Sam no tardó en notar el cambio en Dean. Con la vida que llevaban, viajando constantemente, durmiendo en moteles distintos pero iguales en apariencia y cambiando de identidad tan rápido como cambiaban de atuendo, imposibilitando la oportunidad de formar vínculos con otras personas, Dean era el eje de su vida. Su mejor amigo —el único amigo que tenía, a decir verdad—, su hermano mayor, su ejemplo a seguir. En su mundo solo eran Sam y Dean, Dean y Sam, acompañados en ocasiones por John. Sin embargo, estaba seguro que de haber tenido vidas normales Dean seguiría siendo su prioridad.
Lo primero que llamó su atención al día siguiente fue que Dean no estaba en la otra cama. Que su hermano despertara primero era toda una proeza en sí. Lo segundo que notó fue que Dean no se encontraba en el motel. Su chaqueta de cuero favorita, aquella que nunca se quitaba, no estaba colgada en el respaldo de la silla en donde la había dejado la noche anterior y las llaves del cuarto no se encontraban sobre la mesada.
Sam resopló. No tenía idea de cuándo volvería su hermano, por lo que si abandonaba la habitación ya no podría volver a entrar, no si Dean no regresaba antes.
—Qué imbécil... —murmuró, abriendo el refrigerador y sacando la botella de leche.
Estaba a mitad de su desayuno cuando hubo dos golpes a la puerta seguidos de inmediato por la voz demandante de John que, con tono ronco y agotado, llamó:
—¡Sammy! ¡Hora de irnos!
—Uh... ¿qué? —Con prisa avanzó hasta la puerta y la abrió.
Su padre tenía unas ojeras pronunciadas y aspecto desalineado; el olor que impregnaba su ropa delataba que había estado fuera toda la noche, posiblemente en el bar que había dos calles abajo. El entrecejo del hombre se frunció.
—Nos vamos, le dije a tu hermano que estuvieran listos hace una hora.
—¿Qué? Acabo de despertar...
—Entonces será mejor que dejes de holgazanear —dijo John, dando media vuelta y alejándose.
El tono y la actitud del hombre crisparon los nervios de Sam. «¿O qué?», quiso responder pero le faltaba valor, así que se conformó con apretar el marco de la puerta con fuerza. De mala gana terminó su desayuno en grandes bocados y luego se dirigió hacia el armario en donde estaban guardadas sus pocas pertenencias. A veces Dean le decía que era inútil hacerlo cuando al día siguiente tendrían que volver a empacar —su hermano solo utilizaba el armario cuando tenían planeado quedarse por varias semanas— pero para Sam aquella simple rutina era lo más cercano a la normalidad que tenía, incluso si la sensación de pertenencia duraba escasos segundos. Sin embargo, habían pasado más de una semana cazando al hombre-lobo y tanto él como Dean habían compartido el armario luego de discutir sobre quién merecía más espacio para las cosas. Esa mañana, el lado que correspondía a Dean estaba vacío.
Sam se detuvo al ver esto. Recordó las palabras que su padre había dicho momentos atrás, en las cuales apenas había reparado a causa del fastidio que John le generaba últimamente —cada vez con mayor facilidad—. Mentiría si dijera que la actitud de Dean no le dolió, pero prefirió ocultarlo con enojo. Con un bufido, recogió la ropa con brusquedad.
—¡Qué imbécil! —gruñó entre dientes.
Con el bolso cargado abandonó la habitación del motel. La puerta del cuarto que John había alquilado para ellos daba directo al estacionamiento, en donde Sam pudo ver a su hermano apoyado contra el Impala mientras conversaba con una chica, sus labios curvados en aquella sonrisa traviesa que Dean utilizaba cuando quería salirse con la suya o ser encantador. Sam rodó los ojos y caminó hasta el estacionamiento. Al acercarse al auto examinó a la chica que acompañaba a Dean: vestía una falda corta de color rosa sobre unas calzas verdes que le llegaban a la pantorrilla, marcando sus delgadas piernas; arriba llevaba una remera holgada, que le caía por los hombros dejando ver las tiras de su sostén violeta, ajustada sobre el abdomen por un cinturón verde que realzaba el tamaño de sus pechos. Sus facciones eran pequeñas, su sonrisa amable y linda, y tenía el cabello teñido de rubio atado de costado por una gruesa liga rosa.
Era una chica hermosa, reconoció la parte de su mente que había comenzado a fijarse en el atractivo de las personas poco tiempo atrás, pero en ese momento Sam no pudo verle nada deseable. Le nublaba la mente el enojo con su hermano, que, al estar de espaldas a él, no notó su presencia. Asegurándose de hacer el mayor ruido posible, Sam lanzó el bolso dentro del maletero del Impala diciendo:
—¿Por qué no me despertaste? —Se aseguró de plasmar en su tono todo el fastidio que sentía.
Efectivamente, el cuerpo de Dean se tensó: abandonó la pose relajada que mantenía contra el coche y se enderezó. Volteó para mirar a Sam y en su rostro no había más que amargura y cansancio. Tenía ojeras, aunque no eran tan pronunciadas como las de John, y sus ojos estaban rojos a causa de la falta de sueño, como si la noche anterior no hubiera podido dormir en absoluto. Al ver a Sam sus labios se tensaron en una línea recta y su gesto se llenó de repulsión. Volvió a darle la espalda sin siquiera responder.
«Ah, vete al diablo», pensó Sam. No era su culpa que Dean tuviera una mala noche; su hermano no tenía derecho a desquitarse con él.
—¿Quién es él? —preguntó la chica con una sonrisa enorme, observando a Sam como si fuera la cosa más adorable del mundo—. ¿Es tu hermano? ¡Qué encanto!
—Hola —saludó Sam con falsa cortesía.
Subió al asiento trasero del coche, apurando el paso para evitar que la chica lo incluyera en la conversación. No parecía mala persona, pero Sam realmente no quería hablar con ella. Apoyó la cabeza contra el respaldo, oyendo las voces de los dos jóvenes amortiguadas por los vidrios. Trató de no prestarles atención luego de oír las insinuaciones de Dean que, de algún modo, le dejaron un mal sabor en la boca; ¿acaso su hermano no había descubierto el nombre de su alma gemela la noche anterior? ¿Cómo podía estar coqueteando con una chica cualquiera en un momento así? Era extraño. Dean actuaba extraño. Se suponía que ese era el mejor día de su vida, ¿no? Cuando volvió a abrir los ojos, John se sentaba al volante y ordenaba a Dean que entrara también. Luego, tan rápido como siempre, regresaron a la carretera.
Un nuevo rastro. Un nuevo monstruo. Una nueva cacería.
Sam suspiró; siempre era igual. ¿Así sería el resto de su vida? Cuando veía a su padre no podía evita imaginarse a esa edad, haciendo exactamente lo mismo que hacía ahora. Una y otra y otra vez. Con cada año que transcurría, la idea le generaba mayor angustia y desprecio.
John comentó algo relacionado al caso, pero Sam no le prestó atención; tampoco importaba, usualmente que su padre se dirigía más a Dean que a él, tal vez porque era el mayor. Mientras Sam estuviese informado al momento de actuar y supiera lo básico, al hombre no parecía importarle mucho si el menor le oía o no. Siempre que Dean estuviese ahí para soltar un obediente: "Sí, señor", todo estaría bien.
Al parecer, un cazador que su padre había conocido años atrás se había comunicado con él para solicitar ayuda en un caso, lo que tornaba el monólogo de John aún más tedioso; cuando había otro cazador involucrado, John rara vez dejaba que "sus niños" participasen. Quizá porque no confiaba en los otros cazadores, quizá porque sospechaba que sus hijos lo avergonzarían, quizá porque no quería ponerlos en evidencia frente a la red de cazadores desde tan jóvenes. O lo que fuera. Sam había perdido demasiado tiempo de su infancia tratando de comprender los motivos de John, y ahora, como adolescente, no podían importarle menos. Cuando John terminó de hablar el silencio se volvió pesado. Por supuesto, esto no era inusual durante los viajes, en especial los largos, pero si era extraña la incomodidad que aquel silencio generó.
Sam clavó la mirada en la nuca de Dean, que aún no le había dirigido la palabra. Pensó por un momento en qué decir, obteniendo la respuesta al recordar lo sucedido la noche anterior. Sonriendo con emoción se adelantó para hablar cerca del oído de su hermano y preguntó:
—¿Cómo se llama?
Jamás hubiera esperado la reacción que Dean tuvo. Dio un respingo y sus hombros se encogieron por el sobresalto al tiempo que su cabeza estuvo cerca de chocar contra la ventana cuando se apartó con rapidez. La expresión en su rostro era una que Sam nunca había visto, una mezcla de repulsión, tristeza y terror. Una expresión que en aquellas circunstancia no tenía lógica, tanto así que Sam no pudo evitar mirarle con sorpresa.
—¿¡Qué diablos te pasa!? —gritó Dean.
—¡Yo debería preguntar eso!
Dean alternó la mirada entre Sam y el respaldo del asiento, como si quisiera acomodar su posición pero al mismo tiempo no quisiera acercarse a su hermano.
—¡Siéntate bien, idiota! ¡Aléjate!
—¿Lo ves? ¿Qué te pasa? ¡Has estado así desde la mañana!
—¡Que te alejes!
Dean estiró el brazo para darle un empujón. No fue violento, pero sí tuvo la fuerza necesaria para hacer retroceder a Sam.
—Ey. —Fue todo lo que acotó John sin apartar la vista de la carretera. Por su tono, era evidente que no estaba de humor para las tonterías de sus hijos.
Sam chasqueó la lengua y se recargó contra el asiento trasero, observando a Dean con enojo; este le devolvió el gesto, regresando a la posición correcta solo cuando estuvo seguro de que Sam no volvería a acercarse. Sam bufó con fuerza para hacerse oír y con malhumor se dedicó a mirar el paisaje.
Volvió a intentarlo dos horas después.
Todo ese tiempo Sam se había dedicado a observar a través de la ventana. Vio lo que la gente hacía, contempló los edificios, rozó el pulgar contra el soldadito de juguete que continuaba atascado en el mismo lugar donde él lo había colocado ocho años atrás, miró las iniciales que había grabado junto con Dean en el coche —las que les habían ganado una buena reprimenda por parte de su padre y un helado como obsequio por parte del pastor Jim—, imaginó formas en las nubes y fantaseó con mundos que no existían.
Transcurrido ese tiempo, su enojo había muerto y el aburrimiento había tomado su lugar. Clavó la mirada en la nuca de Dean como había hecho dos horas antes y volvió a adelantarse. Tras pensarlo unos segundos, estiró la mano y le dio un toque en la mejilla. Antes, cuando Sam hacía eso, Dean soltaba un suave: «¡Oye!», le dedicaba una falsa mueca de molestia y luego iniciaba una conversación. Eso era todo lo que necesitaba para conseguir la atención de su hermano. Esta vez, Dean soltó una exclamación ahogada, como si se hubiera quemado, y volteó con la mirada iracunda, estirando el brazo para pegarle. Sam alcanzó a esquivarle justo a tiempo.
—¡Basta, Sam! —dijo apuntándole con el dedo.
—¡Ey! —bramó John, ahora con fuerza.
Dean cedió al instante, encendió la radio y subió el volumen al máximo. John lo bajó de inmediato y le dedicó un gesto severo, a lo que Dean apartó la mirada intimidado. Sam, en cambio, continuó observando a su hermano, confundido y con un dolor en el pecho que comenzaba a agravarse.
Trató de recordar si acaso le había hecho algo malo a Dean durante los últimos días, en vano.
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John aparcó en una estación de servicio con una simple orden: «Comemos y nos vamos, nada de perder el tiempo», que ninguno de sus hijos reprochó.
Se sentaron a una de las mesas de la esquina, desde donde John tenía una buena vista del exterior al tiempo que permanecía oculto de posibles amenazas. Dean se sentó junto a él y Sam ocupó el asiento frente a ellos sin apartar la mirada de su hermano, que, por su parte, hizo todo esfuerzo posible para evitar sus ojos: examinó el menú con fingido interés, luego contempló una mancha en la mesa y más tarde mantuvo la vista fija en su hamburguesa. Dean continuaba ignorándolo a pesar de la intensidad con que Sam le observaba, lo que no tenía sentido porque, en las paradas anteriores a esa cuando John detenía el coche para cargar gasolina y Dean se excusaba para ir al baño —aunque a esas alturas Sam sospechaba que lo hacía solo para alejarse de él—, más de una vez había atrapado a su hermano clavándole la mirada desde lejos. El instinto hacía voltear a Sam la cabeza solo para descubrir que era Dean quien le observaba con una mirada perdida, como en una ensoñación. Pero duraba unos pocos segundos, luego su hermano parecía recobrar la razón y le daba la espalda tratando de ocultar que eso había sucedido.
Lo que confundía aún más a Sam.
Habían pasado horas. Tal vez, si preguntaba de buena manera, Dean estaría más tranquilo. Tal vez lo que fuera que le había molestado ya había terminado.
—¿Cuál es el nombre?
La pregunta la hizo John. Ambos jóvenes lo miraron, sorprendidos por distintos motivos. Ante la falta de respuesta, John bajó su café y señaló el brazo derecho de Dean, allí donde llevaba el brazalete debajo de la chaqueta, y el nombre de alguna pobre alma escrito en la piel.
—El nombre. ¿Cuál es?
Dean volvió a clavar la mirada en el plato, atrayendo el brazo en cuestión contra su cuerpo y cubriéndolo con el brazo contrario, como si quisiera protegerlo.
—No importa.
—Claro que sí —dijeron John y Sam en unísono, a lo que Dean tensó la mandíbula—. Es la persona que dará sentido a tu vida. —Finalizó John.
—¿Y qué? No tengo por qué mostrarlo.
—En nuestra línea de trabajo es mejor que la familia sepa, de ese modo...
—No quiero hablar de esto —respondió Dean entre dientes—, no quiero... —Lo que fuera que iba a decir murió en su garganta con un sonido ahogado.
John dio un sorbo a su café, pensativo. Sam movió un trozo de pescado con el tenedor, tratando de transmitirle a su padre con el pensamiento que insistiera, que preguntara todas esas cosas que Sam no podía hacer porque su hermano se rehusaba a dirigirle la palabra, pero John había adoptado un gesto distante y ni siquiera reparaba en ellos.
—Es algo único, encontrar a tu alma gemela. No existe mayor felicidad —dijo, y una mueca de dolor se dibujó en el rostro de Dean, cuyos ojos comenzaron a adoptar un tono rojizo—. Con su madre yo... Ah, debo ir al baño, esperen aquí.
Sin esperar respuesta se puso en pie y se alejó. No cabía duda de que su "debo ir al baño" significaba que iría a buscar una cerveza en la tienda. Sam tuvo que reprimir un bufido, decepcionado con la falta de interés de su padre; o quizá no, quizá esperaba algo así, después de todo, se trataba de John. Así que ahora estaba solo con Dean, que frotaba sus ojos para disimular lo enrojecidos que estaban.
Sam inspiró lento y hondo, armándose de paciencia.
—Dean... —Su hermano no lo miró—, ¿por qué no quieres decirnos?
—¿Qué te importa?
—¡Mucho! Dean. —Se inclinó hacia adelante tratando de que sus ojos se encontrasen—. Dean.
—Cállate.
Resoplando, Sam se dejó caer contra el respaldo del asiento ya sin molestarse en ocultar su enojo.
—Eres un idiota, ¿sabes? —dijo.
Volvió a resoplar cuando Dean lo ignoró, luego clavó la mirada en la ventana solo para regresarla a su hermano con otro resoplido, pero Dean siguió ignorándolo. Bufó una, dos veces, sin resultado. Se mordió el labio inferior, pensando en que a lo mejor era necesaria otra clase de abordaje para un tema que resultaba tan delicado para su hermano.
—Ya no confías en mí.
Jugar la carta de la culpa no era un movimiento honrado, pero siempre le había funcionado con Dean. El susodicho frunció el entrecejo.
—Ya basta, Sam.
—Crees que le diré a papá, —Insistió—, que no puedo guardar secretos, ¿es eso? O... ¿acaso piensas que me voy a burlar?
—¡Maldita sea, Sam! —Dean por fin lo miró, y sus ojos reflejaban rabia y confusión—. ¿¡Por qué no puedes dejar el estúpido asunto en paz!?
—¡Porque actúas como un imbécil!
Dean se puso en pie con tal vehemencia que la silla que ocupaba cayó al suelo.
—¡Y tú te comportas como una perra!
Como le daba la espalda, Dean no lo vio acercarse pero Sam sí. Su padre avanzó hasta ellos con una expresión neutra que resultaba más aterradora que su mueca de cólera, porque era imposible saber cuál sería su reacción; cuando estuvo a la altura de Dean, le golpeó la cabeza con la palma de la mano, no tan fuerte como para lastimarle pero sí como para que soltase una exclamación. Dean apoyó una mano en la zona y cualquier queja que hubiera estado listo para soltar murió en su boca al ver el gesto de John.
—¿Qué mierda sucede con ustedes? —preguntó entre dientes.
Sam se cruzó de brazos y Dean respondió con un suave: «Nada. Me voy al coche», para acto seguido alejarse de allí. John se volvió hacia el menor de sus hijos.
—Sam. ¿Qué es lo que te pasa?
—¿A mí? Él es el que tiene un problema, ¡y lo sabes!
—¡Los dos están actuando como niños!
—Si yo no...
—¡No me respondas! —regañó al notar que los empleados del lugar les observaban preocupados.
Sam tensó la mandíbula, se puso de pie y caminó hacia la salida pero se detuvo al llegar a la puerta y ver que Dean se hallaba sentado dentro del coche. La presión en su garganta se extendió hasta su pecho. Ese era el problema, ¿verdad? No había escapatoria; no tenían un espacio para cada uno, no tenían forma de poner distancia entre ellos y tomarse un respiro, tranquilizarse. Eran ellos tres y la insoportable tensión encerrados en un vehículo de treinta años. Y esta vez era culpa de Dean.
Decidido a no darle el gusto a su hermano, Sam avanzó hacia el Impala, entró y cerró la puerta con fuerza, solo para fastidiar más a Dean. Si Sam no podía tener su momento en privado, Dean tampoco se lo merecía. Por su perfil pudo ver que Dean cerraba los ojos, pero no hubo más reacción que esa, y como Sam no podía dejar las cosas de lado, aprovechó que su padre aún no los alcanzaba y le dijo:
—Eres el peor hermano que puede haber.
Pero las palabras eran un arma de doble filo, y así como oír aquello hirió a Dean, a Sam también le dolió decirlo.
