La noche estaba fresca y tranquila.

Sam se alejó de la habitación con pasos precavidos y mirada alerta, asegurándose de que Dean no estuviese a la vista. Pese a que intentó ser lo más silencioso posible su respiración surgió agitada como si acabara de correr por todo el pueblo. El corazón le latía con fuerza, presa de la adrenalina. Las dudas se acumulaban en su mente pero hizo lo que pudo por ignorarlas. No podía echarse atrás.

A través de la ventana de la oficina vio que la encargada del motel mantenía la vista fija en la pantalla del pequeño televisor que había colocado sobre el escritorio. La pálida luz del aparato se reflejaba en sus lentes, pero Sam pudo distinguir la mirada absorta y vacía que indicaba que la mujer no notaba nada de lo que sucedía a su alrededor. Si alguien llegara a preguntarle si había visto pasar a un adolescente lo más probable sería que ella diera un rotundo no como respuesta, asegurando algo que en realidad ignoraba. Eso le daría más tiempo para alejarse cuando Dean comenzara a buscarlo.

«Si es que intenta buscarme», pensó con enojo.

Se detuvo de golpe al doblar en la esquina del edificio y se echó para atrás con prisa, ocultándose tras la pared. Aguardó un momento y volvió a asomar la cabeza con un movimiento breve para cerciorarse de que no lo habían descubierto, un vistazo y ya, pero fue suficiente para registrar la figura de Dean sentada en el suelo con la espalda contra la pared y la cabeza oculta en las manos. Sam fijó la mirada fija en el cielo oscuro, donde debería apreciarse el brillo de las estrellas pero la luz del pueblo las obstruía. El corazón le dio un vuelco, esta vez por motivos en los que no quiso indagar; cerró los ojos, inspiró profundo y retomó su andar en la dirección contraria.

Caminó con prisa, sin cuidado, temiendo que si aminoraba la marcha no podría volver a comenzar. Ahora que sabía en dónde se hallaba Dean, no tenía por qué permanecer alerta.

Estaba agitado cuando alcanzó la estación. El hombre al otro lado de la ventanilla le dedicó una mirada de sospecha, pero era tarde y su turno estaba por acabar, además, Sam no debía ser el primer adolescente al que veía llegar apurado para no perder el transporte.

—¿Cuántos años tienes? —preguntó con recelo.

Sam inspiró hondo para calmar los nervios y con seguridad dijo:

—Diecisiete.

El sujeto no pareció creerle, pero al cabo de unos segundos se encogió de hombros y le indicó el precio por boleto. Sam dejó escapar un suspiro disimulado; era alto para su edad, casi tanto como Dean, y eso le daba una ventaja. Por otro lado, la indiferencia de las personas era de utilidad en ocasiones como esa. Le tendió al hombre una de las identificaciones falsas que John encargaba cada vez que cambiaban de estado, junto con unos billetes. Contó el dinero que le quedaba: cinto cuarenta y cinco dólares. Era todo lo que había podido guardar. Grandes figuras de la historia habían comenzado con menos, se dijo mientras se dirigía al andén.

El autobús partía a las diez, lo que le dejaba cuarenta minutos de espera. Se mordió el labio inferior. Era suficiente tiempo para que Dean regresara al motel y descubriera que Sam no estaba allí, era suficiente tiempo para que saliera a buscarle, y definitivamente era suficiente tiempo para que le encontrase en ese pequeño pueblo —porque John nunca iba a llevarlos con él a la ciudad, ¿verdad?—.

Tomó asiento en uno de los bancos moviendo la pierna en un gesto nervioso. Sus ojos se cruzaron con los de una mujer que esperaba de pie y Sam agachó la cabeza. Pasó los primeros veinte minutos lanzando miradas veloces al reloj, maldiciendo por lo bajo, hasta que finalmente anunciaron por el altoparlante el destino de su transporte; no habían terminado de bajar todas las personas que llegaban en el autobús cuando Sam ya se encontraba de pie en la puerta esperando a que el chofer recibiera los boletos. El hombre lo hizo solo cuando el último pasajero bajó, lanzando una mirada de reproche a Sam por su impaciencia para subir a un vehículo que no partiría sino hasta varios minutos después.

Una vez arriba buscó el número de su asiento y se desplomó sobre el mismo, exhausto. No lo había notado, pero ahora que se permitía relajarse cayó en cuenta de lo alterado que estaba. Miró a través de la ventana y, cuando el transporte por fin se puso en marcha, un cosquilleo agradable recorrió su pecho dibujándole una sonrisa en los labios.

Lo había hecho, en verdad se había ido.

Ya no se trataban de amenazas vacías ni de palabras infantiles. De verdad iba a comenzar una nueva vida.

::

El viaje fue tranquilo y, una vez que la emoción disminuyó, aburrido.

Bajó en una de las paradas que el vehículo realizó al llegar a Colorado. Tenían media hora para comer y usar los baños de la estación. Sam se mantuvo diez de esos treinta minutos disponibles admirando los alimentos que había en la vidriera de una tienda; trató de resistir el hambre, pero llevaba dos días sin comer y, aunque no sería la primera vez, era uno de los cambios que deseaba.

Para cuando regresó al autobús tenía las manos cargadas con comida y veinte dólares menos en el bolsillo.

Una vocecilla dentro de su cabeza le advirtió sobre las consecuencias de gastar dinero en cosas innecesarias: «Puedes aguantar varios días sin comer, ¿acaso eres tan débil?», decía, pero como esa voz se asemejaba demasiado a la de John, Sam dio un gran mordisco al emparedado que había comprado y soltó un suspiró de satisfacción.

Con el estómago lleno vino la sensación de somnolencia. Se acomodó mejor en el asiento y cerró los ojos.

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Viajar en autobús era más aburrido e incómodo que viajar en el Impala. Para empezar, había gente charlando, un bebé llorando y dos niñas que soltaban risas estridentes a cada minuto. No había música —y sí, quizá no compartía el gusto de Dean por el volumen a un nivel tan elevado que pareciera que los parlantes del coche iban a estallar, pero disfrutaba el sonido de fondo— y no tenía movilidad. En el Impala, al menos, contaba con el asiento trasero para estirar las piernas o acostarse, en cambio, en el autobús sus músculos estaban entumecidos por la mala posición en la que había dormido, pues era uno de los transportes más baratos y sus asientos no eran precisamente cómodos. Además, no tenía con quien hablar. En el Impala Dean volteaba a verle cuando conversaban, sonriendo como si estar en aquel auto con su padre y su hermanito fuera todo lo que necesitaba en la vida.

O, al menos, solía hacerlo. Últimamente ya no era así y recordarlo causó que el fastidio se desvaneciera. Recordó por qué estaba haciendo eso; si un mal rato en un asiento era todo lo que necesitaba para alejarse de la infelicidad que había dejado atrás, entonces no había dudas de que iba a soportarlo. Por supuesto, esto no evitó que en la segunda parada soltase una exclamación de alivio al estirar las piernas y los brazos, poniendo su cuerpo en movimiento. Había cruzado el estado de Colorado y ahora se encontraba en Arizona, lo que significaba que aún tenía unas largas horas de viaje por delante, por lo que no iba a desperdiciar aquella oportunidad de caminar unos minutos.

Eran las primeras horas de la mañana. El sol iluminaba el cielo con una tonalidad anaranjada y lila que Sam admiró por unos largos segundos.

—Tenemos un poeta —dijo una voz ronca.

Sam parpadeó un par de veces, saliendo de su ensimismamiento, y giró la cabeza en dirección a la voz para comprobar que le hablaban a él. En efecto, un hombre de avanzada edad le observaba con una sonrisa ligera.

—¿Disculpe?

—Un poeta. Observas la hermosura del atardecer.

—Uhm, no. Lo siento —respondió Sam incómodo.

Se apresuró a ingresar en la estación buscando escapar de la mirada de aquel hombre. Una vez resguardado dentro del edificio se permitió relajarse, sin comprender por qué se había puesto tan nervioso. Había visto a la cara de monstruos aterradores y cadáveres de víctimas que sufrieron destinos trágicos, pero ¿huía de un anciano amistoso? Qué ridículo.

Entró en la pequeña cafetería que había dentro de la estación donde una simpática dependienta le preguntó qué le apetecía. Abrió la boca para pedir un licuado y una ensalada de fruta, pero se abstuvo al comprobar que no le quedaba mucho dinero encima; aún tenía dentro del bolso la comida que había comprado antes, pero en aquel impulso solo había conseguido chatarra: chocolates, sándwiches y un paquete de galletas. Apretó los labios con vergüenza. No había pasado ni un día entero por su cuenta y ya estaba haciendo todo mal.

«Es el comienzo», se dijo, «te acostumbrarás.»

De pronto, esa idea no era tan agradable. No quería tener que acostumbrarse, y definitivamente no quería estar solo.

—¿Vas a ordenar algo? —preguntó la dependienta que aguardaba por una respuesta.

La chica continuaba sonriendo con amabilidad, como su empleo le obligaba, sin embargo, Sam pudo distinguir la exasperación en su mirada y la tensión de sus labios.

—No, lo siento.

Se apartó de la fila guardando el dinero que le quedaba. Suspiró con los ojos cerrados tratando de recuperar el valor, la seguridad en sus acciones; era normal tener dudas al comienzo, pero lograría seguir adelante, lograría mantenerse firme... A su mente volvió a acudir el recuerdo de Dean en el asiento delantero del Impala, volteando a verle con una sonrisa, y de pronto Sam se sintió asaltado por una profunda tristeza.

—Cielos, pensé que esto iba a hacerme sentir mejor. —Se frotó el rostro.

Cuando abrió los ojos su mirada quedó frente a los anuncios que la tienda tenía pegados en el mostrador. Había avisos de perros perdidos, ofertas de trabajo y anuncios de ferias. Uno en particular captó su atención, no por ser llamativo, sino por lo que las palabras rezaban:

"¡Cambie su vida para siempre!

Flagstaff,

El lugar donde la magia es real."

Tomó uno de los papeles del mostrador y leyó.