John parecía al borde de la muerte, y verlo le causó una intensa preocupación (además de un repentino susto, aunque Sam no iba a reconocerlo). Estaba sentado a la mesa de la cocina con la cabeza sobre una mano y los ojos entrecerrados. Lucía abatido, con ojeras más pronunciadas que nunca, la piel pálida, el cabello despeinado y olía fatal.

—John, en serio, necesitas dormir —decía Jim cuando Sam ingresó en la cocina.

—No, no. El rastro está cada vez más cerca. Es peligroso... Si no atrapo rápido a este transformista, acabará por llegar aquí...

—Entonces lo atraparemos juntos. —Jim apoyó una mano sobre su hombro—. No tienes por qué torturarte así.

John no respondió. Sam se sentó frente a él con su desayuno listo pero el hombre ni siquiera lo notó. En verdad estaba mal y Sam no pudo evitar preguntarse cuánto tiempo llevaba sin dormir. Deseó que el pastor pudiera convencerlo de relajarse, pero conocía bien a su padre y sabía que no había modo de convencerlo de nada, en especial cuando a su salud concernía

—Tengo que seguir hasta encontrarlo —murmuró con la vista fija en algún punto de la mesa.

Sam se preguntó si seguía refiriéndose al cambia-forma.

—Lo que tienes que hacer es cuidar tu salud, de nada sirve que te lleves al extremo.

John apartó la mano que el hombre mantenía sobre su hombro y eso fue todo. Jim respetó su espacio con un suspiro pesado compartiendo una mirada con Sam; sonrió en un intento por tranquilizar al joven, lo cual era innecesario: Sam ya sabía cómo era su padre y podía preocuparse pero de nada le serviría demostrarlo. Como si hubiera notado el silencioso intercambio, John levantó la mirada y observó a Sam por un momento con ojos brillantes, perdidos, luego su mirada se enfocó y parpadeó con rapidez.

—Sam —dijo.

El susodicho siguió masticando su desayuno sin prestar más atención a su padre. Dean entró poco después, silbando animadamente.

—Hola, papá, Jim, buen día. —Les dedicó una sonrisa y sus ojos se clavaron en Sam—. Sammy.

Sam pensó en ignorarlo también pero la conversación de la noche anterior regresó a su memoria y le desconcertó por un momento. No sabía cómo reaccionar. Observó a Dean como si pudiera descubrir la respuesta en su rostro, sin embargo, no encontró lo que buscaba. Su hermano continuó preparando unas tostadas mientras le lanzaba miradas breves, ampliando su sonrisa cuando veía que Sam le prestaba atención.

—Buen día... —respondió Sam al fin.

Dean enseñó los blancos dientes en una sonrisa radiante cuando se acercó a la mesa para tomar asiento. Estaba de buen humor, muy buen humor. Si acaso tenía algo planeado, a Sam no le interesaba descubrirlo en lo más mínimo.

—Tengo que irme —anunció John.

—¿Ya?

—John, por favor aguarda un momento —insistió el pastor, pero su amigo no hizo caso.

—Ya saben cómo es esto. Hacen caso a Jim, y si me necesitan, me llaman sin dudar. —Se dirigió a la sala desde donde pudieron verlo recoger un bolso con armas.

—Al menos permíteme acompañarte —suspiró Jim.

Ambos se encaminaron hacia la salida. Se produjo un silencio en la cocina brevemente interrumpido por los mordiscos que Dean daba al pan tostado. Sam terminó sus cereales y se dispuso a marcharse cuando un golpe suave contra su pie lo detuvo. Dean le había pateado con ligereza para llamar su atención.

—Ey —dijo cuando los ojos de Sam se fijaron en él—, estuve pensando... ¿quieres ir a ver una película?

—¿Conmigo? —respondió estúpidamente, asaltado por el desconcierto.

Dean se mostró entretenido con su confusión.

—¿Con quién más?

Sam abrió y cerró la boca repetidas veces. La idea le gustaba, y mucho, pues hacía demasiado tiempo que él y Dean no hacían algo juntos, pero al mismo tiempo le costaba distinguir lo que deseaba. Quería recuperar los momentos perdidos con su hermano, sin embargo, existía una sombra en sus pensamientos que continuaba contaminando su relación. El modo en que sus ojos se desviaron con rapidez a la boca de Dean cuando lo vio lamerse los labios era un claro ejemplo de ello.

—¿Cuándo? —preguntó tras aclararse la garganta.

—Podemos ir hoy. Ayer pasé frente al cine de la ciudad y había un par de películas que podrían gustarte.

Ayer.

Dean había estado pensando en eso desde entonces. Recordó la invitación que su hermano le había hecho al día siguiente de su llegada a casa de Jim. Creyó que bromeaba entonces, y además Sam aún había guardado resentimiento contra su actitud, pero al parecer lo había dicho en serio...

—Tenemos que consultarlo con Jim.

—Hecho.

—No. Me refiero a que... no sabes cómo serán nuestros horarios, tal vez Jim nos tenga ocupados todo el día.

—Iremos mañana entonces. —Se encogió de hombros—. Hablaré con él.

—No te estoy diciendo que sí.

—¿Ah, no?

—Tengo que pensarlo.

Se puso en pie con prisa para dejar el bol en el lavabo.

—¿Cómo que "pensarlo"?

—Exactamente lo que eso significa.

Salió de la cocina y fue a la entrada, cruzó el umbral encontrando a Jim de pie a pocos pasos de la puerta observando la carretera como si aún pudiera ver a John alejándose en el coche, y se situó a su lado.

Guardó silencio por un momento, intentando distinguir lo que fuera que captaba tanto el interés del pastor.

—¿Qué haremos hoy? —preguntó al cabo de un rato, aburrido de observar las plantas.

—En la tarde tengo programado un bautismo, así que... me ayudarán a ordenar unos archivos, almorzaremos y les dejaré la tarde para que avancen con sus lecturas.

—Solo me queda un libro por leer.

—¿Sí? Hmm.

—Pensaba que tal vez podría ir a caminar.

Jim volteó para ingresar en la casa, palmeando el hombro de Sam antes de alejarse.

—Puedes hacer lo que quieras, mi muchacho, siempre que no te metas en problemas.

Dicho esto ingresó en la casa. Sam no tardó en imitarle, pasando de largo la cocina sin mirar a Dean, que lavaba los platos, y se metió en el baño dispuesto a darse una ducha.

::::

Eran las seis cuando Sam salió de la casa.

Jim se había retirado veinte minutos antes, dejándoles atrás una simple advertencia de que fueran precavidos y que no dudaran en buscarle si algo sucedía. Los muchachos le respondieron que no tenía nada de qué preocuparse pero el hombre no pareció del todo convencido cuando los dejó solos. Sam fue al cuarto para cambiarse ni bien el pastor se hubo marchado. Consideró vestir algo sencillo, como siempre, pero se detuvo en cuanto abrió el armario; recordó la invitación de Dean y, sintiéndose tonto, buscó la ropa más presentable que poseía.

¿Qué estaba haciendo? Ridículo.

—¿A dónde vas? —preguntó Dean desde el marco de la puerta.

—¿Te molesta? Necesito un poco de privacidad.

—Vamos, Sammy, no tienes nada que no haya visto antes.

Las mejillas se le enrojecieron pero no debía estar sintiendo nada ni por asomo similar a lo que Sam experimentó. Regresó la mirada a la ropa en un intento por tranquilizarse.

—Sí, cuando tenía ocho. Ya no soy un niño, Dean, así que vete.

¿Era eso más raro? ¿Estaba siendo más obvio al pedirle que no lo mirara? Los hermanos no deberían tener problema al ver la piel expuesta del otro, sin embargo, era normal desear privacidad en situaciones como esas. Al final, Dean se dio la vuelta frotándose la nuca con una mano.

Sam comenzó a cambiarse sin apartar la mirada de la espalda de su hermano. No sabía por qué lo vigilaba. No era como si Dean fuera a querer verlo desnudo.

«Ridículo, ridículo, ridículo.»

—¿Ahora vas a decirme a dónde vas?

—A caminar.

—¿Sí? Bueno, entonces deberíamos encontrarnos en algún punto para ir al cine.

—Dean...

—¿Por qué no? Dame una buena razón para no salir con tu único hermano.

Sam tenía una buena razón pero no iba a decirla. Nunca. Jamás. Vendería su alma al diablo antes de admitir lo que pasaba por su mente. Una vez listo, cruzó la puerta deteniéndose un momento frente a Dean, que lo miró de arriba abajo para ver lo que llevaba puesto.

—La escultura del Coronel —dijo Sam—, te esperaré ahí.

—¡Genial! Estaré a las siete y media.

—Sí, sí.

Sam salió de la casa intentando eliminar el curioso cosquilleo que le recorría el pecho, consultando su reloj de muñeca: eran las seis.

Soltó el aire que no se había dado cuenta que estaba conteniendo. Avanzó con las manos en los bolsillos para protegerse del frío que el atardecer levantaba. El otoño estaba en pleno y los días eran cada vez más frescos. No caminó tanto como hubiera querido; su cuerpo avanzaba lentamente en contraste a su mente, que trabajaba a toda velocidad. Ni siquiera prestó atención a las tiendas frente a las cuales pasaba, si alguien le preguntaba qué había en la esquina que acababa de cruzar, Sam habría respondido: «¿qué esquina?». Solo podía estar pendiente de la hora. Cada cinco minutos chequeó el reloj, sintiendo incredulidad cuando veía que tan poco tiempo había pasado seguido de una terrible vergüenza por su comportamiento.

Se repitió que debía disfrutar el paisaje, que debía apreciar la ciudad y ver a la gente, conocer el lugar, hacer actividades, no estar pensando en Dean.

Fue en vano.

Se acercó a la barandilla de un parque y apoyó el cuerpo contra el metal. Escondió el rostro entre las manos y soltó un grito ahogado, no tan fuerte como para llamar la atención pero sí lo suficiente para ayudar a calmarlo. Luego pasó las manos por su cabello bruscamente, despeinándolo por completo. Suspiró y se quedó ahí quieto, con la vista fija en el suelo.

Cuando levantó la mirada vio ante él, a varios metros, un niño que lo miraba. El pequeño estaba inmóvil, sin siquiera pestañear. Sam lo observó por un rato esperando a que el niño saliera corriendo o elaborara algún gesto, pero nunca lo hizo. Incómodo, se apartó de la barandilla y se alejó.

Consultó el reloj otra vez y descubrió que eran apenas las seis y cincuenta. Rendido, decidió caminar hasta la plaza y esperar ahí, pues de nada le servía pretender que tenía interés en recorrer la ciudad. Le llevó seis minutos alcanzar la plaza donde se alzaba la escultura del Coronel pero nunca llegó hasta la misma porque desde la distancia distinguió el llamativo coche negro en el que prácticamente había crecido. Volvió a mirar el reloj para cerciorarse de que no estaba confundido; en efecto, era temprano. Avanzó hacia el Impala con un paso más veloz que el anterior, sin darse cuenta de su prisa.

De cerca pudo ver que Dean tenía la cabeza hacia atrás en el asiento y los ojos cerrados. Golpeó el vidrio y Dean dio un respingo, enderezándose de golpe. Relajó los hombros y quitó la traba de la puerta para dejar entrar a Sam. Un olor potente, dulce, atacó sus fosas nasales.

—Se te hizo tarde —comentó mientras Sam cerraba.

—¿Tarde? Llegaste temprano, recién son las siete.

—¿En serio? Es que no tengo reloj.

—Claro... ¿estás usando perfume?

Dean no respondió de inmediato. Encendió el coche y puso primera antes de hablar.

—No hay nada de malo en querer oler bien, Sammy. —El susodicho resopló—. Un verdadero hombre se prepara para impresionar, siempre.

—Ugh, limítate a conducir.

Dean rio. Así que estaba de buen humor. Sam intentó disimular la sonrisa que apareció en sus propios labios. No tardaron en alcanzar el cine: era un edificio ancho con un chapitel sobre la entrada cubierta en destellantes focos de colores que iban encendiéndose entre patrones para generar atractivos juegos de luces. Era uno de los pocos cines que había en la ciudad y resultaba demasiado llamativo como para no encontrarlo, y como ya anochecía tenía la apariencia de un gran faro colorido que atraía la atención de todos los transeúntes. Dean estacionó el Impala a una cuadra del lugar, pues no había espacio en la entrada.

—¿Tienes idea de qué hay? —preguntó Sam cuando alcanzaron el edificio.

—Nop.

—Dijiste que viste cosas que podrían interesarme —le recordó Sam.

—¿Sí? Qué extraño.

Sam le dedicó una mueca antes de rodar los ojos. Debió adivinar que Dean diría cualquier cosa con tal de convencerlo.

Se detuvieron en la entrada y contemplaron los títulos. Sam sintió emociones fuertes por cada uno de ellos; había tres: una historia romántica, con aspecto en extremo empalagoso con sus protagonistas abrazados sobre un atardecer brillante, por la que Sam sintió rechazo, sabiendo que querría arrancarse los ojos antes de alcanzar el final; la segunda era de terror, un niño y una adolescente miraban algo fuera de cámara con idénticas expresiones de espanto, lo que le interesó muchísimo, y la tercera era una de vaqueros, y no necesitaba que le contaran el argumento para saber que se quedaría dormido en medio de la función.

—Seguro quieres ver la de vaqueros...

—¿Vas a querer ver la de terror? —hablaron los dos al mismo tiempo.

—Espera, ¿no vas a insistir para que veamos la del oeste? —inquirió Sam extrañado—. ¿La pasaste por alto? Los vaqueros, caballos, tiros... te encanta todo eso.

Dean observó con añoranza el poster de los cuatro hombres montados a caballo de espaldas a la cámara. Se frotó la nuca y con un suspiro dijo:

—Pero a ti te encanta el terror.

No lo pudo creer. Otorgó a su hermano unos segundos para cambiar de parecer pero no lo hizo. La noche estaba resultando mejor de lo esperado.

—De acuerdo. Genial, vamos. —Sin perder tiempo se unió a la pequeña filas que se había formado en la boletería. Cuando alcanzó el frente lo recibió una joven con el cabello teñido de azul y piercings en la nariz y las cejas—. ¿Cuánto para "Valle del horror"?

—¿La del payaso asesino? Amigo, esa está excelente, que gran gusto. —Apretó un par de botones y luego indicó—: Son setenta y cinco centavos por entrada.

Todo lo que oyó fue «payaso asesino» y eso le dejó inmóvil. Dean le dio un codazo para llamar su atención.

—Podemos ver otra si quieres.

—Ya que... supongo que la del oeste gana.

—O... —Dean dudó un momento posando la vista en uno de los pósteres—, podemos ver la de romance.

—Ugh, no. No bromees.

Dean soltó una risa seca.

—Solo proponía un punto intermedio para ambos. —Sacó un billete del bolsillo y se lo extendió a la muchacha—. Dos para "Tiros lejanos", por favor.

La chica se mostró menos entusiasmada con esa elección mientras les entregaba el cambio junto con las entradas. Sam buscó en sus bolsillos alguna moneda perdida para devolver el dinero pero su hermano lo detuvo.

—Deja, yo invito —dijo.

Sam no iba a discutirlo. Parecía justo, luego de todo lo que había pasado entre ellos.

Ingresaron al vestíbulo, avanzando directo hacia el puesto de golosinas, y lo primero que Sam notó al estar cerca de la barra fue que el chico que atendía era lindo. Solo verlo le llenó de amargura. Lanzó una mirada de reojo a Dean, que actuaba tan desinteresado e increíble como siempre, sabiendo lo que sucedería a continuación. En cuanto lo vio compartir una sonrisa con el muchacho sintió elevarse con furia las impetuosas ganas de regresar a la casa de Jim. Solo esperaba que la función comenzara pronto, porque el ritual de coqueteo de Dean era algo que no deseaba presenciar esa noche.

—¿Es la primera vez que vienen? No recuerdo haberlos visto por aquí —preguntó el chico, mirando con aprecio a Dean y luego a Sam con el mismo gesto (aunque perdió interés en el último al notar la expresión poco amigable que mostraba)—. Estoy seguro de que los recordaría.

—Ah, ya sabes, solo estamos de paso —Dean se recargó contra la barra enseñando una sonrisa de lo más coqueta.

Sam rodó los ojos, agarró la gaseosa que su hermano había ordenado para él y se alejó. No podía hacer nada para evitar que Dean coqueteara con cada persona linda que cruzara su camino, pero eso no significa que debiera quedarse a verlo. Se detuvo junto a la escalera a observar la poca gente que había visitado el cine esa noche. El lugar estaba casi desierto. Dean no tardó en alcanzarle, deteniéndose a su lado con un ligero estrépito.

—Oye, ¿a dónde vas? ¿Así agradeces que pagara por todo?

—Tú insististe —rebatió Sam aceptando el paquete de golosinas que su hermano le extendía. Lanzó una mirada recelosa hacia atrás, a donde el chico que les había atendido reponía los dulces faltantes en la vidriera—. ¿No vas a tratar de conseguir una cita?

Dean siguió el trayecto de su mirada.

—Nah, no me apetece —dijo con un tono honesto, como si en verdad no le importara perder la oportunidad de salir con aquel joven tan atractivo—. La única cita que me interesa hoy es la nuestra.

Se produjo un silencio embarazoso entre ellos, pero a Sam lo relajó comprobar que Dean también había caído en cuenta de que había dicho algo raro, aunque no lo suficiente para aplacar el calor en sus mejillas. Se aclaró la garganta y trató de reír.

—Qué imbécil, no digas tonterías.

—Perra —murmuró Dean.

Compartieron una mirada incrédula. Los ojos de Dean estaban muy abiertos, sin poder creer lo que había dicho. Sam no aguantó más y comenzó a reír con fuerza.

—¿A qué hora es la función? —preguntó al tranquilizarse.

—Es a las ocho. Así que faltan... —Chequeó el reloj—, diez minutos.

—¿A las ocho? ¿Ya sabías los horarios?

Dean se encogió de hombros.

—Siempre hay una función a las ocho.

—Solo fue suerte —rebatió Sam mientras se encaminaban a la sala.

Dean le dio un empujón suave, juguetón, y cuando Sam recuperó el equilibrio usó el mismo brazo para rodearle los hombros y atraerlo contra su cuerpo. La sonrisa de Sam se tornó tensa; el brazo de su hermano era un peso ardiente sobre sus hombros. Estaba extremadamente consciente del contacto entre ambos: era un punto intenso, más de lo que debería ser en una situación normal.

—¿Estás bien?

Tenía que apartarlo. «Empújalo, empújalo, empújalo», pero no pudo.

—Sí, no te preocupes.

El brazo de Dean permaneció donde estaba hasta que tomaron asiento. La película no estuvo mal pero tampoco fue excepcional: Sam ignoró el inicio, concentrado en sus golosinas, y luego trató de prestar atención. A cada minuto hombres comenzaban un tiroteo sin razón aparente y detrás de los disparos había una trama trillada en la que el héroe de la película quería estar con su alma gemela, la hija del malvado alcalde. No era interesante, sin embargo, Dean estaba casi al borde del asiento encantado con lo que sucedía en la pantalla. Realizaba un gesto en ocasiones aliviado y, en otras, triunfal cada vez que el héroe sobrevivía a un tiroteo, mientras que Sam negaba con la cabeza ante los disparos que nunca alcanzaban al protagonista, quien a su vez nunca fallaba los tiros.

Pero era enternecedor ver a Dean tan compenetrado con la historia.

—Espectacular —exclamó en cuanto la película terminó y se encaminaron a la salida—, ¿te imaginas haber vivido en esa época? Los disparos, los bailes de salón, las armas...

—Ajá.

Solo un hombre de verdad puede con ello. —Dean repitió la frase que el protagonista había soltado en tres ocasiones, imitando el acento texano del personaje.

—Oh, cielos...

Con una risa, Dean volvió a rodearle los hombros con un brazo, y otra vez Sam se encontró dividido entre disfrutar del contacto o apartarlo. Decidió ser fuerte y presionó el pecho de Dean para que entendiera la indirecta. Su hermano lo soltó de inmediato.

—¿Disfrutaron la película? —preguntó una voz cuando se dirigían a la salida.

Era el chico de las golosinas. Estaba recargado contra la barra y les sonreía como si le agradara ver la cercanía que Sam y Dean compartían.

—Ah, sí. Estuvo genial —dijo este último.

El chico asintió satisfecho. Lanzó una mirada a Sam notando que el gesto de enfado había desaparecido y le miró de arriba abajo, admirando que su cintura comenzaba a resaltar gracias a la anchura que sus hombros habían adquirido ese año y el modo en que los pantalones marcaban sus piernas.

—Ya nos vamos —continuó Dean con prisa, apoyando una mano en la espalda de Sam para guiarlo afuera.

—Para con las manos —se quejó Sam, curvando la espalda para que dejara de estar en contacto con la mano de Dean.

—¿Uh? Claro, ya, ya. —Guardó las manos en los bolsillos mientras avanzaban al auto—. Empiezas a atraer la mirada de la gente —murmuró de golpe.

—¿Qué?

—Recién... ¿vas a decirme que no notaste el modo en que te miró?

Claro que lo había notado pero no tenía importancia.

—¿Y qué? A ti también te miran. Además, no creas que es el primero —informó, queriendo remarcar que hacía tiempo que en la calle lo consideraban atractivo. Dean tenía que dejar de verlo como un niño.

—¿Ah, sí? —dijo despacio—. ¿Alguna vez recibiste alguna propuesta indebida?

—Oh, Dios...

—¿Qué? Soy tu hermano mayor, tengo derecho a preguntar. Necesito saber a quién tengo que alejar para proteger tu honor.

—Ugh. Basta, Dean.

Sam apuró el paso hacia el Impala, que aguardaba llamativo y deslumbrante entre las camionetas y los coches simplones. Lo que su imaginación perversa menos necesitaba en ese momento era a un Dean sobreprotector. Esperó a que su hermano se acercara pero Dean se detuvo antes de alcanzar la puerta mostrándose dubitativo.

—Oye... todavía es temprano, ¿quieres hacer algo más?

—¿Qué propones?

—Es una sorpresa.

No estaba seguro de que fuera a gustarle la idea de Dean. Probablemente lo llevaría a un bar o a un escenario igual de ruidoso. Fue porque esperaba esto que lo invadió la intriga cuando se dirigieron a las afueras de la ciudad.

—¿A dónde vamos?

—Es sorpresa —repitió.

Aceleró el Impala por un camino ascendente y a los pocos minutos lo estacionó en un terreno vacío. Apagó el motor. Sam lo miró aún intrigado y, aunque no lo diría, un poco preocupado. Dean realizó un movimiento de cabeza antes de abandonar el coche; en la oscuridad, a través de las ventanas, Sam lo observó avanzar hasta el frente del auto y subir al capó. Inseguro, lo imitó. El frío de la noche lo asaltó de pronto, más pronunciado en el medio de la nada de lo que había sido en la pequeña ciudad de Blue Earth. Tomó asiento junto a su hermano.

—¿Qué hacemos aquí?

Dean se encogió de hombros.

—¿Tenemos que hacer algo? ¿No podemos solo... disfrutar? —Guardaron silencio. Los grillos cantaban a su alrededor y las sombras poco a poco tomaban forma—. Mira eso.

Notó que Dean miraba hacia arriba, por lo que lo imitó: las estrellas. La ciudad de Blue Earth era pequeña y se encontraban a una distancia considerable de ahí, por lo que la contaminación lumínica no los alcanzaba del todo. En consecuencia, el cielo estaba bañado por puntos bellos y encantadores.

—Vaya.

—¿Verdad?

Volvieron a guardar silencio. Dean se acomodó en el lugar de modo que su pierna rozó la de Sam.

—Esto es agradable, ¿no es así? —dijo en un tono distraído.

Sam continuó mirando las estrellas porque no quería saber lo que sentiría si giraba el rostro y se encontraba con la silueta de Dean tan cerca de su cuerpo. Había algo tentador en la oscuridad, algo que guardaba la promesa de un secreto, que él no planeaba descubrir ni ahora ni nunca.

—Seguro —respondió con un tono similar.

—Sí. Esto está bien. Claro que sí.

Tuvo la sensación de que Dean se refería a algo más, una respuesta a un pensamiento que rondaba su mente y al que Sam jamás tendría acceso, aunque tampoco le correspondía conocerlo.

Permanecieron allí durante minutos, tal vez horas. Contemplaron las estrellas hasta que el cuello les dolió y el culo les quedó tieso por pasar tanto tiempo sentados en una superficie lisa y dura. Fue esto último lo que motivó a Dean a moverse y dar así por terminada la salida. Sam no se opuso: ya estaba cansado. Había sido una noche extraña. No porque los sucesos fueran inusuales sino porque era raro recuperar esa cordialidad con Dean...

Cuando aparcaron frente a la casa y bajó del coche, Dean lo alcanzó hasta situarse a su lado y avanzaron hasta la puerta codo a codo.

—¿Te divertiste? —preguntó.

—Claro. Fue agradable —repitió las palabras que Dean había dicho un rato antes.

—¿Solo eso?

Dean volvió a rodearle los hombros con un brazo y Sam sintió que le faltaba el aliento. Por fortuna, ya estaban en casa de Jim y podría recostarse para esperar que la calma regresara a su mente. El único que no estaba esa noche en la casa era el mismísimo Jim; en su lugar, John se encontraba de pie en la cocina, recargado contra la mesada con la cabeza gacha, una botella de whisky y un vaso vacío en la mano. Lucía incluso peor que en la mañana.

Les dedicó una mirada de reojo y sonrió con dificultad.

—Así que estar con Jim sí funciona. Veo que se llevan mejor... —Señaló la posición en la que se encontraban.

Dean apartó el brazo al instante.

—Papá, ya regresaste...

—No porque lo quisiera. Esa cosa está por aquí. Es un bastardo inteligente. —Llenó el vaso hasta la mitad y bebió el líquido en un trago—. O bastarda. Lo mismo...

Sam y Dean intercambiaron una mirada.

—¿Qué vas a hacer?

—¿Necesitas nuestra ayuda?

—No. Voy a... Necesito descansar. Los ojos se me cierran solos —John se llevó una mano a la frente—. Voy a terminar matándome en la carretera a este paso, ¿no sería eso chistoso? El cazador que murió siendo estúpido.

Sam y Dean volvieron a mirarse. Este último avanzó hasta el bolso que su padre había dejado a un lado de la mesa y lo recogió.

—Yo llevaré esto a la habitación.

John asintió permitiendo que Dean encabezara la marcha hacia el cuarto, siguiéndolo con paso pesado y tambaleante. Con todo, no era el peor estado en el que sus hijos lo habían visto. Por su parte, Sam guardó el whisky y lavó el vaso. Apagó las luces y mientras se dirigía al dormitorio se preguntó en dónde estaría Jim. Tal vez se hubiera acostado antes de que John llegara a la casa.

Su padre ya estaba tumbado y dormido en la cama. Dean, sentado el colchón inferior de su litera, terminaba de descalzarse.

—Buenas noches, Sammy —susurró.

—Buenas noches.

Se dejó caer en la cama sin siquiera quitarse la ropa.

::::

Tanto John como Dean seguían profundamente dormidos cuando Sam despertó.

Realizó la rutina de la mañana con una idea en mente, pero al igual que la noche anterior no vio a Jim en la casa. Al terminar de desayunar se dirigió a la habitación del hombre y llamó, pero nadie respondió. No lo encontró tampoco en el despacho ni en el cuarto de armas. Supuso que había salido temprano para la iglesia, cosa que resultaba oportuna ya que Sam necesitaba ir para allí. Y eso hizo.

Avanzó por la plaza que separaba la pintoresca casa del pastor de la iglesia a la que el mismo había dedicado décadas de vida bajo un cielo gris y un paisaje silencioso. Se veían pocos transeúntes en ese horario.

La puerta de la iglesia estaba abierta. Sam ingresó, invadido por la pesadez del ambiente que caracterizaba el interior del edificio. A primera vista no distinguió a nadie, así que avanzó por la nave central hasta la primera hilera de bancos en donde tomó asiento. Observó la imagen de Jesús en la cruz, intentando de algún modo lograr que lo escuchara, que oyera sus pensamientos y ayudara a solucionar sus problemas, a eliminar la perversión que se adueñaba de su mente. Tal vez si suplicaba con fuerza, tal vez si rogaba lo suficiente, algo pasaría.

Giró con prisa al sentir que alguien se acercaba, relajándose al reconocer el rostro amable de Jim.

—Sam.

—Buen día...

—¿Qué haces aquí tan temprano?

Jim juntó las manos sobre el abdomen, pero a Sam no le pasó desapercibido el golpeteo nervioso de sus dedos.

—Yo... ah, quería pedirte un favor.

—¿De qué se trata?

—Podría... ¿podría confesarme?

Las palabras salieron de su pecho como una exhalación. Ahora que estaban dichas no había vuelta atrás, y eso estaba bien porque no pensaba arrepentirse. Quería decirlas para liberar su mente de esa tortura y necesitaba de alguien de confianza, que estuviera retenido por la moral, para que le oyera sin juzgarlo ni delatarlo. Aunque eso no evitó que los ojos le escocieran.

¿Qué pasaría luego? Incluso si la fe impedía a Jim contar sus secretos el hombre podría cambiar de opinión sobre él. ¿Lo miraría diferente? ¿Le trataría diferente? Daba igual. Era un sacrificio que estaba dispuesta a hacer si de ese modo lograba que Dios le ayudase.

—Ah. Ya veo. —Había algo extraño en el tono de Jim. Sam se frotó el rostro y lo miró bien: el hombre se mostraba apenado—. Mira... ¿Qué tal si hablamos de esto en casa?

—¿Qué?

—Lo siento, mi niño, pero necesito ver a tu padre de forma urgente.

—¿No puede esperar? Por favor.

—No, en verdad lo siento.

Le miró con incredulidad. Había preparado su ser para exponerse a la vulnerabilidad y ahora se sentía como si el pastor acabara de echarle un balde de agua helada.

—Pero...

—¿Sabes dónde está tu padre?

Increíble.

—Está... —Se aclaró la garganta—, está en la casa. Pero por favor. Necesito esto, necesito hablar con usted, necesito que Dios me escuche.

—Y lo hará, muchacho, lo hará. Luego. Ahora, si pudieras... —Con una mano indicó el camino para que Sam avanzara primero.

Así lo hizo, aún sin poder creerlo. Regresó por el camino lanzando miradas a Jim, que avanzaba detrás de él y no a su lado, pero solo recibía una sonrisa a cambio. No hubo un intento de conversación ni alguna clase de pregunta de por medio. Sam se sentía... decepcionado.

Cuando llegaron al terreno de la casa se encontraron con que Dean buscaba algo en el baúl del Impala.

—¿Papá despertó?

—Nop, sigue dormido. —Volteó a verlos. Debía haber despertado poco antes porque tenía la mirada adormecida y el gesto relajado.

—¿Adentro? —pregunto Jim.

—Por supuesto... —El entrecejo de Dean se frunció un momento antes de volver a fijar su atención en Sam—. ¿Estás bien?

—Sí. No es nada...

Su hermano se encogió de hombros, cerró el baúl y avanzó hacia la entrada, pero, por algún motivo, decidió voltear a verlo una vez más. En cuanto lo hizo sus ojos se abrieron de golpe y una expresión de alarma torció su rostro. Sam giró, impulsado por el gesto, justo cuando Jim estiraba el brazo para aferrarle del cuello. En la mano contraria sostenía un cuchillo.

—Lo siento, niño —dijo.

La mano le temblaba. Estaba dudando.

Esos segundos fueron suficientes para que Dean se interpusiera entre ellos, estirando el brazo para protegerse del cuchillo que terminó abriéndole un gran tajo en el antebrazo. Sam cayó al suelo mientras los otros dos forcejeaban. Estiró la pierna y ambos tropezaron, quedando Jim sobre Dean, que no dejaba de sangrar; era notoria la falta de fuerza en el brazo herido. Sin perder tiempo Sam se lanzó sobre el pastor e intentó aplicarle la llave que el mismo hombre le había enseñado, pero Jim lo sacudió de encima con facilidad. En el impulso se aferró de la camisa del hombre logrando apartarlo de su hermano. Sin embargo, ahora de pie, Jim tuvo más libertad para golpearlo, dándole en la quijada y el abdomen. Sam trastabilló hacia atrás, jadeando.

Jim se había vuelto loco.

Al otro lado, Dean trató de ponerse de pie pero no fue lo suficientemente rápido: Jim lo notó y le pateó la cara. Su hermano cayó al suelo y ya no se movió. Con un alarido, Sam corrió hacia el pastor e intentó embestirlo a la vez que aferraba la mano armada para quitarle el cuchillo.

Nunca antes había peleado con Jim, no de verdad, pero jamás imaginó que el hombre sería tan increíblemente fuerte. Volvió a empujarlo como si Sam no fuera más que un crío pequeño al que no costaba nada hacer a un lado.

—Te juro, muchacho, que... —Jim no alcanzó a terminar la frase.

Se oyó un estallido y la mitad del rostro del hombre explotó, su cuerpo impulsado hacia un costado a causa del impacto. Sorprendido, Sam giró el rostro y descubrió a su padre de pie en el umbral de la puerta con una escopeta en mano. La bajó sin borrar la expresión grave que decoraba su rostro: la expresión del cazador profesional, sin dudas y sin misericordia.

—Papá... ¡le disparaste a Jim! —exclamó Sam.

—Ese no era Jim.

Dejó el arma a un lado y corrió hacia Dean. Sam hizo lo propio. El golpe le había dado directo en la cara y lo había dejado inconsciente, pero la herida más grave, la del brazo, era la que requería atención.

—¡Ve por el botiquín! ¡Ahora! —ordenó John mientras rompía la tela de la manga para poder observar la herida.

Sam obedeció al instante, corriendo tan rápido como sus temblorosas piernas le permitieron. Por suerte estaban en la casa de Jim y el hombre contaba con un botiquín real, útil, en nada parecido a la miserable bolsa con instrumentos caseros que John cargaba para todos lados dentro del Impala. No tuvo que revolver el lugar, sabía en dónde se hallaba dispuesto: sobre la estantería de la sala a la vista para que en un caso de emergencia no se demoraran en recogerlo.

Cuando regresó al exterior encontró a John muy quieto con la vista fija en el antebrazo de Dean. Estaba pálido y tenso, como si hubiera visto algo aterrador. Ciertamente no era la primera vez que uno de sus hijos sufría un daño como ese.

—¡Papá! —llamó Sam para hacerle reaccionar.

Él parpadeó y, como si regresara en sí, abrió el botiquín y comenzó a trabajar en la herida.

—Sam, ve a la iglesia y busca a Jim.

—¿Qué? No, déjame ayudar...

—¡Sam! —gritó John—. ¡Haz lo que te digo! Debajo de la sacristía hay un cuarto, busca allí. Estos monstruos usan espacios subterráneos. ¡Ya!

No lo miró, sus ojos estaban fijos en lo que hacía, pero Sam buscó en su rostro algún indicio de que su padre lo necesitaba ahí. No hubo ninguno. Chasqueando la lengua obedeció, dirigiéndose a la iglesia con el cuerpo tembloroso y la mente llena de preocupación.

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Jim no estaba en el cuarto debajo de la sacristía. Sam lo oyó pedir auxilio desde una cabina cercana a la iglesia, en donde había un antiguo pozo que conectaba a las alcantarillas. El transformista lo había atacado por la espalda y lo había dejado atado allí dentro.

Para cuando regresaron a la casa Dean había despertado pero lucía en mal estado. John se encontraba de pie ante la ventana, observando el exterior con aire contemplativo y melancólico.

Los mayores se encargaron del cadáver mientras que Sam acompañó a Dean hacia la habitación.

—Una mala mañana, aunque no supera la vez que tuviste gases toda la noche —bromeó Dean mientras se dejaba caer en la cama inferior.

Sam le acomodó la almohada y las cobijas mientras su hermano buscaba una posición adecuada para el brazo vendado.

—Deberías ir a un hospital —dijo con seriedad, aunque sabía por experiencia que los cuidados de John surtían efecto a pesar de no ser convencionales.

—Nah, está bien. Solo necesito un par de días y estaré como nuevo. —Una mueca de dolor se apoderó de su rostro.

Sam apretó los labios, deseando insistir pero sin querer molestarlo en el estado en el que se encontraba. Miró sus manos un momento.

—Dean, gracias. Me salvaste.

—¿Por qué lo agradeces? Claro que te salvaría, tonto, eres mi hermano. Eso hacemos. Nos cuidamos el uno al otro, ¿no?

Asintió. Las palabras de Dean despertaron una nueva cuestión, una que no sabía si debía abordar.

—Escucha... —Decidió decir finalmente. Su hermano merecía estar preparado para la bomba que John tenía en manos—, hay algo que debes saber. Sobre tu marca.

Ante esto Dean, que había cerrado los ojos para relajarse, levantó la cabeza con actitud alarmada.

—¿Qué pasa con eso?

—¿No notaste que hubo que vendarte el brazo de Dios?

Dean miró las vendas con los ojos muy abiertos, como si acabara de caer en cuenta de ello, como si acabara de notar que habían tenido que quitarle el brazalete de cuero y que mientras estuvo inconsciente su piel y el nombre que tanto empeño había puesto en ocultar quedaron expuestos al mundo sin que él pudiera hacer algo al respecto. Pasó saliva con fuerza.

—¿Quién me vendó?

—Papá.

—Oh. ¿Estabas con él?

—No. Pero... estoy seguro que lo leyó.

—Por supuesto que lo leyó. —Dean dejó caer la cabeza sobre la almohada manteniendo los ojos fijos en la madera que sostenía al colchón superior—. ¿Y qué hay de ti?

—¿Si lo vi? —Su hermano asintió—. No, claro que no.

—¿De verdad? ¿Ni siquiera tuviste un poco de curiosidad?

Las mejillas de Sam ardieron con culpa.

—Bueno... no estaba pensando en eso en el momento. Y papá no me permitió quedarme lo suficiente.

—Claro. —Dean soltó un suspiro lento, rendido—. Así que papá sabe. En fin, ¿qué se le va a hacer?

A pesar de las palabras podía notarse su preocupación.

—Vamos, no puede ser tan malo.

Justo entonces la puerta se abrió y John ingresó en la habitación. Se detuvo en la entrada y alternó la vista agitada entre sus hijos varias veces, luego la clavó en el escaso espacio que había entre ambos. Sam miró a Dean para comprobar si él entendía lo que ocurría con John, pero su hermano tenía la mirada alarmada atenta a su padre.

—Sam, espera afuera —ordenó John.

—¿Por qué?

—Ahora.

De mala gana se levantó y salió del cuarto. John cerró la puerta tras de él para que no pudiera oír lo que sucedía dentro. Lanzó una mirada de odio a la madera que se interponía entre ellos pretendiendo que era su padre a quien miraba. Se encaminó a la cocina haciendo notar su fastidio.

—Tú padre está agitado, no te enojes con él —le dijo Jim en cuanto lo vio tomar asiento.

Acercó una taza de té y la deposito en la mesa para él.

—Pero no tiene que actuar como un... —se interrumpió a tiempo. Lanzó una mirada apenada al pastor que rio por lo bajo. Tenía moretones en la cara y se veía agotado. Sin duda había pasado una pésima noche—. Lamento no haberte encontrado antes.

—Mi niño, la culpa no es tuya. Todos tuvimos un mal día. —Se tocó las heridas con la yema de los dedos—. Lo importante es que estamos bien.

—¿Cómo supo que tenías contacto con mi padre?

—Tu padre es más sentimental de lo que deja ver. Al parecer lleva una foto de cada uno de nosotros con él a todas partes; desgraciadamente esta criatura logró verlas.

Sam no iba a cuestionar el porqué su padre tenía una costumbre tan sensible, al fin y al cabo, Dean también llevaba en la billetera fotografías de aquellos que le importaban. Sabía que era porque no podían despegarse de la gente que amaban.

Bebieron en silencio.

Había terminado la taza poco antes de que John saliera del cuarto y fuera en su búsqueda. Asomó a la sala y con un movimiento de cabeza le indicó que lo siguiera. Suspirando, Sam así lo hizo, asintiendo en respuesta al silencioso consuelo que Jim intentó transmitirle con el rostro. Salió al patio en donde John lo esperaba de espaldas a él con las manos en los bolsillos y la mirada fija en los árboles.

—¿Qué sucede? —inquirió Sam cuando el silencio se prolongó demasiado.

John inspiró hondo.

—Sam. Lo que siempre te enseñé... lo que siempre has dicho sobre las almas gemelas, eso que deseas respecto a encontrarla y ser feliz... Mejor olvídalo.

—¿Qué?

—No pierdas tu tiempo esperando. Olvídate de todo lo que te dije, estaba equivocado.

Sam frunció el ceño, completamente tomado por sorpresa con el repentino tema.

—Espera, espera. ¿A qué viene esto? Además, ¿no nos habías traído aquí para reforzar ese pensamiento? ¿Para que aprendamos a "respetar la marca que Dios nos regaló"?

—Ya no importa eso. Nos iremos cuando tu hermano esté en mejores condiciones.

No lo miraba. Mantenía los ojos oscuros lejos, distantes, apartados de Sam y del mundo, abiertos sin ver. Aquello empezaba a molestar a Sam. Ni siquiera se dignaba a mirarle a la cara mientras decía todas esas ridiculeces.

—¿Por qué estás diciendo esto? —John no respondió; esto agitó más a Sam—. No, lo único que quiero es conocer a la persona a la que estoy destinado y tener una vida feliz. Lo único que siempre quise fue tener lo que mamá y tú tenían, vivir esas historias, tener a alguien que me ame...

Aquello no solo era lo único que siempre había anhelado, sino que también era lo único que compartía con su padre. Lo único en lo que ambos siempre habían estado de acuerdo. Y ahora el hombre pretendía arrebatárselo, hablando igual que Dean. John volvió a tomar aire con más lentitud que antes, como si intentara retrasar todo lo posible sus siguientes palabras.

—Nunca tendrás nada de eso, hijo.

Le hubiera dolido menos que su padre lo abofeteara. Instintivamente retrocedió, mirándole con incredulidad, luego con desprecio.

—¡Púdrete! —bramó.

Dio media vuelta y regresó al interior de la casa con prisa sin esperar a ver la reacción de su padre. Le daba igual. El hombre se lo merecía. Ignoró a Jim y con ojos que escocían corrió hacia la habitación, olvidándose que Dean estaba dentro. Cuando entró descubrió que su hermano también lloraba, aún recostado en la cama.

Ninguno preguntó la razón del llanto del otro y ninguno intentó hablar al respecto. Se acompañaron en silencio, sabiendo que al final ambos pretenderían que aquello nunca sucedió.