(Minnesota, Blue Earth, 1998)
Sam se colgó el bolso al hombro para cargarlo con mayor facilidad.
Observó la casa sintiendo el despertar de emociones conflictivas. La última vez que estuvo allí fue porque una Shtriga en Wisconsin creyó que la energía de Sam a los nueve años sería un delicioso aperitivo para aquella noche y Dean no había dejado de culparse a sí mismo durante dos meses seguidos —Sam no estaba seguro de que alguna vez hubiera dejado de culparse—. En ese entonces John les había dejado allí para que se recuperaran, estuvieran a salvo y adquirieran conocimientos sobre las criaturas de la noche. Ahora, con quince años, John les había dejado allí porque creía que necesitaban reforzar su fe mientras él iba en busca de un metamorfo que asechaba la región de Faribault.
—De nuevo, ¿por qué estamos aquí? —farfulló en voz baja cuando Dean pasó por su lado.
—Ya relájate, gruñón. ¿No estás contento de ver al pastor Jim?
Claro que le alegraba ver a Jim; a diferencia de Bobby, John, y muchos otros cazadores que conocían, Jim era el único que nunca mostraba favoritismo por Sam o Dean. Siempre trataba a ambos igual y Sam apreciaba eso porque era raro encontrar gente que no sucumbiera ante el encanto natural de su hermano. Pero en esos momentos él cargaba el peso de los malos días, el fastidio que John le causaba y pensamientos demasiado confusos que lo dejaban más irritable de lo normal como para querer estar allí, en especial cuando sabía que todo aquello era un castigo por parte de John en vez de una visita amistosa o necesaria.
—John. —Fue la bienvenida del hombre cuando asomó por la puerta para recibir a su amigo. John le dio un apretón de manos y luego el pastor se dirigió a los menores; abrazó a Dean, que estaba más cerca, y por último a Sam—. Dean, Sam. Cuánto han crecido.
Los guio dentro en donde los esperaban bebidas calientes. La casa no había cambiado en absoluto: los mismos muebles, los mismos adornos religiosos, los mismos colores. Lo único que había cambiado era la cantidad de fotografías que decoraban la pared de la sala: más fotos con grupos de diversas edades sonriendo a la cámara se habían sumado con el paso de los años.
—Me llamaste en un buen momento, la casa estará vacía hasta octubre —comentó el pastor Jim.
—Ah, cierto. ¿Cómo va eso?
—Afortunadamente cada año más jóvenes buscan encontrar el camino hacia Dios. Me alegra estar aquí para ayudarlos.
Mientras los hombres conversaban, Sam y Dean se dirigieron a la habitación que siempre utilizaban durante sus estadías en casa de Jim: un cuarto grande, con tres literas y dos armarios. Ni bien abrió la puerta, Dean lanzó su bolso sobre la cama superior de la litera más cercana a la puerta y, silbando, se sentó en la inferior para quitarse las zapatillas. En silencio, Sam se dispuso a ocupar la cama inferior de la litera opuesta, vaciando su bolso y guardando su ropa en uno de los armarios. Sus escasas prendas apenas ocupaban parte del mueble diseñado para varias personas.
—¿Qué crees que nos haga hacer? —preguntó Sam cuando terminó, notando que Dean seguía allí, mirándole.
—Lo mismo de siempre: limpiar la casa, ayudar en la iglesia, darnos libros para leer... todo eso.
—Ah.
Sam avanzó hacia la puerta y Dean se levantó al instante, siguiéndole por el pasillo. Giró a verle con una mueca de extrañeza, pero su hermano actuó como si aquello fuera lo más normal del mundo. Y lo era, estar así juntos, o al menos así era como se sentía, pero Sam parecía ser el único que recordaba el modo en que Dean lo había tratado en un momento y aún no sabía si estaba listo para olvidarlo o si debería continuar aferrado al rencor del recuerdo.
Su hermano definitivamente lo había olvidado, porque al llegar a la cocina y pasar por su lado le empujó con el codo a modo de juego. John lo notó y miró a Sam con un gesto que parecía decir: «compórtense», a lo que él respondió con su mejor expresión de «es culpa de Dean». Jim dejó una taza de chocolatada caliente sobre la mesa para cada uno y continuó hablando.
—¿Qué harás entonces?
—Saldré ahora, buscaré pistas y veré si puedo seguirle el rastro.
—¿Ya? ¿No quieres descansar antes?
John, fiel a su carácter obstinado, negó con la cabeza pese a que lucía tan cansado como cualquier hombre que vivía luchando contra demonios —literalmente—. Terminó su bebida de un trago y se puso en pie.
—Estoy bien. Regreso en la madrugada. —A sus hijos, dijo—: Más vale que se comporten.
—Sí, señor.
—¿Puedo tomar prestado uno de tus coches? —preguntó a Jim.
—Seguro.
John sacó la llave del Impala y se la lanzó a Dean, que la atrapó con sorpresa.
—Solo tienes permitido usarlo para emergencias o cuando Jim lo crea necesario, ¿entiendes?
Dean asintió con torpeza a causa de la emoción.
John tomó una de las llaves que colgaban junto a la puerta y se dispuso a marcharse. Jim se levantó para acompañarlo a la puerta pero John lo detuvo con un movimiento de mano. Inspiraba respeto en sus colegas, y el pastor obedeció sin insistir. Volvió a sentarse una vez que se oyó la puerta de la entrada cerrarse. Los tres permanecieron en silencio mientras unos de los coches de Jim se alejaba en el exterior.
—Entonces... su padre me dijo que han estado dudando sobre el valor de las almas gemelas —comenzó el hombre.
Sam dudaba que esas fueran las palabras de John, pero no lo discutió.
—Yo no, Dean es el problema. —Se apresuró a señalar.
—¡Ey!
—Es la verdad, y lo sabes.
—Tú estuviste preguntando por las chicas, no te hagas el inocente.
Las mejillas de Sam ardieron al recordar eso y, subsecuentemente, los pensamientos que su primer beso le había despertado.
—¡Cierra la boca!
El pastor suspiró mientras bebía de su té, logrando que ambos jóvenes guardaran silencio, Sam particularmente avergonzado. Esperaron a que dijera algo pero el hombre continuó bebiendo con calma; luego se puso en pie para dejar la taza en el fregadero.
—¿No vas a sermonearnos? —preguntó Dean.
—¿Ahora? ¿De qué serviría? Están cansados, fue un largo viaje hasta Minnesota y sé que su padre puede ser bastante descuidado con los hábitos a los que los arrastra. Por hoy creo que deberían darse un baño e ir a dormir. Habrá tiempo para sermones más adelante.
Sam no supo cómo sentirse respecto a lo último, pero reconocía que tenía razón.
Como siempre, bañarse le alivió por completo, relajando su cuerpo y despertándole una sensación de bienestar, además de que sentirse limpio no fallaba en ponerle de buen humor. Entró en la habitación donde Dean, que se había bañado primero, ya se encontraba acostado con un walkman sobre el abdomen y los auriculares cubriendo sus oídos. Sam se colocó el pijama sintiéndose observado, pero cada vez que volteaba a ver Dean tenía los ojos cerrados.
—Oye —llamó su atención dándole un toque en el hombro. Dean abrió los ojos, sobresaltado—, ya terminé, voy a apagar.
Aguardó a que Dean dejara el aparato sobre la mesada donde una cruz reposaba y apagó las luces. En la oscuridad avanzó hacia la cama que había elegido, la inferior de la litera del fondo, y se cubrió con las sábanas mas no concibió el sueño. Observó la silueta oscura de la cama superior a la espera de caer dormido, pero no se sentía capaz de cerrar los ojos.
—¿Dean?
—¿Hm?
—¿Cuánto tiempo crees que estaremos aquí?
—No lo sé. Supongo que hasta que papá cace a ese monstruo o hasta que esté convencido de que creemos en Dios y en la santidad de las marcas.
Sam frunció el entrecejo.
—Pero sí creemos en Dios.
Hubo una pausa pesada y lamentó que la oscuridad no le permitiera ver a Dean.
—Dios no existe, Sam.
—¿Cómo puedes decir eso?
Oyó el sonido del colchón y las sábanas cuando su hermano se removió al otro lado de la habitación.
—Quiero dormir. Buenas noches.
Sam dejó escapar un suspiro fuerte, pero fue ignorado. Con fastidio, él también se removió en la cama y cerró los ojos deseando dormir. Cuando volvió a abrirlos la figura de John se hallaba de pie junto a la litera disponible, desvistiéndose para poder dormir; los ojos de Sam estaban pesados y nublados por el sueño y el ambiente en general demostraba que la noche había dado paso a la madrugada. Se dio la vuelta, cerró los ojos otra vez y se durmió al instante.
Cuando despertó, John se había ido y la cama desordenada era la única prueba de que estuvo allí. Ninguno dijo nada y salieron en busca de Jim para iniciar el nuevo día.
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—Buen trabajo, Sam —dijo Jim.
Sam dejó la vela en su lugar, sonrió al hombre y continuó con la siguiente. En la punta de la nave central Dean trapeaba el suelo moviendo el cuerpo al ritmo de la música que escuchaba; Jim avanzó hacia él y lo tomó desprevenido al apartar con una mano el auricular.
—Sin música en la iglesia.
Con esas simples palabras siguió de largo, sabiendo que Dean obedecería. Sam sonrió ante esto, a gusto con el trato igualitario que Jim tenía para con ambos (otros dejarían que su hermano disfrutara de la música solo porque era él, pero no Jim); Dean notó su gesto y enseñó la lengua de forma juguetona. En respuesta, Sam levantó el dedo del medio cuando estuvo seguro que el pastor no lo veía.
Su hermano realizó un gesto de falsa alarma, llevando una mano al pecho con fingida indignación.
—¿¡En la casa de Dios, Sammy!?
Su voz retumbó por las paredes de la construcción y Jim se asomó para silenciarle con un severo: «shh» que sacó una risa de los labios de Sam. Llevó una mano a la boca para retenerla antes de que él también se ganara la atención del pastor. Dean le sonrió radiante, como si de algún modo verlo reír le hubiera alegrado el día. Sam se apresuró en borrar el gesto, un firme recordatorio tanto para él como para Dean de que aún estaba enojado, o de que al menos iba a mantener la fachada de que seguía enojado. Dean se frotó la nuca y regresó a la labor pero una expresión pensativa permaneció en su rostro el resto de la mañana.
Al mediodía cocinaron juntos, porque Jim decía que las tareas domésticas fortalecían los vínculos, y almorzaron en la pequeña mesita que el hombre tenía en la sala.
—Señor, agradecemos este alimento así como la salud que nos has otorgado. Gracias por todos los obsequios que nos das, y la oportunidad de compartir con nuestros seres queridos. —El pastor Jim terminó su oración y con eso dio pie a que pudieran comenzar a comer.
Sam no estaba seguro, pues sus ojos habían estado cerrados, pero tenía la impresión de que su hermano no había prestado las gracias con ellos. Por su gesto, se atrevería a decir que encontraba la acción ridícula o innecesaria.
«Dios no existe, Sam».
Solo recordar esas palabras le causó un escalofrío. Pinchó las verduras con el entrecejo fruncido, pensando que su hermano era un idiota. ¿Y desde cuándo había negado a Dios? ¿Cuándo había comenzado a cambiar tanto y por qué Sam no lo había notado? No tenía sentido.
Jim continuó explicándoles lo que tenía planeado para ellos el resto del día: lectura, entrenamiento, más quehaceres y la cena. Luego: acostarse temprano. Puesto en palabras era poco, pero el día se acabaría más rápido de lo que creían mientras hacían todas esas cosas.
Al terminar de comer lavaron los platos —Sam se adjudicó la tarea de secarlos y guardarlos porque detestaba lo que el detergente le hacía a sus manos, además, estaba acostumbrado a que Dean se encargara de esas tareas— y luego de eso Jim los acompañó a la biblioteca. Entregó tres libros a cada uno. A Sam le dio uno sobre leyendas, la anatomía de los Wendigos y uno de autoayuda titulado: "Jesús es mi camino"; a Dean le dio uno sobre armas, el origen de los vampiros y la Biblia. Su hermano elaboró una mueca al ver el último, mas no objetó.
—Quiero que los terminen antes del próximo fin de semana. Ahora tengo que ir a la escuela pero regresaré antes de las cuatro para la práctica de tiro.
Se abrigó y abandonó la casa. Sam ocupó el sillón mecedor listo para comenzar. Primero leyó el de autoayuda pero no logró pasar del segundo capítulo, porque si bien confiaba en la protección de los ángeles y en la bondad de Dios, no era un tema que a él le interesase ni que requiriera en esos momentos. Terminó de leer el pasaje: «... establecido que la presencia del alma gemela curará todo daño emocional; el amor puro es todo lo que el alma humana necesita para sanar, por eso cuando encuentres a tu persona destinada...», y luego volteó el libro para leer la contratapa. La temática del mismo se centraba en las almas gemelas.
Sam sopesó esta información recordando las palabras que Jim les había dedicado la noche anterior. Entonces, esa lectura era una forma de insertar la idea en sus mentes antes de que Jim iniciara sus sermones. O tal vez toda la semana sería así: insinuaciones que entrarían en sus cabezas de forma imperceptible, recordándoles una y otra vez lo importante que era respetar la marca que Dios les había regalado. Bueno, Sam había descubierto la idea de Jim y eso ahora no funcionaría en él pero no estaba seguro de que Dean fuera a notarlo.
Lo miró por encima del libro.
Dean se hallaba tendido en el sillón, con un pie sobre el apoyabrazos y el otro en el suelo. Ojeaba el libro de armas con poco interés. Era entendible, habían visto esas cosas muchas veces, no era nada nuevo. De pronto los ojos verdes se posaron en Sam, que tuvo que pretender con prisa que no lo había estado mirando. Dejó el libro de autoayuda a un lado y tomó el de las leyendas. Posiblemente las conociera todas, pero era un tema fascinante que volvería a disfrutar.
—Oye —llamó Dean—, tenemos toda la semana para leer esto. ¿Qué dices si hacemos otra cosa mientras esperamos a Jim?
—No, gracias.
—¿Seguro? Creo que te hace falta —bromeó—. Te estás poniendo pálido por la falta de sol.
—Basta, Dean.
—Vamos, salgamos un rato.
—Dije que no —repitió Sam con fuerza.
Hubo un minuto de silencio en el que se rehusó a mirar a su hermano a la cara.
—¿Qué diablos sucede contigo? —dijo Dean con tono exasperado.
Aquello fue demasiado. Bajó el libro y lo miró directo a los ojos con rencor.
—¿Conmigo? Oh, claro, porque tú puedes ignorarme durante semanas y tratarme como mierda porque sí, ¿y luego se supone que pretenda que todo está bien? No me importa que ahora te sientas mejor o si lo que tenías en el culo finalmente se fue, ¡no cambia nada!
Sintiendo una mezcla de justificado enojo y vergüenza por haber traído de regreso un tema que sin lugar a dudas había sido olvidado por los demás, se puso en pie y se dirigió a la salida. Dean lo llamó mientras se alejaba pero lo ignoró. Salió de la casa con un portazo y avanzó hacia la plaza que separaba la casa de Jim de la iglesia. Llegó hasta el centro y buscó un espacio donde sentarse; se dejó caer con la reparación pesada y abrió el libro mas no pudo concentrarse en lo que estaba escrito. De vez en cuanto lanzó miradas a la propiedad de Jim, esperando ver a Dean yendo en su busca. No supo si sentirse aliviado o decepcionado cuando eso nunca sucedió.
Al cabo de un rato el enojo se disipó.
Ya tranquilo, encontró la calma suficiente para leer. Alternó la vista entre eso y observar a los transeúntes; a veces veía grupos de chicos que avanzaban por la senda peatonal hablando con tanta fuerza que él podía oír con claridad las cosas que decían. Cerró los ojos imaginando que él también formaba parte de esos momentos, teniendo una pizca de normalidad por lo menos en sus fantasías. A la gente que veía pasar sola simplemente las seguía con la mirada, intentando descifrar quienes eran a partir de sus movimientos y el modo en que caminaban. Les inventó historias, solo porque podía.
Cuando distinguió la figura de Jim calle abajo se puso en pie con prisa y fue a su encuentro.
—Sam, mi muchacho. ¿Qué haces ahí?
Los ojos del hombre lo examinaron por costumbre, cerciorándose de que estuviera bien o que no portara nada extraño. Al fijarse en el libro centellearon complacidos, sin duda descifrando lo que el chico había estado haciendo.
—Ah, ya sabe... —Enseñó el libro, a lo que el hombre asintió.
Dean seguía en el sillón cuando entraron. Tenía una mano sobre el libro que había dejado abierto contra su pecho y la otra detrás de la nuca. Sus ojos se centraron directamente en Sam cuando se abrieron, y este no pudo más que esquivarlos apenado.
—Iré a cambiarme y luego a preparar el patio —avisó el pastor Jim dirigiéndose a su dormitorio.
Sam abrió la heladera en la cocina pretendiendo interés en la comida. Sintió a Dean acercarse pero hizo lo posible por ignorarlo.
—Ey —dijo su hermano.
—Ey... —respondió tras una pausa.
No había sido su intención explotar antes, pero supuso que había algo guardado en su interior que necesitaba quitarse del pecho. Sin embargo, con el enojo apaciguado, se sentía tonto por exagerar de ese modo. Dean estaba recargado sobre una de las sillas y mantenía la vista fija en la mesa. Se rascó la nuca mientras su gesto revelaba la vacilación que hablar le causaba, como si quisiera decir algo pero no pudiera decidir si sería lo correcto. Al final se enderezó y habló.
—Escucha, Sam... hay algo que tengo que contarte. —Mantuvo la mirada en el brazalete que cubría su marca y con dos dedos jugueteó con el cordón que lo mantenía atado a su antebrazo—. Pero no es fácil... y no va a gustarte.
Se quedó inmóvil ante esas palabras. Su corazón se aceleró al comprender que su hermano hablaba en serio, que por fin sería sincero, por fin volvería a confiar en Sam como había hecho toda su vida antes de ese invierno.
—De acuerdo... Te escucho.
Antes de que Dean pudiera abrir la boca oyeron los pasos de Jim que regresaba del cuarto. Dean se aclaró la garganta y dijo con prisa:
—Más tarde. Lo prometo —agregó al ver el gesto de Sam.
Asintió, permitiéndole eso. Podía esperar, siempre y cuando Dean no cambiara de parecer en el transcurso de tiempo que les quedaba hasta que volvieran a estar solos.
Jim los llevó al patio en donde había posicionado dos muñecos de tela junto con un bolso en donde tenía el equipo que iban a utilizar. Era un hombre que disfrutaba los métodos antiguos y sus armas eran el arco y flecha, la ballesta y el propulsor. Les hizo calentar durante media hora antes de permitirles tocar alguna.
Los chicos obedecieron todas las indicaciones sin quejarse. Se lanzaron miradas durante todo el entrenamiento, y Sam sintió la expectativa crecer en su interior.
Luego de dos horas Jim les dio las tareas del hogar de esa tarde: Sam limpiaría los muebles y Dean prepararía la cena. El primero miró sospechosamente al pastor, captando un patrón en los quehaceres que les daba a cada uno, pero el hombre fingió desentendimiento. Sin más, fue en busca de los productos de limpieza mientras su hermano se dirigía al Impala haciendo girar las llaves en una mano con alegría.
—¿Hubieras preferido preparar tú la cena? —preguntó Jim al notar su expresión de fastidio—. ¿Sabes cocinar, mi niño?
—No... pero da igual. Además, se va a tomar el tiempo que quiera, seguro irá a tomar algo o a buscar chicos.
Oh, sí. Sam era demasiado consciente de que en los últimos días su hermano había preferido la compañía masculina sobre la femenina. No era algo que él debiera notar, no era algo que se supusiera que le importara, y a Sam le hervía la cara con furia cuando se encontraba atento a estas cosas. De nada servía negarlo, sus pensamientos lo traicionaban una y otra vez y eso le molestaba más que la actitud de su hermano, porque no solo se sentía traicionado por su familia sino que también por sí mismo.
—¿Por qué estás tan enojado con Dean?
Sam mojó el trapo con el producto para madera y comenzó a limpiar la mesa con fuerza.
—No estoy enojado.
—Eso no es lo que escuché. —Las palabras causaron que se preguntara qué era lo que su padre le había contado al pastor y cuál sería su perspectiva en todo el asunto; como fuera, debía estar errado o debía ver a Sam como el único culpable—, y no es lo que noto. La última vez que los vi, tú y tu hermano solo podían sonreír en compañía del otro, pero ahora percibo una distancia peculiar entre ustedes.
—La última vez que nos viste yo tenía nueve años —farfulló.
Se arrepintió al instante y levantó la mirada con culpa, esperando que el hombre viera el remordimiento en sus ojos. Jim inspiró y asintió.
—Tienes razón, Sam. Pero los hermanos no deben distanciarse. Son una de las personas más importantes en nuestras vidas, junto con los hijos, los padres, y por sobre todo...
—Las almas gemelas —repitió Sam al mismo tiempo—, ya sé, ya sé.
—Lo sabes, pero lo olvidas.
Frunció el entrecejo mordiendo la respuesta cortante que amenazaba con abandonar sus labios. Quería decirle que Jim no tenía hermanos así que no tenía idea de lo que decía, que no olvidaba en absoluto nada de eso, que Dean era el que había iniciado esa secuencia desafortunada entre ellos, pero se abstuvo.
Jim se retiró al despacho dejando que continuara con su labor en soledad.
Había terminado de limpiar la cocina y comenzado con la sala cuando el Impala volvió a estacionar en la entrada. Dean ingresó cargando cuatro bolsas del mercado y no lucía como si hubiera estado involucrado en situaciones indebidas, o por lo menos el escrutinio de Sam no detectó nada digno de remarcar. Su hermano guardó lo que no iba a usar y se preparó para hacer la cena: lavó los vegetales, encendió el horno, preparó las ollas y sartenes, cortó, cortó y cortó. El pastor Jim regresó al oír los ruidos y caminó hacia la cocina justo cuando Sam se disponía a continuar su trabajo en los dormitorios. Al ver que Jim recogía un cuchillo y comenzaba a cortar la lechuga para ayudarlo quiso expresar lo injusto que eso era, de pronto traicionado por el único hombre que creyó jamás iba a preferir a su hermano como hacía el resto, pero Jim le ganó y comenzó a hablar antes de que las quejas abandonaran la boca de Sam.
—Tenemos que hablar, Dean.
—¿Hm? Claro, ¿qué sucede?
—Me han dicho que tienes problemas con tu marca.
Sam se hizo a un lado para buscar refugio tras la pared y permaneció inmóvil en el lugar, sin siquiera atreverse a respirar por temor a que lo oyeran; controló el impulso que le rogaba abandonar su escondite para ver lo que los otros dos hacían. No era necesario, solo oírlo bastaría, pero ansiaba tanto ver las reacciones y los movimientos de Dean mientras conversaban que le supuso una lucha interna no moverse.
—Ah, eso. Bueno, no tiene importancia, no te preocupes.
—Mi niño, es lo más importante de tu vida...
—Sí, sí, ya lo he oído antes. No es mi clase de cuento.
—¿Por qué piensas así?
—¿Vas a decirme que iré al infierno si no lo respeto? Porque creo que en esto no tengo forma de ganar. De un modo u otro voy a terminar ahí.
—Claro que no. Dios no castiga a los inocentes por equivocarse, aún estás a tiempo de enmendar tu camino. Pero, ¿qué te hace creer que estás condenado?
Dean tardó en responder.
—Es una tontería, ¿no? Es una idiotez.
Se oyó un sonido metálico, suave, como si dejaran un cubierto sobre la mesada.
—No lo es. Tienes que entender esto, y tienes que saber que es la verdad: no importa quién sea, esta persona te va amar más allá de todo. Un amor puro, incondicional...
Dean soltó un sonido sibilante.
—No necesito escucharlo, Jim. Oye, tengo una idea, ¿por qué no ponemos un poco de ritmo a esto? ¿Eh? Voy a traer mi reproductor de música.
Ante estas palabras, Sam se escabulló en dirección al dormitorio tan rápida y silenciosamente como pudo. Corrió hacia la mesada y levantó la lámpara frotando el trapo contra la superficie; Dean lo miró con curiosidad al entrar pero no dio señales de haber notado su presencia en la sala minutos atrás. En cuanto se marchó, Sam suspiró aliviado y dejó la lámpara en su lugar.
Había algo reconfortante en el hecho de que su hermano se rehusara a confiar a todos el nombre que le decoraba el brazo, y que no fueran Sam y John la excepción.
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Fue el primero en irse a acostar. Aprovechó el tiempo para avanzar con su lectura: tal y como había pensado, conocía la mayoría de aquellas leyendas pero había algunas que eran nuevas para él. Las incorporó a su memoria con vigor, agregándolas al diccionario mental de todo lo sobrenatural que había aprendido a lo largo de su vida.
Dean ingresó a los pocos minutos. Requirió parte de su control no atacarlo con preguntas ni bien lo vio cruzar la puerta. Su hermano no lo notó; se quitó los pantalones y luego la playera con dos movimientos fluidos, y Sam tuvo que apartar la mirada con un pequeño gruñido ante la palpitación irregular de su corazón. Chasqueó la lengua maldiciéndose a sí mismo.
—¿Qué sucede ahora, gruñón? No dije nada —habló Dean con una sonrisa en los labios mientras subía a la cama superior de su litera.
Sam cometió el error de mirarle mientras lo hacía, y ver el cuerpo tenso por la presión ejercida causó una reacción más potente que la anterior.
—No todo gira en torno a ti, Dean.
—Seguro —respondió con sorna, cubriéndose con las sábanas.
Una vez que su cuerpo estuvo oculto bajo la tela Sam se permitió relajarse y mirar. Cerró el libro y se incorporó. A diferencia de su hermano, él prefería dormir con un pantalón de algodón y una playera holgada, siempre.
—Dijiste que tenías algo que decirme —recordó sin poder contenerlo más.
Dean parpadeó varias veces, como si lo hubiera olvidado.
—Oh —dijo. Sam le dio el tiempo para ordenar sus pensamientos, temiendo que si lo presionaba su hermano decidiera echarse atrás—. Sí, es cierto. —Se removió en la cama y se aclaró la garganta. Miró a Sam a los ojos y en su expresión apareció un gesto difícil de interpretar, como si tuviera miedo y se arrepintiera de todo en su vida—. La cosa es que... Ah, bueno... Te debo una disculpa —dijo con prisa, volviendo la mirada al techo.
—¿Tú crees? —preguntó con sarcasmo.
—Sí, bueno... lo que dijiste esta tarde, era cierto. Es cierto. Me porté como mierda contigo, y lo lamento. —Le miró otra vez a la cara y Sam se aseguró de mostrarse imperturbable, para que viera que eso no era suficiente—. La cuestión es que... es difícil, tener una marca. Es decir... —Suspiró revolviendo su cabello con una mano—. Nadie te lo dice, pero tener una marca lo cambia todo.
Sam dudó, inseguro respecto a qué responder. Lo cierto era que la primer disculpa había bastado para desatar el nudo que, sin saberlo hasta entonces, había llevado en su interior y que ejercía presión sobre sus emociones al mismo tiempo que apuñalaba sus pensamientos con alfileres imaginarios.
—¿De verdad?
Dean giró a verle con sinceridad.
—Sí, Sammy. El mundo se da vuelta por completo y... no fue justo que me desquitara contigo, ¿sabes? Lo lamento, en serio. Pero no supe cómo reaccionar. Lo entenderás cuando llegue tu turno. Tú... —Se mordió el labio inferior, otra vez sin poder sostenerle la mirada—, lo sabrás entonces. Prometo no guardarte rencor cuando comiences a tratarme como basura —bromeó, aunque su gesto fue demasiado honesto para la broma.
—No voy a tratarte así, idiota.
Muy a su pesar no pudo reprimir una sonrisa, rodando los ojos. Aquello que durante los últimos meses se había acumulado en su pecho, aguardando cada oportunidad para estallar, rencoroso y enojado, se desvaneció con un suspiro. Había una razón, había una explicación —si bien vaga—. Le creía, cuando decía que ese cambio se debía a la marca, porque era el cambio más radical que una persona debía experimentar en la vida.
Dean también sonrió, pero su sonrisa se borró al instante, reemplazada por algo triste.
—¿Eso era todo lo que quería decirme? —inquirió Sam, queriendo asegurarse de que no hubiera nada más.
Los ojos de su hermano encontraron el brazalete, y tal y como hubo hecho esa tarde, jugó con el cordón que lo mantenía en su lugar.
—Sí, eso es todo.
Sam asintió, se acostó y le dio la espalda para que no viera la expresión aliviada en su rostro. Creyó que costaría más que eso, que unas simples palabras no solucionarían nada, pero había subestimado el poder de una disculpa. Una disculpa de Dean.
De pronto sentía que podía respirar otra vez, y esa noche durmió mejor de lo que lo había hecho en todo ese invierno.
