La vida de traductor. Pasé como un mes pensando en una buena forma de traducir la palabra "darling" en este capítulo. El problema es que es una expresión antigua, ya nadie la usa si no es de forma irónica, o si tenés 70 años. Claro, esta historia tiene ese aire anticuado, así que le sienta bien. A ver si notan qué puse. Se aceptan sugerencias, sobre eso o cualquier otra expresión. ¿Qué hubieran puesto ahí?
Capítulo Trece
Paso el lápiz de ojos sobre mi párpado ágilmente, levantando el ángulo hacia el final del ojo para darle un efecto dramático. Me detengo para mirarme en el espejo y me doy por satisfecha con mi trabajo.
El señor Lamb me ha indicado que esta noche cenaré con Jace y Valentine. Al parecer, esta será la nueva tónica los viernes en la noche, cuando a Valentine se puede tomar el momento para dejar de hacer lo que sea, o a quien sea para acompañarnos.
Esta es la noche perfecta para obtener más información.
Me sonrío al espejo, lenta y seductoramente, al mismo tiempo que dejo caer mi mirada para ver a través de mis pestañas y dar el efecto perfecto; me doy aún más por satisfecha. Sí, sin duda esta será una buena noche.
Deslizo mis manos sobre mi vestido rojo rubí y salgo del baño, mis zapatos de talón descubierto taconeando suavemente al salir.
Tomo mi bolso de mano y salgo rápidamente de la habitación, con la certeza de que ya voy tarde.
Madre siempre dijo que era sano hacer a los hombres esperar un poco —no tanto como para hacerlos enojar, pero sí lo suficiente como para enviar el mensaje subliminal de que operamos a nuestro propio ritmo, y no el de ellos.
Sin embargo, mis planes enteros cambian cuando escuché a alguien llamar mi nombre.
Echo una mirada por encima de mi hombro, aún caminando, y veo a Simon. Suspiro y camino más lentamente para dejar que me alcance.
—¡Clary, oye!" —me dice, su tono alegre y ameno, cuando llega a mi lado.
—Hola, Simon, —le respondo con una pequeña sonrisa.
—Vaya, te ves bien —me anuncia, sus ojos recorriendo mi figura de pies a cabeza, de manera que, antes que hacerme sentir mal, me siento halagada.
—Muchas gracias, querido, —le respondo—, cenaré esta noche.
—Con los Wayland, ¿no es así?
—Yo soy una Wayland ahora, —le indico cortésmente, y noto que ahora esto me causa apenas una ligera voltereta en el estómago.
—Vaya, sí, claro —dice Simon, su cabeza asintiendo repetidamente y su entreceja fruncida—. Es solo que... que eres muy diferente a ellos.
—¿Es eso un cumplido? —le respondo, arqueando una ceja lentamente.
—¿Ser diferente a los Wayland? ¡Pues claro que es un cumplido! ¿Los ha conocido?
Resisto las ganas de reír porque, a pesar de lo mucho que aprecio a este muchacho, sé que no puedo dejar que se sienta cómodo conmigo. Cualquier reacción que tenga en lo que se refiere a los Wayland podría volverse en mi contra si no tengo cuidado.
—No son palabras muy amables, esas que dices, —me limito a responderle.
—Sí, no hay mucho agradable qué decir sobre ellos. Excepto Celine, ella es algo loca, pero agradable, supongo. No parece ser un Guardián tampoco. No asume que está por encima de los humanos, como el resto de ellos.
—Sin duda hay un orden social que debe seguirse estrictamente, —murmullo.
—Así es. Claro, por otro lado, usted se codea con los peces gordos, para ser humana. Y eso que es una Cita, y además la esposa de Jace, y además... eh, se ve como se ve.
Sus ojos se cierran ligeramente y baja su mirada al pecho, pero se ruboriza y mira a lo lejos.
—Usted me halaga, —le digo con una sonrisa.
—Me alegra haber sido de utilidad, —me responde algo avergonzado, mientras se restriega el cuello—. Me imagino que la halagan a menudo, ¿no es así?
Lo pienso un momento antes de responderle.
—Pues sí, así lo es. Pero rara vez me lanzan un cumplido que no me dé asco por lo que insinúan. Usted, por otro lado, es genuinamente gentil.
—No diría eso, —agrega, pero noto que mis palabras lo complacen. Frunce el entrecejo cuando me mira a los ojos.
—Así que nuestras lecciones de baile se han acabado, ¿no es así?
—Por lo pronto, a menos que Jace no esté en casa, pasaré mis tardes asistiendo a cenas con él.
Simon asiente y patea la alfombra con su pie.
Me percato de que es hora de partir. Ya voy bastante tarde, y llegar con mucho retraso es de muy mal gusto. Sin embargo, apenas comienzo a despdirme de Simon, me interrumpe.
—Las disfruto mucho, digo, las clases, —dice Simon sin pensar mucho—. Me refiero a las clases de baile. Usted es muy simpática, Clary, y de hecho, también lo es Isabelle. Siempre pensé que estaba loca, pero es algo... patética. Simpática, pero patética. No sé, he comenzado a esperar las clases con ansiedad.
Siento como cambia mi gesto, como refleja mi preocupación. No soy estúpida, ni ignorante. Sé cuando un chico siente más por mí que tan solo amistad. Veo como Simon comienza a enamorarse de mí, la forma en que inclina su cabeza ligeramente cuando me habla y como se mueve nerviosamente. Es peligroso, sumamente peligroso. Debo ponerle fin de inmediato.
Desgraciadamente, no tengo oportunidad de hacer nada al respecto, pues escucho una voz conocida, lenta y pesada.
—Ahí estás, —dice Jace, quien se aproxima detrás mío. Siento como se acerca y descansa su mano en mi espalda baja, justo sobre la piel descubierta por mi vestido de corte bajo. Su mano alrgada se siente tosca y cálida en mi piel suave, y la siento subir por mi espalda ligeramente, lo que me eriza la piel.
—Te estaba buscando.
Le lanzo una mirada furtiva, tratando de ignorar lo bien que se sintió su mano en mi cuerpo.
—Discúlpeme, me atrasé un poco.
Sus ojos le echan un vistazo a Simon, y veo el cambio en su postura, veo como su espalda se vuelve un poco más rígida y aprieta la quijada al mirar al humano frente a nosotros.
—Simon, —dice calma pero brevemente.
—Señor Wayland, —responde Simon, quien baja la mirada y su cabeza. Como un sirviente.
—Vamos, Clary. Mi padre nos espera, —me dice Jace al tomarme de la cintura y acercarme mas a sí.
—Por supuesto, —le respondo con un murmullo, y me resisto el impulso de rodar los ojos antes esta demostración desmedida de posesividad.
—Buenas noches, Simon.
—Buenas noches, Clary, eh, se—señora Wayland—, responde nerviosamente. Parte rápidamente, sin mirar a ninguno de los dos.
Comienzo a caminar apresuradamente, con Jace justo a mis talones.
—¿Clary? —me pregunta desinteresadamente.
—Sí, ese es mi nombre, cariño, —le respondo mientras abro mi bolsa de mano para sacar el compacto. Caminamos juntos hacia el elevador.
—¿Desde cuando tuteamos a los sirvientes?"
Me detengo abruptamente a unos pasos del elevador, las puertas abiertas mientras el ascensorista nos espera. Apenas lo noto en lo que levanto la mirada para ver a Jace.
—¿Acaso son celos lo que detecto en tu voz? —le respondo con dulzura.
Jace abre su boca para contestar, con enojo, a juzgar por su mirada, pero parece contenerse y dirige su mirada al ascensorista, desvergonzadamente recostado a una pared, al parecer sin querer perderse la discusión.
—¿Qué tanto miras? ¡Haz tu trabajo!"
El chico reacciona en pánico, cierra rápidamente las rejas del ascensor, tira de la palanca y desaparece.
—No, no son celos, tan solo enojo. ¿Por qué te llama por tu nombre? Me dice Jace con una mirada de furia.
—Le enseño a bailar, a Isabelle también—, le informo mientras reviso mi maquillaje en el espejo de mi compacto.
—¿Le enseñas a bailar?
—No suenes tan horrorizado, Jace. Soy más que capaz.
—No cuestiono tu habilidad. ¡Me preocupa que estés a solas con él!
—Por Dios, escucha lo que dices. Suenas como un niñito lanzando una rabieta porque tienes que compartir tus juguetes.
—¿Te compartes con él, entonces? Sabes Clary, compartir implicaría que yo recibo algún porcentaje igual de tiempo de juego, lo cual no he tenido.
—Tranquilízate, —le digo y ruedo los ojos—. Nadie está jugando con nadie, como dijiste tan elocuentemente.
—Y nunca estoy a solas con él. Isabelle siempre está con nosotros, y son ellos los que bailan juntos. Yo tan solo me dedico a observar.
—Me llama mucho la atención que estés dispuesta a enseñarle a un sirviente a bailar, pero no hay manera de convencerte de que vengas a nadar conmigo.
Una sonrisa irónica se pinta en mis labios y arqueo una ceja en lo que miro a Jace.
—Vaya, señor Wayland, ¿quiere decir usted que desea pasar más tiempo conmigo?, —le pregunto con falso asombro en lo que cierro mi compacto.
—Más tiempo contigo me mandaría a la tumba, —me gruñe, y me quita la mirada para presionar el botón del elevador.
Muerdo mi labio y dirijo la mirada a mi bolso, en donde coloco de nuevo mi compacto. Hago un esfuerzo por no sonreír, pero no logro controlarlo. Me siento sumamente victoriosa.
De repente siento que me toman de los brazos y me lanzan contra una pared. Jace me devora con los labios, casi con violencia, y siento su enojo y deseo irradiar en cada uno de sus movimientos.
Su súbito cambio de humor me toma por sorpresa, pero no opongo resistencia. Mi cuerpo tan solo reacciona; sin percatarme de ello mis manos van a su cabello y mis dedos se enredan en sus rizos. Siento sus labios abrir los míos y su lengua enredarse en la mía.
Donde cada uno de sus besos fue una chispa, ahora se convierten en algo más; se convierten inmediatamente en infiernos.
La forma en que me besa es divina, es como si perdiera un poco el control. Normalmente me hubiera sentido victoriosa, pero tan solo logro reaccionar, pierdo un poco de mi aplomo.
Mi corazón late en mi pecho frenéticamente y siento sus manos deslizarse sobre mi cuello hasta llegar a mis senos, que Jace aprieta crudamente. Me causa un revuelo de placer que viaja directo al estómago, se acomoda entre mis piernas y me estremece.
Sus manos continúan su camino, pero no se detienen. Las pasa por mi estómago tembloroso y mis caderas, de donde me toma con fuerza. Gimo ligeramente contra su boca, lo que tan solo atiza las llamas entre nosotros.
Me levanta y me aprieta contra sí. Siento la pared a mis espaldas y su cuerpo contra el mío, sus manos suben, alzándome el vestido con ellas. Mi atuendo se amontona en mi cintura y siento las manos de Jace amoldarse a mi trasero, acercándome fuertemente contra su caderas mientras sus dientes y labios chocan contra los míos sin tregua.
De repente escuchamos un suspiro entrecortado, efectivamente acabando el delicioso contacto. Ambos volteamos las miradas y vemos al ascensorista de nuevo, quien ha venido para atender la llamada del ascensor.
El chico nos mira atónito, sus ojos exaltados y su boca abierta. Más específicamente, me mira a mí y la cantidad indecorosa de pierna expuesta.
—Yo, eh, ¡es mejor que me vaya! —dice el chico con voz temblorosa, quien parece haber recapacitado.
—No, tomaremos este mismo, —responde Jace antes de que el chico pueda tirar de la palanca para desaparecer de nuevo.
Jace me deja caer súbitamente y me da poco tiempo para prepararme. Lanzo un gemido de protesta en lo que encuentro fuerzas para sostenerme, mis manos acomodando mi vestido.
Sin embargo, Jace parece no ponerme atención. Tan solo se aleja de mí y abre las rejas del ascensor y apunta al interior con su barbilla.
—Damas primero, —me dice con falso afecto.
Me acomodo el cabello y paso a la par de él para entrar al ascensor. Descendemos lentamente, en completo silencio. El ascensorista clava la mirada en cualquier cosa menos fente a sí, y Jace no me mira. Tan solo se recuesta a la pared con sus brazos cruzados y su quijada apretada.
Sonrío a mis adentros, porque logré que Jace reaccionara primero.
