Dean había comenzado a rascar su antebrazo.
Por supuesto, esto no había pasado desapercibido para Sam. Como niño y hermano menor prestaba una atención obsesiva a todo lo que Dean hacía o decía, y lo que sucedía en el antebrazo del mayor le era de especial interés. Después de todo, Dean sería el primero en obtener su marca, el primero en conocer el nombre de su alma gemela, aquella que le haría feliz y junto a la que se sentiría completo e invencible.
Sam soñaba con el día en que llegara su turno de tener la marca. Soñaba con salir en búsqueda de su "media naranja" y alejarse de aquella vida de cazador que tanta pena le había causado. Soñaba con sentirse lleno, preguntándose cómo sería esa sensación de plenitud que los adultos prometían muy a pesar de que él no sentía en su alma carencia alguna. O tal vez no sabía identificarla. En la escuela le enseñaron que todos tenían un vacío dentro que se aplacaría al conocer a sus almas gemelas, por lo que era natural para los humanos sentirse tristes, perdidos y desmotivados sin razón.
—No será permanente. Algún día, cuando tengan su marca, sentirán el llamado y toda la angustia desaparecerá cuando conozcan a su otra mitad. —Solía decirles la profesora Mongomery con una sonrisa soñadora, sin duda pensando en su esposa.
Cuando Sam oía hablar de este supuesto vacío no podía evitar mostrarse desconcertado, buscando en sus compañeros de clase alguna expresión similar a la suya que demostrase que ese vacío no era más que un mito en el que la gente se empeñaba en creer. Sin embargo, en los rostros que lo rodeaban nunca vio más que alivio y esperanza, como si esos niños de nueve, diez, once años supieran lo que era anhelar algo lejano. Sam no lo comprendía. Jamás había sentido cosa semejante; los momentos de tristeza en su vida tuvieron siempre un fundamento: que su padre rompiera la promesa de llegar a tiempo para su cumpleaños o cuando lamentaba no poder tener las cosas que otros niños tenían a causa de la vida que llevaba. La presencia de Dean era lo único que lograba reconfortarlo.
Lo que sí entendía era que perder a la otra mitad del alma significaba un dolor constante y absoluto, mil veces peor que el vacío que los demás decían percibir dentro.
Sabía que el alma de su padre se había quebrado en mil pedazos luego de la muerte de su madre, y había visto ese mismo dolor reflejado en muchos de los cazadores que su padre conocía. Bobby era uno de ellos, siempre con expresión atormentada, sin descanso. Pero eso era algo en lo que la mayoría de las personas trataba de no pensar. El sueño llegaba hasta el momento en que las almas se encontraban, lo que viniera después no importaba.
Para Sam la promesa de una persona perfecta para él, que lo amara, lo entendiera y quisiera estar a su lado por siempre, era motivo suficiente para levantarse cada día con la certeza de que algún día la vida mejoraría. Por supuesto, él también deseaba amar, entender y estar por siempre junto a su persona destinada. La persona creada por Dios especialmente para él. Sólo pensarlo causaba que una sonrisa le surcara los labios.
Dean no compartía su entusiasmo.
—¿Por qué ilusionarme por una persona que probablemente nunca vaya a conocer? Las probabilidades de encontrar a mi alma gemela son mínimas —decía cuando el tema surgía.
Sam sabía que estas palabras eran una fachada y que su hermano en realidad sólo tenía miedo. Supuso que era natural sentirse así a los dieciséis años, cuando se estaba tan cerca de recibir un nombre. Las reacciones podían variar en cada adolescente. Sam estaba seguro de que Dean temía al llamado, aquel que lo llevaría a salir en busca de su alma gemela, como sucedía con todas las personas. John incluso le daba consejos de vez en cuando, pero Dean nunca quería escucharlo.
El llamado era un impulso que surgía a los dieciocho años, cuando el nombre terminaba de completarse. Las personas que tenían la oportunidad salían al encuentro de su alma gemela, guiadas por el llamado que les indicaba el camino correcto; otros no tenían más remedio que esperar, no obstante, tarde o temprano todos encontraban a su pareja destinada. Las probabilidades de que dos almas se hallaran habían aumentado en la actualidad. Los avances tecnológicos, cada vez mayores, servían para facilitar el encuentro entre personas, contrario a como solía suceder en el pasado, donde hombres y mujeres sentían un llamado que provenía del otro lado del océano, sin chance de poder alcanzarlo.
Para cuando Dean cumplió los diecisiete años en su antebrazo ya se diferenciaban trazos negros que poco a poco formarían letras. El día que Dean comentó con indiferencia que podía ver una "i" y dos "e" en el nombre, John le compró su primer brazalete. Era una pieza de cuero sencilla y barata, nada ostentosa ni de valor como las que se acostumbraba a regalar a los primogénitos. Aunque antes era obligatorio que la gente cubriera sus marcas, pues era considerado indecente mostrarlas al mundo, ahora el uso de los brazaletes era opcional, reservado para eventos formales y personas tímidas.
Según decía la Biblia, la marca aparecía a los dieciocho años porque esa fue la edad con que Dios creó a Adán y Eva. La ciencia, por otro lado, aseguraba que la marca surgía a los dieciocho años por cuestiones hormonales.
Dean se colocó el brazalete de mala gana, a pesar de que tenía la opción de no hacerlo.
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—Tiene un apellido largo —murmuró Sam en una de las pocas ocasiones que su hermano le permitió ver la marca.
Dean se encontraba reclinado contra el respaldo del sillón en una pose relajada y desinteresada. Mantenía el brazo estirado, permitiendo que Sam observara las líneas que aún no terminaban de formarse. Las marcas negras estaban desunidas, con un hueco en el centro que impedía comprender qué letra era cual, pero cada día faltaba menos para que se completara. La piel que rodeaba las líneas negras estaba roja y presentaba señales de sangre en los lugares donde Dean se había rascado con fuerza.
Sam deseaba acariciar las marcas negras que decoraban el antebrazo de su hermano, pero esa era una acción demasiado íntima, usualmente reservada para amantes, por lo que reprimió el deseo.
—¿Quién tomará el apellido del otro?
—Cielos, Sam, —Dean resopló, incrédulo—, todavía ni sé su nombre.
Sam encogió los hombros.
—¿Y qué? Yo ya tengo todo planeado; cuando conozca a mi alma gemela estaré preparado.
—Por supuesto que lo estarás.
Se sumieron en un silencio agradable disfrutando de la compañía que se ofrecían, lo único constante que poseían en esa vida errática. La calidez que embargaba a Sam disminuyó a un ritmo aterrador y dio paso a la inquietud. Sintiendo un remolino de náuseas en el estómago, se mordió el labio inferior varias veces antes de preguntar con voz incierta:
—¿Ya sientes el llamado?
—No. —Dean mantuvo la mirada fija en el techo del motel—. Ni siquiera me siento diferente...
Sam tuvo que disimular un suspiro.
Los últimos meses, cada vez que John mencionaba la posibilidad de que Dean los dejara para salir en busca de su alma gemela, un nudo se le formaba en el estómago. No quería que Dean se marchara, la prospectiva lo aterraba. Sin él, Sam se quedaría solo, sometido al carácter autoritario y distante de un padre que se ausentaba durante días porque prefería perderse en la botella y la cacería antes que enfrentar la realidad de lo que le había hecho a sus hijos. De lo poco que le importó arruinar sus vidas.
—No quiero que te vayas... —Admitió en un susurro.
Al instante se arrepintió, seguro de que Dean se burlaría, seguro de que había sonado como un niño asustado, débil, dependiente de su hermano mayor. Pero Dean guardó silencio. Al cabo de un rato, le revolvió el cabello.
—Tonto. No iré a ninguna parte.
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Las siguientes semanas se vieron ocupados cazando a un hombre-lobo.
Resultó ser un trabajo más complicado de lo esperado, pues el monstruo no era ningún idiota. Sabía esconderse y desviar a los cazadores. Tenía experiencia. Sin embargo, no conocía a John Winchester.
Luego de días de viaje, investigación y lucha, lograron acabar con el hombre-lobo en un almacén abandonado cuando el sol asomaba por el horizonte. Una vez que John dio con su guarida, fue sencillo acorralarlo: engañó su olfato y lo atrajo hacia una trampa, donde los tres lo rodearon a punta de pistolas y plata. El monstruo se abalanzó sobre Sam, intentando aprovechar su edad y tamaño como ventaja, pero John impidió su plan con prisa. Una bala de plata en la cabeza y posterior decapitación lo detuvieron para siempre.
Ya fuera de peligro, iniciaron la retirada con movimientos lentos, débiles; John recogió un par de cuchillos del suelo mientras que Sam se sentó sobre unas maderas para recuperar el aliento. A sus catorce años había visto tantas criaturas de la oscuridad lanzándose sobre él que el rostro aberrante del hombre-lobo acercándose a toda prisa con las fauces abiertas no le supuso ningún terror. De todos modos, el instintivo salto del corazón ante el peligro era inevitable. Dean, por su parte, bajó la mirada al brazalete que ocultaba su marca y, allí de pie donde estaba, lo apartó para echar un vistazo a las letras que había debajo. Sam sonrió al ver cómo sus ojos se abrían de par en par —señal inequívoca de que el nombre ya era legible— y estuvo a punto de levantarse para ir a averiguar cómo se llamaba la persona que Dios había designado ideal para su hermano, mas se detuvo cuando los ojos de Dean, cargados de pánico, se posaron sobre él un segundo antes de apartarse con rapidez. Tras esto, Dean le dio la espalda y marchó hacia el Impala con pasos firmes y largos.
El viaje de regreso al motel fue silencioso. En un principio Sam no lo notó, pues lo primero que hicieron fue rendirse ante el sueño, agotados a causa del desgaste físico al que se habían sometido.
Dean dejó de hablarle después de ese día.
