Dos semanas después la normalidad adoptó muchas formas.
A veces era alta, otras era baja. Podía ser hombre o podía ser mujer. Rubia, moreno, pelirroja, con pecas, delgada, musculoso. Lo que pudiera nombrarse, allí estaba. Por supuesto, siempre y cuando John no estuviera cerca.
Sam nunca olvidaría la impresión que le causó al principio, el desconcierto, la incredulidad, al descubrir lo que su hermano hacía. Eran otros tiempos, los jóvenes querían descubrir el mundo, dejar atrás las ataduras de las viejas costumbres y gozar la vida. Sam lo entendía, él era de esa generación ansiosa por explorar, por lo que podía ponerse en sus zapatos y comprender sus razones, pero... pensarlo como una idea distante e imaginar a alguien lejano, con quien él no compartía relación alguna, era más sencillo que descubrir que su propio hermano formaba parte de esos grupos.
En realidad, la primera vez no lo notó. Tuvo que entender en totalidad lo que sucedía para que la imagen de la primera ocasión tuviera un cambio brusco de significado, como si le apartaran un velo de encima con la fuerza de un puñetazo.
Fue una tarde en que John les dejó solos, aceptando uno de esos casos que prefería compartir con colegas cazadores y no con sus hijos. Sam recordaba esa parte por el particular modo en que Dean trató de pedirle que no los dejara, porque no quería estar con Sam. Era obvio, había pensado con rencor. Flagstaff seguía fresco en sus memorias y si bien ninguno hablaba de ello tampoco lo habían olvidado. Algo había cambiado, claro está; Dean ya no era hostil y le hablaba en ocasiones —cosas triviales, como qué quería cenar o cómo había dormido— pero aún guardaba una distancia prudente entre ellos y rehuía su mirada la mayor parte de las veces. Lo peor era que Sam comenzaba a acostumbrarse. Ese comportamiento estaba convirtiéndose en la norma y poco a poco le costaba más molestarse por ello. Además, Dean era su hermano y hacía falta mucho más que eso para resentirlo todos los días cuando vivían prácticamente en el mismo espacio.
Como fuere, John desoyó los argumentos de Dean, que tuvo que aceptar su derrota con un suave:
—Sí, señor.
Luego les dio la espalda y marchó de regreso al motel. Sam no le siguió, en parte porque tampoco quería estar cerca de él y en parte porque sabía que su padre tenía algo que decirle, podía notarlo en su expresión. El hombre se plantó frente a él y le miró con una frialdad intimidatoria. Entonces murmuró:
—Nunca más. —Del mismo modo en que había hecho días atrás, cuando regresaron de Flagstaff.
Sam mentiría si dijera que John no lo intimidaba a esa edad, cuando lo superaba en altura, tamaño y experiencia. Y, además, porque era su padre. Así que se limitó a asentir en silencio, agachando la cabeza de forma sumisa. John le acarició el cabello, subió al coche y se marchó. Sam permaneció allí en el estacionamiento pensando en que ahora debía regresar al cuarto con Dean, momentos después de que su hermano prácticamente había rogado por no quedarse a solas con Sam.
La sola idea lo dejó con la mandíbula tensa y, al final, comprendió que no tenía por qué ser así. De modo que emprendió la marcha hacia la habitación que les correspondía.
Dean se encontraba de pie ante la puerta y frente a él, apoyada contra la pared, estaba Stacy, su vecina en la estancia. Era una chica joven, de veinte años, que siempre vestía shorts con camisas a cuadros hechas un nudo en frente de modo que su ombligo estuviera constantemente a la vista, y con trenzas que caían a ambos lados de sus hombros. Tenía en su antebrazo el nombre de un tal «Gastón» y le daba igual que la gente lo leyera. En ese momento miraba a Dean como si fuera un caramelo y este respondía al gesto con una sonrisa curiosa, casi sorprendida. A Sam no le importaba en absoluto lo que estuvieran hablando.
Entró, sacó dinero de uno de los jarros que John utilizaba como escondite y volvió a salir. No pensó en despedirse, así que comenzó a alejarse sin decir una palabra. Una mano lo retuvo al instante.
—¿A dónde crees que vas?
Giró y Dean lo soltó con la misma rapidez con la que lo había agarrado. Había desconfianza en su mirada.
—Voy a la cafetería, volveré en una hora tal vez. —El gesto de Dean no cambió y Sam se vio obligado a rodar los ojos con exasperación (aunque por dentro disfrutó de la muestra de preocupación)—. Solo voy a tomar algo y leer un libro. ¡Lo juro!
De manera eventual la expresión de Dean se relajó pero la sospecha no abandonó sus ojos.
—De acuerdo, pero más te vale, Sam. Puedo encontrarte donde sea —amenazó.
Regresó su atención a Stacy, que jugaba con una de las trenzas luciendo entretenida con el intercambio de ambos. Sam los ignoró y se alejó del motel. A dos calles de allí había un café que cumplía también la función de biblioteca; uno iba allí, ordenaba la bebida que quería y podía elegir uno de los muchos libros dispuestos en los estantes para luego sentarse a leer en una de las mesas. Si uno de los libros era dañado había que pagar el costo, pero Sam estaba seguro que solo los amantes de la lectura, aquellos que trataban los libros como tesoros, optaban por tocarlos.
Como había hecho desde que descubriera ese lugar, Sam ordenó un té de hierbas, eligió el libro que había dejado a medias la última vez y se sentó en el rincón.
Cuando se sumía en la lectura le era difícil recordar la realidad, por lo que se puso como objetivo regresar al motel una vez que acabara el té. Preferiría tardar más y fastidiar un poco a Dean, pero luego de lo sucedido no quería causar más estrés innecesario a su familia, por mucho que deseara hacerles pagar por el modo en que le hacían sentir. La bebida se terminó más rápido de lo esperado —cuando consultó el reloj descubrió que le había llevado treinta y seis minutos beberla en medio de la lectura— y con verdadero pesar se levantó para guardar el libro. Se despidió de Ruth, la mujer que trabajaba allí, y salió. La tarde se había cubierto de nubes grises durante el tiempo que estuvo adentro del café.
La distancia que le separaba del motel no requería más de tres minutos de caminata y para cuando por fin alcanzó el pasillo que guiaba a su habitación vio como la puerta de la misma se abría para dar paso a Stacy. Sam no pensó nada al respecto, salvo por una curiosidad pasajera. No era extraño ver a Stacy en su cuarto, era la única persona que rondaba su edad en todo el edificio y no había tardado en congeniar con Sam y Dean. El trabajo de su madre requería la habitación en reiteradas ocasiones, para atender a sus clientes, lo que dejaba a Stacy sola y en la calle, así que los Winchester le habían ofrecido un lugar al que acudir cuando eso sucediera. Por lo tanto, no le resultó raro verla cruzar la puerta, lo que sí le desconcertó fue el aspecto que portaba: el nudo de la camisa estaba suelto y la prenda desabotonada, las trenzas estaban despeinadas y en su expresión había una satisfacción que Sam no había visto nunca.
Stacy se detuvo al verlo acercarse, esperándolo, y en cuanto lo tuvo a su lado le acarició la mejilla con el dorso de la mano.
—Qué pena que seas menor.
—¿Por qué lo dices?
En lugar de responder, Stacy guiñó un ojo y se alejó. Sin darle mucha importancia al asunto, Sam ingresó en su habitación; dentro no había más que silencio y los olores típicos del motel, e hizo falta echar un vistazo para comprobar que Dean estaba allí también. Se encontraba recostado en una de las camas, posiblemente desnudo, a juzgar por la falta de camisa y el modo en que se cubría las piernas con las sábanas; su mirada estaba fija en el techo, sin pestañear, como en trance.
—Ey.
Anunció su llegada con esa simple sílaba, esperando quizá una explicación del porqué Dean estaba así cuando Stacy acababa de irse. Logró que su hermano lo mirara, pero en cuanto lo hizo una expresión de amargura se dibujó en su rostro. Giró sobre la cama hasta quedar de lado con la espalda hacia Sam. Él bufó, rodando los ojos ante la actitud ridícula de Dean.
«Ya no es novedoso», tenía ganas de decirle. «Ya no impresionas a nadie actuando como un imbécil».
Lo comprendió al día siguiente, cuando se encontró con una escena similar al regresar del mercado. Esta vez, Stacy seguía adentro terminando de subirse los shorts y Dean se encontraba sentado en la cama cubriendo solo su entrepierna con la sábana. Al salir, Stacy acarició el cabello de Sam en un movimiento seductor y luego solo se oyó el sonido de la puerta cerrándose tras ella. Hubo un segundo de silencio y, de pronto, la escena cobró sentido en la mente de Sam como si le cayera junto con un balde de agua hirviendo.
Miró a Dean, que buscaba en el suelo su ropa.
—Wo... wo, wo wo —repitió estúpidamente—. ¿Tuviste relaciones... con Stacy?
—No es asunto tuyo, Sam —gruñó Dean.
—Pero... pero tu marca...
Dean soltó un sonido gutural, negando con la cabeza.
No era algo inusual. Con los años se había vuelto común, en los jóvenes, experimentar antes de conocer a la persona destinada por Dios. Lejos habían quedado las costumbres de los ancianos, las que habían sido la norma en la sociedad por siglos, de esperar por la persona cuyo nombre uno llevaba escrito y someterse al celibato si uno aún no la encontraba. Ahora, los jóvenes creían en ser libres con sus cuerpos y disfrutar al máximo los placeres antes de encontrar a la persona con la que pasarían el resto de sus vidas. Sam comprendía a la perfección ese deseo y jamás había pensado mal de esas actitudes, si bien él prefería soñar con el encuentro puro e ideal. Después de todo, se decía que estar con la persona correcta era un placer incomparable.
Pero ahora que lo tenía en frente, ahora que Dean lo había hecho, se daba cuenta que era uno de esos casos donde no le importaba siempre y cuando fuera ajeno a él. Lejano. E involucrara a personas que él no conocía. Pero este era Dean, su hermano, el cual había cambiado tanto en el último mes que había impulsado a Sam a huir de su familia. Por lo tanto, Sam no iba a dejar ir el tema con tanta facilidad.
—¿Por qué lo hiciste? —preguntó a la espalda de Dean, que terminaba de abotonar los pantalones que había utilizado toda la semana.
—Verás, Sammy, las mujeres están cansadas de que les digan qué hacer y quieren tener el mismo derecho que tienen los hombres para disfrutar la vida...
—No pregunté por qué Stacy lo hizo.
Su voz se oyó extraña incluso para sus propios oídos. Las mejillas le ardieron al caer en cuenta que no estaba reaccionando como un hermano normal, sino que, más bien, parecía una pareja celosa. Solo Dios sabía lo mucho que le costaba apartar los recuerdos de sus sueños perversos del frente de su memoria, no necesitaba alimentar ese fuego nefasto con más ideas depravadas. Por fortuna Dean no pareció notarlo; se dio vuelta con los brazos extendidos.
—¿Qué quieres que te diga? Tenía ganas y ella también, fin. Las almas gemelas son un chiste, Sam, no son un mensaje de Dios ni ninguna de las tonterías que la gente dice. Así que olvídate de toda esa idiotez y disfruta la vida, porque es lo que yo voy a hacer.
Se dirigió al baño y se encerró dentro. Al rato pudo oírse el sonido de la ducha.
Sam se quedó allí pensando en lo que acababa de oír. Era difícil decidir cuál era la verdad; todo el mundo le había dicho una y otra vez que la marca que Dios les había obsequiado era lo más preciado que la humanidad poseía, pero ahora ahí tenía a Dean, su mundo en muchos aspectos, incluso a pesar de la grieta que se había formado en su relación, diciéndole que era todo una farsa, una estupidez. Y la palabra de Dean, como hermano mayor, pesaba más que la del resto de las personas. En silencio se desplomó sobre el sillón. Observó la mancha de humedad que había en la pared celeste, extendiéndose hasta el techo como humo verdoso, sintiendo algo desagradable en su interior. Decepción. Fastidio.
Decidió encender el televisor para distraer su mente.
Cuando Dean abandonó el baño unos minutos después, vestido con los mismos pantalones y la toalla alrededor de los hombros desnudos, decidió, en contra de sus principios e impulsos que le rogaban por insistir con el tema, no dirigirle la palabra. Dejó que Dean se vistiera en paz mientras que él fingía prestar atención al televisor. Comprobó la hora y buscó el canal siete donde comenzaban los avances de "Corazón Dividido". Dean aguantó más de lo esperado, incluso a pesar de que Sam sabía que la música de la introducción había captado su atención. En lugar de acercarse de inmediato a ver, Dean terminó de vestirse, se dirigió a la cocinilla y preparó un emparedado. Solo entonces se acercó al sillón, con pasos lentos, y se sentó en la otra esquina con la mirada fija en la pantalla.
Sin decir nada extendió el plato y, al mirar, Sam comprobó que había cortado el emparedado por la mitad y le ofrecía una de las partes.
Lo aceptó y pasaron el resto de la tarde frente al televisor.
::::
La siguiente ocurrió dos días después, antes de que el plazo que John había establecido para su llegada se cumpliera.
Sam había anunciado que iría a almorzar al café y luego pasaría por el Arcade, a hacer cosas normales de adolescentes normales, así que Dean no tendría que preocuparse si se demoraba. Su hermano le hizo jurar que regresaría antes de las seis de la tarde, cosa que Sam aceptó a regañadientes, por un lado culpable de ser quien causara ese constante monitoreo sobre su persona, por un lado molesto de que creyeran que él necesitaba ser controlado, y por otro lado complacido ante esas muestras de preocupación. Reafirmaban lo que las miradas esquivas y la frialdad de esos días intentaban ocultar: que Dean aún lo quería, incluso si por algún motivo se esforzaba en disimularlo.
El día transcurrió sin contratiempos. El Arcade estaba lleno, como era de esperarse en época de vacaciones, y el ruido de las máquinas y las conversaciones sirvió como una distracción momentánea, cumpliendo su función a la perfección durante la primera hora. Pero luego la mirada de Sam se levantó en busca de un compañero con quien compartir una sonrisa tras realizar una puntuación particularmente buena en uno de los juegos de tiro, solo para descubrirse solo en un océano de jóvenes. En lugar de encontrar un compañero vio los grupos que lo rodeaban: amigos que se reunían en torno a una máquina para ver como uno de los miembros del grupo jugaba, aportando comentarios de apoyo o de burla para afectar su desempeño; pares de chicas que bailaban juntas; muchachos empujándose y riendo... Sam dejó la pistola de plástico en la ranura ya sin importarle el hecho de que acababa de romper el récord más alto.
De pronto era consciente de lo solo que estaba, y esa sensación era de lo peor. Quería escapar de ahí, así que eso hizo. Eran las cuatro y cuarto cuando abandonó el Arcade.
No tuvo prisa en regresar al motel. Caminó con paso lento y las manos en los bolsillos pensando en los datos que tenía de aquella ciudad para distraerse. Un hombre llamado Otto Bletch había asesinado a su novia, y consecuentemente a cinco personas más, en el bar de la esquina porque la vio sonreír a otro sujeto mientras trabajaba. En una de las casas de la calle nueve había vivido una mujer que pasó cincuenta años secuestrando y asesinando niños sin que nadie lo supiera hasta el día de su muerte, cuando debieron vaciar su casa y hallaron un álbum con las fotografías de las víctimas, lo que produjo la tardía confirmación de sus crímenes. El hotel abandonado del centro fue una vez uno de los más prestigiosos, hasta que el mozo de equipaje inició su carrera homicida al ingresar en las habitaciones de las visitas y rebanarles el cuello mientras dormían, lo que llevó al hotel a la ruina.
Era un lugar interesante, al menos.
Dentro de los límites del motel notó dos cosas mientras avanzaba por el estacionamiento: una pareja de recién llegados junto a un coche, besándose con pasión a pesar de que sus valijas seguían en el suelo y el auto aún estaba abierto —era más que claro que no podían aguardar a entrar para expresar el deseo que sentían—, y, más lejos, a Stacy sentada al pie de la escalera que Sam debía subir para llegar a su habitación. Sam había estado rehuyendo de ella aquellos dos días desde que la encontrara con Dean y ahora, forzado a pasar junto a ella, recurrió a su mejor carta en momentos de incomodidad: una breve sonrisa tensa para luego fijar la mirada en el suelo. Ella también sonrió, con la colilla del cigarrillo entre los labios, por lo que Sam creyó que eso sería todo, que estaba a salvo, pero entonces ella habló.
—Yo no iría si fuera tú. Tu hermano tiene compañía.
Sam se detuvo, procesó las palabras lanzando una mirada hacia arriba, en dirección a donde el cuarto se hallaba, y volteó. Se quedó allí sin saber qué hacer.
—Pero tú estás aquí —dijo, sintiéndose tonto.
Stacy le lanzó otra sonrisa expulsando el humo del tabaco.
—Por supuesto, no soy su novia, ¿sabes?
Soltó una risita como si la idea fuese ridícula, cosa que fastidió a Sam sin razón justificable. Tras unos segundos soltó un largo suspiro y tomó asiento junto a Stacy, a falta de una mejor opción. Hubo un silencio pesado en el que a Sam se le ocurrió un tema de conversación, uno que en verdad deseaba iniciar con alguien para acallar las dudas que poblaban su mente, aunque no estaba convencido de que fuera a ser bienvenido por la muchacha. Jugó con su camisa en un gesto nervioso mientras pensaba en cómo abordar el tema.
—¿Puedo preguntarte algo? —Comenzó.
—Claro.
—Bueno... es bastante personal.
—Me lo imagino.
Tras dudar un momento, preguntó:
—¿Es verdad lo que dicen? Que... estar con alguien que no es tu marca no es tan placentero.
La espantosa sensación de saberse ridículo escaló por su cuello y enrojeció sus mejillas. Eso no era algo para hablar con una chica a la que apenas conocía, pero si lo pensaba bien: ¿con quién más iba a hablarlo? Dean ya había dejado en claro su posición, y John... Sam no quería hablar de esas cosas con John. Con todo, Stacy estaría en su derecho de ofenderse con la pregunta, pero contrario a lo esperado ella respondió sin pensarlo dos veces.
—No lo sé. No conozco a mi marca, así que no tengo punto de comparación, pero los chicos con los que he estado... supongo que estuvo bien, hasta cierto punto. —Volteó a mirar a Sam y soltó una risa al ver su expresión—. Relájate, ¿sí? No tiene nada de malo. ¿Seguro que esto no es algo que deberías hablar con tu familia?
—Créeme, eso es lo último que quiero —murmuró avergonzado, en particular porque Stacy lo estaba tratando como un niño. Claro que Sam no estaba demostrando lo contrario al actuar de modo tan cohibido, por lo que decidió reafirmar su valentía al continuar indagando—: ¿Pero no te parece mejor esperar a tu alma gemela?
—¿Para qué?
—No se supone que...
—Mira —interrumpió Stacy enseñando sin decoro el nombre en su brazo—, aún no conozco a ningún "Gastón", y puede que algún día lo haga, entonces seguramente seré muy feliz, pero hasta que el día llegue... —Encogió los hombros—, ¿qué tiene de malo disfrutar la vida?
Era similar a lo que Dean había dicho, y una vez más Sam podía comprenderlo pero le costaba aceptarlo.
—Lo entenderás cuando tengas tu marca —aseguró Stacy.
Sam no dijo nada. Observó su antebrazo en silencio, tratando de imaginar el momento, el día, en que un nombre apareciera en su piel. Tal vez entonces podría captar en totalidad lo que su hermano y Stacy decían. Pronto oyó una puerta cerrarse, un sonido lejano al cual no prestó demasiada atención, seguido por los pasos de alguien hasta la escalera. Un muchacho alto, rubio, les saludó al pasar y en cuanto se alejó lo suficiente Stacy dijo:
—Ese es el que vino con tu hermano. Supongo que ya puedes ir.
Esto bastó para que Sam clavara la mirada en el chico: ya estaba lejos, por lo que no podía apreciarlo bien ni tampoco lo había mirado a la cara cuando pasó junto a él, sin embargo, se tomó el tiempo para imaginarlo: guapo, fuerte, divertido. Cosas que a Dean debían gustarle.
—Hay que experimentar —comentó Stacy.
Si lo decía como un pensamiento al aire o con la intención de retomar una conversación con Sam, daba igual. Sam ya no quería hablar, ni tampoco quería subir a su habitación. Se quedaría junto a la chica tanto tiempo como ella lo permitiese, como reemplazo de la compañía que en verdad quería. Por fortuna, Stacy no se opuso. Se quedó con él un rato largo, fumando en silencio.
Sam se preguntó si ella pensaría que él era raro. Que era raro el modo en que actuaba, que no era un hermano normal. Ella no dijo nada al respecto así que no sería él quien iniciara tal conversación.
::::
John regresó esa noche cuando el reloj apuntó las diez.
Sam intercambió una mirada breve con Dean, que apartó la vista al instante. Cuando su padre preguntó qué estuvieron haciendo esos días Sam no delató a su hermano. No lo haría ni aunque estuviera dominado por el peor de los enojos. Había códigos entre ellos que no podían quebrarse, además, Dean lo había dicho: no era asunto suyo.
Eventualmente John acabó por enterarse. Los tres vivían en el mismo espacio, así que los secretos no podían durar mucho.
Una noche que John los llevó al bar para ganar dinero por medio de estafas a los jugadores de póker y billar, Dean se puso cariñoso con un hombre en la barra. Su hermano, tal vez creyendo que John estaba demasiado distraído, tal vez con el juicio nublado por la bebida y la lujuria, o tal vez motivado por la prepotencia de la juventud, terminó besando al sujeto a plena vista de todos. Sam agradeció que Dean se hubiese posicionado de espaldas a él, porque así podía observarlos con rencor sin temor a que su hermano lo descubriera; con el mismo gesto los vio dirigirse al baño de hombres, tomados de la mano. Sorbió de su jugo en un intento por distraerse mientras volvía la mirada en dirección a donde su padre se encontraba. Grande fue su sorpresa cuando vio que John, si bien mantenía el cuerpo en torno al billar, tenía la mirada fija en la puerta del baño.
Ahí lo tienes, pensó Sam con satisfacción. Oh, esperaba que John le soltara una buena a Dean, eso era lo único que podría alegrarle esos días.
Cuando el hombre que había entrado al baño junto con Dean finalmente salió, acomodándose la camisa y limpiándose los labios, Sam se levantó y caminó hacia allí. El pasillo que llevaba al baño tenía un olor húmedo y pesado que se tornó desagradable cuando asomó por la puerta de los sanitarios con el cartel: «Caballeros». Dean estaba de pie ante el lavabo lavándose las manos con una expresión apacible que se esfumó en cuanto notó la presencia de Sam.
—Papá te vio —dijo Sam, apoyándose contra el marco de la puerta con aparente desinterés.
Dean se encogió de hombros.
—¿Por qué debería importarme? —respondió, pero ambos sabían lo mucho que le importaba la opinión del padre—. Ya soy un adulto, no puede involucrarse en estas cosas.
—Como digas, solo quería avisarte para que estés preparado.
Sin más, se marchó. En realidad quería avisarle porque no podía esperar a que John actuara. Quería pinchar a Dean por todo lado posible. No fue hasta que estuvieron en el Impala, de camino a un nuevo motel, que John abordó el tema luego de un largo silencio.
—Sabes, hijo, no pude evitar notar que estás comenzando a expandir tus actividades.
Una sonrisa se dibujó en los labios de Sam, que al instante apartó la mirada de la ventana para mirar a Dean, notando con satisfacción como este se frotaba el rostro en un gesto de lo más incómodo.
—Papá...
—No terminé —interrumpió, callando a su hijo—. Lo que espero que sepas es que cometes un error. No puedes... Esperaría un comportamiento como este de un adolescente que aún no tiene su marca, ¿cuál es tu excusa, Dean? No entiendo cómo sabiendo el nombre de la persona que debes esperar decides ignorarla por completo.
—Los tiempos cambiaron, papá —reprochó Dean manteniendo el tono más diplomático que podía.
—Me da igual lo que diga la gente, ¿tienes idea de lo valioso que es? No hay nada en el mundo, nada, que iguale la felicidad de estar con tu alma gemela, y tú estás mandando al diablo a tu otra mitad, escupiéndole encima solo por... ¡caprichos de una generación estúpida!
Dean no respondió, en lugar de eso giró la cabeza hacia el lado contrario, sin duda apabullado; Sam lamentó no poder ver su expresión. Debía ser de lo más graciosa. Por desgracia, todo rastro risueño se esfumó de su ser al oír las siguientes palabras de John.
—Parece que los tres vamos a tener que tener la charla.
—¿Cómo que "los tres"? —repitió Sam, incrédulo.
—Ya no eres un niño, Sam. —John le dedicó una mirada penetrante por medio del retrovisor—. Evité hablarlo con tu hermano, y ahora veo que será mejor conversarlo contigo cuanto antes.
—¿Pero yo qué hice? ¡Es Dean el que no puede controlar su libido!
—¡Suficiente!
Sam se dejó caer contra el respaldo con un bufido. Contempló con enojo la nuca de Dean, que continuaba mirando hacia el otro lado, ignorándolos.
—Gracias, Dean. —Soltó con sarcasmo.
John volvió a dedicarle otra mirada, esta vez de advertencia, y ya ninguno volvió a abrir la boca.
—Sabes que papá tiene razón, ¿no? —dijo Sam más tarde, cuando John los hubo dejado en el motel y ambos chicos se encontraron solos en la habitación. Sam se había lanzado sobre la cama mientras Dean limpiaba las armas que traía en la mochila.
—¿Hm?
—Sobre las almas gemelas. —Aclaró, aunque estaba seguro de que Dean solo se estaba haciendo el desentendido—. Sabes que lo correcto es esperar.
—Ajá.
—Todos lo saben.
—Ajá.
—Digo, es un hecho irrefutable.
—Ajá.
—... Antes pensabas igual. ¿Por qué ahora de pronto no te importa?
Por fin logró sacar una reacción en Dean. Fue imperceptible, pero Sam conocía tan bien a su hermano que logró captar el modo en que su mano se detuvo antes de alcanzar uno de los cuchillos.
—No tengo que dar explicaciones. A nadie.
—Salvo a tu alma gemela, cuando te contagies de algo —dijo con maldad.
Se arrepintió al instante pero a Dean no pareció importarle el comentario. Volvió la vista al techo pensando en todo lo que sabía y creía saber. Lo que decía Dean y lo que decía John.
—Pues... yo solo quiero estar con mi alma gemela. —Dean soltó un sonido ahogado y cuando Sam lo miró comprobó que se había puesto rojo—. ¿Qué? No tiene nada de malo. Quiero que mi primera vez sea tan asombrosa como dicen...
Dean dejó caer el arma contra el colchón y se puso en pie con prisa.
—Cielos, Sam —dijo alterado, mirando a todas partes menos a su hermano—. No necesito saber todo lo que piensas —balbuceó antes de escapar hacia el baño y encerrarse dentro.
De verdad, Dean se estaba volviendo loco, concluyó Sam.
