Capítulo 14

—¡Mira lo que hiciste, arruinaste mi maquillaje! —refunfuño de camino al comedor. Tuve que ir por mi compacto a la habitación. Al mirar mi reflejo en el espejo noto que mi labio inferior y barbilla están untadas de lápiz de labios.

—¡No es mi culpa que insistas en andar toda esa mierda en la cara! —espeta Jace con el mismo modo irritable.

—¡Y mi cabello! !Es un nido de ratas! ¿Qué hiciste? —le respondo en tono acusatorio mientras intento acomodar mi cabello con la mano.

—Perdona, déjame llorar por tus pena y sufrimiento.

No le respondo más que con un esfuerzo de enderezar mi apariencia. No quisiera que Valentine se percate de la sesión improvisada de manoseos con su hijo.

Lanzo una mirada sospechosa a Jace y confirmo mis sospechas. —Tienes lápiz de labios en tu boca —le indico.

Jace gruñe algo que apenas detecto como un insulto mientras se restriega la cara con enojo.

—Detente —le digo. Saco un pañuelo de mi bolso y limpio su boca y barbilla. Jace se balancea nerviosamente de un pie a otro, como un niño listo para salir corriendo, pero me deja limpiarle el maquillaje lo mejor que puedo.

Lo primero que vemos al entrar al salón es a Valentine, quien nos espera con una mirada de molestia.

—Pensé que se habían perdido —dice Valentine cuando alcanzamos su mesa.

A pesar de mis esfuerzos, al echarnos un vistazo sus comisuras se levantan ligeramente en un gesto algo burlón, como si supiera qué hacíamos. Se ve asquerosamente satisfecho, lo que me hace recordar las palabras de Celine.

Es sumamente paranoico; cree que Jace y él morirán antes de que logre tener un heredero.

Jace me ofrece una silla algo torpemente. Una vez que estoy sentada se lanza en la silla a la par de la mía con un gesto de enojo. No sé si está molesto conmigo, si está frustrado sexualmente porque nos interrumpieron o si la arrogancia de su padre lo afecta tanto como a mí.

—¿Cómo la han pasado estos últimos días? —pregunta Valentine.

Jace toma la botella de vino en el centro de la mesa y se sirve una copa, la cual engulle de un solo trago de forma descontenta. Un mesero pasa justo en ese momento, así que Jace lo llama con la mano.

—Tráeme algo más fuerte que esto.

Valentine se mira algo insatisfecho por la situación, pero tan solo dirige su atención hacia mí. Sus cejas arqueadas parecen querer entresacarme una respuesta a su pregunta anterior.

—Han sido agradables, gracias por preguntar —le digo con una sonrisa—. ¿Y los suyos?

Jace se encrispa con mi respuesta banal, pero Valentine parece no notarlo. La próxima hora transcurre de forma parecida. No parece haber oportunidad para conversar de algo más profunda. Valentine da la impresión de querer mantener todo tema de coonversación lo más superficial posible, sin ir más allá de lo trivial.

Jace parece emborrachar cada vez más y más, conforme avanza la noche y a medida que da rienda suelta al whisky, hasta quedar tendido en su silla con la cabeza descolgada sobre su pecho.

Valentine ignora cortesmente a su hijo y continúa su conversación conmigo.

—¿Has logrado acostumbrarte al hotel, Clary?

—Sí, muchas gracias. Todo es maravilloso.

—No lo es, no mientas —interrumpe Jace, arrastrando sus palabras repentinamente, al parecer de nuevo interesado en la conversación—. Nada es maravilloso aquí.

—Jonathan, por favor —dice Valentine entre dientes.

—Mi nombre es Jace —le responde, lanzándole una mirada ebria a su padre. Si bien sus párpados están algo caídos, su mirada es tan oscura y seria que no puedo evitar estremecerme un poco en temor. Puedo ver con mucha claridad que Jace puede ser aterrorizante si desea—. Odio que me llames Jonathan.

—Tu nombre es Jonathan —le dice Valentine simplemente.

Jace abre su boca para responderle. Su mirada se torna tan violenta que siento que debo interrumpir de inmediato. Lanzo varias miradas exageradas a mi alrededor mientras pregunto en voz alta: —¿qué será lo que atrasa nuestro postre?

Valentine mira a Jace con un desdén apenas contenido antes de mirar a lo lejos y suspirar.

—Déjame averigüar a qué se debe, Clary —dice antes de levantarse y dejar la mesa con rapidez, sus pasos cortos y furiosos.

Mi espalda se reclina en el respaldar con alivio. Sin embargo, el alivio no dura mucho. Jace de repente se acerca, su aliento caliente y pegajoso en mi cuello al murmullar en mi oído.

—Te quiero coger, Clary.

Levanto la mano, como si le fuera a dar una cachetada, pero se reclina en su silla y comienza a reír suavemente mientras ladea su cabeza como un lunático. Está ebrio y estamos en un lugar público. No le puedo dar una cachetada.

Así que me obligo a poner mi mano en el regazo y le echo una mirada sucia.

—Eres asqueroso —le digo antes de levantarme y partir. No puedo soportarlo más.

Jace deja de reir de inmediato y parece entrar en pánico al tomarme de la muñeca.

—Espera Clary, por favor. Lo siento, no era mi intención... bueno, sí era mi intención pero no debí haberlo dicho de forma... de esa forma. No te vayas.

Retiro mi mano de un solo tirón antes de decirle: —Tan solo voy al tocador. Trata de no hacer el ridículo mientras no estoy.

—Sí señora —dice con aire aburrido.

Marcho hacia el baño, furiosa, el golpeteo de mis tacones estrepitoso contra el piso. Justo cuando giro para entrar al pasillo del baño escucho una voz y me detengo.

—¡...puedes hacer eso! —implora una voz ligeramente conocida que no logro identificar.

Tomo mi compacto del bolso y lo abro discretamente, girándolo ligeramente en dirección a las voces. Es Sebastian.

Y Valentine.

—Bueno, tendrás que hacerlo —responde Valentine.

—Pero no puedo. Ella no quiere...

—¡No me importa qué quiere ella, Sebastian! ¡O lo haces, o te lanzo a la calle a que te pudras con toda la escoria humana en esta ciudad!

Sebastian parece empalidecer. Retuerce sus manos, se muerde el labio y luego de un rato responde con voz temblorosa.

—Muy bien, lo haré.

—Bien.

Cierro el compacto rápidamente y comienzo a caminar de regreso, con miedo de ser pillada. Cuando llego a la mesa, noto que mi corazón palpita exageradamente. Jace sopla burbujas en su vaso de agua.

—Jace, necesito hablar contigo —murmullo.

—Dime, nena —responde Jace, arrastrando las palabras, mientras sus ojos recorren mi cuerpo y me guiña un ojo.

Refunfuño y me siento a su lado, recostandome hacia su cuerpo mientras mis ojos recorren la habitación en búsqueda de Valentine.

—¿Qué tal si vamos a mi habitación?

—Me gusta esa idea —responde Jace lentamente, su tono sugestivo y bajo.

Tuerzo los ojos pero le doy gracias a Dios que haya elegido emborracharse esta noche. Parece que es el tipo de borracho que suelta la lengua, del tipo que habla de má ás sea el momento perfecto para sacarle información.

Cuando Valentine regresa, le digo que voy a llevar a Jace de regreso a su habitación. Valentine parece estar aliviado y preocupado, pero es claro que se debe a lo que está obligando a Sebastian a hacer.

Sea lo que sea que está haciendo, no puede ser bueno.

—Siéntate —le ordeno.

Jace se lanza al sillón mientras murmulla que le encanta que sea mandona o algo por el estilo.

Le tuerzo los ojos de nuevo pero me siento a su lado. Me acerco con un millón de preguntas en la punta de mi lengua y dejo que mi mano juegue con su cabello desordenado.

—¿Estás tratando de aprovecharte de mí? —dice Jace con ojos vidriosos.

—No te eches flores —le digo mientras tomo su cabeza a como puedo para mirarlo directamente a los ojos.

—Hm.

—¿Has escuchado a tu padre mencionar alguna vez el incidente Milhouse? —le pregunto, con la esperanza de que esté demasiado ebrio para recordarlo mañana pero no tan ebrio que no pueda recordar. Estoy arriesgándome al preguntarle esto, pero no pienso pasar los próximos cinco años haciéndome pasar por la esposa de Jace solo para obtener la información que busco. No soportaría vivir acá tanto tiempo.

—...¿Milhouse? —pregunta Jace con el ceño fruncido. —¿El incendio en el que se achicharró toda esa gente?

Hago una mueca de desagrado pero asiento.

—Sí, esa misma. ¿Alguna vez ha mencionado algo tu padre al respecto?

—Nop. ¿Debió haberlo hecho?

—No lo sé —le respondo honestamente. Luego le pido a Jace que ponga atención antes de hacerle más preguntas.

—¿Existe algún tipo de archivo que documente las operaciones de los Guardianes?

A pesar de lo ebrio que está, Jace me responde que no puede decirme. Le pregunto entonces por qué Valentine está a cargo, por qué será Jace quien esté a cargo en el futuro. ¿Qué hace su linaje tan especial?

Porque siempre ha sido así, responde.

Le pregunto cada cuánto y con cuánta fuerza atacan los demonios las fronteras de la ciudad, pero para estas alturas ya lo he perdido.

—Me gustas, Clary. Sé que piensas que no, pero me gustas. Eres linda y tienes unos labios hermosos.

Se acerca pero cae simplemente de bruces sobre mi pecho. No le doy importancia, pues estoy tratando de hilvanar qué ocurrió con la poca información que me ha dado. Jace continúa balbuceando sobre mis labios y las curvas de mis caderas y cosas extrañas como esas.

Luego comienza a hablar sobre su padre y como no puede soportarlo, lo que lo lleva a hablar de cosas que me interesan.

—Engaña a mi madre todo el tiempo, pero no es por eso que es un hijo de puta. Es decir, mi madre no se percata de todas las veces que la ha engañado. Esta muy ocupada... mucho tiempo ensimismada, ocupada con sus visiones...

—¿Visiones? —lo interrumpo, mirando en desconcierto a Jace,

—¡Sí! Dice que tiene visiones a veces. Visiones de cosas que aún no han pasado o que le pasan a otras personas que no conocemos exactamente a la misma hora. No tiene visiones, está loca de atar. La amo, pero es la verdad.

Sospecho que de pensarlo mucho, mi hesitación lo haga perder interés, así que le pregunto apresuradamente; —Entonces, ¿qué más odias de tu padre?

—Guarda secretos. Siempre ha sido muy reservado sobre todo. Simplemente, pues, no le tengo confianza. No confío en nadie acá, Clary. Todos estamos locos, todos. Y todo el mundo tiene sus secretos bien guardados... y donde hay secretos, hay esto... toda esta desesperación por evitar que tu secreto sea revelado, y... y... —Jace deja la idea perdida y comienza a roncar suavemente, lo que hace entender que la conversación ha llegado a su fin.

Me salgo con cuidado debajo de su pesado cuerpo y lo dejo caer en el sofá para dirigirme al teléfono. Marco el número correcto y lo dejo timbrar unas cuantas veces hasta que alguien responde.

—Tengo algo —le digo.