Sam tenía dieciséis años cuando perdió la virginidad y, como solía ser constante en su vida, había una dualidad respecto a lo que sentía sobre el hecho en cuestión. Le enorgullecía haber tenido relaciones a una edad más temprana que su hermano, pero, a su vez, no fue como lo había imaginado. Vanessa se había acercado a él al comienzo de la clase de biología y le había pedido ayuda para estudiar, y en la tarde, cuando se sentaron a la mesa y Vanessa le dedicó una sonrisa coqueta, ignorando los libros completamente, Sam supo que lo único que no harían sería estudiar.
Sam tenía un cuarto de motel a su nombre y una curiosidad tremenda, por llamarle de algún modo.
Fue incómodo y extraño, además, sus cuerpos no encajaban. Al principio. Era el instinto rechazando lo que no correspondía pero ninguno de los dos tenía una marca aún, por lo que continuaron adelante a pesar de la tensión. Y cuando el cuerpo superó a la mente... vaya que se sintió bien. Sam por fin comprendió por qué la gente no perdía tiempo esperando algo que podría nunca llegar.
Vanessa visitaba su habitación todos los días después de clase, y durante el fin de semana iba con un bolso pequeño y se quedaba a dormir, aunque eso era lo que menos hacían. Juntos aprendieron a conocerse de un modo que solo la intimidad permitía; Sam descubrió cómo era un cuerpo femenino bajo sus manos, aprendió a explorar entre su piel y la de otra persona, y mientras buscaba lo que su compañera quería encontró lo que él también disfrutaba. Descubrió los lugares correctos donde acariciar, descubrió el significado de los suspiros y los gemidos, descubrió el sabor de una mujer en su boca y el placer de una boca en su hombría.
Se moría de ganas por contarle a Dean. Pero no sabía cómo sacar el tema sin resultar engreído.
Le daba miedo contarle a Dean. Pero no existía un motivo lógico para justificar su renuencia.
Su padre y su hermano no regresarían hasta el fin de semana siguiente, como un simple llamado telefónico le dio a entender, por lo que ese sábado fue el primero desde su primer encuentro íntimo en que no vio a Vanessa al finalizar las clases.
Sam casi no podía controlar la anticipación. Con esa se cumplirían tres semanas desde la última vez que había visto a Dean, y aunque intentaba no contar los días su mente siempre terminaba traicionándolo. Su mente siempre lo traicionaba cuando recibía noticias de que su hermano iba a regresar.
Contrario a lo que hubiera deseado, la distancia solo servía para aumentar esas ansias.
Solo oír la voz de Dean le dejaba sin aliento y en verdad agradecía que no pudiera verle mientras hablaban por teléfono porque no tendría modo de justificar la forma en la que debía cerrar los ojos con fuerza y aferrar el puente de su nariz hasta causar dolor para controlarse.
—... así que estamos a pocos minutos de ahí —siguió diciendo Dean, ajeno a lo que sucedía al otro lado de la línea.
—Claro, gracias por avisar.
—Por supuesto. Oye, y... ah, papá ya viene, tengo que cortar.
Antes de que Sam pudiera decir algo, la llamada finalizó. Observó el aparato en su mano con el entrecejo fruncido.
«Ahí viene papá», «Debo colgar, papá está cerca», «Ah, no puedo seguir hablando, si papá se entera...», siempre era lo mismo. La conversación era interrumpida y terminada abruptamente a causa de John. ¿Y no era ese el problema? ¿Por qué no podía hablar con su hermano como cualquier persona normal? ¿Por qué tenían que hablar en susurros, a escondidas, como si estuvieran haciendo algo malo, algo prohibido? Sam no era idiota, y aunque lo fuera, hasta un idiota se daría cuenta de lo que John hacía. Al fin y al cabo, había pasado un año desde que John dejara a Sam estudiando y arrastrara a Dean de cacería tras cacería a lo largo del país. Un año en que había hecho todo lo posible para no dejarles solos, para acortar el tiempo que pasaban juntos, para evitar que tuvieran privacidad. Sí, se oía como una teoría conspirativa y si lo decía en voz alta sin duda la gente lo consideraría paranoico, pero Sam estaba seguro de lo que veía.
Pero ya no le importaba. A esas alturas le daban igual las razones de John, el porqué hacía lo que hacía. Ya no tenía ocho años como para recurrir a un amigo imaginario para tolerar la ausencia de su padre y su hermano, ni tampoco tenía catorce como para creer que podía huir y encontrar una vida de fantasía. No. John se olvidaba que ahora su hijo tenía dieciséis y no iba a perder su tiempo con esas tonterías; iba a hacer lo que todo adolescente abandonado a sus recursos: disfrutar la oportunidad de hacer lo que se le diera la gana.
¿Y Dean? Pues su hermano podía joderse por permitir que John actuara de ese modo. Le correspondía ser el que llamara en secreto y hablara en susurros luego de haber mantenido la cabeza gacha, obediente, mientras Sam exigía que John les dejara en paz.
(Al final, Sam se había cansado y el deseo de pelear le abandonó por completo.)
Se limitó a vivir la vida, esperando a que su familia regresara al motel cada cierto tiempo, deseando volver a ver a su hermano por razones que había aprendido a ignorar. Podría pasar semanas o meses, pero el sentimiento siempre estaba ahí. Y Sam lo odiaba —pero también lo amaba—.
Esa vez no fue la excepción. Su corazón se aceleró cuando sintió la llave en la cerradura del motel y oyó las voces al otro lado de la puerta. Acomodó su ropa, su cabello y se dejó caer sobre la cama en una pose en apariencia relajada, pero con el cuerpo tan tenso por la expectativa que sintió que se evidenciaba su falsedad. Levantó una de las revistas que había sobre la cama y fingió que leía, pero su mirada estaba fija en la puerta. Cuando vio entrar a Dean desvió la vista hacia el papel, disimulando.
—Hola, Sammy —saludó Dean con una sonrisa devastadora.
Se acercó a otra de las camas para dejar el bolso cerca del armario, sin apartar la mirada de Sam en ningún momento. Por dentro, Sam fantaseaba con que Dean también ansiaba verlo durante ese tiempo separados, que la misma electricidad lo recorría cuando sus miradas se encontraban luego de días sin verse y que en las noches pensaba tanto en él que terminaba viéndolo en sueños; entonces recordaba que para Dean esa distancia despertaba una inocente preocupación por un hermano al que seguía considerando un niño indefenso y se le revolvía el estómago.
—¿Cómo te fue? —preguntó intentando aparentar desinterés.
—Dean, ve a recoger lo que falta —ordenó John mientras dejaba dos bolsas sobre la mesada. Sam le miró con fastidio al tiempo que Dean obedecía con un suspiro—. Sam. —Fue todo lo que el hombre dijo a modo de saludo.
Sam lo ignoró fijando su atención en la revista de misterio que sostenía en manos. Leyó sobre un supuesto avistamiento ovni en Colorado mientras de fondo oía a Dean yendo y viniendo, depositando cajas, armas y bidones dentro de la habitación. Cuando terminó, se desperezó con un sonido gutural, estirando los brazos. Incapaz de detenerse, la mirada de Sam voló hasta el abdomen de su hermano, esperando ver una fracción de piel; al darse cuenta de lo que hacía apartó la vista, frustrado, solo para encontrarse con los ojos de John, que le miraba fijamente. Había una expresión sombría pero resignada en su rostro, una a la que Sam no quiso continuar expuesto.
La idea de que John supiera era otro motivo para sentir nauseas.
—Sam, tu hermano y yo estamos cansados —dijo John dando un trago a su bebida—, prepara la comida.
Tensando la mandíbula, no sin antes enviar una mala cara a su padre, Sam se levantó y caminó hasta las bolsas. No era demasiado trabajo, en verdad: solo debía calentar la comida precocinada que su padre había comprado, sin embargo, que el hombre le pidiera algo —que le hablara, sencillamente— le irritaba. Todo de John le sacaba de quicio, incluso su sola presencia.
—No te preocupes, yo me encargo —ofreció Dean al notar su gesto. Sam y John le dirigieron idénticas miradas tajantes, ordenándole con ese simple gesto que se mantuviera al margen; soltó un suspiro negando con la cabeza—. Qué divertido es estar en familia... —murmuró.
Sam aplastó la culpa, el sentido de responsabilidad que le reprochaba lo justo que era hacer algo tan mínimo por ellos cuando su único esfuerzo en el día era divertirse y estudiar, pero no podía aceptarlo cuando era un pedido de su padre. Quizá, si fuera Dean quien se lo pidiera estaría dispuesto a ceder, ¿pero John? Le hervía la sangre por la furia mientras prendía el horno de solo pensar en que estaba obedeciendo a su padre.
—Entonces... —continuó Dean a los pocos minutos, incapaz de completar la frase. Chocó las palmas pensando en qué decir para llenar el silencio, sin embargo, John tomó la palabra.
—¿Cómo te está yendo en la escuela?
—Bien —respondió Sam sin apartar la mirada del queso que comenzaba a derretirse dentro del horno.
—¿Bien? ¿No tienes nada más que decir?
Giró para dedicarle a su padre una sonrisa tensa pero sarcástica.
—Nop. Nada.
John llevó el vaso a sus labios con un meditativo «hmm» que dio fin a la conversación. Dean volvió a suspirar pero ninguno le prestó atención. De mala gana, Sam colocó los platos sobre la mesa y, al cabo de unos minutos, sacó la comida del horno. Olía a plástico y, al probarla, su sabor era el de plástico, pero estaban acostumbrados.
—¿No tuviste ningún pleito? —preguntó John de pronto.
A Sam le llevó unos segundos comprender que seguía hablando del tema anterior.
—¿Esperabas que lo tuviera?
—¿Y qué hay de tus notas?
—Excelentes. Puedo enseñarte mi boletín si quieres.
—Siempre fuiste un estudiante modelo, Sammy. Eres todo un nerd —agregó Dean con tono ligero, palmeando el hombro de su hermano a modo de juego.
John entrecerró los ojos, mirándole como si acabara de cometer una insolencia, y Dean, por algún motivo, regresó la atención a su comida removiéndose en el asiento y agachando la cabeza. Como si acabara de hacer algo malo. Sam apretó los puños ante esta situación; ambos le enfurecían: Dean por dejarse dominar y John... solo por ser él. Claro que no culpaba a su hermano, pues nada de eso estaría sucediendo si no fuera porque su padre había encontrado una nueva excusa para demostrar lo miserables que podía hacerlos año tras año.
—Nada emocionante, entonces. —Finalizó John, bebiendo más de lo que comía. Dean también bebía pero aún estaba en su primer vaso de cerveza mientras que John ya había abierto su segunda botella. Sus palabras terminaron de irritar a Sam.
Lanzó una mirada a Dean, lamentando que esto no fuera a quedar entre ellos, una conversación que en su imaginación iba a ser privada, un secreto para compartir y susurrar experiencias lejos del oído atento de su padre. Pero la necesidad de fastidiar a John era mayor. Quería echarle en cara que su intento por dejar abandonado a Sam había resultado en algo beneficioso para el muchacho.
—Ah, yo no diría que nada —murmuró, haciendo la mímica de beber agua para generar suspenso—. Digo, tengo dieciséis años, ¿sabes? Y tengo todo el cuarto de un motel para mí. —John enarcó una ceja como toda señal de que le prestaba atención—. Te imaginarás que a mí... —Hizo una pausa. ¿Qué era Vanessa? Buscó la palabra que más afectaría a John—... novia le encanta.
Entonces las cejas de John se alzaron, pero no mostró desaprobación. Más bien, se veía complacido. Era odioso.
El susurro de una conversación lejana picó sus oídos. Tal vez a John realmente no le importaba. Tal vez en verdad de un día para otro había perdido toda ilusión por el destino que Dios había marcado en ellos.
Un poco tarde, ¿no crees?, pensó.
—¿Novia?
—Así es. Lo bueno de estar solo es que puedo buscar la compañía que se me apetezca.
—Ya veo.
Y de pronto John lucía más relajado, más tranquilo. Sam le gritaría si tuviera el valor suficiente. Buscó la mirada de su hermano; ahora definitivamente lamentaba no haber guardado esa información para cuando estuvieran solos, sin embargo, la boca de Dean estaba tensa y el entrecejo arrugado. Parecía que había aliviado a John y contrariado a Dean, lo que no tenía sentido. Había causado el efecto inverso que buscaba: quería alterar a su padre, hacerle pensar en la irresponsabilidad que cometía al dejar a un adolescente solo, al mismo tiempo que quería despertar orgullo en su hermano, hacerle pensar en que ya era un hombre y que tenían más cosas en común que una vida repleta de elementos sobrenaturales.
Como siempre, Sam sintió que él era el problema en esa ecuación de tres dígitos.
El teléfono del motel sonó. Dean se levantó a contestar sin necesidad de que se lo pidieran. A juzgar por su lado de la conversación, la recepción del motel tenía una llamada en espera para pasar; una vez que las líneas conectaron resultó ser una llamada para John por parte de otro cazador. Con desgana, el hombre aceptó el auricular y contestó con un gutural «¿qué?». Oyó lo que el otro le decía, lanzó una mirada conflictiva a sus hijos y, tras meditarlo unos segundos, respondió:
—De acuerdo, allí nos vemos. —Colgó. Se frotó el rostro y con un suspiro anunció—: Era Lucas. Está en la zona y quiere salir a tomar. —Antes, John no habría dudado en salir corriendo hacia el bar con tal de ahogar sus penas en alcohol, ahora, sin embargo, alternó una mirada dubitativa entre sus hijos fijándola al final en el mayor—. ¿Te vas a quedar aquí?
—Uhm, estoy cansado...
La respuesta agravó la expresión de John. Por su parte, Sam sintió el repentino impulso de levantarse y tirar la mesa en un acto puramente dramático pero que sin duda le libraría de las ganas de golpear algo que recorría su cuerpo. Se levantó, sí, pero en lugar de tirar la mesa a un lado recogió los platos, caminó hasta el lavabo y comenzó a lavarlos con fuerza.
—No vaya a ser que nos quedemos juntos un momento, como hermanos que somos —gruñó.
—Basta, Sam —reprochó Dean.
Se sintió traicionado. Frotó los platos con más fuerza, apretando los dientes. Con la misma brusquedad mojó su antebrazo, que había comenzado a arderle, intentando calmar el escozor con el agua fría mientras pretendía no oír lo que hablaban a su espalda.
—Intentaré volver cuanto antes... Esto es... —John dejó escapar un suspiro pesado, agotado—. Supongo que no puedo hacer nada al respecto... De verdad es inevitable.
Sam no volteó ni siquiera cuando hubo terminado de lavar los cubiertos. Aguardó hasta que su padre se hubo marchado, cosa que llevó más tiempo del necesario; sin duda, el hombre habría tenido un debate mental muy intenso porque dejar que sus hijos tuvieran una relación normal parecía ser lo último que deseaba permitir. Si se lo preguntaban, Sam diría que aquella vida maldita finalmente había vuelto loco a su padre. Por fortuna nadie se lo preguntaba. Se atrevió a mirar por encima del hombro cuando sintió la puerta cerrarse. Como suponía, John se había marchado. Solo quedaba Dean, de pie frente a la puerta frotándose la cabeza como si la situación le causara angustia en vez de ira.
Sam le sonrió con picardía en cuanto vio que la costa estaba despejada pero Dean evitó su mirada.
—¿Y?
—¿Y, qué? —respondió su hermano pretendiendo que buscaba algo en uno de los bolsos.
Sam rodó los ojos.
—¿No vas a preguntar? Ahora tengo novia, ¿no vas a preguntarme cómo es?, ¿cuándo empezamos a salir? —inquirió frotando su antebrazo; luego mostró una sonrisa atrevida—. ¿Cómo es en la cama? —añadió, esperando despertar el interés en su hermano, sin embargo, todo lo que consiguió fue que Dean tensara los hombros, soltase el bolso con fuerza y le diera la espalda. Aquella no era en nada parecida a la reacción que Sam había imaginado—. Vamos, Dean, al fin podemos hablar de esto, ¿qué te pasa?
—¿"Al fin"? ¿Qué te hace pensar que quiero hablar de estos temas con mi hermano menor?
—Oh, ¡vamos! ¡Todos lo hacen! Además, ya nunca pasamos tiempo juntos y casi no tenemos nada en común, pensé que... pensé que al menos íbamos a tener algo de qué hablar.
—Pues no quiero hablar de sexo contigo, y eso es todo. —Realizó un movimiento horizontal con la mano, como si diera el asunto por terminado. Buscó el control remoto y se encaminó a la parte de la habitación que servía como espacio para las camas y en donde el televisor se encontraba. Se detuvo antes de sentarse y miró a Sam como si acabara de oler algo horrible—. Espero que hayas cambiado las sábanas, al menos.
—Claro que sí, ¿por qué me tomas? Cambié todas.
—¿Cómo que todas?
—Bueno, hay tres camas para una sola persona. Cuando Vanessa viene, junto las camas para tener más lugar, ya sabes...
Fue un placer observar el cambio en la expresión de Dean. Sam no pudo reprimir una sonrisa de satisfacción, porque si no iban a conversar como había pensado entonces al menos podía molestarlo un poco.
—Sam, te juro que...
—Cálmate, todo está limpio. No exageres. —Bufó, pasándolo de largo y recostándose sobre la cama para continuar hojeando la revista.
Dean se acercó despacio hasta tomar asiento al borde de la cama de Sam, lo suficientemente cerca como para que su cintura rozara los pies del menor, y encendió el televisor. Toda la atención que Sam podría haber depositado sobre la revista se disparó al instante hacia el punto de contacto que había entre ambos, sintiendo el calor del cuerpo contrario contra sus dedos fríos. Una idea impúdica acudió a su mente: se imaginó frotando el pie contra el cuerpo contrario, deslizándolo por la pierna de Dean en un movimiento lento y provocativo, atreviéndose luego a cambiar el rumbo, ir más al centro, buscar... Se aclaró la garganta, intentando silenciar su mente y no pensar en nada más. Había llegado a un impasse respecto a los deseos que sentía por Dean, aprendiendo a aceptarlos por falta de una posible solución pero sin perder el deprecio que les tenía.
—¿Vanessa, eh? ¿Así se llama? —preguntó Dean de pronto.
A Sam le llevó unos segundos responder, distraído por los problemas de su mente.
—Sí, va a mi curso —añadió, ilusionado con la prospectiva de que Dean quisiera hablar sobre el tema, después de todo. Pero su hermano siguió mirando la televisión en silencio, y por mucho que esperó, ya no hubo respuesta de su parte.
Con un bufido, Sam abandonó su intento por aparentar que la revista le interesaba. Se levantó y fue hacia el refrigerador —lamentando la perdida de contacto entre su cuerpo y el de Dean— en donde buscó algo para beber. Había una botella de agua, un paquete de cervezas y tres latas de gaseosa. Alternó la mirada entre los tres, intentando descifrar qué era exactamente lo que su paladar le pedía en aquel momento. Agarró una de las latas y antes de apartarse, una nueva idea, una que sí era bienvenida, le detuvo; lanzó una mirada a su hermano, que seguía atento al televisor, y, comprobando que no lo viera, tomó una segunda lata y la agitó. Con ambas latas en mano regresó a su lugar, tendiéndole la lata afectada a Dean al pasar. Este la aceptó algo sorprendido con el gesto.
—Gracias, Sammy.
Le palmeó la pierna antes de que Sam se alejara, un gesto que definitivamente no se sintió para nada especial. Dejó su bebida sobre la mesita de luz y regresó a su posición anterior para observar el desenlace. Como esperaba, al momento de abrirla la presión del gas se liberó sobre Dean, mojando sus muslos. Él se puso en pie con una exclamación ahogada manteniendo la lata lo más lejos posible de su cuerpo causando que Sam estallara en carcajadas.
—¿Qué demonios?
—Cielos, ¡tu cara!
—Oh, ya verás...
Dean no completó la amenaza. En lugar de eso se lanzó hacia Sam con velocidad. Había diversión en su mirada y una intensa expectativa se encendió en Sam al verlo gatear sobre la cama para llegar hasta él. Por supuesto, se dejó alcanzar riendo. Levantó las manos para defenderse cuando lo tuvo encima y Dean no tardó en aferrar sus muñecas para intentar apartarlas; forcejearon un momento hasta que Sam, débil por la risa, se dejó vencer. Dean sostuvo sus manos a cada lado sobre el colchón y emitió un sonido profundo con la garganta. Sam dejó de reír al instante.
—¡No, no! ¡Ni se te ocurra!
Pero su hermano ya preparaba los labios para dejar caer la mucosa acumulada en su boca. Sin embargo, Sam era ahora tan alto como él —si no es que lo superaba por unos centímetros— y sus hombros eran ya más anchos que los de Dean. Haciendo acopio de sus fuerzas, no le costó revertir la situación: con un impulso invirtió sus posiciones quedando encima de Dean con una sonrisa triunfal que se convirtió en una suave risa al ver la expresión pasmada de su hermano.
—¿Y ahora? —preguntó con sorna para quebrar el silencio.
Dean no respondió. Ni se movió. Era como si haber sido repentinamente superado por Sam le hubiera descolocado por completo. Entonces tragó con fuerza, un movimiento que se vio marcado a lo largo de su garganta, y abrió más las piernas, levantando los pies para rodear los muslos de Sam. La sonrisa se esfumó al instante de sus labios. De pronto, Sam fue consciente de todos los puntos en los que sus cuerpos se encontraban y, con un escalofrío, su mente le recordó que aquella era una pose muy similar a la que últimamente utilizaba con Vanessa. Escaneó el rostro de Dean con el pulso acelerado al tiempo que diversos escenarios cruzaban su imaginación. Cuando Dean volvió a tragar con fuerza —en el momento en que él pensaba en lo sencillo que sería impulsarse hacia adelante, empujar con la cadera, inclinar la cabeza— Sam se apartó de un salto, sin delicadeza, perdiendo el equilibrio dos veces encima del colchón. Se sentó al borde de la cama de espaldas a Dean intentando controlar la respiración mientras frotaba su antebrazo.
Hubo un silencio incómodo, uno que rogaba solo él fuera capaz de sentir.
—Papá tiene razón —dijo Dean.
—¿Qué?
Sam giró para verle con indignación, molesto solo con oír que le daban la razón a John y más aún cuando era Dean quien lo hacía. Por su parte, Dean continuaba acostado con la vista fija en el techo. Se frotó los ojos e imitó a Sam, sentándose del lado contrario para darle la espalda también.
—Voy al bar. Iré a buscar a papá, yo... —No pudo terminar la oración.
Se levantó y se colocó la chaqueta.
—¿Qué? Pero, Dean... vamos, no seas... —Sam ni siquiera sabía lo que quería decir, sin embargo, sus palabras fueron ignoradas.
Guardó silencio al sentirse como un hombre despechado que ruega por la atención de su pareja. Dean salió por la puerta tan rápido como pudo. Y así sin más, Sam volvía a estar solo. No porque su familia estaba lejos en una cacería sin fin, sino porque su familia prefería alejarse de él a pesar de que por fin estaban en la misma ciudad luego de semanas apartados.
Pues, al diablo con ellos. A Sam no le importaba. Claro que no.
(Eso prefería pensar.)
Regresó a la cama, enfurruñado. Rascó su brazo con frustración y, cuando se dio cuenta de lo que hacía, bajó la mirada hacia la zona con el corazón alborotado y la expectativa en la garganta. Pero no vio señales de nada más que las marcas rojas que sus uñas habían dejado sobre la piel maltratada. Aquello no aminoró su emoción; sabía lo que significaba. En ese instante, más que nunca, deseaba levantar la cabeza y anunciarlo, pero no había nadie allí para oírle. Estaba solo. Quería salir corriendo, alcanzar a Dean y contarle; incluso deseaba que John cruzara la puerta en ese preciso instante para poder exclamar que por fin estaba sucediendo, por fin iba a llegar su destino.
Pero sabía que eso no iba a ocurrir y la falta de alguien a quien expresar su emoción le dejó lleno de amargura cuando la alegría del momento se marchitó.
Tal vez solo es un sarpullido, pensó con desánimo.
Como fuera, se dirigió al baño y aplicó crema sobre la zona, decidido a cuidar su piel lo mejor que pudiera. Sabía que era usual en las personas rascar con furia la franja en donde la marca se manifestaba dejando daños permanentes que adornarían el nombre del destinado por siempre. Sam no sería uno de esos.
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No supo a qué hora su padre y hermano regresaron, pero cuando despertó —de un sueño interrumpido por los sonidos a su alrededor— los descubrió ya vestidos, recorriendo la habitación para asegurarse que no olvidaban nada y con los bolsos preparados junto a la puerta. Una mirada veloz al reloj le mostró que era demasiado temprano y que, posiblemente, su familia ni siquiera había descansado. Tal vez ambos acababan de regresar del bar. No sería una sorpresa que así fuera.
John no tardó en notar que Sam tenía los ojos abiertos y los miraba, aunque cansado.
—Estás despierto, bien. Lucas tiene un caso en el que está trabajando, así que iremos a ayudarle. —La expresión pálida de su padre le confirmó que no había pegado un ojo en toda la noche—. Estaremos en contacto.
Se quedó allí de pie, como si esperara algo. Detrás, Dean cargaba los bolsos; cuando salió del cuarto lo hizo sin mirar a Sam y sin despedirse. No regresó. Al cabo de unos segundos John suspiró y se encaminó hacia la puerta.
—Cuídate, Sammy. —Apagó las luces y salió.
Y así de fácil, Sam volvía a ser una familia de uno.
Cuando abrió los ojos por segunda vez, creyó que lo había soñado todo. Fueron los pequeños detalles delatores —las tazas sucias con café en el lavabo, las sábanas arrugadas en la zona donde alguno había tomado asiento en algún momento de la madrugada, las botellas de cerveza vacías en un rincón— y el peso de la memoria los que le afirmaron lo contrario.
No había terminado el desayuno cuando decidió llamar a Vanessa. Aún tenían todo el domingo por delante.
La muchacha no dudó en aceptar. Estuvo frente a su puerta antes del almuerzo y no más de media hora después la tuvo sentada sobre él, moviendo las caderas a un ritmo torpe que nunca habían practicado en ese ángulo, desnuda y jadeando. Trató de concentrarse en ella, de disfrutar aquel placer sin perderse por completo en las sensaciones de la carne, recordar que era ella quien estaba con él haciéndole sentir de tal manera. Falló reiteradas veces. Su vista iba a parar a un punto lejano, inexistente, o sus párpados caían, olvidados.
—Tienes suerte —dijo Vanessa al cabo de un rato, cuando hubieron terminado y permitieron un descanso a sus cuerpos. Sam la miró con curiosidad, sin comprender—. Ya conoces a tu alma gemela.
Le tomó varios segundos entender a qué se refería. Incapaz de controlarlo, se removió intentando deshacerse de la tensión que dominó su cuerpo.
—No sé de qué hablas...
Fingió, y si Vanessa era siquiera un poco observadora, se daría cuenta de que debía fingir también. Era cierto, de alguna forma, que la naturaleza podía reconocer a quien el destino le tenía deparado incluso sin saber el nombre que decoraría la piel del cuerpo en la adultez, pero era ridículo afirmar que, en una situación de éxtasis, el nombre de esa persona escaparía de los labios, inadvertido. En su opinión, era un invento que los embusteros utilizaban para excusarse ante sus parejas que el resto de la gente había adoptado con el tiempo porque se había hecho demasiado popular como para resultar falso.
Una estupidez. Una gran estupidez que Vanessa afirmó cuando abrió la boca, sonriendo emocionada, sin duda creyendo que lo que estaba por compartir sería agradable.
—Dijiste "Dean". ¿Quién es?
Y, a pesar de todo, la mentira que Vanessa parecía creer era mucho más preferible a la realidad de Sam.
Esa fue la última vez que habló con ella. Cuando él terminó lo que tenían al día siguiente, Vanessa lloró en el baño y luego inició una campaña para poner a todas las mujeres de la escuela en su contra. Al parecer, había más en esa relación de lo que Sam había creído.
Daba igual.
El verano se acercaba, de todas formas, y en cuanto llegara, los Winchester desaparecerían de aquella ciudad junto con los restos de la primavera.
