Traducción de Half Truths, de Purrina57, con su autorización.

Lo siento, Guest, no hay Malec :(

Mil disculpas por no publicar ningún capítulo en... mucho tiempo. De regreso a clases, trabajo, vida... lo siento. Si de algo sirve, ¡no dejé de sentirme culpable!


Capítulo Nueve

Paso la mayoría de mi tiempo en la habitación, ahora que Jace no está en el Wonderer. Antes me veía obligada a salir dos veces al día para comer conél, pero ahora que está en la frontera 12 no se me impone la compañía de nadie en el hotel.

Salvo Isabelle, quien viene todos los días para sentarse en mi sofá y hablarme cuando intento leer. Lo ha hecho todos los días desde hace tres días, cuando Jace partió. Hoy no ha variado su rutina.

―Es que no puedo creer que no han cogido ―me dice, mientras examina sus uñas, recostada en el sofá con las piernas sobre el descansabrazos.

―Sí, una verdadera sorpresa ―le murmullo con un dejo ligero de mi irritación en mi tono de voz.

―¿Pero por qué no? Digo, es tu derecho, y no dudo que Jace se apene, si entiendes lo que quiero decir.

Resonga de la risa por su tonta y asquerosa broma.

―No tengo la menor intención de discutir esto con usted.

Isabelle frunce el ceño y se sienta en el sofá como una dama. De repente se ve preocupada, tal vez hasta nerviosa; sus dientes muerden su labio inferior.

―¿Clary?

―¿Sí? ―le respondo lentamente, alzando la vista por encima de mi libro.

―¿Te... realmente te irrito? Lo hago, ¿no es cierto? Supongo que irrito a todo el mundo. Incluso a Sebastian, aunque es demasiado gallina para decírmelo ―me dice Isabelle mientras se mira el ruedo de vestido y juega con él―. En verdad no sé cómo comportarme, mi mamá nunca estaba en casa, así que nunca me enseñó cómo arreglarme el cabello, o con cuáles tenedores comer.

Alza la mirada súbitamente.

―Pero tú, tú sí sabes cómo ser la chica perfecta. Pensé... pensé que tal vez podrías ayudarme a ser más chica. Estoy cansada de siempre echarme de ver.

Coloco el libro cuidadosamente en mi regazo y conectamos miradas.

―Isabelle, te aseguro que no soy la chica perfecta.

―Pues pareces serlo, siempre agradable y pausada ―dice con un suspiro de frustración antes de lanzarse en el sofá, sus piernas abiertas como las de un hombre―. No sé, pensé que se me pegarían tus buenas costumbres.

La observo un momento, mientas cabilo la situación de Isabelle. Sin duda no tiene remedio, es asquerosa y grosera. Es extremadamente vulgar e absurdamente masculina.

Obviamente no tiene remedio.

Sin embargo, me encuentro ahí, suspirando como si hubiera tomado una gran decisión sin que mi cerebro se percate.

―Lo primero que debes aprender es a sentarte bien ―le digo, sorprendida de mí misma. Camino hacia Isabelle y me siento a la par de ella en el sofá. Sin embargo, a diferencia de ella, mi postura es perfecta: espalda recta, rodillas juntas, tobillos cruzados, manos gentilmente posadas en mi regazo.

―Así, no con tus piernas abiertas como un chico. Te pareces a Jace cuando haces eso.

―Todo lo que sé lo aprendí de Jace ―me responde para defenderse.

―¿Disculpa? ―le digo, arqueando las cejas.

―De Jace y de Alec, en realidad. Ambos me enseñaron a pelear, a sentarme, a eructar. ¿Quieres oír?

―No, Isabelle, eso es poco femenino, además de ser sumamente grosero ―le indico.

―Pero es gracioso.

―Bueno, lo intenté ―le respondo, luego me levanto y ruedo los ojos.

―¡No, espera! ―me dice súbitamente, para luego intentar imitar la pose que le acabo de enseñar.

Se ve inflexible e incómoda, como si estuviera sentada en una silla de clavos y no descansando cómodamente.

Casi suelto una sonrisa, pero me contengo apenas a tiempo y simplemente asiento con la cabeza.

―Es un principio.

Regreso de la oficina del señor Lamb, radio en mano, con una sonrisa en mi cara, aunque aún no tengo la menor idea de cómo voy a hacer que esto funcione.

Apenas veo una cara conocida pasar cerca, me detengo y giro hacia ella.

―¡Simon! ¿Simon?

Se detiene y mira hacia atrás, sus enormes ojos llenos de duda.

―¿Señora Wayland?

―Por favor, llámeme Clary ―le insisto de nuevo, tratando de no palidecer ante él. Le echo un vistazo por encima y decido que servirá. Asiento con la cabeza y le sonrío.

―¿Podría hacerme un favor?

―¿Yo? ¿Qué favor podría hacerle yo? ―me responde en una voz aguda, sus cejas arqueadas en sorpresa.

―¿Está libre en la próxima hora? He decidido emprender un proyecto y necesito su ayuda ―le digo rápidamente, sin precisar mucho.

Simon me observa, visiblemente preocupado, pero sonríe de todos modos.

―Por supuesto ―me responde, solo para agregar con un tono de resignación―, lo que usted desee.

―No tiene por qué verse tan triste ―le digo mientras lo tomo del brazo y lo llevo hasta mi habitacion―. Es un proyecto muy ameno, nada de limpiar inodoros, querido.

―¿Quiere que baile con ella? ―dice Simon, una mirada de sorpresa y quizás incluso terror en sus ojos.

―Sí, bailar ―le respondo, asintiendo con la cabeza―. Es muy sencillo. Isabelle no sabe cómo, así que me he dado a la tarea de enseñarle.

Isabelle se halla sentada de forma poco natural a la orilla del sofá, pero se ve un poco menos ridícula cada día. Le ha llevado casi una semana aprender a sentarse como debe, pero ahí está, sentada.

―Pe... pero no puedo, señora Wayland...

―Clary ―lo interrumpo, mi voz una octava más alta.

―Disculpe, Clary. No sé bailar.

―Bueno, entonces será una lección para ambos ―le digo con una sonrisa en la boca.

―Levántate, Isabelle, le digo.

Isabelle lanza un quejido de niño, lo que me hace mirarla con enojo. Se levanta de un salto y suspende su quejido de inmediato.

―No te levantes así ―le digo luego de suspirar.

―¿Cómo se supone que debo levantarme? ―me reclama, cruzando los brazos frente al pecho. Se ha vuelto más y más irritable en estos días.

―Sabes, cuando dije que esperaba que se me pegaran tus buenos modales, no quería decir que esperaba que me trataras como a una niña de escuela.

―¿Eso piensas? Entonces vete. No necesito hacer nada de esto. De hecho, preferiría sentarme a leer sola.

Nos observamos por un largo, tenso rato. De repente noto desde el rabo del ojo que Simon se mueve nerviosamente.

―¡Está bien! grita Isabelle, lanzando sus manos al aire. Comienza a caminar hacia Simon, quien parece estar a punto de salir corriendo.

―¡Excelente! ―le digo sonriendo, satisfecha. Lo primro que van a aprender es el vals.

En unos cuantos minutos ya hemos esbozado un programa.


Isabelle viene a mi habitación todas las tardes d de la tarde y Simon llega de 2 a 3. Primero le enseño etiqueta y luego le enseño a ambos a bailar.

Es algo extraño encontrarme en la posición de enseñar. Mi madre me ha estado enseñando toda mi vida cómo comportarme con una señorita, sin dejar de ser misteriosa y seductora. Me enseñó cómo caminar de manera que todos los hombres me miren cuando entro a una habitación. También me enseñó a tener secretos y a guardarlos cerca de mi corazón.

Ahora le enseño a Isabelle. El ser líder me viene naturalmente y comienzo a disfrutar estos momentos. Veo los días convertirse en semanas.

Simon es un chico adorable. Es cortés pero algo extraño, extremadamente honesto a pesar de no tener el menor impulso cruel. Tiene el maravilloso talento de decir exactamente lo que piensa sin considerarlo dos veces. Es un rasgo que he aprendido a admirar.

Isabelle resulta no ser tan terrible como parecía. Aún es algo masculina, escandalosa y grosera, pero ya no me repugna. También es bonita cuando hace un esfuerzo, como lo noto ahora, parada frente a mí con un vestido de seda lila que abraza sus curvas y se ondula a la altura de sus tobillos, lo que da la apariencia de ser más voluptuosa.

―Me aprieta ―me dice Isabelle con una voz quejumbrosa.

―Es hermoso ―le respondo.

Se contonea torpemente hasta el espejo, incómoda en su apretada enagua, y echa una mirada al espejo para apreciar su apariencia.

―Pues sí, es algo lindo.

Camino hasta estar a su lado y echo un vistazo a la imagen de ambas, lado a lado. No podríamos ser más diferentes; yo soy bajita, con senos grandes y con curvas que se proyectan dramáticamente de mis caderas. Ella, por el contrario, es alta y delgada. Su cabello negro cae sobre sus hombros, sujetado a los costados con horquillas, mientras que mis rizos rojos enmarcan mi cara. Sin embargo, ambas sonreímos al espejo con el mismo sentimiento de orgullo.

―Gracias, Clary.

Tan solo asiento con la cabeza y dejo que mi sonrisa abandone mi cara para retomar la mirada estoica e indiferente de siempre.

―No hay de qué.

Isabelle gira para mirarme, toma mi cara en sus manos y me besa la coronilla, a lo que hago una mueca de dolor.

―Voy a sorprender a Sebastian cuando regrese. ¡Bye! ―me dice, su andar algo remniscente al de un pato en lo que se aleja a zancadas hacia la puerta.

―Isabelle, pasos pequeños ―le indico.

―Sí, claro ―me reponde, luego de lanzar un brazo en el aire para despedirse―, ¡Bye!

Sacudo mi cabeza, pero una ligera sonrisa se pinta en mis labios.

Inhalo suavemente, mi mente algo distraída por el hecho de que pronto Jace estará de regreso. Es una idea que me llena de horror y nervios.

Así que me retiro a mi baño y me relajo en la bañera por un largo rato, hasta que mis dedos comienzan a arrugarse y me veo obligada a salir y vestirme. Elijo un vestido verde esmeralda ajustado con escote de corazón y mangas japonesas. El vestido me aprieta tanto que me lleva un rato antes de poder ajustarlo de manera que quede perfecto.

Comienzo a caminar a la sala, preparada para pasar mis últimas horas de paz leyendo, cuando me percato de que mis horas de paz han llegado a su fin.

Mi respiración se corta de la sorpresa y coloco mi mano en el pecho del asombro cuando veo a Jace tirado en mi sofá, su cabeza colgando sobre el libro que intenta terminar desde la semana pasada.

Levanta la mirada y conecta con la mía, sus ojos entrecubiertos entre sus pestañas, una sonrisa burlona en sus labios. Sus ojos se pasean por mi vestido hasta llegar a mis zapatos de tacón con punta abierta, solo para luego regresar la mirada hasta mi ojos.

Sus iris dorados me me toman por sorpresa por un momento, pues he perdido la costumbre de verlos luego de tanto tiempo.

Rápidamente recupero mis sentidos y paso mis manos sobre la tela de mi vestido.

―Veo que ya se puso usted cómodo.

―Bueno, llamé a la puerta pero nadie me respondío ―me dice, encogiendo los hombros.

―Me estaba tomando un baño ―le murmullo mientras cruzo la habitación para regresar los lotes de vestidos que saqué hoy para la lección de hoy con Isabelle.

―Siento mucho habérmelo perdido ―me responde Jace.

Tan solo doy un ligero gruñido y se escucha en la habitación tan solo el sonido de mis tacones.

―Parece haber salido de la batalla intacto.

―Casi intacto ―me responde―, tengo unas cuantas cicatrices nuevas.

―Hm ―le respondo en tono aburrido, mientras me ocupo en cerrar los baúles.

―Desgraciadamente, la batalla fue mucho menos emocionante de lo que esperaba ―agrega Jace. Lo escucho levantarse del sofá.

―Qué pena ―le digo.

Antes de que me percate de ello, está detrás mío, súbita y silenciosamente. Doy un pequeño salto cuando siento sus manos en mis hombros. Sus dedos se enredan en mis mangas y tiran de ellas súbitamente, mi piel expuesta a sus labios tibios.

―¿Viene a nadar conmigo esta noche? ―me pregunta Jace, su aliento caliente roza la zona donde se encuentran mi hombro y mi cuello.

―No ―le digo, feliz de notar que mi voz no titubea.

―¿Por qué no? ―me pregunta, sus labios deslizándose suavemente cobntra mi pulso. Sé que puede sentir lo rápido que late mi corazón. Sin duda eso es lo que me hace sentir sus labios formarse en una sonrisa contra mi piel, lo que me enfurece.

Sin embargo, estoy másmolesta conmigo misma, porque parece que no puedo controlar la manera en que reacciona mi cuerpo a su cercanía. Es porque nunca he estado tan cerca de un hombre, porque tengo apenas dieciséis y estos sentimientos son instinctivos.

Aún así, me hacen sentir débil.

―No voy porque tengo la leve sospecha de que usted pasará la noche entera intentando seducirme en mi obvio estado de ligero ropaje. Eso y el sencillo hecho de que no me cae bien ―le respondo.

La mano izquierda de Jace pasa suavemente por mi hombro y se desliza por mi clavícula, sus manos callosas contra mi piel suave. Siguen peligrosamente hacia el frente de mi vestido, pero lo tomo ágilmente de la muñeca para detenerlo y mi mirada seria topa con sus ojos burlones.

―¿Acaso cree que no es suficientemente fuerte para decir no?

―No tiene nada que ver con mi fuerza, tiene más que ver con el hecho de que no desee su compañía más tiempo de lo que sea estrictamente necesario.

Jace tuerce la muñeca que sostengo en mi mano hasta lograr que nuestros dedos se entrelacen, luego se inclina hacia mí, acerca sus labios a los míos casi al punto de besarme, y sonríe ligeramente.

―Prometo que voy a portarme bien.

―Bueno, pues definitivamente no se está portando bien ahora ―le digo, sin que se altere mi tono de voz. Pero alejo mi cara de él y noto que me siento algo mareada.

Muerde ligeramente mi labio inferior, lo que me saca un respiro corto de la sorpresa. Antes de que me percate, me inclina súbitamente hacia atrás y siento mi espalda baja topar contra uno de los baúles, atrapada contra su cuerpo.

Su mano cae en mi cadera y la aprieta fuertemente, lo que me obliga a morderme el labio inferior para evitar gemir del dolor.

Siento de repente un palpitar entre las piernas, una sensación que nunca he sentido tan intensamente, tan apabullante que me llena de terror.

―Encuéntrese conmigo en la piscina en el piso 24 en dos horas ―me dice Jace contra mi boca en mi momento de debilidad.

―Prometo que no voy a intentar nada ―me repite. Siento que me va a besar, roza sus labios ligeramente contra los míos, pero no lo hace.

Tan solo me deja esperándolo.