Capítulo 16

Me miro al espejo para asegurarme de que me veo bien en mi traje de baño estructurado color negro de vuelos y una faldita. Recojo mi cabello, no tanto porque no quiero que se moje, sino porque Jace dijo que le gusta cuando lo llevo suelto. Probablemente no le importe que lo lleve en un moño hoy, pues hace notar su marca en mi cuello.

Suspiro en frustración y tomo un poco de maquillaje para cubrirlo lo mejor que pueda. Casi logro que desaparezca, pero me percato de que no se verá mejor que eso, así que me dirijo a la piscina.

Jace ya está ahí cuando llego.

Está sentado en el borde de la piscina con sus pies en el agua, sus ojos admirando el cielo estrellado fuera de la ventana. No lleva camisa, obviamente, y me sorprendo admirándolo. Puede ser el enemigo en este caso, pero su musculoso estómago, pecho y brazos dorados y su cabello rizado lo hacen un hombre hermoso.

Hago mis zapatos taconear más de lo usual para que me mire conforme me acerco. Muevo mis caderas un poco más de lo necesario, lo que le saca una sonrisa maliciosa al recorrer mis piernas con sus ojos.

—Hola —le digo apaciblemente, soltando los lazos de mi pequeña bata, la cual me quito lentamente y dejo caer en una de las sillas a la orilla de la piscina.

—¿Qué tal —me responde, inclinando su cabeza en mi dirección sin quitar la mirada de mi atuendo, sus labios aún haciendo una mueca.

—¿Sigues con resaca? —le pregunto mientras me quito los zapatos.

—No —me dice mientras se dirige a mí, tirando de su pantaloneta, la cual cuelga bajo en sus caderas—, ¿quién dice que tenía una resaca?

Arqueo una ceja en señal de duda, a lo que él tan solo mantiene su gesto burlón y se acerca a mí, muy de cerca, como de costumbre—. Te digo que no.

—Entiendes el concepto de espacio personal, ¿no? —le pregunto, observando el pequeño espacio que queda entre nosotros con una mirada acusatoria.

—Sí, pero me cuesta estar lejos de tí. Especialmente cuando te vistes así.

Levanta su mano y roza mi mejilla suave y furtivamente, trazando un camino en mi cuello hasta alcanzar el escote de mi traje de baño, el cual delinea lentamente con su dedo índice. A pesar de ser ligera, su caricia logra erizarme la piel, así que con cuidado retiro su mano y lo miro con desdén.

—Guárdate las manos, ya te lo he dicho.

—Discúlpame —me dice con poca sinceridad en lo que aleja sus manos y las levanta dramáticamente.

Tan solo ruedo los ojos.

—¿Por qué usas tanto maquillaje si vienes a la piscina? —me pregunta en lo que me alejo un poco para alcanzar el borde de la piscina, aunque sea para distanciarnos un poco.

—No tengo ninguna intención de mojarme el cabello —le respondo mientras me asomo en el agua centelleante, iluminado por los azulejos dorados del fondo de la piscina. Me hipnotiza un poco.

—¿Ah no?

Algo en la voz de Jace me hace fruncir el ceño y giro la cabeza para mirarlo pero es demasiado tarde, ya me ha empujado.

Caigo lanzando un grito de horror antes de tocar el agua y zambullirme. Regreso a la superficie casi inmediatamente, balbuceando mientras retiro mi cabello de la cara.

Jace está de cuclillas frente a mí, mirándome con una sonrisa burlona. —No pude resistir —me responde.

Le echo una mirada de desdén, lo cual lo hace reír porque no dudo que me veo bastante ridícula con mi maquillaje corrido, así que lo tomo de la mano y lo lanzo a la piscina conmigo. Sospecho que me ha dejado hacerlo, pues cae demasiado fácilmente, pero aún así siento una ligera satisfacción.

—Ahora sí estamos a mano —me dice Jace cuando su cabeza sale del agua, sacudiendo su cabello.

—No —le respondo con una mueca y le lanzo una ola de agua en la cara.

—Ahora sí estamos a mano —le digo.

Jace se sacude el agua de la cara y me lanza una mirada desafiante.

—¿Realmente quieres tomar ese riesgo? —me dice conforme nada rápidamente en mi dirección, acercándose peligrosamente. Comienzo a alejarme espantada y un escalofrío de terror me cala la columna, pero le sonrío.

De repente surge una memoria de mi madre y yo nadando en una piscina, no recuerdo bien dónde… fue hace tanto tiempo. Tan solo recuerdo que fue tan agradable nadar en una piscina tan limpia. Lo recuerdo claramente porque mi madre nadaba bajo el agua, persiguiéndome y haciéndome tragar agua al tratar de alejarme.

—No, —le digo a Jace, con una pequeña risa en mi voz.

De repente se detiene, con una mirada casi que de sorpresa y me sonríe. Sin embargo, no es su usual sonrisa burlona, sino una sonrisa legítima, suave y cálida, por lo que me toma totalmente por sorpresa.

—Te ves tan distinta sin maquillaje —me dice, fijando sus hermosos ojos radiantes y ardientes.

Caigo en mí y me limpio la mejilla para quitar mi rímel.

—Parezco una bebé sin él —le respondo; me desagrada el tono sumiso y dubitativo en mi voz. Inspecciona mi cara tan intensamente que me pone nerviosa, pero tan solo sacude la cabeza.

—Te ves distinta, es todo.

—Ya —le digo vagamente, alejando la mirada de él para posarla en la ciudad reluciente en el horizonte.

Siento a Jace acercarse y darme un suave beso en mi quijada y luego en mi cuello.

Inhalo para llamarle la atención suavemente.

—Jace.

—Dijiste que me guardara las manos, pero no dijiste nada de mis labios —me responde, besando el borde de mi boca lentamente.

No sé por qué, pero giro mi cabeza y nos comenzamos a besar en serio. Sin embargo, mantiene el beso suave y lento, casi tomándome por sorpresa por el cuidado que se toma.

El beso se vuelve lentamente más apasionado; no es la hoguera de nuestro último beso, pero es delicioso en su propia manera, casi más dulce.

Me siento acalorada, sin aliento y mareada cuando lo busco con mis manos, tomándolo por los hombros cuando sus brazos me toman de la cintura y me abraza. Sus labios se funden con los míos, una y otra vez, besándome lánguidamente hasta que me quita el aire por completo y tengo que alejarlo para respirar.

Jace tan solo besa mis mejillas, mi quijada, mi sien, rozando sus labios con mi piel con la ligereza de una pluma.

Tiemblo y recorro ligeramente mis manos en su pecho,hasta que siento una marca en su cuerpo. Bajo la mirada y observo las líneas curvas en un idioma que no entiendo.

—¿Para qué sirven? —le pregunto.

—Para nada, que yo sepa. Tal vez le digan a los demás que somos guardianes —murmura Jace. Toma mi mano en lo que sigue los trazos y me mira a los ojos. Su mirada es tan extraña que me pone nerviosa. Es demasiado gentil, demasiado dulce; no es para nada él.

—¿Por qué eres tan agradable esta noche? —le pregunto.

Jace tan solo se ríe y exhala antes de sacudir su cabeza y tocar mi mejilla.

—Siempre soy agradable.

—Difícilmente —le digo de forma burlona.

Jace se pone serio y toca mi mejilla casi sin quererlo.

—No sé. Hoy eres… diferente. Es una esas noches diferentes, una de esas noches extrañas.

Su tono misterioso me hace fruncir el ceño, pero sigue hablando antes de poder preguntarle a qué se refiere.

—De repente recuerdo lo joven que eres —murmulla con el ceño fruncido, observando su pulgar en lo que toca mi mejilla.

—Realmente lo siento.

—¿Cómo que "lo sientes"?

—Que hayas tenido que casarte conmigo —me dice en lo que sus ojos tristes encuentran los míos. —Yo tampoco quería, pero… eres más joven No sabías que esto pasaría, mientras que yo crecí sabiendo que me obligarían a casarme joven. Me hizo ser realista. Tú no tuviste el mismo… ¿privilegio? Tal vez creías en el amor verdadero y todo eso antes de que esto pasara.

—Levanto la mirada y lo observo un rato antes de responderle en un murmullo.

—Nunca he creído en el amor verdadero.

Jace me acompaña de regreso a mi habitación, el silencio entre ambos es evidente en lo que cada uno cabila. Me preocupa este cambio en lo que respecta su humor. No me gusta que sea más agradable y gentil. En muchas formas me hace sentir más débil. Me aterroriza, porque sospecho… sospecho que tal vez no sea tan mala persona. Tal vez tenga un corazón de oro que su crianza sepultó. Parte de mí, una parte pequeña, desea averiguar si es cierto, encontrar ese vestigio de bondad y sacarlo a la luz. Porque siempre quise ayudar al prójimo, especialmente cuando me demuestran que de hecho son buenas personas.

Sin embargo, es peligroso pensar así y debo parar inmediatamente. Me estoy dejando llevar. Probablemente este humor de Jace es una treta para llevarme a la cama.

Llegamos a mi habitación y me dispongo a abrir la puerta, entrar a mi habitación y dejarlo afuera para poder pensar, pero su brazo cae entre la puerta y yo y recuesta su cuerpo en el marco, su cara cerca de la mía.

—¿Clary?

Arqueo mi ceja con cuidado, sin demostrar emociones.

—Nada Más quería que supieras… que no voy a intentar nada contigo. No lo haré más —me dice, con una mirada de sinceridad y transparencia que casi me hace creerle por un momento.

—¿A qué se debe ese cambio de parecer tan súbito?

—No sé.

Jace me quita la mirada, y sus gestos y su tono adquieren un aire de frustración.

—Es sólo que a veces me doy cuenta de que actúo como mi padre. Me he estado comportando como mi padre contigo, siempre presionándote. No quiero ser así, Clary. Quiero ser buen líder, pero no quiero presionarte más. Por Dios, eres una niña.

—¿Una niña? ¿Solo porque me viste sin maquillaje, decidiste que soy una niña? Tal vez solo tenga 16 años, pero no soy una niña, Jace, y no permitiré que me hables como si lo fuera.

—No te estoy tratando como niña, Clary, es lo que te estoy diciendo —me dice conciliatoriamente.

—Pues llamarme una niña difícilmente me hace sentir menos inmadura —le espeto con una furia súbita que hace que me hierva la sangre y pierda el control.

—No quiero tus palabras falsas de amabilidad y sin duda no quiero tu lástima.

—No te tengo lástima —me responde con un enojo que oscurece sus ojos y su voz.

—Pues eso pareciera.

—Parece que te gusta ser una perra, ¿no es así?

Espeto una risa de irritación que me sorprende.

—Vaya, ¿no te parece que eso es condescendiente?

—Eso no es hablarte de forma condescendiente —me gruñe, su cara muy cerca, demasiado cerca a la mía—. Es lo que llamo ser maleducado, la misma forma en que me tratas. Funciona en ambos sentidos, amor.

—Lo miro con desdén, con respiración agitada,con toda la intención de responderle del mismo modo, cuando me percato de lo cerca que están sus labios a los míos y lo fácil que sería pararse de puntillas y besarlo con fuerza; pienso en que me besaría con fuerza y enojo, buscando dominar. Me recuerda de quién es y cómo debería ser conmigo.

Justo cuando estoy a punto de hacerlo, alguien tose intencionalmente y ambos volteamos la mirada al Sr. Lamb, su mirada tímida en lo que nos mira y observa nuestras posturas provocadoras.

—Disculpen que los interrumpa, pero me temo que tengo malas noticias para usted, Sra. Wayland.

Siento mi sangre, la que hace unos momentos ardía en mis venas, tornarse fría y le quito las manos de encima a Jace, mi espalda contra la puerta.

—¿Qué ocurre, Sr. Lamb?

—Ha llamado su madre. Al parecer ha habido una emergencia familiar —me dice el señor Lamb, incómodo y dubitativo.

—¿Qué ha ocurrido? —le repito, enunciando cada palabra cuidadosamente.

—Su tía a fallecido, Sra. Wayland —me responde el Sr. Lamb sin sostener mi mirada.

Es todo lo que necesito para recordar por qué estoy aquí.