Los sueños —las pesadillas— comenzaron dos días después.

Sam nunca imaginó el inicio de su nueva vida trabajando duro en una feria. O tan duro como podía ser para cualquier chico de catorce años. Su aporte consistía en actividades que en otras circunstancias habría rechazado con ánimo pero que ahora debía aceptar apretando los labios y limitándose a fruncir el ceño con repulsión.

Él no tenía nada que ofrecer a la feria al nivel de entretenimiento que requerían ni era un profesional del espectáculo o el engaño, siquiera con los trucos que John le había enseñado, así que el señor Krapsch —su empleador— le había encargado tareas sencillas: barrer la basura que los visitantes dejaban en el suelo, limpiar la mugre de ciertas atracciones, reponer las golosinas cuando se acababan, vigilar que ningún atrevido hurtara productos de los estantes y, lo peor, limpiar las jaulas de los perros (el señor Krapsch trabajaba con una jauría en su espectáculo porque no quería tener problemas mayores con los activistas, lo que al menos le daba a Huesos compañía para jugar); todo este labor lo compartía con dos sujetos: Lui, que era tan viejo que apenas podía mover sus huesos (porque era tan delgado que ya no parecía tener siquiera músculos en el cuerpo) y Bomer, que siempre miraba a Sam como si planeara arrancarle la piel.

Dean se destornillaría de risa si viera a Sam recogiendo las heces de los perros o limpiando con un trapo, mientras lo sentía humedecerse bajo su mano, la mezcla de las bebidas que manchaban el suelo del tiovivo. Pero lo toleró porque sabía que para subir primero debía escalar desde lo más bajo. Además, no era tan malo. El señor Krapsch le pagaba cuatro dólares al día por su esfuerzo, y si bien no era mucho, lo complementaba ofreciéndole comida gratis y un lugar cálido donde dormir, por lo que Sam no tenía gastos importantes y era libre de ahorrar ese dinero para el futuro, aunque algunos días resultara difícil luchar contra la necesidad de conseguir una nueva muda de ropa (no había guardado más que cuatro camisas y tres pantalones cuando huyó del motel, pero a la gente de la feria no parecía importarle que vistiera la misma ropa tres días seguidos) o resistirse a la tentación de comprar libros cada vez que paseaba frente a la librería de Flagstaff.

Al final, terminó comprando uno sobre mitología griega.

—Es tu culpa. ¿Por qué no me detuviste? —le dijo distraídamente a Huesos mientras hojeaba su nuevo libro.

El perro agitó la cola, contento con caminar a su lado y oír su voz.

—Tienes que socializar más —le dijo Parva, la mujer gigante y musculosa que se encargaba de humillar a los hombres en las pulseadas a cambio de siete dólares—. Todos necesitamos amigos, Adam.

—Estoy bien —respondió Sam de forma automática, como había hecho toda la vida cuando alguien le hablaba de ese tema. Recogió con la pinza los dulces que la gente había descartado junto al puesto de Parva, disimulando una mueca al ver la textura pegajosa que cubría el plástico de los envoltorios.

Sam había intentado unirse a los grupos durante las cenas, había intentado entablar conversación o formar amistades dentro de la feria, pero no sabía cómo. Algunos de esos individuos estaban mal de la cabeza y la mayoría eran demasiado excéntricos, y si bien Sam no era precisamente normal, le costaba encontrar un terreno en común con ellos. La historia de su vida: no podía hacer amigos con los cuerdos ni tampoco entre los locos. Terminó formando una relación cordial pero distante con los empleados del lugar; le saludaban y lo incluían en conversaciones banales pero lo trataban como se trata en las reuniones familiares al hijo de la amiga de un pariente político: todos sabían que estaba allí porque no tenía a dónde más ir. Sam no lo tomaba personal, no tendría sentido hacerlo. Esa gente ni siquiera conocía su verdadero nombre y, al fin y al cabo, tampoco se equivocaban. Él era un chico incómodo y nunca sabía qué decir, en cambio, si Dean estuviera allí los habría encantado en la primera hora con su carisma y vanidad, excéntricos o no.

Ese pensamiento llenó de rabia a Sam. Y envidia, tal vez, aunque no iba a aceptarlo.

Pero todo eso sería después. Antes, Sam comenzaría a soñar.

Para una persona común eso no era nada extraordinario, pero para Sam era algo poco usual. Rara vez soñaba y cuando lo hacía le costaba recordarlo. A veces eso le asustaba porque había oído que los dementes eran los únicos incapaces de soñar, pero John le había dicho, de manera brusca y cortante como si no quisiera perder tiempo en tonterías infantiles, que eso se debía a que el gasto físico del día y las monstruosidades a las que se enfrentaban le bloqueaban la imaginación. Dean, por otro lado, le había dicho que sí soñaba, solo que al despertar no lograba recordarlo en absoluto. La explicación de su hermano había sido más reconfortante que la del padre. Como fuere, las noches que transcurrió en Flagstaff estuvieron plagadas de sueños tan vívidos que Sam podría jurar que recordaba cada detalle.

El señor Krapsch le había asignado una casa rodante disponible, de las que adornaban el campo de la feria. Aparentemente la persona que vivía antes allí había muerto de un paro cardíaco.

—Ahí mismo, justo donde estaba de pie. —Señaló Krapsch al suelo frente al fregadero—. Estaba de pie sirviéndose un vaso con agua y de pronto... ¡puf! Muerto. —El señor Krapsch realizó una mueca de fingido espanto y luego agregó con tono grave—: Te advierto, Adam, que su fantasma sigue aquí. Si eso no te asusta, entonces es todo tuyo.

—No se preocupe, sé cómo lidiar con fantasmas —aseguró Sam.

El hombre le lanzó una mirada suspicaz, sonriendo como si compartieran un secreto. Luego lo dejó para que se familiarizara con el pequeño ambiente: una cama a dos metros de lo que constituía la cocina de la casa, cajones en la parte superior que servían como roperos, una mesita junto a la ventana ocupando la mayor parte del camino y un baño en el que apenas cabía de pie. La pared estaba repleta de postales sin destinatario. Era perfecto. Y gratis. Sam amaba esa parte por sobre todo lo demás, porque algún día sería un buen ciudadano que pagaría impuestos y podría costear su propio hogar, pero por el momento solo era un adolescente aventurero que aceptaría cualquier regalo sin mirarle lo malo.

«Es el mejor, señor Krapsch», pensó mientras vaciaba su bolso y se acomodaba en su nueva residencia. Había conocido al hombre pocas horas atrás y ya lo respetaba más que a su propio padre.

Esa primera noche Sam no tuvo oportunidad de soñar. Su mente había comenzado a formar una imagen, pero aquella fantasía fue interrumpida antes de que obtuviera una figura exacta. Resultó ser que en verdad había un fantasma en esa casa rodante, y Sam no estuvo nada contento con aquel descubrimiento porque había pasado los últimos dos días durmiendo poco y nada en suelos duros, así que no deseaba otra cosa más que descansar en un colchón dentro de un ambiente acogedor. Entonces, primero tuvo que lidiar con el fantasma. En lugar de dormir vagó por la feria cuestionando a aquellos que se desvelaban o simplemente disfrutaban demasiado las madrugadas. Quizá fuera allí cuando los habitantes de la feria lo comenzaran a considerar un chico extraño, incluso para sus estándares, porque prefería pasar la noche indagando por un muerto en lugar de dormir o beber o fumar con ellos. Sam no iba a negar la vergüenza que sentía cuando esa clase de gente le miraba como si fuera un bicho curioso, como si intentaran entender su funcionamiento.

Por supuesto, no todos eran así. Algunos sabían muy bien lo que era ser vistos con mala cara y nunca habían aprendido a juzgar a los demás. Esos fueron quienes más le ayudaron.

—No te metas donde no te llaman, deja a los espíritus ser en paz —le dijo Larry, un hombre con más tatuajes y piercings de los que era necesarios y que podía contorsionarse como una cobra.

Era como si supiera lo que Sam pretendía hacer.

Pensó muchas cosas que responderle, la mitad groseras y la otra mitad reveladoras, por lo que se mordió la lengua. No era como si le fuera ideal andar cazando un fantasma en medio de la noche, después de todo, estaba allí para escapar de esa vida. Pero quería dormir, y sabía que no podría hacerlo hasta que se librara de aquello. (Lo cierto, y esto Sam jamás lo diría, era que le emocionaba atender lo que en su familia llamaban un caso, como si se tratara de una aventura de misterios, por su cuenta. Le gustaba cazar fantasmas, en el fondo lo llenaba de dicha. Estaba grabado en sus venas por la marca imborrable de John y negarlo era la única arma que tenía para enfrentar su naturaleza).

El amanecer de su primer día como un joven independiente —con empleo, hogar y hasta un perro al que cuidar— lo encontró de pie ante los restos de un cadáver que ardía en llamas. El trabajo no le satisfizo por completo y le llevó media hora comprender que el vacío en su pecho se debía a la falta de compañía; sin embargo, tenía a Huesos a su lado, soltando gemidos de aburrimiento cada diez minutos, y eso era suficiente por el momento.

«No es como si esto fuera a repetirse», recordó retomando la marcha de regreso.

Cuando el sol volvió a ocultarse, esa tarde, Sam se dejó caer sobre el colchón con un suspiro de alivio, agotado tanto por la falta de sueño como por el desgaste físico. Huesos saltó a la cama con él y se acurrucó en la esquina, cosa que Sam permitió con felicidad. Sabía que, si John lo viera en ese momento, le gritaría por tener a un animal sucio sobre la ropa y llenándole de olor. Por fortuna ya no tenía que preocuparse por eso. Huesos era más que bienvenido, además, Sam adoraba a los perros. Siempre había deseado poder cuidar uno. No tenía idea de qué hubiera dicho Dean; su hermano solía bufar entretenido cuando Sam profesaba las ansias de tener una mascota, en ocasiones asegurando que «algún día sucedería» con una sonrisa de medio lado.

Tal vez se debiera a lo mucho que pensaba en Dean que los sueños comenzaron, porque ni bien cayó dormido las imágenes aparecieron y lo que vio primero fue la casa rodante, brillante y más hermosa de lo que en verdad era, y a Dean que se acercaba desde la cocina con una sonrisa enorme en los labios.

—Si vieras el juego de ayer, pasaron el mejor capítulo de Corazón Dividido —dijo, tomando asiento a su lado.

Sam estaba recostado en un sillón, por lo que movió la cadera para hacerle lugar. Estaba contento, más de lo que había estado en mucho tiempo. La sonrisa de Dean creció y le dio la mano antes de girar la cabeza hacia el frente. Sam le imitó. Había una tele allí, en cuya pantalla podían divisarse siluetas en movimiento y aunque en realidad las imágenes no tenían sentido alguno, a Sam le pareció que era lógico. En el sueño todo tenía sentido, tanto la presencia de Dean como las imágenes del televisor, así como la mujer que se hallaba de pie en la esquina de la casa.

Nada podía afligirlo en ese escenario, porque era un buen sueño. Uno de los agradables.

—El doctor Ernest hace que me cosquilleen los pies —dijo Dean.

—Sabía que te gustaba ese viejo —respondió Sam con una risa juguetona.

—Me gustas más tú.

Lo dijo con sencillez y un tono honesto. En lugar de sentirse espantado, como debería, Sam soltó un par de risas tontas cubriendo su boca como un chiquillo. Dean le apartó las manos con delicadeza y lo besó. Se sintió como una presión irreal, porque eso era, pero seguía siendo la ideación de un beso, al fin y al cabo.

Cuando abrió los ojos la luz matutina se filtraba a través de las cortinas de la casa rodante, que recuperó su aspecto sucio y lamentable, como en realidad era. Tardó un momento en procesar el sueño y cuando lo hizo su corazón se aceleró y sus pensamientos se convirtieron en un remolino.

«Fue solo un sueño, fue solo un sueño», se dijo, intentando calmar la terrible sensación que le recorría. ¿Cómo describirla? No existía forma. Solo podía decirse que era una sensación mortificante. Como si sintiera frío y calor al mismo tiempo, temiendo que el mundo entero supiera lo que había pasado por su mente, juzgándole por poseer aquella imaginación perversa. «Basta. Fue un sueño, no puedo controlar lo que mi mente hace en esos momentos», intentó consolarse hundiendo el rostro en la almohada. Sintió que sus mejillas comenzaban a arder por la vergüenza.

Solo podía agradecer que su hermano no estuviera allí, porque Sam no sabría cómo mirarle a la cara.

El golpe a la puerta resultó tanto un susto como un alivio. La voz ronca de alguien con quien Sam aún no había conversado, gritando: «¡Despierta! ¿Dónde crees que estás?, ¿en un hotel?», fue una generosa distracción para sus pensamientos.

Ese día limpió, barrió y fregó con empeño, como si la vida le fuera en ello. Ocupó su cuerpo para acallar su mente y evitar recordar lo que había soñado. Las imágenes asomaban con traviesa insistencia, logrando que Sam tuviera que luchar consigo mismo para pensar en algo más —porque cuanto más intentaba apartarlos más presentes se tornaban en su cabeza—, así que recorrió la feria de un puesto a otro encargándose de su labor con el doble de la energía requerida. No estuvo por encima de limpiar el mismo sitio tres veces solo para distraerse.

—Mmm, no —contestó Parva sin apartar la mirada de su reflejo cuando Sam preguntó por cuarta vez en el día si necesitaba algo—. Es miércoles, chico, este siempre fue el peor día para nuestro trabajo.

Aquello no disuadió a Sam.

Cuando fue evidente que ya no podía inventar rincones sucios para limpiar, se encaminó hacia la oficina de Krapsch. Le decía así, pero en realidad no era más que otra casa rodante, algo mayor a las demás, que cumplía la función de hogar y oficina del director de la feria. Muchos de los empleados tenían hogares lejos, con familias y mascotas que los recibían con alegría, mientras que otros vivían de, por y para la feria, marginados del mundo sin un lugar al que pertenecer (Sam tenía sentimientos conflictivo respecto al hecho de que ahora él era uno de ellos). El señor Krapsch era también parte de ese grupo, salvo porque él no se movía con la feria: la feria iba a donde él decidía. Era una parte de su vida, casi una extensión de su cuerpo.

Por ende, Sam no tenía dificultades en encontrar al hombre cuando lo precisaba. Solo debía caminar hacia el norte del terreno y allí, a la sombra de los árboles junto al arco de luces, estaba la oficina del señor Krapsch. Y cuando el señor Krapsch no estaba deambulando por el terreno, trabajando, charlando con los empleados o disfrutando del día, solía encontrarse allí dentro.

Subió los cuatro escalones que guiaban a la puerta, listo para golpear cuando oyó un fragmento de la conversación que se libraba dentro:

—... no debería estar aquí con nosotros. ¡No es uno de los nuestros!

Reconoció la voz como la de Larry. Frunció el entrecejo apartando la mano que estuvo a punto de tocar la puerta e inclinó la cabeza para oír mejor. No lo hacía por entrometido, simplemente... por algún motivo sentía que estaban hablando de él.

Dean se habría reído y le habría acusado de egocentrismo.

«Cierra la boca, Dean, tú ni siquiera estás aquí», le dijo a la imagen mental que se había formado en su mente. Estaba peligrosamente vinculada al sueño que había tenido, por lo que se concentró otra vez en las voces.

—Es solo un chico, no tienes porqué...

—No, no lo es. ¿Has oído las preguntas que hacía la otra noche? Es un maldito cazador, te lo digo.

—Entiendo tu inquietud, pero no puedo ir en contra de la voluntad de Shabi. Las cosas deben suceder como ella las planea.

—Maldita sea, Bert.

Sam ya no tenía dudas de que hablaban de él, y habría continuado escuchando con intriga de no ser por la voz a su espalda que lo hizo sobresaltar.

—No es educado oír conversaciones ajenas.

Giró con prisa.

Allí al pie de las escaleras había una chica. Era joven, aunque tal vez unos años mayor que Sam, y también era linda. Podría decirse que era hermosa. Sus ojos verdes brillaban con lo que Sam podría denominar interés y astucia, acompañados por unas cejas arqueadas que aumentaban la perspicacia de su mirada; tenía una nariz respingada y labios acordes a su rostro, no muy gruesos pero tampoco demasiado finos. El cabello castaño enmarcaba su rostro angular y las puntas caían hasta rozar la tira del bolso azul que le colgaba del hombro.

Sam se aclaró la garganta, nervioso por haberse visto atrapado y también por la presencia de una chica tan linda.

—No estaba espiando —objetó.

—Seguro. —La sonrisa de la chica creció, gesto que solo la hacía lucir mejor. Inclinó la cabeza intentando ver por encima del hombro de Sam—. Asumo que Krapsch está teniendo una conversación monstruosa, por eso oías, ¿no?

Sam abrió y cerró la boca dos veces antes de decidir que lo que fuera a decir no lo ayudaría en absoluto. Se mantuvo en medio del camino a pesar de la mirada que ella le lanzó, una que parecía querer decir: "¿Y? ¿Vas a moverte de una vez?".

—¿Y tú eres? —preguntó Sam en cambio.

—Eva —respondió con sencillez. El tono con el que presentó su nombre, la ligera sonrisa y la inclinación de cabeza que elaboró, le indicaron al ojo entrenado de Sam que aquel era un nombre falso—. ¿Y tú?

—Adam.

Los dientes asomaron entre los labios femeninos cuando la sonrisa de Eva se ensanchó. Ella también había captado la falsedad del nombre.

—No luces como un Adam.

—Ni tú como una Eva.

—Hm. Adam y Eva. Linda pareja, ¿no crees?

Sam no pudo responder. Trató, pero su boca se sintió repentinamente pesada y las palabras se le amontonaron en la punta de la lengua. No sabía qué decir, ¿acaso le estaba coqueteando? ¿Era eso un coqueteo siquiera? Él no tenía idea, pero si era un coqueteo y no respondía iba a quedar como un idiota (aunque si estaba equivocado y aquello no significaba nada entonces quedaría como un idiota de todos modos). Si tuviera más experiencia hablando con mujeres, si supiera darse cuenta...

—De acuerdo, ¿vas a moverte o qué? —preguntó Eva comenzando a exasperarse.

No hizo falta una respuesta, pues la puerta se abrió y Sam se apartó de inmediato. Tanto Larry como el señor Krapsch abandonaron del interior. Ambos miraron a los más jóvenes con dos miradas distintas: una de curiosidad y otra de recelo.

—¡Eva, mi muchacha! ¿Qué tienes hoy para mí?

—Estás de suerte, K. Conseguí elementos de primera clase, y estoy dispuesta a venderlos por un precio razonable.

Eva subió los cuatro escalones que llevaban a la puerta mientras abría el bolso para enseñar lo que había dentro, al mismo tiempo que Larry bajaba sin sacarle la mirada de encima a Sam. Él le devolvió el gesto con firmeza, rehusándose a permitir que lo intimidara. Eva se perdió dentro de la casa de Krapsch, que se mantuvo en la entrada observando atentamente a sus empleados. O, más bien, a Larry, preparándose para intervenir si llegaba a intentar algo. Larry, por su parte, aminoró la marcha frente a Sam; se enderezó y levantó el mentón, sus fosas nasales extendiéndose con cada inspiración, como si estuviera olfateándolo; luego bufó y se alejó.

Entonces comprendió, tras lo que había oído, que Larry lo había olfateado. Y fuera lo que fuese que ese intercambio significaba para Larry, Sam no necesitaba saberlo. Estaba ahí para comenzar de cero, y no molestaría a nadie mientras nadie lo molestara a él.

Todos a su alrededor podrían matarle, y por algún motivo eso no le importó.

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Los sueños no se detuvieron. A la noche siguiente, Sam volvió a soñar con Dean.

Se encontraban en un lago, jugando. Dean le guiñó un ojo antes de darle la espalda para echar a correr sobre un muelle y lanzarse al agua. Luego emergió de forma deliberadamente tentadora para llamarlo, invitándolo a sumergirse él también. Sam no se hizo rogar. Imitó a Dean y corrió por el muelle, pasando de largo a la mujer que se hallaba de pie al final del mismo, y saltó al agua.

Hubo pantallazos de risas, el sonido del agua, brazos que lo rodeaban y un pecho húmedo contra su mejilla antes de que Sam despertara.

En la tercera noche soñó con un camino de hojas y una mano cálida que sostenía la suya. Al mirar vio que Dean avanzaba junto a él con un andar tranquilo. Dijo algo pero Sam no le prestó atención, estaba más interesado en el perfil de su rostro, ignorando de forma natural a la mujer que caminaba al otro lado de Dean. Cuando este devolvió la mirada una sonrisa traviesa se dibujó en sus labios, y Sam no pudo reprimir una sonrisa propia.

—Sabes... —comenzó a decir antes de que el sonido de la alarma lo apartara del sueño.

Sam no quería saber nada respecto a lo que soñaba. Preferiría que aquellas imágenes desaparecieran de su cabeza; definitivamente prefería no soñar en absoluto antes que soñar... eso.

La noche siguiente a esa la pasó con los ojos bien abiertos luchando por no caer dormido. El cansancio de las noches anteriores, las cuales no habían sido nada agradables, sumado a la falta de sueño le demostró que aquella fue una pésima idea y que no debía repetirlo si deseaba conservar el empleo que acababan de otorgarle.

El señor Krapsch era un buen hombre y no le había dedicado más que una mirada sagaz antes de recomendarle que se fuera a dormir temprano.

La sexta noche las cosas cambiaron. Estaba de regreso en el lago, sentado en un banco a orillas del mismo mientras disfrutaba la brisa y observaba el resplandor onírico que iluminaba el agua. Lo contempló impasible por un buen rato; luego volteó la cabeza para observar a la mujer que lo acompañaba. Era la misma que había visto en las noches anteriores solo que este descubrimiento no le generó ningún impacto. Las cosas eran y ya.

—¿Dónde está Dean? —inquirió.

—Hoy no vendrá.

—Oh.

Contemplaron el agua en silencio.

—Me temo que no puedo ayudarte —dijo la mujer.

—¿Por qué no?

—A pesar de todos mis intentos, no logro romper uno de los lazos que te atan. Es demasiado poderoso. Sea lo que sea que lo puso ahí, su poder es mayor que el mío. Me temo que está por encima de mis capacidades.

—Ya veo. Gracias por intentar, supongo.

La mañana siguiente no lo recibió mejor que las anteriores. Pese a que por fin había tenido un sueño normal no se sintió descansado en absoluto. En consecuencia, cabeceó durante toda la tarde y se quedó dormido varios minutos detrás de la tienda de Parva cuando se detuvo para almorzar. Estaba en un buen lugar —si bien parecía tener un pequeño desperfecto que Sam estaba más que dispuesto a ignorar—, tenía algo bueno allí, algo que recién comenzaba a formarse. No iba a permitir que sueños extraños lo arruinaran.

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La escultura tenía facciones delicadas, talladas —si es que así se habían originado— con sumo cuidado. Era placentero observarla, pues si uno la miraba mucho tiempo parecía que la mente se sumergía en un velo cálido, adormecedor, a pesar de que el ambiente en el que estaba resguardada no fuera el más acogedor.

Sin duda, aquel era el rostro que Sam había visto en sueños.

—Es muy bella, ¿verdad?

No giró para ver a Krapsch. Mantuvo los ojos fijos en la mujer de mármol.

—¿De dónde salió?

—Quién sabe.

—Quiero decir, ¿cómo la obtuvo?

—Oh. Pues, ha acompañado a mi familia durante mucho tiempo. Un día solo pedimos un deseo, ¡y puf!

Sam volteó a verle con el entrecejo fruncido. El señor Krapsch sonreía místicamente, cosa que le sentó mal. La falta de sueño lo tenía de mal humor y solo su familia sabía lo que era lidiar con él en ese estado de ánimo. Por fortuna, era evidente que Krapsch ya estaba tan al tanto de Sam como Sam lo estaba de él y su feria, lo que le ahorró las sutilezas.

—Los deseos no se hacen realidad solo por un dólar, —Señaló el cartel de mala gana—, vale más que eso, ¿no es así? Todo lo que se obtiene se paga en igual medida, ¡o peor!

Krapsch levantó las manos en un gesto aplacador y su expresión no demostró nada más que paciencia.

—Es cierto, no lo voy a negar, pero te aseguro que Shabi no hace daño a nadie.

—Eso es lo que todos dicen.

—¿En verdad eres un cazador, eh? —Soltó una risa tensa sin esperar a que Sam afirmara sus sospechas—. Cada vez los inician más jóvenes, por lo que veo. Déjame explicarte algo que ningún estúpido cazador te dirá jamás: solo porque algo no sea humano no significa que sea malo.

Sam frunció el entrecejo en desacuerdo recordando las cosas que su padre y los amigos de este le habían enseñado respecto a las criaturas de la noche: «Hay que eliminarlas antes de que lastimen a los inocentes». Tarde o temprano, todo monstruo ansiaba la sangre humana.

—Te contaré algo sobre Shabi —continuó el señor Krapsch ignorando el gesto de Sam—: ella responde a las ofrendas de la gente de forma honesta y compasiva. No es maligna, ni de cerca. Al fin y al cabo, solo se dedica a cumplir los deseos que las personas le piden, ¿qué tiene eso de malo?

—Ya, ¿y dónde está el truco?

Krapsch tamborileó los dedos contra su estómago de forma meditativa.

—Bueno... es verdad que un dólar no basta para satisfacerla, pero no puedo pedirle más a la pobre gente que nos visita. Aunque es mejor de lo que le daban antes, lo aseguro, ¡no creerías las cosas que los humanos sacrificaban a cambio de sus deseos! —Sacudió una mano en el aire como si apartara algo desagradable—. No, no. Solo hace falta un incentivo para que ella sepa que el deseo es de corazón.

—De acuerdo, ¿y qué se supone que quiere en realidad?

—¡Hacernos felices!

—Hablo en serio.

La sonrisa del hombre se desvaneció.

—Sí, puedo notarlo. ¿Por qué los cazadores siempre asumen lo peor? Verás, para que un deseo se cumpla no hace falta magia, simplemente voluntad, y muchas veces hay cosas que nos atan e impiden que sigamos nuestros sueños. Shabi se encarga de llevarse esas ataduras y es así como ella se alimenta a la vez que nos ayuda.

—¿Ataduras? ¿Qué... clase de ataduras?

—Apegos, responsabilidades, culpa. —Sam frunció el entrecejo aún sin entenderlo del todo—. Por ejemplo, cuando yo desee esto, —Elevó los brazos señalando alrededor y Sam supo que se refería a la feria en sí, a su trabajo en ella—, Shabi tuvo que quitarme algo para permitirme tenerlo. Las cadenas que me retenían.

—¿Cómo qué? —preguntó Sam haciéndose una idea de a dónde iba todo eso.

Krapsch, por su parte, se encogió de hombros.

—No lo sé. —Soltó una risotada—. Ese es el asunto. Si lo recordara jamás habría podido hacer mi sueño realidad. Tal vez una familia que dependía de mí, o un trabajo aburrido que necesitaba para mantener mi vida cómoda, o incluso el miedo a arriesgarme y que todo salga mal. No recuerdo ninguna de esas cosas y puede que algo de eso sea lo que Shabi se llevó.

Sam le miró con desaprobación, incapaz de comprender cómo el hombre podía mostrarse tan despreocupado por lo que acababa de decir.

—Eso es espantoso.

—¿Por qué?

—¿Cómo puedes estar tan cómodo suponiendo que dejaste una familia atrás? ¿Cómo puede parecerte bien que esta cosa juegue con tu cabeza?

—Ese es el asunto, muchacho, no tengo sentimientos que me aten así que no me afecta siquiera pensarlo. Es así de sencillo. —Encogió los hombros—. Lo que intento decirte es que nadie sale lastimado. Tal vez dejé una novia con el corazón roto, pero a todos nos rompen el corazón alguna vez en la vida y siempre encontramos el modo de salir adelante. ¿Alguien ha muerto por culpa de Shabi? ¡Nunca! —Apoyó una mano sobre el hombro de Sam al notar su indecisión—. No todo lo que es diferente es malo. Y nadie que pida un deseo que en realidad no quiere puede conectar con Shabi. Tú pediste quedarte aquí la noche que te conocí, ¿no es verdad? Lo supe en el instante en que algo en mi cabeza me dijo que fuera al estacionamiento sin motivo alguno, y también cuando al verte instantáneamente decidí que debías quedarte con nosotros. Puedo decirte que eso no es normal, no señor. ¿Acaso no eres más feliz ahora que no sabes qué era lo que te impedía quedarte?

Sam se apartó de él con un arrebato de pánico.

—No me siento diferente —le dijo con tono desafiante—. Recuerdo todo.

Recordaba a su familia, recordaba su vida como cazador. Sus memorias estaban intactas, aunque, ¿podría notar la diferencia? ¿Sería algo más profundo que un recuerdo lo que le habían arrebatado? El señor Krapsch volvió a reír y eso molestó más a Sam.

—Claro que no lo sientes. Es como si nunca hubiera estado ahí en primer lugar.

Se quedaron en silencio. Un minuto pasó antes de que fuera evidente que ninguno diría más. Krapsch le palmeó el hombro otra vez, ignorando el hecho de que Sam temblaba bajo el contacto, y se marchó. Sam se quedó allí hasta que pudo calmar su mente y dejar de temblar, luego lanzó una mirada llena de injustificado rencor a la escultura y se fue.

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Se mantuvo alejado de la carpa, de la escultura, de la llamada Shabi, hasta entrada la segunda semana de su estadía en la feria. Los sueños no habían mermado y su hermano seguía apareciendo en ellos con una sonrisa que perseguía los pensamientos de Sam durante el día y que le dejaba completamente avergonzado en las mañanas. Esto, sumado a la paranoia que Krapsch le había generado con su revelación, había empeorado la falta de sueño en Sam, que comenzaba a demostrarlo con su mal carácter.

—Empieza a revisar esa conducta, muchacho, o me veré obligado a hacer algo al respecto —le advirtió Krapsch luego de que Sam amenazara a Loopy con tirarlo al fuego.

En su defensa, el muñeco se lo había buscado. No sabía si lo que Arnold decía sobre que el muñeco tenía vida propia era cierto o no, probablemente sí, pero los insultos habían surgido de la boca falsa y Sam se hallaba en un estado donde se desquitaba con lo que fuera que lo hubiera perjudicado, vivo o no (horas antes había pateado la escoba porque no dejaba de resbalar cuando la apoyaba contra la pared), por lo que el muñeco no iba a zafarse tan fácil de su ira adolescente. A decir verdad, Arnold se mostró más que contento con la idea de que alguien se deshiciera del muñeco por él.

Pero Sam no podía ignorar la advertencia del señor Krapsch porque, a pesar de todo, sabía que el hombre tenía razón.

Esa noche —la que sin saberlo sería la última noche que dormiría en Flagstaff— Sam despertó de un sueño tan vívido como los que había tenido desde su llegada a la feria pero peor que todos los anteriores. Ya había soñado antes que besaba a Dean, por horroroso que fuera, pero esa noche el sueño prosiguió y, para lo que al despertar resultaría en su inminente espanto, la fantasía escaló hasta el punto de las caricias; todo mientras la mujer los observaba como una sombra que Sam podía captar por encima del hombro de su hermano pero a la cual por algún motivo no prestaba atención alguna.

Sam no perdió tiempo analizando el sueño y abandonó la cama ni bien sus ojos se abrieron. Huesos levantó la cabeza sobresaltado ante el movimiento y no tardó en seguir a Sam fuera de la casa rodante a pesar de que se apreciaba su somnolencia.

«Buen perro», reconoció Sam tras la nubosidad que plagaba su mente. El malhumor, el sueño, el cansancio, la paranoia, el asco.

Ignoró a los demás miembros de la feria que se encontraban en los alrededores, bebiendo en grupo o paseando con calma, sabiendo ahora que probablemente estaban despiertos porque la mayoría de ellos no dormía durante la noche. Con paso seguro se dirigió a la gran carpa violeta. Tal y como había sucedido la primera vez, Huesos se detuvo en la entrada con un gemido de angustia. Sam lo ignoró y entró.

Todo estaba igual. La sensación de estar allí dentro era tan desconcertante como antes y la escultura continuaba en la misma posición iluminada por las lámparas de focos verdes.

El andar de Sam se tornó precavido al estar frente a ella. Se acercó sin apartar la mirada del rostro sereno hasta que se encontró ante el bol que sostenía en manos. El fondo del mismo continuaba oscuro y Sam pudo reconocer entonces que no se trataba de ningún truco. Krapsch estaba equivocado. Nada sobrenatural podía ser bueno. El hecho de que aquel ser pudiera afectar la mente de las personas era peligro suficiente, aunque no lo pareciera. Si no, ¿por qué hacía soñar a Sam con algo tan depravado? Ella estaba ahí siempre, en cada uno de sus sueños y Sam sabía que no había nada casual en eso. Sin pensarlo se mordió el pulgar hasta que sangró, lo sostuvo sobre el bol y dijo:

—Quiero revertir mi deseo anterior. Ya no quiero que tengas efecto sobre mi vida.

Cosa que sonaba estúpido ahora que lo había dicho. Si Krapsch había mentido y aquella era una escultura ordinaria Sam iba a incendiar toda la maldita feria...

Cuando levantó los ojos vio lo mismo que la primera vez: los párpados de la escultura, hasta entonces cerrados, se habían abierto y unos ojos que parecían vivos le devolvían la mirada.

Sam tragó con fuerza, levantó el mentón en forma desafiante y luego se marchó. Huesos parecía haber vuelto a dormir pero cuando Sam salió de la carpa el perro movió la cola y se levantó para seguirle. De regreso en la casa Sam le acarició la cabeza con aprecio, repitiéndole lo bueno que era y lo contento que estaba de tenerlo. Se quitó el pijama que se había embarrado gracias a su caminata nocturna y volvió a acostarse.

La mañana siguiente su alarma no sonó, pero era de esperarse. Ese día la feria estaría cerrada por lo que nada le impedía descansar hasta tarde. No fue sino hasta el mediodía que Sam finalmente abrió los ojos.

Lo primero que pensó al despertar fue: «¿En verdad ofreciste tu sangre a una criatura de la que no sabes nada en absoluto?»

Cuya respuesta era: sí, así fue.

Giró hacia un lado y se cubrió el rostro con la almohada, maldiciendo. Entonces otra cuestión asomó a sus pensamientos, logrando despabilarle. No había soñado nada o, al menos, no recordaba haberlo hecho, cosa que no había sucedido en los últimos once días. Apartó las sábanas y de un salto abandonó la cama para vestirse con prisa.

Cuando estuvo listo dudó un momento antes de salir. Tras meditarlo, buscó uno de sus cuchillos y lo guardó entre sus prendas. Había sido descuidado al ir desarmado en un lugar lleno de potenciales asesinos.

Corrió hacia la oficina de Krapsch ansiando interrogarle. Había dormido bien, no había soñado nada repulsivo y ahora su mente descansada retomaba la actividad de siempre: la curiosidad se retorcía dentro de su ser, ansiando averiguar tanto como pudiera hasta satisfacerse. ¿Dónde diablos había estado aquel sentimiento durante todos esos días? Había tanto por descubrir: qué criaturas había en la feria, qué los había llevado allí, qué rayos era Shiba y cómo se había formado ese santuario para criaturas sobrenaturales.

Impulsado por esas cuestiones, impactó contra una persona al esquivar las cajas que Parva había dejado junto a su puesto.

—En verdad eres un tonto —dijo Eva con exasperación al ver que se trataba de él.

—Lo siento. Lo siento.

Sam se inclinó para recoger los objetos que habían caído de la mochila de la chica cuando él la empujó: un medallón que había rodado fuera y una vasija que había escapado del interior de una caja al impactar contra el suelo. Sin embargo, Eva lo detuvo con un grito aferrándole la muñeca.

—¡No lo toques! —Lo hizo a un lado y con un pañuelo recogió los objetos asegurándose de que no entraran en contacto directo con su piel.

Sam dudó un momento, hasta concluir que no tenía nada que ofrecer. Ya se había disculpado y evidentemente la chica no tenía interés en su compañía. Siguió su camino lanzando una última mirada apenada a Eva, a pesar de que la muchacha lo ignoraba. No alcanzó la oficina de Krapsch porque se topó con él en el camino. El hombre se hallaba de espaldas a Sam conversando con Larry y Arnold. Los gestos de estos dos estaban agravados por una seriedad inquietante y en cuanto notaron la cercanía del chico lo señalaron en un ademán que a Sam se le antojó similar al de una sentencia.

Krapsch giró a verle, y no había nada de la dulzura y paciencia que Sam le había visto poseer durante todos esos días. El hombre inspiró hondo y con lo que pareció una resolución personal se acercó a Sam con aire severo.

—Tienes que irte —dijo.

Sam no pudo más que parpadear confundido, procesando lo que acababa de oír.

—¿Qué?

—Será mejor que te vayas. —Señaló lejos para poner énfasis en sus palabras—. Larry olfateó un grupo de cazadores que vienen hacia acá.

—¿Qué? —repitió Sam—. Si yo no...

—¿Con quién hiciste contacto? —exigió Larry.

No lo parecía pero su voz delató lo alterado que en verdad estaba. Avanzó dos pasos pero Krapsch le indicó que se detuviera con un movimiento de mano.

—¡Con nadie! ¡Lo juro!

—Te creo, muchacho —dijo Krapsch, y su gesto adoptó una agotada resignación—, pero los hechos son que eres un cazador joven y hay alguien allí afuera buscándote. No tuve que haber dejado que te quedaras así como si nada. Por mi imprudencia ahora toda mi gente corre peligro.

—Claro que no. Ni siquiera sabes si vienen por mí.

Pero incluso Sam sabía que eso no era cierto. Tarde o temprano su padre y su hermano iban a dar con su paradero; fue estúpido creer que no. Aunque hasta entonces ni siquiera se había preocupado porque su familia pudiera encontrarle.

—Quiero que te alejes antes de que descubran que estamos aquí.

—Lo haces parecer como si vinieran a masacrarlos —continuó negando con la cabeza.

—¿No es eso lo que ustedes hacen? —rugió Larry.

Su voz se había transformado en una cosa grave y ronca, y sus dientes sobresalían entre sus labios, filosos como navajas. Sam supo entonces lo que era: un vampiro. Por eso estaba despierto todas las noches.

—¡Claro que no! Defendemos a los inocentes, tú no lo entenderías.

—¡Ustedes solo matan por placer! —acusó Larry con un gruñido—. Llegan y matan y no les importa que uno haya pasado su vida luchando por no lastimar a nadie.

—Suficiente. —Intervino Krapsch cuando Larry avanzó hacia Sam, que sacó su cuchillo al instante ganando una mira cruel por parte de todos los que presenciaba el intercambio—. Te dije algo, y no lo repetiré —dijo a Sam en un tono sombrío.

Quiso reprochar, pero comprendió que sería en vano. Ya no le quedaba nada que hacer ahí. Con un bufido les dio la espalda y se alejó, pasando de largo a Eva incluso cuando está preguntó: «¿Eres un cazador?». De regreso en la casa rodante recogió su bolso del rincón y lo aventó sobre la cama con fuerza; con la misma vehemencia lanzó su ropa dentro junto con el libro que había comprado y una botella de agua. Sopesó la idea de guardar una caja de donas y chocolates, pero pensar en comer más dulces cuando llevaba dos semanas alimentándose de eso le revolvió el estómago. En cuanto estuvo listo, se colgó el bolso al hombro y abandonó la casa por última vez.

—Vamos, Huesos —llamó al perro que jugaba a un lado del vehículo con un trozo de plástico.

Su amigo obedeció, situándose a su lado sin dejar de mover la cola con alegría. Sam sintió envidia de su ignorancia, de su capacidad de vivir sin preocupaciones. Él, en cambio, no solo había perdido su hogar temporal y su empleo, sino que también debía fingir que no notaba las miradas acusadoras de las personas en la feria ni a Eva que se acercaba a él con insistencia.

—Espera, espera. No dijiste que fueras un cazador —comentó una vez a su lado pero Sam no la miró—, de haberlo sabido... mira, te puedo conseguir objetos que podrían serte útiles para cazar. ¿Algo en particular que tu grupo necesite? Hago buenos precios.

Sam estuvo a punto de frenar para decirle que lo dejara en paz, que ni siquiera sabía de qué estaba hablando, cuando en su camino se interpuso alguien más. Bomer, que a juzgar por el cambio de sus ojos, las garras y los colmillos, era un hombre lobo. Un hombre lobo enojado.

—Te voy a matar —sentenció.

Sam retrocedió al tiempo que extendía una mano para proteger a Eva, aunque no había necesidad: el único en peligro era él. Huesos, por otro lado, escondió la cola entre las patas al verse en presencia del depredador más fuerte y huyó de la escena tan rápido como pudo; Sam no lo notó hasta mucho después.

Entonces se oyó el chasquido de un arma. Bomer se quedó inmóvil solo un momento, luego volteó la cabeza para ver a quien tenía detrás. El movimiento fue suficiente para revelar a alguien que Sam conocía. Rufus.

—¿A quién vas a matar, maldito engendro asqueroso? —Apuntaba a la nuca de Bomer con una escopeta.

Por el rabillo del ojo pudo notar que otra figura se posicionaba a la derecha. Sam miró solo para descubrir que se trataba de Bobby, que también sostenía un arma en manos. Sus ojos estaban fijos en Bomer listo para actuar si el hombre lobo intentaba algo. Sam temió que su padre hubiera llamado a todos los cazadores en la agenda solo para ir a buscarlo.

—Tranquilo. No queremos que esto se torne más feo de lo que ya es —advirtió Bobby.

—Cielos, Bomer, cálmate. Deja que se lleven al chico para que se larguen —dijo alguien desde lejos.

Bomer soltó un gruñido y, más rápido de lo que un humano podría reaccionar, lanzó un zarpazo hacia atrás derribando a Rufus y luego trató de atrapar a Sam, que saltó a un lado salvándose del ataque. Bomer no se detuvo. Debido a eso Bobby tuvo dos opciones: arriesgarse para sacar a Eva del camino o dejar que lastimara a la chica para poder dispararle. Como era de esperarse, Bobby sostuvo a Eva entre sus brazos y la apartó, recibiendo cuatro tajos contra la espalda. Gritó de dolor pero en seguida retomó la posición, listo para defenderse.

—Me salvaste —exclamó Eva, pero Bobby no le prestó atención. Estaba bastante ocupado.

Sam recogió su bolso y con pasos torpes por la prisa se levantó para correr detrás de uno de los puestos y buscar un arma, un cuchillo, o lo que fuera, para ayudarles. No llegó a girar en la esquina cuando se topó con otra persona que se aproximaba alertada por los ruidos. Ambos se detuvieron de golpe, sobresaltados, y Sam tardó un segundo en reconocer a su hermano en ese rostro cansado y demacrado.

A Dean debió sucederle lo mismo, porque le observó con una expresión igual de atónita.

Era extraño, verse a las caras luego de tanto tiempo. Sam no tenía idea de qué decir, qué pensar. Por un lado había una alegría desbordante creciendo en su pecho que le instaba a abrazar a Dean y no dejarlo ir, pero por otro lado su orgullo le recordaba los malos términos en los que habían quedado y le rogaba por mantener su temperamento rebelde y descortés. Iba a obedecer a ese último impulso para proteger su dignidad cuando Dean acortó la distancia y lo rodeó con sus brazos. Fue repentino y Sam se deleitó con el contacto antes de pensar en apartarlo, y estuvo a punto de hacerlo hasta que notó el modo en que su hermano temblaba. Eso lo detuvo por completo. Escuchó la respiración quebrada junto a su oreja y los balbuceos angustiados, y decidió que jamás quería volver a oír a Dean en tal estado.

—Sammy. Oh, Sammy... No podía sentirte, solo desapareciste, y pensé que... pensé...

Sam cerró los ojos y devolvió el abrazo. Dean suspiró y le estrechó con más fuerza hundiendo los dedos entre los cabellos de su nuca y ofreciendo una caricia que causó cosquilleos en Sam. De pronto, a su mente llegaron las imágenes de los sueños que habían dominado sus noches en Flagstaff. El corazón le dio un vuelco. Latió con un ímpetu que le causó la sensación más exquisita y aterradora.

Se apartó de Dean, que le miró con ojos brillantes y confundidos, rogando porque el ardor que sentía en su cara no fuera tan evidente en el exterior.

—¿Cómo... cómo me encontraron? —preguntó.

No era tan descabellado que un grupo de cazadores pudiera encontrarle, pero eso tendía a tardar más que unos míseros once días. Un mes si era descuidado y se mantenía cerca. Un año o dos, muchos más si Sam sabía esquivarlos. Pero ¿once días?, ¿con lo lejos que Sam había ido? Eso debía ser un récord.

Dean parpadeó como si acabara de salir de una ensoñación. Abrió la boca para responder pero el sonido de los disparos lo interrumpió. Sacó un arma de la parte trasera del pantalón, apoyó una mano sobre el hombro de Sam y dijo:

—Quédate aquí.

Sam no quería hacerle caso, pero la calidez que el tacto de Dean había dejado a su paso y el cosquilleo intenso que le recorría el abdomen y pecho fue suficiente para dejarle plantado en el lugar.

De todos modos, las piernas le temblaban como nunca, así que no habría mucho que él pudiera hacer para ayudar.