Traducción de Half Truths, de Purrina57, con su autorización.

Ha sido una semana de locos, para colmos con problemas de internet :(

Agradecimientos a Viky16melendez por soportar la tortura de escribir un review en el celular, a Astrid Wayland por el empujoncito que me da con cada capítulo. Gracias Guest, no pienso rendirme, aunque a veces flaquee.

¡SolCullen1, Without Fears, muchas gracias y bienvenidas!

Ya saben, busco crítica y particularmente recomendaciones con los lemons, son difíciles.

Sin más preámbulos, la boda.


Capítulo Ocho

Es el día de mi boda.

Los días han pasado rápidamente y por fin ha llegado el día de terror.

Jace y yo hemos pasado los últimos días sin pena ni gloria, cenando juntos sin charlar mucho. Cuanto más se acerca el día del matrimonio, más se retrae.

No me ha besado de nuevo, lo cual le agradezco profundamente.

Sin embargo hoy, cuando me miro al espejo en mi vestido de novia mientras mi madre me arregla el cabello, pienso en esta noche. Pienso que va a hacer mucho más que tan solo besarme. Creo que voy a vomitar.

―Clary ―me dice mi madre, sus ojos haciendo contacto con los míos en el espejo―, he dejado unas cuantas cosas en la gaveta del baño, para esta noche.

Guiña el ojo, haciendo a Isabelle o a cualquiera de las empleadas creer que me ha dejado algún negligée o algo sexy para ponerme en mi noche de bodas. Pero yo sé es otra cosa lo que me ha dejado.

Asiento con la cabeza y le ofrezco una sonrisa disimulada. Siento una ola de alivio recorrer mi cuerpo, pues sé que al menos esta noche no quedaré embarazada. Es el único indulto que se me concede.

Todo ocurre muy rápidamente. Escucho de paso en un comentario de Isabelle que todos los Guardianes estarán en la boda, lo que tan solo agrega un elemento de nerviosismo que no anticipaba.

Nerviosa. Asqueada. Aterrorizada. Despavorida. En pánico. Atrapada.

Todo comienza a dar vueltas alrededor de mí.

No creo poder hacerlo.

Pero de alguna forma, lo hago.

Cuando el señor Lamb me acompaña hasta el altar, por un momento entro en shock. La capilla es mucho más hermosa de lo que pude haber imaginado. Es tan alto que me da vértigo, con una nave de vidrio que permite que se filtre la luz de las estrellas a nuestras cabezas. La luz colorida de los enormes vitrales iluminan las caras de cientos de Guardianes que me observan caminar al altar.

Me recupero rápidamente del impacto y oculto el pánico que me asecha al sentir todos los ojos en la capilla enfocarse en mí. Antes de percatarme estoy a la par de Jace, frente a un padre Guardián con hábito dorado y un Libro Sagrado en sus manos.

Siento el sudor acumularse en mi cuello cuando el padre comienza su lectura.

Siento mi corazón palpitar lentamente, siento cada latido vibrar en mi cuerpo, siento como mis pulmones se contraen, como arden. Mi pecho se rehusa a inhalar.

Siento que muero.

En cierta forma, creo que así es.

―Es hermosa, Jonathan ―le señala un hombre corpulento de voz profunda a Jace, quien asiente con seriedad.

Estamos sentados uno a la par del otro en el salón, decorado para verse aún más hermoso de lo normal en honor a nuestra boda.

Quisiera quemar el maldito lugar, así como al hombre que felicita a Jace como si yo fuera una vaca que acaba de comprar en la subasta ganadera.

―Gracias ―le responde Jace a la vez que le sacude la mano. El hombre desaparece en la masa de Guardianes que bailan al son de un vals del grupo musical.

―Es verdad, te ves hermosa.

Le lanzo una mirada a Jace, quien ya busca hacer contacto con mis ojos. Lo miro con frialdad.

Ahora es mi esposo. No me siento tan nerviosa como antes, ni tampoco entro en pánico. Estoy atrapada, pero hay algo entumecedor en ese sentimiento de fatalidad. No hay posibilidad de salida o libertad, lo que a su vez se ha convertido en mi escape. Es una forma de enfocarme en lo que ahora es importante.

―Gracias ―le respondo―, usted también se ve guapo.

Y es verdad. Vestido en su esmoquin, logra más miradas de las mujeres que yo de los hombres.

No lo hace menos repulsivo para mí.

Tan solo ríe y sacude su cabeza, porque sabe que esta noche me comporto particularmente falsa. Saca un cigarrillo de la bolsa y lo enciende. Toma unos cuantos jalones antes de mirarme con ojos entrecerrados.

Una nube de humo sale de sus labios.

―¿Quiere bailar?

―Para nada ―le respondo con un tono burlón. Cruzo mis piernas y poso gentilmente las manos sobre mis rodillas.

―Déjeme reformular la solicitud. Baile conmigo.

―No respondo bien a órdenes, señor Wayland, le rebato, lanzándole una mirada desinteresada.

―Y yo no respondo bien al rechazo, señora Wayland ―responde Jace con una sonrisa burlona al notar mi malestar con ese término.

Se levanta y me ofrece su mano.

―Vamos, tenemos que bailar, es una tradición.

―Una que debería ser eliminada ―digo sin emoción.

Jace apaga su cigarrillo y me mira con ojos turbios, aunque algo juguetones.

―Vamos, señora Wayland, no pienso esperar toda la noche.

―Bailaré con usted si deja de llamarme así ―le respondo lentamente mientras me levanto.

―Es su nombre.

―Mi nombre es Clary.

―Muy bien, Clary ―responde lánguidamente, una sonrisa traviesa en sus labios―, vamos.

Tomo su mano mecánicamente y me lleva a la pista de baile. No pasa mucho tiempo antes de que comience a girarme al ritmo de la música. Baila perfectamente, como es de esperarse, dado su entrenamiento. Sin embargo, yo soy igual de buena, lo que lo sorprende, aunque no me lo comenta.

Mi madre me enseñó a bailar cuando era niña, luego de que yo se lo rogara en repetidas ocasiones. Tomábamos la sala de estar en nuestro pequeño apartamento como pista y bailábamos por horas, riéndonos y tarareando al ritmo de nuestra propia música.

Lanzo un suspiro cuando Jace me inclina hacia atrás.

―Se ve particularmente triste esta noche ―murmulla Jace, su cara cerca de la mía.

―Es el efecto de estar casada con usted ―le respondo con una sonrisa dulce en los labios.

Jace tan solo ríe. El insulto parece no calar en él, lo cual me hace preguntarme qué podría hacerlo tan feliz esta noche, a pesar de nuestro vínculo legal y sagrado. Una parte de mí se pregunta si le alegra saber que me quitará la virginidad esta noche. No me extrañaría que así fuera.

―Usted parece estar sospechosamente feliz ―le anuncio cuando de nuevo me regresa a la posición vertical.

―Me han informado que parto a la frontera 12 mañana en la tarde, nos preparamos para la batalla, pues parece que los invasores intentan penetrar nuestra justa ciudad.

―¿Y eso lo hace feliz? ―le pregunto desinteresadamente mientras me gira por el gran salón.

―Sí, partir a luchar siempre me ha hecho feliz.

―Justo cuando pensaba que usted no podía empeorar ―le respondo.

Jace me sujeta ligeramente con más fuerza, aún con una sonrisa en la boca, pero noto que detrás se oculta un ligero rastro de furia. Me gira una vez más al son de la maravillosa canción solo para tirarme súbitamente hacia él justo cuando termina.

―Ten cuidado donde pisas, mi amor ―me dice al acercar sus labios a mi oído, justo antes de que el salón completo rompa en aplausos.

No es hasta entonces que me percato de que la gente ha hecho un círculo alrededor nuestro y ahora nos aplauden.

Jace y yo impostamos una sonrisa y tan solo agachamos la cabeza en agradecimiento, pero siento mi corazón congelarse.


―¿Tiene miedo?

Miro a Jace en el reflejo del espejo de cuerpo entero. Está detrás mío, sus brazos alrededor de m cintura, su barbilla en mi hombro. Su sonrisa es burlona, pero noto un aire de curiosidad en sus ojos.

―No ―le respondo simplemente.

―Miente ―me acusa, arrugando la nariz mientras sonríe.

―Suélteme, debo cambiarme ―le digo, tirando de sus manos para poder escapar al baño, donde me espera la espantosa lencería que me ha dado mi madre.

Cierro la puerta y trato de ignorar el sudor en las palmas de mis manos, el latido apabullante de mi corazón.

El entumecimiento que sentía me ha abandonado, justo cuando más lo necesito.

Me miro en el espejo y me pregunto cómo voy a salir de ésta. Hace escasos días tuve mi primer beso con un hombre que detesto, y esta noche perderé mi virginidad con ese mismo monstruo.

Me pongo las piezas lentamente, a propósito. Es un atuendo complicado, pero que al terminar de vestirse da la impresión de ser sencillo y algo angelical. Yo también me veo pura y dulce, pero también deseosa, a juzgar por la piel que se mira a través de la tela. Lista para ser corrompida.

Mis manos temblorosas alcanzan la gaveta correcta en el mueble de baño. La abro y encuentro la pequeña píldora que dejó mi madre para mí. La tomo con agua y, al sentirla deslizarse por mi garganta, me siento ligeramente reconfortada.

Esta noche no se concebirá un bebé. Ni ninguna otra noche.

Salgo de nuevo a mi habitación y cierro la puerta del baño detrás mío, para luego recostarme ligeramente en ella.

Jace está en la esquina de mi cama, tirando de su corbata. Mira hacia arriba cuando entro a la recámara, aunque hice mi gran entrada en absoluto silencio. Sus ojos recorren mi cuerpo entero, lentamente, tomando nota de cada detalle.

Me produce naúseas.

Mi cara se mantiene impávida.

―Ven acá ―me dice en tono bajo.

Lo hago. De alguna forma, mis pies logran llevarme en su dirección, hasta que me encuentro entre sus piernas. Sus ojos rozan mi piel descubierta, sus manos vienen a descansar en mis caderas. Se reclina para recostar su cara a mi estómago y siento su cálido aliento contra mi piel fría.

―Te ves perfecta ―me dice, sus labios contra la tela que cubre mi estómago. Luego se levanta, rozando su nariz contra mi cuerpo de camino hacia arriba. Me toma del cabello y gira mi cabeza al lado para rozar sus labios en mi quijada.

―Estás temblando.

No me doy cuenta de ello hasta que él lo menciona. Comienzo a temblar aún más.

Siento a Jace reír contra mi cuello.

―¿Realmente crees que la voy a poseer esta noche, no es así? ―me dice antes de que pueda acusarlo de ser un maldito desalmado.

Entonces me percato del tono de asombro que registra su voz.

Me alejo de él ligeramente para mirarlo a los ojos, con el ceño fruncido. Siento una ligera esperanza, pero soy demasiado sospechosa como para dejar que me sobrecoga.

―¿No lo hara?

Jace me mira, pero no a los ojos. Su mirada parece estar enfocada en mi frente.

―No, no esta noche ―me dice, un aire de anhelo en los ojos. Desliza su mano por mi nuca, su piel tosca contra la mía.

―No es el momento. Quiero esperar hasta que me lo pidas ―me responde.

Su mano encuentra el cabello en mi nuca y tira mi cabeza hacia atrás gentilmente, dejando mi cuello al descubierto

―Hasta que me ruegues ―me murmulla al oído.

―No cuente con ello ―le respondo.

Tan solo ríe, como si todo hubiera sido un juego para él. Tal vez lo es.

Me suelta de repente y por poco caigo de espaldas. Se acerca a mí, sus labios cerca de los míos.

―Buenas noches, Clary. Espero ver esto de nuevo ―me dice, tirando de la falda de mi negligée.

Luego comienza a alejarse.

―Dulces sueños, señora Wayland ―me espeta justo antes de partir.

Y entonces verdaderamente se ha ido.