Nota de la Autora: Podría darles una excusa sobre la razón por la que no he actualizado, pero ha estas alturas dudo que alguien me siga leyendo, en fin.

:v Tal vez para octubre termine esta serie.


Día 16: Carta

En ocasiones (sobre todo por las noches, después de algún concierto) se sentía terriblemente solo. No podía quejarse, él había escogido esa vida. Y realmente era feliz con su decisión, no es que quisiera la fama o el dinero (aunque siendo honestos no es que le disgustara tenerlos), pero siempre había querido que su música fuera escuchada por todo el mundo, y vaya que lo había logrado: en los años que llevaba de carrera sus canciones siempre habían encabezado el top hit en su género.

Claro que eso había significado dejar ir mucho: otras oportunidades, personas, experiencias. Alejarse de su familia y amigos había sido lo más difícil: Su madre y hermana lo había apoyado en todo momento, Anarka había alegado que era lo normal que los hijos se fueran por perseguir sus propios caminos, y Juleka había insistido en que el era demasiado talentoso para quedarse solo como el guitarrista de una banda local.

Una parte de él también lo sabía, aunque Kitty Section tenía el potencial para triunfar, sus amigos tenían otras prioridades, y con el paso de los años la banda se estancaría en tocadas esporádicas en eventos locales. Pero para él la música lo era todo, no podía abandonar el asunto así nada más, sobre todo cuando la oportunidad tocaba a la puerta de su barco.

Por eso lo había dejado todo para convertirse en solista, durante un tiempo había tenido la incertidumbre sobre su carrera y sus canciones, el tocaba varios instrumentos, lo había alabado bastante por su ejecución del bajo y la guitarra además de ser un buen cantante, pero no estaba seguro de si podría mantenerse en el proceso de composición cuando necesitaba ayuda, mucha ayuda con las letras.

Pronto logro adaptarse a su nuevo equipo y su carrera despego sin problemas, convirtiéndose rápidamente en una revelación en el mundo de la música.

Él era feliz con su vida, había conocido personas maravillosas gracias a su carrera, y tanto su familia como sus amigos habían tratado de mantener contacto con él, a pesar de los cambios de horarios y las propias rutinas. Aún así, debía admitir que en ocasiones se sentía aislado, como si ya no encajara del todo en París.

Todos habían seguido con sus vidas, (no es que esperara que detuvieran sus vidas por él) y seguido, cuando tenía la oportunidad de visitarlos se sentía como un extraño. Siempre ajeno al momento, a la complicidad, al lenguaje no verbal, a los recuerdos que los demás tenían entre sí y en los que por supuesto él no estaba.

Era su culpa, él se había alejado, se había convencido de que no tenía nada que hacer en París, su familia lo había alentado a partir, y la chica de sus sueños le había aconsejado irse.

Probablemente ese era el recuerdo más agridulce que tenía. Antes de tomar una decisión le había preguntado a Marinette. Le había pedido verse en su casa para hablar, y la chica preparó un par de golosinas de la panadería para comer en su balcón.

Recordaba ese momento a la perfección, el olor de la panadería, el cielo rosado, la tarde noche ligeramente cálida en contraste con un aire casi frío, y el rostro débilmente sonrojado de Marinette con los ojos brillando como a él le gustaba. Ella había parecido sorprendida, casi decepcionada, cuando le había contado la situación y le había preguntado si debía irse.

Con la voz temblando le había dicho que debía irse, que debía perseguir su sueño sin preocuparse por los demás, pues siempre lo apoyarían, recordaba con claridad el gesto mal disimulado de tristeza que la franco-china había tratado de hacer pasar por emoción, las múltiples veces en que había abierto la boca con ademán de decir algo para finalmente callar y sonreírle, y sobre todo, recordaba lo mucho que había durado ese abrazo de despedida, y la manera en que ella lo había detenido con la mano al separarse, para titubeante darle un corto beso en la comisura de la boca y desearle suerte.

Dos días después se había marchado.

Durante esos dos días, en lo que había estado ocupado arreglando las cosas y asunto pendientes antes de partir se había preguntado una y mil veces si debía robarle un beso a la chica, una parte de él no quería quedarse con las ganas de besarla, otra parte la quería y la respetaba demasiado como para besarla sin su consentimiento. Finalmente partió sin una gran despedida, había avisado a sus amigos más cercanos que se iría, pero había omitido cuanto tiempo estaría ausente (el mismo no lo sabía en ese momento, podían ser unos meses o toda la vida) y en el aeropuerto para despedirlo únicamente fueron su hermana y su madre. Según se enteró después, Marinette también había ido, pero había llegado muy tarde.

Meses más tarde, ya más instalado y con el sabor de la victoria en la boca, encontraría entre sus cosas aún empacadas una carta de Marinette. Aún se preguntaba como había logrado ocultar la carta entre sus cosas, pero ahí estaba, en papel blanco con un margen de flores rosas, de puño y letra de la chica, una confesión de amor.

Su corazón había palpitado más fuerte que nunca en su vida, más que cuando se entero que su primera canción había entrado en el hit 10 del año, más que la primera vez que se subió a un escenario. Quiso verla en ese mismo momento, quiso haberla besado antes de irse, incluso, una parte de sí deseo no haber partido. Pero ahí estaba, a kilómetros de distancia, cayendo en cuenta de la imposibilidad de volver a verse pronto, y de su falta de respuesta en meses.

Un año más tarde, al volver, se dio cuenta con una ligera sombra de amargura que él ya no pertenecía a París ni a su grupo de amigos. Por supuesto todos se habían alegrado de verlo, pero de repente era como si hablaran diferentes idiomas, incapaces de entenderse del todo, a nivel emocional.

Observo tristemente, como la relación entre Adrien y Marinette había avanzado en su ausencia, y, aunque no tenían una relación formal, compartían una intimidad y complicidad insuperable. Alejarse nuevamente había resultado sencillo, el prácticamente había huido devuelta a su burbuja de éxito donde había conseguido todo lo que quería. Y se había mantenido, así, alejándose cada vez más, regresando cada vez menos.

En ocasiones (sobre todo por las noches, y después de algún concierto) se sentía terriblemente solo, preguntándose como habría sido quedarse, preguntándose como sería si pudiera volver. Pero esa era una puerta que ya no podía abrir.

Todo lo que le quedaba era una vieja carta escondida en su segundo disco (ese con canciones que había escrito para ella) y que leía con nostalgia antes y después de alguna de sus giras.