La música estaba alta, hasta el punto en que los vidrios del Impala vibraban peligrosamente (en realidad no lo hacían, pero Sam prefería exagerar este hecho en su mente para que sirviera como argumento a su favor).
A él le molestaba el volumen, le parecía innecesario: a ese nivel era una tortura en lugar de un placer. Dean, en cambio, palmeaba el volante al ritmo de la música y cantaba con fuerza, animado; estaba feliz y no se molestaba en ocultarlo, de ahí que decidiera destrozar los tímpanos de Sam con su música ignorando las quejas recibidas. ¿La razón? John había salido en una cacería y le había dejado el Impala para que lo "utilizara con precaución". Dean estaba en las nubes; Sam, no.
—¡Vamos, Sammy, canta conmigo!
Sam lo ignoró. De reojo observó el pecho de Dean, allí donde su collar colgaba tranquilamente. Había pasado casi un mes desde que Dean volviera a usarlo como una tentativa ofrenda de paz y Sam aún no sabía qué sentir al respecto. Si su hermano esperaba recibir alguna respuesta de su parte estaba equivocado, pero pese a su silencio Sam nunca recibió reclamo. Una mañana, Dean se había acercado a la mesa con el collar alrededor del cuello fingiendo que nada fuera de lo normal sucedía. Por su parte, Sam había enmudecido al verlo, momentáneamente inmóvil antes de apartar la mirada y decidir que no le daría el placer de reaccionar. No reconocería lo que sucedía. Del mismo modo, Dean pretendió que nada había cambiado.
Y allí estaban: Sam con la mandíbula tensa, resistiendo el impulso que durante días había luchado por abrir la boca para obtener una explicación al respecto del collar, y Dean cantando con entusiasmo, como si todo estuviera bien en el mundo.
Fue porque estaba mirando a través de la ventana que captó el edificio colorido de luces brillantes al que se acercaban.
—No... —murmuró casi sin aliento; giró a ver a Dean pero este continuaba cantando con alegría—. Ni se te ocurra. No vas a... no voy a quedarme aquí.
—Claro que lo harás, Sammy —dijo Dean mientras estacionaban en la entrada de Chucky Penny Whistles.
La sola decoración de la puerta era suficiente para acelerar el corazón de Sam. Con la boca abierta en espanto vio a través de las puertas de vidrio a un hombre de traje colorido y peluca verde manzana corriendo en el interior. Los niños que se hallaban dentro reían y corrían también, pero eso se debía a que eran inocentes y esa inocencia los volvía ignorantes.
—Nuh, no-oh. No voy a quedarme aquí.
—Sam.
—¡No soy un niño, Dean! ¡Ya tengo quince años!
Y acababa de cumplirlos apenas una semana antes. Tal vez uno de los cumpleaños más despreciables de su vida: un padre que cuya promesa de "celebrarlo juntos" consistía en desearle un feliz cumpleaños antes de desaparecer vaya uno a saber dónde y un hermano que le había entregado unos cupones para la biblioteca con una sonrisa apenada junto con un tarta que a Sam no le gustaba y luego se había comportado como si aquello fuera lo más incómodo que hubiera hecho en la vida. Pero supuso que así sería a partir de entonces. Él mismo estaba reclamando su madurez, y quizá ser un adulto implicaba que los cumpleaños habían dejado de importar por completo. Lejos estaban los días donde Dean lo cargaría hasta la plaza más cercana o en los que Bobby se tomaría el tiempo para visitarle y dejarle leer los libros de monstruos que tenía escondidos en el armario.
—Vaya, muy convincente. Chillar como un niño de verdad demuestra que no eres uno.
Había una sonrisa ligera en los labios de Dean, y Sam tuvo que tensar la mandíbula para no continuar reclamando. Era evidente por el gesto de su hermano que él estaba disfrutando la situación, ¿y por qué no lo haría? Tratar a Sam como un bebé y verlo reaccionar ante ello siempre había sido un juego para él. Las ventajas de ser el mayor.
—Hablo en serio, no voy a quedarme aquí. No pienso bajar de este auto.
—Bien, entonces explícale tú a papá por qué no pude ir a conseguir dinero como me pidió —dijo Dean con simpleza, observando su reflejo en el retrovisor con el narcisismo de los "chicos malos" de las novelas que tanto le gustaban; luego miró a Sam de reojo y suspiró—. Mira, a mí tampoco me gusta, ¿pero qué quieres que haga?
—Llévame contigo.
—¡Ja! No. ¿Cómo se supone que voy a concentrarme si también tengo que estar pendiente de ti?
—Puedo cuidarme solo.
—Eso dices, pero no lo sabes. ¿Y si te metes en problemas? No son bares normales, hay pandillas ahí, podrían querer lastimarte, o secuestrarte, —Sam tuvo que resoplar ante esto—, solo porque te ven joven y lindo, pareces una presa fácil. O podría haber alguna criatura y, ¿qué hago si te elige como víctima y no puedo ayudarte porque estaba distraído apostando? ¿Y cómo podría ganar si no puedo dejar de preocuparme por ti?
Sam abrió la puerta antes de que su hermano terminara de decir todo eso. Prefería bajar, aceptar la derrota y maldecir a su familia el resto de la hora que continuar escuchando las excusas de Dean.
Una vez fuera del auto se inclinó para decir:
—La única razón por la que no me llevas contigo es porque esperas encontrar alguien con quien pasar la noche.
Cerró la puerta con fuerza. La satisfacción que sintió con su arrebato se vio arruinada cuando, al voltear, se encontró cara a cara con un payaso que le preguntó con voz aguda y animada si quería «entrar y pasar un buen rato». Sam retrocedió con una exclamación patética, asustado, y tras esquivar al hombre se alejó con paso rápido. No supo si Dean había visto su reacción o no (probablemente sí) ni tampoco quería averiguarlo. Solo imaginarlo riéndose de él fue suficiente para que las mejillas le ardieran con vergüenza.
—¡Volveré a las ocho! —avisó Dean desde el coche pero Sam lo ignoró.
Se quedó cerca de la entrada hasta que oyó el motor del Impala alejarse. Giró a ver, queriendo cerciorarse de que Dean en verdad se había ido, como si de algún modo lo hubiera imaginado todo y en realidad su hermano fuera a quedarse allí con él, arrepentido de siquiera haber pensado en dejarle atrás, pero no. Estaba solo.
La noción era arrolladora.
Estaba solo, como siempre que lo dejaban en ese lugar. Desde que Dean cumplió quince y tuvo que comenzar a ayudar a John en las cosas de "adultos" y no pudo hacerse cargo de Sam por uno u otro motivo. Entonces terminaba ahí. En Chucky Penny Whistles. Un lugar que pese a las risas de los niños, la música alegre, los colores divertidos y la felicidad que causaba en los más pequeños, representaba para Sam la parte más horrible y triste del mundo. Porque así eran todos sus recuerdos de ese lugar: Dean dejándolo atrás.
Y lo peor era que debería detestar a su hermano por hacerle eso, o detestar ese lugar por existir, pero no, su mente había decidido volcar cada terrible sentimiento que la experiencia le causaba en un estúpido, ridículo y paralizante temor hacia los...
—¿Por qué la cara larga, amiguito? ¡Hay que sonreír! —dijo el payaso otra vez a su lado.
El corazón por poco se le desbocó. Qué humillante, poder enfrentar de lleno a un hombre lobo pero sentir que su instinto de huida se disparaba con solo ver un rostro maquillado, sonriente, colorido. La risa era lo peor. Sus piernas, que habían comenzado a temblar, se movieron ni bien oír la estridente carcajada falsa del sujeto antes de que Sam pudiera razonar lo que hacía. Salió corriendo. Estaba sudando, y no solo por el ejercicio, cuando finalmente se detuvo. Miró hacia atrás como si por algún ilógico motivo el hombre fuera a perseguirlo y suspiró aliviado cuando no lo vio.
Pasó la tarde merodeando la zona, explorando espacios cerca de Chucky Penny Whistles que nunca antes había explorado porque nunca antes se había alejado del edificio. Pero antes era un niño y ahora era un adolescente, lo que en su cabeza lo convertía en casi un adulto.
No descubrió nada interesante y lo único que ganó esa tarde fue un par de insultos cuando el galpón abandonado que había a dos cuadras de allí resultó ser el hogar de un grupo de vagabundos. Fue aburrido y todo lo que quería era llegar al motel y bañarse de una buena vez. Ni bien su reloj de pulsera estuvo cerca de dar la hora pactada (o, más bien, la establecida por su hermano) Sam regresó a Chucky Penny Whistles agradeciendo a los cielos que a esa hora el payaso que debía atraer a los transeúntes no estuviese allí. No había muchas familiar que atraer cuando el sol se ocultaba.
Con una mezcla de alivio y renovado enojo vio el Imapla acercarse. Subió mas no dijo nada. Se limitó a lanzar una mirada a Dean para comprobar si acaso su camisa estaba desalineada, si su cabello estaba despeinado, si había labial en su boca o marcas en su cuello. Su hermano lucía igual a como se había marchado, sino es que un poco más cansado.
—¿Te divertiste? —preguntó Dean, socarrón.
Sam no respondió porque sabía que comenzaría a ventilar su frustración si abría la boca, y estaba más que claro que no era con Dean con quien debía hablar.
Ya no podía seguir así, y eso fue lo que le dijo a John en cuanto los tres se sentaron a la mesa para cenar en ese falso intento de normalidad que acostumbraban a realizar algunas noches, como si fueran otra familia corriente, rota pero unida: un padre ordinario que se esforzaba por criar bien a sus dos muchachos. Sam estaba decidido a mantenerse firme y no dejarse vencer, pero John continuó comiendo con calma como si no lo hubiera escuchado. Luego levantó la mirada con aburrimiento, sin interés, como si aquello fuera una ocurrencia de todas las noches y no le impactara en absoluto. Como si Sam dijera eso tantas veces que John ya no iba a dignarse a reaccionar. Aquello le molestó. Apretó el cubierto con fuerza y continuó.
—A mi edad ya dejabas a Dean apostar y ayudar a otros cazadores.
—¿Quieres ser un cazador o quieres ser un chico normal? Decídete, hijo, no puedes ser ambos —respondió John son simpleza.
Eso le cerró la boca a Sam, que sintió sus mejillas arder por segunda vez esa noche, solo que en esta ocasión también había enojo en la mezcla de sentimientos.
—De acuerdo —dijo John al rato—. Quieres empezar a hacerlo por tu cuenta, bien.
—Papá... —murmuró Dean, pero el hombre lo ignoró.
—Está bien —repitió—, ya es hora de que actúes como hombre. —Aquello último era completamente innecesario pero si Sam comenzaba a discutir con él, John cambiaría de parecer. Sin duda, trataba de provocarlo y Sam no pensaba caer en la trampa—. Tenemos un caso en Nebraska, todos los cadáveres presentan las mismas características: el pecho destrozado y sin corazón. El problema es que desconozco de qué pueda tratarse.
—¿Y quieres que ayude a cazarlo? —preguntó Sam interesado.
Pensar que una criatura dependía de nada más que corazones humanos para vivir era fascinante. En esos escasos segundos su mente formuló varias situaciones que podrían desencadenarse: él solo descubriendo y eliminando a esa criatura, su padre dejándolo con un grupo de cazadores profesionales, o incluso dejándolo con Rufus para que se las apañase como pudiera. Imaginó las cosas que solía pensar que Dean hacía cuando John lo mandaba en casos por su cuenta, solo que en lugar de ser Dean el protagonista, esta vez era él quien se llevaba toda la gloria. Una sonrisa asomó a sus labios al mismo tiempo que el entrecejo de Dean se fruncía.
—Sí. Saldremos mañana. Te dejaré en la biblioteca de Lincoln para que busques información al respecto, mientras, tu hermano y yo iremos a recoger a Bobby.
El gesto de Sam cayó y el de Dean se relajó.
—¿Eso es todo? Pensé que...
—Eso es de lo que dependemos para poder eliminar a esta cosa.
—Pero dijiste... A mi edad Dean...
—A tu edad, tu hermano se callaba la boca y hacía lo que le ordenaba —bramó John, claramente cansado de escuchar sus quejas.
Sam apretó la mandíbula mirándole con enojo. Su expresión era algo que ya no podía controlar a la hora de mostrarle al padre lo mucho que sus decisiones le fastidiaban; John a veces reaccionaba ante esto, particularmente en esos días donde el malhumor y la cerveza no hacían una buena combinación sobre su persona, pero otras veces, como aquella ocasión, el hombre se limitaba a devolverle un gesto similar o peor —en el cual podía notarse lo parecidos que ambos eran— y luego procedía a ignorarlo.
Al cabo de unos minutos John dejó los cubiertos con un suspiro.
—No te entiendo, hijo —comentó mientras se ponía de pie con pesadez—. Vendré a llamarlos a las siete en punto. Estén preparados.
—Sí, señor —respondió Dean con un asentimiento de cabeza.
Sam no dijo nada pero los otros dos ya estaban acostumbrados a su actitud, por lo cual no le reclamaron. En cuanto John cerró la puerta tras de sí, Sam dejó el cubierto con fuerza y se recostó contra el respaldo de la silla, exasperado.
—Ya cálmate, Sammy —dijo Dean recogiendo los platos y llevándolos hacia la cocinilla.
—No me molestes. Yo... ugh, no es justo.
—Deja de quejarte, pareces un bebé —insistió Dean regresando para recoger los vasos. Levantó una mano en ademán de acariciar el cabello de Sam pero la apartó en el último segundo, pretendiendo que iba a rascarse la nuca—. No sabes la suerte que tienes.
—Sí, seguro, me siento tan afortunado —respondió con sarcasmo.
Dean suspiró como si él también estuviera cansado de escucharle.
—Mejor vete a dormir, Sam.
—No me trates como a un niño.
Pese a sus palabras se puso en pie y se dirigió a las camas dejando que Dean se encargara de ordenar la mesa. Se detuvo junto a la que le correspondía para desabotonar su camisa. Iba por los últimos botones cuando notó que Dean permanecía inmóvil en la cocina, de espaldas a él. No estaba lavando los platos ni haciendo nada con las manos, simplemente permanecía allí de pie sin voltear. Sam lo observó con el entrecejo fruncido, tratando de comprender lo que le sucedía. No estaba encorvado como si algo le doliera, de hecho: tenía los hombros tensos y las manos aferradas a la mesada. Volvió la vista a su camisa y cuando movió las manos hacia el último botón, por algún motivo, sintió vergüenza de toda la escena y decidió girar para terminar de vestirse de espaldas a la cocina. De espaldas a Dean. No había un motivo lógico, no existía una explicación razonable, pero de pronto le avergonzaba cambiarse cerca de su propio hermano.
Maldita sea.
Encendió la luz de la mesita y sacó uno de los libros que había comprado con descuento gracias a los cupones que Dean le había regalado. Recostado, leyó un largo rato aunque no podía concentrarse realmente en las palabras. Había releído la misma línea cuatro veces cuando Dean por fin se acercó a la cama que le correspondía. Por el rabillo del ojo captó el movimiento de las manos de su hermano cuando aferraron la tela de la camiseta, y sin poderse controlar sus ojos se posaron en el cuerpo de Dean antes de que pudiera comprender lo que hacía; los apartó con prisa cuando los abdominales de Dean estuvieron a la vista. Centró la mirada en el libro con el entrecejo fruncido, negándose a reconocer que debía relamerse los labios porque de pronto sentía la boca seca.
Se removió intentando deshacerse de esa sensación desconocida que le invadía el cuerpo.
Una vez más captó el movimiento de Dean, esta vez hacia los pantalones, pero se rehusó a mirar. No quería mirar. Para nada.
—Ah, qué placer —suspiró Dean una vez que se acostó.
Ahora que su cuerpo estaba parcialmente oculto por la tela de la sábana, Sam se permitió lanzarle una mirada breve sin atreverse a verle a los ojos por temor a que Dean de algún modo pudiera captarlo.
¿Captar qué?, se preguntó con enojo. No había nada que ocultar, no había nada que ver ahí. Ya basta.
—Ey, nerd, quiero dormir. Apaga la luz —gruñó Dean colocándose boca abajo, su posición favorita.
—¿Eh? Ah, sí. Ya va... —balbuceó.
Dejó el libro sobre la mesita sin importarle la página en la que había quedado y apagó la luz. Estuvo inmóvil por largos minutos contemplando la oscuridad sin pestañear. Si cerraba los ojos retazos de piel bronceada se escabullían hasta el frente de su mente.
No estaba pensando en eso. No iba a pensar en eso.
::::
Entonces apareció Amy.
Sam hizo todo lo que pudo por encontrar información al respecto de lo que merodeaba la zona arrancando corazones con la facilidad con la que se arranca un cabello, pero había algo en Amy que simplemente se robó toda su atención. O tal vez no fuera la chica en sí, sino la idea de la chica. La idea que susurraba en su cabeza con la voz de Dean y la voz de Stacy y las voces de cientos de desconocidos en la televisión que repetían lo mismo: hay que disfrutar la vida, hay que divertirse. Hubo una lucha en su interior. Quería arriesgarse, probar, experimentar, pero también quería esperar, reservarse hasta el momento indicado.
Entonces Amy lo miró y Sam reconoció en sus ojos la misma curiosidad y el mismo deseo insólito de la adolescencia que él estaba padeciendo. Y cuando volvió a pensar en el cuerpo que se desvestía, en abdominales, piel bronceada y en labios carnosos que sonreían coquetos, supo que debía hacerlo. Se obligó a hacerlo. De todos modos, el deseo ya estaba ahí, por débil que fuese.
Tal vez no fuera eso a lo que se refería cuando por teléfono le dijo a Dean: «¿Ya puedo tener una vida normal por unos minutos?», pero supuso que aquello era lo más normal que podría tener en ese mundo.
—Oye, —Dudó un momento antes de proseguir. Habría un tiempo en donde hablar con Dean de aquellas cosas no representaría inconveniente alguno, pero luego de los baches que habían estropeado su relación charlar de eso no se sentía correcto en absoluto—, ¿cómo se habla con las chicas?
—¿Qué? Solo les hablas, genio, son personas como nosotros —respondió Dean distraído.
Sam no tenía idea qué hacía del otro lado, ni cómo estaba John utilizando la información sobre kitsunes que Sam acababa de encontrar en un viejo tomo de mitología japonesa, pero se armó de valor para seguir adelante y lograr que lo ayudara.
—No, genio, me refiero a... ¿cómo les hablas y les gustas? —Se mordió el labio tras decir aquello, como si hubiera dicho algo malo y ahora esperara ser juzgado.
Hubo un momento de silencio al otro lado de la línea, y cuando Dean volvió a hablar pareció estar sin aliento.
—Espera, ¿qué?
—Ugh, ¡no es tan complicado, Dean!
—No, pero... es que... ¿Qué pasó con todo eso de esperar a...? —La voz se le quebró al final—. A ya sabes.
Sam sintió las mejillas calientes y se encogió en el lugar intentando ser lo menos llamativo posible, incluso a pesar de que se hallaba en un pasillo silencioso y vacío de la biblioteca, oculto entre hileras de estantes con libros.
—No sé, tú dijiste... ¡solo ayúdame, quieres!
—Es... —Se aclaró la garganta—. Vaya, Sammy, te tomaste esto de ser un hombre muy en serio, ¿eh? Solo... solo las saludas y les hablas con normalidad, no seas raro. Solo... —Realizó una pausa—. Escucha, tengo que colgar. Debo seguir ayudando a papá.
—Pero...
—Solo... —repitió y volvió a guardar silencio; a los pocos segundos soltó un sonido ahogado—. Tengo que irme, pero no hagas nada estúpido, Sam.
—Mira quién lo dice —respondió, pero Dean ya había colgado.
Vaya ayuda, pensó guardando el teléfono. Inspiró hondo y soltó el aire intentando calmar sus nervios. Avanzó hacia donde Amy estaba sentada repitiendo en su cabeza el patético consejo que Dean le había dado: háblale con normalidad, háblale con normalidad, no seas raro, no seas raro. No había contado con que Amy no iba a querer siquiera hablarle, a pesar de que Sam estaba seguro de que la chica compartía el sentimiento que lo embargaba, pero tampoco había contado con que iba a tener que salvarla de unos idiotas. Idiotas gracias a los cuales la chica había ablandado su corazón.
En retrospectiva, él también había sido un idiota al aceptar ir a la casa de un extraño solo porque lucía frágil y dulce —y porque despertaba en él una curiosidad que hasta entonces había apuntado en la dirección incorrecta— pero en la vida había que cometer errores para aprender.
Una vez ahí, en la casa de una completa desconocida, compartiendo fragmentos de su vida y descubriendo lo mucho que tenían en común, la duda comenzó a asomar su horrible cabeza. Ya no estaba tan seguro de querer hacerlo, incluso si ahora estaba convencido de que Amy también lo deseaba. De pronto pensó en una persona imaginaria, sin rostro, que algún día querría entregarse completamente a él solo para descubrir que él no tenía todo para darle porque ya había esparcido trozos de sí a personas que no eran las correctas.
—Sam, eres raro. Todas las personas geniales son raras —dijo Amy.
Fueron esas palabras las que terminaron de convencerlo. Esas palabras que por primera vez le hacían sentir bien consigo mismo, como si en realidad no hubiera nada malo en quien era él ni en el modo en que vivía. Así que ignoró el hecho de que la chica no tenía idea de lo demencial que su vida era en realidad y se impulsó hacia delante al mismo tiempo que ella. El corazón le latía más fuerte que nunca y había una expectativa electrizante moviéndose a lo largo de su cuerpo.
Al fin sabría lo que era un beso. Al fin sabría cómo se sentía, incluso si no se trataba del beso milagroso que solo las almas gemelas parecían capaces de otorgar, como siempre había oído decir. Lejos estaban sus promesas de aguardar por el indicado o la indicada, solo en ese momento comprendió que eran palabras huecas que habían dejado de importar en el momento en que Dean se hubo unido al movimiento libertino de su generación. Sam había perdido esa batalla antes de que siquiera comenzara; aunque no le gustara reconocerlo, aún era el niño que imitaba cada paso de Dean, ansiando algún día ser tocado por esa gracia divina que el mayor parecía poseer.
En esos infinitos segundos que sus labios tardaron en encontrarse con los de Amy, Sam tuvo esa revelación.
Nada importaba.
Así que, rehusándose a reconocer la influencia de su hermano que le pesaba sobre los hombros, tuvo su primer beso. Fue un acto nulo, vacío, pero al mismo tiempo Sam pudo sentir el encanto. No había nada más que el roce de la piel y la sensación en su cuerpo de que algo andaba mal, que eso no era lo que buscaba, y aun así, también era entretenido. Sam podía imaginarse haciéndolo otra vez. Seguramente sería una de esas cosas a las que había que adquirirles el gusto con la repetición, y el hecho de estar compartiendo un acto tan íntimo con otra persona bastaba para llenar los huecos de la situación.
Que Amy resultara ser una criatura sobrenatural, pues... Sam no sabía cómo sentirse al respecto.
Desilusionado, tal vez. Defraudado. No por ella, o puede que sí, pero más que nada porque el momento que siempre recordaría, su primer beso, en el que por una fracción de minuto se había creído normal, resultaba ser otra de las decepciones de esa vida maldita.
Su primer beso había sido con el kitsune que estaban cazando.
Dios debía ser cruel, pensó. Lo ilusionaba solo para reírse cuando Sam volvía a caer. Apartó con prisa esos pensamientos detestables —Dios no podía ser cruel, porque era bueno, ese era solo el castigo de Sam por no haber esperado, por creer que podía ser como Dean y no sufrir las consecuencias— y enfocó todo su enojo, fruto de la decepción, en Amy. Su familia estaba buscando a esos kitsunes, y él iba a demostrarle a John que podía ser tan buen cazador como su hermano y como cualquier otro.
Entonces Amy dijo lo segundo más impactante del día, teniendo en cuenta la situación en la que se encontraban.
—Eres un cazador... así que, ¿se supone que debes matarme? ¿Y yo a ti? Nunca maté a nadie, y no quiero lastimarte. ¿Tú quieres lastimarme?
Sam recordaba algo similar, con otra voz, en boca de otra persona. Alguien a quien por un minúsculo momento de su vida había admirado. En una feria. Cuando se sentía tan perdido y traicionado que no había tenido mejor idea que alejarse de la causa de su dolor.
«Solo porque algo no sea humano no significa que sea malo.»
Bajó el cuchillo.
Sabía que la muchacha decía la verdad. Ella había enfrentado a su propia madre para protegerlo. Y quizá... quizá había otras criaturas que sintieran rechazo ante la idea de matar, que prefirieran luchar contra sus instintos y necesidades antes que lastimar a otros.
Se fue de allí, dejando a Amy a su suerte.
Dos revelaciones y su primer beso con el monstruo que debía matar. Dios debía estar disfrutando todo aquello.
::::
—Hiciste un buen trabajo —dijo John al cabo de un rato, buscando la mirada de Sam en el retrovisor. Él mantuvo la vista en la ventana observando las casas, coches y árboles que dejaban atrás con velocidad—, eres bueno con la información, Sam. ¿Qué dices si te dejo en lo de Bobby unos días? Dios sabe que ese hombre necesita ayuda con los libros en esa casa.
—No, gracias.
—¿Hm? Te servirá. —Sam no respondió por lo que John continuó, esta vez más ceñudo—. De acuerdo, si tanto quieres, puedo organizar con Jim una cacería básica, así podrás comenzar...
—No pienso volver a cazar nunca —interrumpió con tono áspero.
John hizo una pausa. El ambiente dentro del Impala pareció dar un giro, de pronto más frío y pesado. Dean lanzó una mirada a su padre antes de girar a mirar a Sam con una mezcla de emociones desconcertante. De cualquier forma, guardó silencio y el siguiente en hablar fue John; todo rastro apacible había desaparecido de su actitud.
—Decídete de una vez, hijo.
Podría ignorarlo, pero había algo en el tono de voz de su padre, en esas simples palabras, que lo sacó de quicio. O tal vez eran los sucesos del día que afloraban para estallar.
—Oh, me decidí, no te preocupes. Estoy más que decidido. En cuanto cumpla dieciocho te juro que saldré en busca de mi alma gemela y nunca regresaré.
—¿Ah, sí?
—¡Sí!
John no dijo nada más. Sam aguardó, a la defensiva, y la falta de respuesta lo dejó insatisfecho, carente de conclusión para sus emociones. Estaba listo para descargar su furia y la fuente en la cual volcarla había interrumpido el proceso. Por instinto miró la nuca de Dean, aunque ya había aprendido que no podía esperar su apoyo en esas situaciones. Su hermano se mantuvo al margen de la discusión.
Sam dejó escapar un bufido y volvió a hacerse para atrás, apoyándose contra el respaldo con fuerza. Miró por la ventana y dejó su mente vagar. Imaginó a su alma gemela, imaginó que esta vez mantenía su palabra e iba a buscarla.
La imaginó similar a Amy.
Una mirada dulce, aspecto frágil, pero con un secreto oscuro, igual que él. Imaginó que sería fuerte, que también lo estaría buscando. Imaginó que tendrían muchas cosas en común, e incluso se permitió fantasear con que ambos serían cazadores. Ambos estaban buscando escapar de esa vida. Pero no serían iguales. Serían perfectos juntos porque se complementarían. A su alma gemela le gustaría la música a todo volumen y preferiría el rock porque necesitaba el ruido que este producía, también preferiría comida grasosa y no sentiría pena de su falta de modales en la mesa; además, preferiría los colores oscuros y sería muy gracioso, porque Sam rara vez podía hacer reír a los demás y necesitaba alguien a su lado que sacara sonrisas a la gente. Imaginó que sería alto, lo suficiente como para que Sam no tuviera que encorvarse si quería robarle un beso. Y que sus músculos estarían trabajados, y su piel besada por el sol, y que tendría una boca carnosa capaz de dibujar una sonrisa juguetona, terriblemente coqueta...
Lo imaginó idéntico a Dean.
Cerró los ojos con fuerza y se llevó una mano al rostro, diciéndose que estaba pasando por una etapa extraña y que la culpa la tenía John por el modo en que los crió, siempre juntos sin un lazo normal que los uniera al resto del mundo. Pronto pasaría. Iba a superarlo y algún día recordaría aquellos pensamientos con vergüenza y espanto pero podría seguir adelante pretendiendo que nunca existieron.
