Estampó su puño contra la mandíbula del chico y no pudo parar de golpearlo. Estaba furioso, indignado, harto de ese bravucón.
Una voz en su mente, mitigada por la ira, trataba de recordarle lo terrible que eso era. Debería detenerse. Quería ser normal, quería tener amigos y sentirse como todos los niños de doce años hacían. Para eso debería recordar que los niños normales no tenían experiencia en combate, debería pensar en que luego de eso volvería a ser el bicho raro de la escuela (o peor: el nuevo bravucón), debería pensar en la mirada que los profesores le dirigirían, decepcionados de que un estudiante tan "brillante" como Sam reaccionara con tanta violencia. Debería pensar en lo que su padre diría, luego de haberse esforzado en ubicar una escuela donde pudieran quedarse un par de meses, a insistencia de Sam.
Pero en lo único que podía pensar era en la sonrisa orgullosa que Dean le dedicaría.
Se estaba defendiendo, le estaba dando su merecido a ese niño engreído y estaba demostrando que era más fuerte que ellos. Esas eran cosas que Dean siempre alentaba. Además, no lo hacía por gusto: su causa era noble, si bien algunos objetarían que la violencia no era la solución. Aquel chico, Rufus o Ruben, o algo similar, no había dejado de fastidiarle desde el primer día de clases, pero no se detenía solo en Sam. Lo había visto molestar a más de un niño e incluso a algunas niñas. Normalmente Sam podía ignorar ese comportamiento —idiotas habría en todas partes—, pero ese día Rufus o Ruben, o como fuera, escaló un peldaño en el nivel de bravuconería y saltó de los insultos ridículos al ataque físico.
En el momento en que Sam lo vio levantar el puño contra Chris, un chico menudo y visiblemente más débil, sólo porque había sacado una A+ en un proyecto que cualquiera con la voluntad suficiente para estudiar podría aprobar, decidió que era suficiente. Para ser honestos, Sam no había actuado con completa violencia: primero le ofreció la oportunidad de arrepentirse, fue diplomático e intentó hacerle ver que su comportamiento no lo llevaría lejos; por supuesto, el chico respondió con sorna, mostrándose imprudente al creer que poseía una ventaja física sobre Sam.
Rufus o Ruben, o lo que fuera, lo empujó una, dos, tres veces. Un puño acompañó a la tercera, el cual Sam no tuvo problema en esquivar. Harto, se abalanzó sobre el otro chico. Le demostró que ser mayor en tamaño no lo convertía en el más fuerte de la clase.
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—¡...después de todo, TODO el esfuerzo que hice para ingresarlos en esta escuela!, ¿así es cómo lo agradeces? —John golpeó el volante, enojado.
Posiblemente no estuviera enojado con Sam por sus acciones sino por el hecho de que, a causa de estas, había tenido que soportar el monólogo del director luego de que lo citara para discutir el comportamiento inadecuado de sus hijos. Si bien el tema principal fue la pelea de Sam, el hombre no perdió la oportunidad para remarcarle a John que su hijo mayor tampoco era un santo. Si le preguntaban, Sam diría que la reprimenda por parte de su padre era injusta: él también tuvo que soportar la martirizadora hora que le llevó al director completar su idea.
Supuso que para su padre, que tenía asuntos urgentes que tratar con las criaturas de la oscuridad, aquel tiempo perdido valía mucho más que para Sam.
—¡Creí haberte enseñado mejor que esto! —continuó.
Sam apoyó la cabeza contra la ventana del asiento trasero con un suspiro. Observó las casas que dejaban atrás con velocidad hasta que se percató de la mirada de Dean. Su hermano, que viajaba en el asiento de copiloto, giró la cabeza para dedicarle una sonrisa y una expresión orgullosa que inundaron a Sam con un sentimiento cálido y agradable. Dean era genial, popular, alto y fuerte, todo lo opuesto a Sam, por lo que en esas raras ocasiones donde su hermano se mostraba abiertamente orgulloso no podía evitar sentir que por un instante ambos se encontraban a la misma altura, como iguales.
Regresó la mirada al exterior con una pequeña sonrisa, el malhumor de antes reemplazado por una sensación de ligereza gracias a la cual pudo ignorar los gritos de su padre.
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John se quedó dos horas con ellos en la habitación del motel. Ni bien ingresaron lo primero que el hombre hizo fue dirigirse al congelador, sacar una cerveza y desplomarse sobre la silla de la cocina comedor. Sus facciones continuaban fruncidas con severidad pero su ademán demostraba que gran parte del enojo se había esfumado y abierto paso al agotamiento. Los menores, cautelosos, se mantuvieron en silencio para no correr el riesgo de reavivar la furia enmudecida. Dean encendió el televisor y puso el volumen al mínimo, cambiando de canal repetidas veces. Sam, en cambio, sacó el libro que les habían asignado en la clase de Literatura, el cual le había resultado atrapante, y se sentó en el sillón a leer.
Una hora después, John dejó la botella vacía sobre la mesa, se puso de pie y se acercó a sus hijos. Apoyó una mano en el hombro de Sam y le sonrió con pena cuando el menor levantó la cabeza para devolverle la mirada.
—Regresaré mañana —dijo.
Un segundo más tarde, la puerta se cerraba detrás de él.
Los dos muchachos sabían que "mañana" podía significar tanto dos días como una semana, por lo que no se hicieron ilusiones.
Sam detuvo su lectura al rato, luego de que Dean subiera el volumen del televisor, al oír distraídamente los diálogos del programa. Curioso, prestó atención a lo que los actores decían.
—¿Estás... viendo "Corazón dividido"? —preguntó incrédulo al ver lo que mostraba la pantalla.
Sabía que a su hermano le gustaban las novelas románticas con exceso de drama —contrario a lo que Dean pensaba, no lo disimulaba nada bien—, pero ¡esto rayaba en lo ridículo! "Corazón dividido" era la novela del año, la cual incluía todos los clichés que podían esperarse de aquel género. Desde mala actuación hasta un terrible guion. La trama giraba en torno a un muchacho humilde que, por casualidades del destino, terminaba trabajando para su alma gemela, un apuesto millonario que debido a una misteriosa enfermedad en la piel nunca recibió el nombre de su destinado. Por supuesto, el galán se encontraba comprometido con una malvada mujer que había alterado el nombre en su antebrazo para hacerse pasar por su alma gemela y conseguir toda su fortuna.
Sam no pudo reprimir una risotada.
—¡No puedo creer que estés viendo esto!
—Cállate. —Dean cambió de canal con prisa—. No lo estaba viendo, sólo... estaba esperando a que termine.
—Sí, cómo no —dijo con una sonrisa socarrona.
Lo cierto es que no quería que Dean se avergonzara de sus gustos, pero era su deber como hermano burlarse de ellos; Dean no dudaría en llamarle "princesa" si la situación fuera al revés.
—¿Qué rayos estás leyendo? —preguntó Dean para cambiar de tema.
—Oh, es una lectura ligera que nos dieron en clase, la historia es interesante.
—¿Llamas ligero a eso? —Observó la cantidad de hojas con los ojos abiertos de par en par—. Cielos, eres tan nerd. —Apagó el televisor y emprendió la marcha hacia la cocina acariciando la cabeza de Sam al pasar.
Sam se apartó pretendiendo que le molestaba.
—Tu cabello está largo —dijo Dean, distraído.
Sam bufó, seguro de que a esas palabras le seguiría alguno de los apodos femeninos que Dean últimamente le daba.
—Lo sé. Tengo que cortarlo.
—Nah. Es la nueva moda, y largo te queda bien.
—¿Sí?
Tocó un mechón del flequillo que le caía sobre la frente como una cortina. Si Dean lo decía...
—¿Acaso te mentiría? —Dean le guiñó un ojo en una mueca exagerada que no originaba confianza—. Saldré un momento, pulga. Enseguida regreso.
Tomó las llaves del motel y se marchó. Sam se levantó casi al instante, caminó hacia el baño y buscó en el gabinete dos cremas: una cicatrizante y otra humectante. Frotó cada una sobre sus nudillos heridos. El intenso dolor que le había provocado golpear al otro chico había cesado mientras esperaba frente a la oficina del director, pero no iba a descuidar su piel. Claro que debía ser precavido o Dean le burlaría durante una semana si lo descubría con la crema humectante en mano. Se dirigió a la cocina para agarrar un poco de hielo y, envolviéndolo en un trapo, lo apoyó contra sus dedos durante unos minutos.
Para cuando Dean regresó, Sam se encontraba inmerso en la lectura una vez más, pese a que sólo había avanzado cuatro páginas antes de que el ruido de las llaves lo distrajera. Su hermano cruzó la puerta cargando una bolsa.
—Ey, te traje un regalo —dijo, sentándose en el sillón junto a Sam. Extrajo de la bolsa una soda y una barra de chocolate.
—¿Por qué?
—Por haberle dado su merecido a ese idiota.
Dentro de la bolsa había un ticket de compra que Dean no le permitió examinar. Las golosinas del motel se habían terminado y llevaban varias semanas viviendo de las sobras que John traía del bar más cercano, las cuales no eran ningún manjar, ya que una de las reglas que les había impuesto John era no realizar gastos innecesarios. Lo que incluía cualquier tipo de alimento. Para su padre, una comida al día era suficiente y tener más de eso era un lujo; Dean lo respetaba al pie de la letra, por lo que si había gastado dinero significaba que había utilizado una parte de sus ahorros en esa compra. Por Sam.
El susodicho no pudo evitar admirarle con aprecio.
Sam detestaba la vida que le había tocado, pero por todo lo malo que Dios le había dado, se lo había compensado al otorgarle a Dean. Su hermano era lo único bueno en su vida, y tenía la certeza de que eso jamás cambiaría.
