Era extraño.

Estaba de regreso en el Impala, de regreso al asiento trasero con las nucas de John y Dean como vista principal; de regreso al espacio reducido, el olor a cuero y la radio como reemplazo de las conversaciones ausentes. Era familiar, y era extraño. Como si las dos semanas que había vivido en la feria fueran solo un sueño lejano, una simple fantasía.

Las cosas se habían desarrollado del modo que siempre hacían cuando los cazadores estaban involucrados: con premura, caos y muchos disparos.

Sam no estaba seguro de cómo había sucedido, demasiado anonadado con la repentina presencia de su hermano y de los demás. Pero había oído y visto lo suficiente. Al final, un hombre lobo (Bomer) y dos cambia-forma (uno era Parva, descubrió Sam más adelante con sorpresa) murieron, lo que en otra ocasión sería considerado un fracaso para un grupo tan grande de cazadores, pero en ese momento lo único en la mente de John —que había organizado dicha cacería— era rescatar a su hijo menor. El resto de las criaturas se había dispersado: algunos habían encontrado un escondite seguro y otros habían huído con la velocidad sobrehumana que los diferenciaba de los lentos y viejos cazadores.

No había visto al señor Krapsch mientras se alejaba de la feria, y en lo más profundo de su corazón en verdad esperaba que el hombre estuviera a salvo.

De un modo u otro —Sam no entendía del todo cómo había sucedido, tenía una laguna en los recuerdos: en un momento se hallaba detrás de un puesto recuperando el aliento y al siguiente se encontraba junto al Impala observando cómo John se despedía de los demás cazadores, con los hombros tensos y la boca en una línea recta—, todo había terminado. Y ahora estaba de regreso en el Impala, como si los últimos días no hubieran sucedido. Excepto que sí lo habían hecho. Podía oírlo en el silencio de su padre, podía verlo en el cansancio de su hermano, podía sentirlo en la incomodidad que los rodeaba. Y, al mismo tiempo, en el alivio que reflejaban las expresiones de los dos mayores, así como en la propia calma que Sam sentía ahora que estaba de vuelta con su familia, sin comprender lo mucho que los había echado de menos hasta que los tuvo allí a su lado otra vez. Sin embargo, eso no cambiaba el hecho de que la última vez que los vio no habían partido en buenos términos. Los días habían apaciguado su ira, pero se aferró a la sombra del enojo con insistencia. No quería perdonar tan fácilmente. No iba a olvidar el modo en que le trataron, como si Sam no les importara...

La presión de la culpa le oprimió el pecho. Sin poderlo evitar su mirada viajó primero hacia el retrovisor, donde podía ver una parte del rostro de John: las ojeras, las arrugas en torno a los párpados y la mirada cansada. Si Sam no importara, el hombre no habría ido en su búsqueda con los mejores cazadores que conocía. Luego miró a Dean. Solo podía ver parte de su perfil pero no lucía muy distinto al padre. Sam pensó en el temblor que recorrió el cuerpo contrario mientras lo abrazaba al mismo tiempo que la voz entrecortada por la angustia y el alivio balbuceaba contra su oído. Ese simple gesto, esa pequeña reacción, era suficiente para confirmar que Sam realmente le había preocupado, por lo que pensar lo contrario ahora resultaba complicado.

Volvió la vista al exterior apoyando la cabeza contra la ventana; maldijo en su interior aquella situación. ¿Cómo podía aferrarse al enojo si reconocía que su actitud era la incorrecta? Un gesto, en esa vida que llevaban, valía más que las palabras porque eran honestos, eran irrefutables. ¿Cómo justificaba sus pensamientos adolescentes, sabiendo que su familia estaría ahí para él cuando los necesitara? Al final, daba igual. Solo debía esperar a que la bomba estallara. Cuando los gritos de John iniciasen y el castigo fuera puesto en marcha sería muy sencillo para Sam reencontrar una furia aceptable para combatir los sentimientos conflictivos. Por el momento, John no había dicho palabra alguna, sumido en un silencio que Sam no se atrevía a quebrar, en parte por orgullo y en parte por temor a detonar la explosión antes de tiempo, pero no cabía duda que en cuanto llegaran al destino y John lo viera a la cara comenzaría el monólogo ensordecedor.

El destino resultó ser un motel a las afueras de Flagstaff. John rara vez los llevaba a la ciudad, así que no fue una sorpresa que prefiriera desperdiciar horas en viajar hasta un motel barato y distante que en buscar algo por la zona.

Una vez allí, John abandonó el coche en cuanto apagó el motor. Dean, en cambio, tardó un poco más; lanzó una mirada a su padre a través de la ventana, observando el andar agotado, y tras dudar unos segundos le siguió. Por su parte, Sam también tardó en bajar, aunque estaba seguro que sus razones diferían de las de su hermano. De mala gana abandonó el coche y fue tras ellos, la sensación de extrañeza ante la situación lo acompañó el resto del camino. John abrió la puerta correspondiente a la habitación «15» luego de pasar por la recepción e ingresó dejándola abierta para darle paso a sus hijos, avanzó hasta la mesa, donde depositó las llaves, y pasó una mano por su cabello con un suspiro. Sam no le quitó la vista de encima, entrando último con mayor lentitud. Armándose de valor cerró la puerta. Los gritos empezarían pronto.

Excepto que no lo hicieron.

John mantuvo los ojos cerrados durante varios segundos, tal vez pensando en qué decir; volvió a frotarse el rostro y caminó hacia Sam. Este se enderezó, listo para la confrontación, pero en lugar de detenerse ante él, John se situó a su lado y le apoyó una mano sobre el hombro. Sam la observó de reojo, incómodo. Su padre ofreció lo que parecía una caricia de consuelo para seguidamente apretar con fuerza. El modo en que John le miraba era el mismo que el hombre portaba a la hora de cazar, aquel que expresaba la seriedad con la que actuaba.

—Nunca más.

Palmeó el hombro de Sam y salió por la puerta abandonando la habitación. Eso fue todo. Sin gritos, sin golpear paredes o sillas, sin decir a dónde se dirigía; nada. Sam suspiró, de algún modo más asustado con aquel desenlace de lo que habría estado si su padre enseñaba una reacción violenta.

Contempló la habitación del motel, idéntica a todas las que había visto en su vida, aquellas donde se había criado, donde había crecido y jugado. Solo había estado dos semanas sin ver una y ahora esa habitación —sucia, con olor a productos de limpieza y cigarrillos— era el mejor cuarto del mundo. Ciertamente parecía un palacio en contraste a la insulsa casa rodante en donde había parado esos últimos días. No lo iba a negar, tener la libertad de hacer lo que quisiera y comer cuánto se le antojara había sido genial, pero por lamentable que fuera los moteles eran su hogar y un verdadero lujo en comparación.

Dean se mantuvo en silencio. Se había dirigido hacia las camas para dejar su mochila sobre el colchón. Comenzó a vaciarla ignorando a Sam, que le observó por un buen rato hasta comprender que no lograría nada con solo mirarle, sin embargo, la idea de hablar con Dean tras todos ese tiempo era de lo más desconcertante. Irreal. De todas formas, tampoco sabría qué decir. Bastó que el recuerdo de los sueños que había mantenido esas semanas llegara a su mente para que apartara la vista. Con un bufido avanzó hacia la cocinilla y se sirvió un bol de cereales con leche.

De regreso a la normalidad.

No sabía qué sentir al respecto. Era todo tan... repentino.

Se había sentado a la mesa y masticaba la primera cucharada cuando hubo un golpe seco desde la zona de las camas seguido por la voz tensa de Dean.

—¿En qué rayos estabas pensando?

Se volvió hacia él comprobando que Dean se había acercado con las manos en la cintura y ojos enrojecidos que le miraban de forma acusadora. Sam tensó la mandíbula.

—Si crees que vas a ser tú quien me sermoneé...

—¿¡En qué rayos estabas pensando!? —interrumpió Dean con fuerza—. Te vas... haces toda esta idiotez... ¿por un estúpido collar?

Sam dejó caer la cuchara, que rebotó contra la mesa con un timbre metálico, y giró el cuerpo en dirección completa a Dean, aferrándose a la madera de la silla como si necesitara el soporte.

—No hice esto por el collar, Dean. ¡Eso fue la última gota!

—Oh, sí, seguro.

Agitó los brazos en un gesto incrédulo y comenzó a darle la espalda, por lo que Sam se puso en pie con prisa, listo para soltar todo lo que tenía acumulado en el pecho.

—¡Me fui porque estoy harto! Harto de que papá siempre te favorezca y a mí me trate como un estúpido, ¡y harto de que tú me menosprecies todo el tiempo!

—¿Qué estás diciendo? ¿Te volviste loco o algo mientras andabas con esos fenómenos?

—¡Sabes que es verdad!

Pero Dean resopló negando con la cabeza, cosa que enfureció a Sam.

—¡Esta vida es un asco! Quizá a ti te guste pero para mí es de lo peor. Estoy harto de todo esto. Quiero amigos. Quiero una casa. ¡Quiero una vida normal!

Dean se volvió hacia él con tanta prisa que Sam llegó a temer que su hermano le pegaría. Naturalmente, iba a defenderse si Dean intentaba algo así, pero seguía siendo su hermano mayor y era más grande y fuerte en todo sentido, por lo que su instinto temblaba cada vez que se sentía amenazado por él. Sin embargo, Dean se detuvo a pocos pasos de distancia sin intenciones de tocarlo.

—¿Crees que lo tienes difícil? Cielos, Sam, no tienes una idea de lo afortunado que eres.

—Tú eres el que no tiene idea...

—Tienes un techo sobre tu cabeza, comida en tu plato, —continuó Dean sin permitir que Sam hablara por encima de su voz—, y una familia que te quiere y daría la vida por ti.

—Por favor. —Soltó una risa despectiva ganando en respuesta una mirada acusadora.

—¿Qué? ¿Crees que eso no es cierto?

que no es cierto —dijo Sam, pero el recuerdo de John corriendo hacia él, preguntando a viva voz si estaba bien, y el de Dean temblando contra su cuerpo mientras le abrazaba como si fuera lo único que podía mantenerlo con vida le cerró la garganta tan abruptamente que le quebró la voz.

Dean debió pensar lo mismo, porque su gesto se llenó de indignación y exclamó:

—¿Cómo puedes decir eso? —La vergüenza evitó que Sam respondiera, por lo que Dean prosiguió—: ¿Acaso habríamos ido por ti si no nos importaras?

Se produjo un silencio. Fue lo suficientemente largo como para que Dean asumiera que eso era todo, pero el bicho obstinado que ocupaba lugar en la cabeza de Sam, ese que llamaban pubertad, le mordió hasta obligarlo a reprochar, incluso a pesar de saber que no tenía argumentos para defenderse.

—No fueron porque les importara... —murmuró con voz débil.

—¿Ah?

—No fueron porque les importara —repitió—, lo hicieron porque se sienten responsables...

—No puedo creerlo.

—¡Admítelo! Tú definitivamente no me quieres. Ya ni me hablas ni puedes estar cerca de mí, salvo que estés obligado a hacerlo. Ni siquiera puedes mirarme, por todos los cielos.

—Claro que te quiero... —balbuceó, pero estaba pálido, con los ojos muy abiertos y la boca tensa, todo lo que sirvió como prueba para envalentonar a Sam.

—No, no lo haces. ¡Y ni siquiera sé por qué! Eras el mejor hermano del mundo, Dean, y de golpe comenzaste a tratarme como basura. No lo niegues. Actuaste... actúas como un imbécil, como si quisieras verme desaparecer de tu vida. Y John, cielos, ¡vaya padre que es! Ni siquiera sé qué rayos siente en verdad porque la mayor parte del tiempo actúa como si no le importáramos en absoluto. Por eso me fui, Dean. Y...

Su hermano se llevó una mano a la frente, agachando la cabeza y cubriéndose efectivamente la cara. Eso no fue lo que detuvo las siguientes palabras de Sam. Fue el sonido que emitió, como si se sorbiera la nariz, como si estuviera gimoteando, lo que lo acalló. Sam quedó con la palabra en la boca y un miedo que creció con la velocidad de un cohete. Su hermano, la persona más fuerte y valiente que podía existir, no podía estar llorando. Y definitivamente Sam no podía ser el causante, no; aun así, la escena lo dejó mudo.

Dean continuó con una mano ante su rostro, impidiendo que Sam pudiera verle. Luego le dio la espalda y marchó hacia la cama donde su mochila permanecía. Tomó asiento de espaldas a Sam y este no tuvo el valor suficiente para acercarse. El enojo se había esfumado y de pronto solo quedaba el imprevisto vértigo de la desaparición de aquel sentimiento tan potente. Abandonado y perdido, como si el mundo se balanceara, reconoció lo que quedó en él: culpa y miedo. Pero Dean no iba a llorar y definitivamente no iba a ser por culpa de Sam.

—Tienes razón en una cosa, —murmuró Dean—, de verdad creo que eres un idiota.

No pudo sentirse ofendido. Caminó hasta la cama contraria y tomó asiento sin quitarle la mirada de encima a la espalda de su hermano.

—Solo quiero saber qué te pasa —admitió, detestando lo frágil que su voz se oía—. ¿Qué cambió? No puedo arreglarlo si no me dices, Dean.

Lo vio negar con la cabeza al mismo tiempo que extendía una mano, agarraba la mochila y la colocaba sobre su regazo.

—Hay cosas que es mejor no hablarlas, ¿sabes? Es mejor fingir que nunca sucedieron.

No podía decir que estaba de acuerdo, pero a pesar de todo Dean era su hermano mayor y Sam seguía oyendo sus consejos y aprendiendo de sus palabras incluso si no quería reconocerlo. Y si Dean lo decía entonces era cierto, de algún modo. El susodicho buscó dentro de la mochila y sacó un objeto del interior. Lo sostuvo en alto desde la cadena para que Sam pudiera verlo. Su collar.

—¿Ves? Te dije que no lo tiré.

—Ese... ese no es el punto, Dean.

Era como si su hermano no quisiera entender. O tal vez sí entendía, pensó con aprensión, solo que se negaba a demostrarlo. Y Sam ya no tenía fuerza en su interior como para insistir.

Estaba drenado. Los dos lo estaban.

—Esto nunca antes había sucedido. Nunca habíamos discutido, pero los últimos días antes de irme era todo lo que hacíamos... —dijo, porque no podía callarse la boca ni aunque lo intentara.

—Te dije que no quiero hablar, Sam.

Lo que siguió fue el silencio, uno largo y pesado que bombardeó los oídos de Sam y alimentó su culpa. Seguían en esa misma posición cuando John regresó. El hombre entró en la habitación cargando un par de bolsas de papel con el logo de "Piggly's" impreso en una cara y las depositó sobre la mesa. Solo hizo falta echarles un vistazo para que John comprendiera que habían estado discutiendo, fue evidente por el modo en que suspiró, cansado y decepcionado, antes de ordenarles con un movimiento de cabeza que se acercaran a comer.

Dean obedeció inmediatamente, poniéndose en pie como si lo impulsara un resorte. Sam se tomó su tiempo e hizo falta que John le dedicara una mirada intensa para que por fin se acercara a ellos y el silencio que los gobernaba.

Bienvenido a la nueva normalidad, pensó con amargura.