Sam despertó con calma, desperezándose antes de siquiera abrir los ojos. Estiró los brazos sobre la cabeza y se detuvo en seco cuando, al entreabrir los párpados, descubrió que alguien le observaba.

En la sorpresa mezclada con el sueño tardó en comprender que se trataba de Dean. Su hermano se encontraba sentado en la cama contraria, con las manos relajadas sobre las rodillas y los hombros encorvados. En su rostro gobernaba la expresión distante que Sam le había visto portar durante las últimas dos semanas. Pese a que las sábanas de la cama estaban desalineadas Dean ya se había cambiado, reemplazando el pijama por su vestimenta habitual: vaqueros rotos, una playera verde musgo y la infaltable chaqueta de cuero. Sam dejó caer la cabeza contra la almohada soltando un suspiro de alivio, su corazón retomó un ritmo tranquilo al descubrir que no había peligro cerca; luego le dedicó una mala cara a su hermano —un gesto que en esos días comenzaba a volverse recurrente—.

—¿Qué? —preguntó.

Dean no dijo nada, simplemente se puso en pie y salió del motel. Por su parte, Sam se sacudió de encima el acolchado con frustración. Todo rastro de armonía que la noche de descanso le había proporcionado se evaporó con ese simple intercambio. ¿Qué diablos planeaba Dean ahora? Nada bueno, supuso Sam incorporándose en la cama. Dean ni siquiera tuvo la dignidad de disimular cuando vio que Sam despertaba, como si no importase en absoluto.

«Tal vez deba empezar a estar más atento», se dijo mientras cepillaba sus dientes. Pensar eso lo llenó de amargura, y esa amargura se convirtió en enojo con la rapidez que caracterizaba los cambios de humor en los adolescentes. «Ya verá cuando intente fastidiarme», pensó cepillando con fuerza hasta el punto en que sus encías comenzaron a sangrar.

Mientras Sam terminaba de vestirse su mente ofreció incontables ideas de lo que Dean podría estar tramando; a su imaginación acudieron jugarretas sucias que le fastidiaron incluso a pesar de ser ficticias. Se dirigió al café que había frente al motel armando diálogos —discusiones, en realidad— mentales que podría llegar a mantener con Dean en el futuro, planeando cada respuesta y posible contraataque verbal. Para cuando distinguió a su hermano sentado junto a John en la cafetería, Sam estaba furioso, listo para descargar toda su ira ante la primera provocación.

Apartó la silla con deliberada brusquedad arrastrando las patas por el suelo, lo que causó un chirrido molesto. La noche anterior los dos hombres habían salido de cacería, un sencillo "salar y quemar" al que Sam había dejado pasar en favor de terminar sus estudios de aritmética. Pese a lo sencillo del asunto, el fantasma les había causado algunos problemas y los dos habían terminado más tarde de lo esperado. Con la falta de sueño y el dolor muscular que debían estar sufriendo, Sam confiaba en que sería fácil obtener una reacción por parte de ambos, sin embargo, todo lo que recibió en respuesta a su ruidosa llegada fue una mirada de advertencia por parte de John, que leía el periódico con interés. De todos modos, Sam mantuvo la vista fija en su hermano tratando de encontrar cualquier excusa para iniciar un pleito, pero Dean continuó masticando su desayuno y fingiendo que no lo notaba —por supuesto que fingía, Sam lo sabía; ambos sabían lo que el otro pretendía, no había duda de ello— hasta que Sam se cansó y, con fastidio, tuvo que admitir su derrota.

—Idiota... —murmuró en un último intento pero Dean ni se mosqueó.

—¡Ey! No empieces, Sam, te lo advierto —amenazó John.

Sam le dedicó una mala cara, la misma que esos días estaba reservada para Dean. Tensó la mandíbula debatiendo para sus adentros si valía la pena dar a su padre una de las respuestas que en aquel momento le venían a la mente.

—¿Qué vas a pedir, dulzura? —preguntó la camarera deteniéndose a su lado.

—Un licuado de naranja, por favor.

—Tráele un café negro y dos tostadas —intervino John.

—Un licuado de naranja —repitió Sam entre dientes.

John le clavó la mirada y Sam debió luchar contra el impulso de agachar la cabeza con temor; si lo hacía, tendría que continuar sometiéndose a las injusticias de John y, ¿por qué debería? Comenzaba a cuestionarse si su padre en verdad merecía el respeto que le profesaban.

—Les daré un momento para decidir —dijo la camarera antes de alejarse con una sonrisa nerviosa.

John aguardó a que la mujer estuviera lo bastante lejos antes de inclinarse hacia su hijo menor y murmurar con paciencia:

—Necesitas tener los sentidos alerta, hijo.

—Bueno, quizá por una vez quisiera iniciar la mañana de forma saludable, ¿no crees? —rebatió sin poder contenerse.

—No me hables en ese tono.

—¡Entonces deja de molestarme!

John golpeó la mesa sobresaltando a todas las personas en la cafetería, incluido Sam. Las tazas se agitaron y un poco de café volcó sobre el plato de Dean. Sam se puso de pie con violencia y le devolvió a John el mismo gesto de enojo que el hombre mostraba —una expresión que, según Bobby y Dean, los hacía lucir muy similares—; luego miró a su hermano, pero este continuaba con la mirada fija en la comida pretendiendo que no oía nada. Por supuesto, después de todo lo que había sucedido, ¿Sam esperaba recibir un poco de apoyo de su parte? Bufó ante su propia idiotez.

—No tengo hambre —gruñó antes de darles la espalda y salir de allí.

Avanzó hacia el motel con la manos ocultas en los bolsillos y los hombros encogidos, su mueca de furia dirigida al suelo. Tal vez debería huir, pensó. Tal vez debería marcharse y no regresar, ¿qué le quedaba, después de todo? Ya no tenía nada por lo que valiera la pena tolerar esa vida.

(Pero en el fondo, muy dentro de sí, sabía que no quería dejar solo a Dean. Eso lo llenó de tristeza).

::

Estaba recostado en la cama cuando Dean regresó al motel. Sam lo ignoró y, de igual modo, su hermano lo ignoró a él. Se mantuvo en esa posición el resto del día, observando el techo con indiferencia.

Dean anduvo de un lado a otro en la habitación, entró y salió varias veces y, en dos ocasiones, se detuvo para mirar a Sam como si estuviera a punto de decir algo pero desistiera en el último segundo. Más tarde, cuando el sol rozaba el horizonte, John ingresó a la habitación cargando una mochila. Lanzó una mirada decepcionada a Sam y luego miró a Dean, que se encontraba recargado contra la mesada; hubo un intercambio silencioso entre ellos que no pasó desapercibido para el menor —cosa que amargó más su humor— antes de que John se frotara la cabeza y avanzara hacia donde Sam estaba recostado. Al verle acercarse, Sam se incorporó.

—Tienes suerte de que tu hermano sea razonable... —Comenzó a decir John.

Detrás de él, Dean llevó una mano a la frente y negó con la cabeza.

—Papá...

—... y siempre hable a tu favor. —Continuó, ignorando a Dean—. Lo que pasó esta mañana... no quiero que se repita.

—Claro —bufó Sam, aferrando las sábanas con fuerza.

John pareció querer decir más, pero decidió reservarlo. En lugar de eso volteó en dirección a Dean.

—Regreso en tres semanas, asegúrate de que todo esté en orden. Cuida de tu hermano. —Volvió a mirar a Sam—. Dean está a cargo, haz lo que te diga.

Sam mantuvo la mueca de enojo. Una vez que su padre se marchó cambió la dirección de su mirada y la posó sobre Dean, asegurándose de plasmar en sus facciones todo el desprecio que le fuera posible.

—Así que cuando estás con papá finges que eres un buen hermano —dijo.

Dean lo estudió en silencio por un momento, luego negó con la cabeza encaminándose hacia el refrigerador.

—Puedes pensar lo que quieras.

Cerró el puño con tanta fuerza que sintió las uñas en las palmas incluso a través de la tela de la sábana. Creyó que la actitud de Dean no podía molestarle —dolerle— más, pero a lo largo de las semanas la furia irracional de su hermano para con él había comenzado a mermar, siendo reemplazada por una actitud distante, melancólica y desinteresada. De algún modo que Dean le diera la espalda era más terrible que recibir sus gritos.

Con un chasquido de la lengua, Sam buscó el control remoto y encendió el televisor. Se quedó allí sentado observando la pantalla sin prestar atención a lo que veía; solo cuando Dean tomó asiento en la otra cama fue que se concentró en la programación. Cambió varias veces buscando algo para ver —experimentando una satisfacción especial cuando pasó de largo un capítulo de "Corazón dividido" y notó que Dean apretaba los labios para no comentar al respecto— hasta que se detuvo en un documental sobre la guerra. Por desgracia, le costó concentrarse en la secuencia de videos y la voz del narrador porque Dean no dejaba de pasar una mano por su cabello, frotar su pierna y realizar movimientos nerviosos. Finalmente se puso en pie, se dirigió a la cocina y comenzó a preparar la cena.

Cuando terminó, Dean colocó los platos con comida sobre la mesa y se sentó frente al suyo. Esa fue su forma de anunciar que la cena estaba lista. Con deliberada lentitud, Sam se acercó y tomó asiento. Movió los huevos y el arroz con el tenedor mientras Dean masticaba en silencio.

—Algún día voy a irme —anunció en un impulso, buscando generar la reacción que aquella mañana no consiguió.

—Ajá.

—Hablo en serio, no quiero ser un cazador.

Dean soltó un suspiro largo y cansado, mas continuó rehuyendo su mirada.

—Cielos, eres tan dramático.

En respuesta, Sam pinchó los huevos con la intención de romperlos, no de comer, y se dedicó a mirar con mala cara a Dean, un gesto que no parecía generar ningún resultado pero que era lo único a lo que podía recurrir. Su vista se desvió hacia el cuello de Dean al notar algo..., o, más bien, la ausencia de algo.

—¿Dónde está tu collar? —preguntó con voz ahogada.

El semblante de Dean se llenó de culpa. Rozó con los dedos la zona donde debería estar el collar que Sam le había regalado. El susodicho aguardó por una explicación, el corazón latiéndole más fuerte con cada segundo que transcurría, su mente conjurando ideas sobre lo que pudo haber sucedido con el objeto. Dean nunca se había quitado el collar que Sam le regaló aquella Navidad del 91, seis años atrás. Representaba uno de los momentos más especiales en su vida: cuando aprendió la verdad sobre lo que ocurría en las sombras y, a su vez, el momento en que entendió lo afortunado que era de tener a Dean a su lado. Cuando fue evidente que su hermano no iba a responder asumió lo peor.

—¿¡Lo tiraste!?

Dean le miró perplejo.

—Claro que no...

—¡Lo tiraste! —acusó poniéndose de pie—. ¡Vete a la mierda, Dean! ¡De verdad!

—¡Maldita sea, Sam! Eres un malagradecido, ¿lo sabes?

—Yo no te pedí que cocinaras; ¡yo no te pedí que me cuidaras! No quiero nada de ti. —Para enfatizar empujó el plato a un lado.

Su intención era moverlo un poco, lo suficiente para mandar el mensaje a Dean de que su comida no era apreciada, sin embargo, no midió la fuerza y el plato fue a parar al suelo, donde se hizo pedazos y la comida manchó la alfombra del motel. Aquello ganó una reacción por parte de Dean, que se levantó de golpe rugiendo:

—¡Sam, será mejor que limpies eso!

—Vaya. ¿Ahora vas a tratarme como lo hace papá?

Se observaron fijamente hasta que la expresión de Dean se quebró.

—¿Por qué tienes que ser así? —Se pasó una mano por el cabello—. ¿Sabes qué? Ahora mismo no puedo ni verte.

Las palabras le dolieron, pero el enojo fue más poderoso. No alcanzó a decir nada porque Dean ya salía por la puerta, cerrándola tras de sí con un portazo. Sam se mantuvo de pie en el lugar con el rostro ardiendo por la cólera y la tristeza; una culpa injustificada se unió al torbellino de emociones, lo que sirvió para empeorar su ira. ¿Por qué se sentía culpable? Eran ellos quienes actuaban como desgraciados. Dean ya no lo quería y John siempre lo trataba como una carga, ¿por qué iba a soportar eso? ¿Por qué era él el malo de la historia? Como si un interruptor se activase en su interior, avanzó hacia el armario con pasos rápidos y largos, recogió su ropa y la arrojó dentro de uno de los bolsos sin preocuparse por mantener el orden.

Quería irse de allí, el deseo de dejar esa vida atrás era ahora todo lo que lo movía.

Se colgó el bolso al hombro y se tomó unos segundos para comprender que aquello iba en serio, realmente iba a hacerlo. Antes de que la duda pudiera asomar su horrible cabeza, Sam abandonó el motel.