Tal vez aquella no fuera la mejor idea, pero ya había tomado una decisión y no había vuelta atrás. El autobús seguramente había partido media hora después de que Sam se alejó de la estación; luego de esperarle y buscarle sin esfuerzo los empleados de la empresa de transporte se habrían cansado y habrían decidido que un solo pasajero no merecía esa pérdida de tiempo.

Lo único que Sam tenía para lamentar era el dinero que había gastado en el pasaje, pero, tras realizar una cuenta, concluyó que no valía la pena torturarse por los cinco dólares que marcaban el trayecto faltante.

Su plan original era alejarse todo lo posible de Dakota del Sur —de John y esa vida maldita— hasta alcanzar California; en lugar de eso, había cruzado el estado de Colorado y entrado en Arizona, donde decidió abandonar su transporte en preferencia de perseguir una corazonada. Estaba siendo impulsivo, pero ¿no era esa la idea de todo el asunto? Y ahora, con los ojos fijos una vez más en el papel, supuso que aquello era lo mismo que llegar hasta California: un plan mal trazado, sin una meta fija.

Guardó el mapa que había robado de una tienda de recuerdos y se encaminó hacia la ciudad de Flagstaff. Realizó la mitad del trayecto a pie y la otra mitad haciendo dedo en la ruta. Subió a los coches de gente extraña con la cual conversó animadamente mientras sostenía una navaja debajo la manga de su campera, listo para cualquier eventualidad. Nadie intentó hacerle daño, pero no iba a bajar la guardia. Existían humanos más aterradores que las propias criaturas de la oscuridad.

Su primera noche en Flagstaff la pasó en un edificio abandonado, acostado bajo una ventana sin vidrio por la que ingresaba la fresca brisa de la noche, con su campera dispuesta sobre su torso como único abrigo. Había sal a su alrededor y no supo cómo sentirse al respecto. Supuso que sería difícil abandonar los hábitos de cazador, pero estaba seguro de que con el tiempo lo conseguiría. Despertó horas más tarde gracias a un sonido agudo que se aproximaba; era rítmico y tranquilo, y en cuanto el sueño se disipó pudo distinguir que se trataba del coque de garras contra el suelo. Pasos que no eran humanos. Se incorporó con prisa estirando el brazo hacia el bolso mientras buscaba con la vista el origen del sonido.

Lo que salió de las sombras fue un perro.

Un Labrador, para ser exactos. Con pelaje marrón y largo, enmarañado por la humedad que lo cubría. Tenía un hueso en la boca y, al ver a Sam, comenzó a mover la cola de forma amistosa.

—Caray, qué susto me diste.

Al oírlo hablar el perro agitó la cola y se acercó con paso veloz. Apoyó el hocico contra la mejilla de Sam, que intentó apartarse con una risa, y se sentó a su lado.

—Ya, ya. ¿Qué tienes ahí? —dijo mientras le acariciaba la cabeza—. Mira, ¿quieres comer?

El animal levantó las orejas con atención al ver que Sam sacaba comida del bolso. En cuanto se la ofreció, dejó caer el hueso y devoró el primer sándwich con desesperación. Sam lo permitió, sonriendo complacido.

Su mirada fue a parar al insulso hueso que yacía en el suelo, cubierto de saliva.

—Voy a llamarte Huesos.

Huesos se quedó con él el resto del viaje.

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El lugar en Flagstaff que prometía hacer realidad los sueños de las personas no era lo que Sam esperaba, pero, al mismo tiempo, era mucho mejor.

Se trataba de una feria que no tenía payasos, porque aparentemente estos eran un estereotipo que ridiculizaba el significado sagrado del evento, o al menos eso le había dicho un ventrílocuo que insistía con que el muñeco sentado sobre su regazo tenía vida propia. Sam no sabía nada respecto a lo que podría tener de sagrada una feria, pero el hecho de que había dulces por doquier y ningún payaso a la vista lo convertía en el mejor lugar del mundo.

Una mujer cuatro veces mayor que él en tamaño le obsequió algodón de azúcar mientras Sam se adentraba en la feria con Huesos siguiéndole de cerca. Al mismo tiempo, los excéntricos individuos que trabajaban allí le sonreían o realizaban ademanes en su dirección para mantenerle entretenido. Las atracciones consistían de pequeñas tiendas donde cada empleado realizaba su actividad, pero habían dos que resaltaban por sobre las demás: la rueda de la fortuna y la gran carpa violeta en el centro. Sam asumió que debía esconder el escenario donde se realizaban actos u obras, como en el resto de las ferias que había visitado.

En el terreno contiguo, un enorme campo baldío, se agrupaban numerosos remolques estacionados por doquier.

—¿Qué opinas, Huesos? —preguntó al perro a pesar de saber que no iba a obtener respuesta.

Su amigo avanzaba pegado a sus piernas, observando el algodón de azúcar con las orejas alzadas, esperando a que Sam le compartiera una parte.

—No te va a gustar —advirtió Sam.

El perro se relamió el hocico de todos modos.

Anochecía cuando una voz se alzó por encima de la música, las conversaciones y los ruidos:

—¡Acérquense, damas y caballeros! ¡Y descubran la más grandiosa maravilla! —exclamó un hombre vestido de gala, de pie sobre un taburete frente a la entrada de la carpa violeta; estiró los brazos con movimientos exagerados destinados a captar la atención del público, cosa que consiguió: un grupo se formó en torno a él para escuchar lo que tenía que decir—. Adéntrense a lo misterioso, donde los deseos se vuelven realidad solo si el corazón en verdad lo desea.

Una fila se formó frente a la carpa, y uno a uno o en parejas la gente comenzó a entrar. Sam se unió a ellos, aguardando su turno con curiosidad; el hombre sobre el taburete no dejaba de sonreír y, al pasar por su lado, le guiñó un ojo. Cuando fue el turno de Sam para ingresar, Huesos soltó un pequeño lamento y se rehusó a avanzar. Se sentó y miró en todas direcciones, angustiado.

—Tranquilo, —Sam le acarició la cabeza—, es mejor que te quedes aquí, no creo que permitan perros adentro —dijo, e ingresó.

Decía mucho sobre su estado emocional el hecho de que no dejara de hablar con un perro. Esperaba, al menos, que las personas que le oían no notaran lo solo que se sentía.

El interior de la carpa estaba oscuro. Había un pequeño corredor al inicio que guiaba a una cortina; Sam la apartó y miró al interior: sabía que el lugar era amplio gracias al tamaño de la carpa, pero por dentro la poca iluminación lo hacía lucir como un espacio reducido. Había dos lámparas en el centro, cuya luz era verde y tenue, flanqueando la escultura de una mujer. Sam se acercó tentativamente, una reacción subconsciente que estaba labrada en su naturaleza por la mano firme de John Winchester. La figura que el mármol representaba era la de una mujer hermosa, con facciones gentiles y ojos cerrados en una expresión serena. Sus labios estaban ligeramente curvados hacia arriba, casi como si sonriera. En sus manos sostenía un bol con agua que parecía no tener fondo debido a la iluminación. En frente del mismo había un cartel que rezaba:

«¡Pide un deseo!

Si es un deseo de corazón, se hará realidad

$1»

Sam soltó un bufido. Por supuesto, solo les importaba el dinero.

Supuso que ya que estaba ahí podía seguir el juego, por diversión, así que buscó una moneda y la sostuvo en mano, sin embargo, no pudo pensar en nada que quisiera. Era una tontería. Por más que él deseara algo, no iba a cumplirse, pero no podía evitar dejarse llevar por la fantasía del evento.

Al cabo de unos segundos, comprendió que solo deseaba una cosa en ese momento.

—Quisiera quedarme aquí, y vivir como los artistas de la feria —susurró.

Dejó caer la moneda dentro del bol, la cual se hundió hasta desaparecer en la oscuridad. Sam acercó la cabeza intentando ver el brillo del metal en el fondo del mármol pero no lo consiguió; debía tratarse de alguna especie de efecto óptico. Levantó la mirada para contemplar el rostro de la escultura una vez más. Los ojos de la mujer observaban el bol con atención, diseñados con tanto detalle que casi parecían tener alma propia. Un escalofrío recorrió la espalda de Sam, cuyo primer instinto fue pensar en lo sobrenatural, pero se controló con la misma rapidez.

Eso era una feria. Se suponía que cosas raras sucedieran para sobresaltar al público. No podía pretender ser un joven normal si a cada rato creía ver cosas paranormales, y si iba a ser como el resto, era hora de librarse de las ataduras de John.

Cuando abandonó la carpa, Huesos continuaba en el mismo lugar, esperando.

—¡Buen chico! —exclamó Sam contento.

Creyó que el animal se marcharía una vez que lo perdiera de vista. Era un buen perro y Sam ya lo consideraba un compañero, incluso si solo había estado con él un día.

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El sonido de los neumáticos sobre el asfalto era todo lo que quedaba atrás mientras los coches se retiraban. Las familias aún abandonaban la feria, algunos conversando animados y otros intentando calmar a los más pequeños que lloraban sin deseos de marcharse, pero, eventualmente, todos se fueron. Ya había pasado la medianoche y Sam era el único que quedaba allí, sentado en la entrada junto a Huesos, que descansaba con las patas extendidas hacia un lado.

La feria había sido entretenida, pero la ilusión había terminado y la realidad regresaba, entregándole a Sam la angustia de comprender su situación: estaba solo, sin un lugar a dónde ir y con el estómago adolorido por el azúcar.

¿Por qué había creído que ir allí era una buena idea?

—Ejem. —Alguien se aclaró la garganta a su espalda.

Giró con un sobresalto, poniéndose sobre sus pies y levantando los brazos para defenderse. El hombre vestido de gala estaba ahí, observándole con peculiar interés. Sam pasó saliva, nervioso.

—¿Todo bien, muchacho?

—Sí... sí, señor —agregó por si acaso.

—Mmm, —El sujeto observó el desolado estacionamiento como si pretendiera encontrar a alguien más, pese a la evidente soledad—. ¿Y tu familia?

Sam abrió la boca, listo para soltar una respuesta defensiva, pero en el último segundo cambió de parecer.

—Yo... no tengo familia. Estoy solo.

Y vaya que no esperó el latigazo de dolor que le asaltó el pecho al decir aquello.

—¿Ah sí? —El sujeto pareció interesado en eso.

Escudriñó a Sam con la mirada soltando un suave «hmm» de consideración. Luego de unos segundos asintió como si respondiera a una pregunta que solo él había oído. Sam debería haberse incomodado con aquella inspección, o al menos debería haber sentido alguna clase de recelo, pero no fue así; por el contrario, se sintió extrañamente relajado, como si los eventos se desenvolvieran del modo en que estaban predestinados.

—Dime, muchacho, ¿qué opinas sobre trabajar en una feria?