

Parte unos segundos después, acompañada por Isabelle. Sospecho que los Guardianes no dejan que los humanos caminen en los pisos superiores del Wonderer solos.

Celine y oy quedamos solas en la habitación.

―Es un placer conocerla ―expreso con una sonrisa algo distante, con la esperanza de que decida irse pronto.

Sin embargo, no se va. Tan solo abraza sus brazos contra el pecho y lanza una mirada por la ventana. Parece tan solitaria y pequeña que me evoca un sentimiento de lástima. Me pregunto si así me veré yo luego de unos cuantos años de estar casada con Jace.

―Clarissa, ese es tu nombre completo, ¿correcto?

―Así es ―le respondo.

―Es un nombre hermoso, muy hermoso ―murmulla, tan bajo que casi pareciera hablarse a sí misma. La sorprendo raspándose los nudillos contra los labios de la misma forma que he visto a Jace hacer.

―Espero que no te importe si te llamo Clarissa. Es un nombre tan hermoso que debería decirse a menudo.

―Puede llamarme como guste ―le respondo en un tono bajo.

Me levanta la mirada, sus ojos grises directamente clavados en los míos. Sus ojos son grandes y hermosos, pero completamente diferentes a los de Jace. Me pregunto de quién heredó Jace esos ojos, pues los de su padre son negros como la noche.

―Eres una chica hermosa, Clarissa. Me das la impresión de ser muy gentil también. Hay algo en tus ojos... ―gesticula con los brazos de forma imprecisa mientras camina hacia mí como un fantasma. Extiende sus brazos como si fuera a tocarme, pero los repliega súbitamente como si se apenara de repente.

―Discúlpame, tiendo a actuar de forma extraña cuando no me siento bien.

―No me parece que lo hace ―le miento, esforzándome por no dar un paso atrás para alejarme de ella.

Celine tan solo me ofrece una pequeña sonrisa para darme a entender que mi mentirilla no la ha engañado.

―Clarissa, soy una Guardiana de sangre pura. No crecí en tu situación, pero sé lo que se siente cuando te casan con alguien a quien no conoces.

Se dirige de nuevo hacia la ventana y lanza una mirada por la ventana. La tenue luz de invierno parece apagar su expresión aún más. Celine es como las sombras de una luna plateada, a pesar de que su cabello es oro.

―Es una sensación espantosa. Sientes como si fueras prisionera, como si no fueras libre. Cuando me dijeron que me casaría con Valentine, me consumió la pena, pero se fue alivianando con el pasar del tiempo.

Se vuelve hacia mí de nuevo y me ofrece una sonrisa melancólica.

―Especialmente cuando tienes un hijo.

Pensar en tener un hijo de Jace me provoca asco. La idea de llevarlo adentro de mí y parirlo me aterroriza. No puedo permitir que ocurra.

Celine no se percata de ello. Tan solo se acerca a mí, su cara ligeramente más animada, su voz más melódica y poética.

―Tener a esa criatura en tus brazos por primera vez, saber que es tuya, que la llevaste en tu vientre y que la viste nacer, saber que esa pequeña alma estuvo en ti, es la cosa más hermosa del mundo, Clarissa, tan hermosa. Mi Jace era el bebé más perfecto que jamás haya visto. Sé que estoy prejuiciada, pero era hermoso. Unos cuantos cabellos dorados cubrían su cabeza y cuando abrió sus hermosos ojos dorados, simplemente me derretí. Entonces supe...

Celine asiente con la cabeza, sus ojos clavándose en los míos fijamente, como si quisiera decirme algo muy importante.

―Entonces supe que él es muy especial.

Le sonrío débil y torpemente. Se me dificulta hacerlo, pero intento que parezca convincente.

Sin embargo, Celine no se percata de ello. Tan solo parece desaparecer a su propio mundo.

―Sí, Jace es especial, pero eso ya lo sabías, ¿no es cierto? ―me dice con una voz lejana, pues ya se ha retirado a su mundo interior. Antes de que tenga oportunidad de responderle, me lanza una sonrisa misteriosa y sale de la habitación.


Alguien toca a mi puerta justo acabo de salir del baño y ponerme mi combinación. Tomo una bata y me acerco a la puerta, preparada para asomarme por la mirilla, esperando ver a Isabelle.

Antes de poder hacerlo, la puerta se abre.

Exclamo de la sorpresa y me aprieto la bata al cuerpo cuando veo a Jace entrar.

―¿Para qué toca si no piensa esperar a que le abra? ―lo increpo con enojo.

―Para anunciarle mi inminente llegada ―responde Jace con una sonrisa burlona.

―¿Qué hace aquí? ―le pregunto con enojo.

―Quería acompañarla al comedor.

―No es necesario.

―Ah, pero lo es.

Suspiro, molesta por su tono tenaz e intransigente.

―No estoy lista.

―La esperaré entonces ―me dice, encogiendo los hombros.

Me rehuso a demostrarle más atención, así que opto por dar la vuelta y regresar al baño. Siento a Jace seguir mis pasos, pero lo no le pongo atención.

Una vez que estoy frente al espejo, comienzo la tarea de maquillarme, tomándome mi tiempo para molestarlo, pero tan solo se para a la par mía, con su cadera recostada al mueble del baño, observándome mientras trabajo.

Mi plan produce el efecto contrario, pues me observa con tanta atención que comienzo a ponerme nerviosa. Finalmente, Lo vuelvo a mirar con molestia.

―¿Por qué no me espera en la sala de estar mientras termino?

―No se preocupe, estoy bien así ―me dice cortésmente, con una sonrisa burlona en la cara.

Quiero darle una bofetada, o tal vez un puñetazo. Tal vez pueda encontrar un bate de beisbol y acabarlo como a aquel hombre que llamó a mi madre puta. Siento que me invade mi temperamento irascible de niña.

Sin embargo, sé que Jace desea desesperadamente causar una reacción en mí, así que le doy la espalda al espejo y aplico lápiz de labios rojo carmín en mis labios, lo que los hace verse aún más carnosos de lo normal.

―¿Por qué hace eso?

―¿Qué cosa? ―le pregunto sin mirarlo. Me acerco más al espejo y limpio delicadamente una mancha de maquillaje fuera de lugar.

―¿Por qué se pinta la cara de esa manera?

―Me hace ver mayor.

―La mayoría de las mujeres mueren por verse más jóvenes.

―Me veo muy joven sin maquillaje ―le explico mientras guardo el lápiz de labios. Me acomodo el cabello y lo recojo con una peineta de perlas.

―No me gusta verme más joven de lo que ya soy.

―La hace sentir que tiene poder ―dice con seguridad.

Me detengo y vuelvo la cara para mirarlo, su cara cerca de la mía; observo esos hermosos ojos

―No necesito ayuda para sentirme fuerte. A pesar de lo que usted crea, señor Wayland, soy bastante fuerte.

Una sonrisa se dibuja lentamente en su boca y gira para recostarse contra el espejo, su cara siempre cerca de la mía.

―Y a pesar de lo que usted crea, no lo pongo en tela de duda, señorita Fray.

Acerca su mano a mi quijada y con apenas la punta de los dedos dibuja una línea hasta mi barbilla, para luego tomarla suavemente.

Nuestros ojos se encuentran, los suyos ardientes y brillantes, tan brillantes que son casi cegadores, como si resplandecieran. Me tienen cautiva, fascinada de alguna extraña manera, y comienzo a pensar si su sangre angélical es capaz de darle a sus ojos esas chispas de fuego.

Me besa antes de poder percatarme de lo que hace.

Sus labios arden tal y como lo hacían ayer, pero esta vez no es un beso suave y rápido. Esta vez, me besa en verdad, con fuerza pero lentamente. Siento que atiza una llama en mí conforme se amoldan nuestros labios.

Algo que desconozco me sobrecoge, no logro entender por qué mis labios se mueven contra los suyos. Me imagino que es primitivo, instinctivo.

Sin embargo, no lo hace menos malo y espantoso.

Tomo un paso atrás rápidamente para cortar el contacto de nuestras bocas y me miro de nuevo al espejo. Me delata la detestable falta de aliento que se escucha en mi voz.

―Me arruina el maquillaje, señor Wayland.

Sus labios se acercan a mi oído y siento que exhala de la risa.

―Discúlpeme, señorita Fray.

Pasa detrás mío y siento su pecho contra mi espalda, su quijada en mi hombro. Inclina su cuerpo y reposa las manos en el mueble del baño. Siento que sus ojos buscan los míos en el espejo. El resplandor parece haberse esparcido y en este momento me duele mirarlo.

―Usted quiere dar la apariencia de que es fría e indiferente ―me dice, mientras roza su cara en mi cuello, sus labios sobre mi pulso errático, su mirada siempre clavada en la mía―, pero sé que no lo es. Lo veo en sus ojos.

Me da un suave mordisco justo sobre el pulso y sin querer doy un salto de sorpresa, mi corazón un síncope de emociones. Él tan solo ríe suavemente de nuevo y su aliento al rozar mi cuello hace que se me erice la piel. Me besa en la sien y aleja su cara de mí.

―La espero afuera ―me indica, rozando su mano por mi cadera y la parte baja de la espalda, antes de partir.

Me encuentro sola en la habitación. Me miro al espejo y noto mis ojos dilatados, mi lápiz de labios corrido.

Entonces pienso que esto no puede ocurrir.

Y sin embargo, debe ocurrir.