—¿Usaste protección?
Sam estuvo a punto de escupir la fruta que masticaba. Miró escandalizado a Bobby, pero el hombre mantenía el mismo gesto de siempre: un semblante tranquilo que parecía gritar «idiota» sin necesidad de esforzarse para ello.
—Cielos, Bobby.
—¿Eso significa que no?
—¡Claro que no! Digo... ¡sí, usé!, pero no necesito que me lo digas...
—¿Siquiera sabes cómo ponerte un condón?
Sam se hizo hacia atrás en el asiento, exasperado, y se puso en pie para darle la espalda.
—No sé para qué te lo conté.
—Claro que sabes —respondió Bobby, como si fuera obvio—. Estás aburrido, y eres un adolescente, quieres presumir que al fin te creció el pelo ahí abajo. —Levantó su vaso de whiskey en un saludo sarcástico—. Pues felicidades, ahí lo tienes. Ahora, rézale a Dios o cualquier deidad en la que creas para que en unos años un niño no llame a la puerta diciendo: «hola, papá, te estaba buscando» porque créeme, si piensas que luchar contra monstruos es difícil, no tienes idea de lo que te espera.
Sam dejó escapar un suspiro, pero se permitió una sonrisa a sabiendas de que el otro no podía ver su expresión. Eso era lo que necesitaba, alguien que demostrara que las cosas que Sam hacía le importaban. Se sentía bien.
—...desearas mil veces luchar contra un hombre lobo con tus propios puños antes que criar a un niño... —Continuó Bobby.
—¿A Dean también le diste esta charla?
—Claro que sí, pero tu hermano no fue tan estúpido como para venir a decírmelo en la cara. —Bobby hizo una pausa para beber y luego agregó, con cierto respeto—. O tan valiente. —Justo entonces se percibió en aumento el estridente ritmo de una guitarra que daba vida a "Welcome to de jungle"—. Hablando del diablo... —murmuró Bobby.
Ambos se dirigieron a la entrada para recibir al Impala, que iba con las ventanas bajas dejando escapar de su interior la inigualable voz de Axl Rose. Dean asomó la cabeza con una gran sonrisa, moviendo los labios al compás de la letra; llevaba unos lentes de sol que cubrían sus ojos y alzó una mano para agitarla en el aire. Sam resopló para disimular una risa.
—Idiota... —murmuró Bobby, pero había afecto en su tono.
—¡Eh, Sammy, Bobby! Les trajimos el almuerzo —anunció Dean al abrir la puerta, sosteniendo una bolsa con el logo de Piggly Wiggly en una mano y un cartón con gaseosas en la otra—. Baja mi mochila, ¿quieres? —dijo antes de inclinarse dentro del vehículo y salir con una bolsa pequeña, transparente, colgando de su boca. Adentro había una generosa porción de tarta.
—Sam, ayuda a bajar las cosas —ordenó John, abandonando el asiento de piloto.
El muchacho soltó un suspiro profundo, semejante a un gruñido, intentando transmitir su fastidio con la mirada pero John lo ignoró pasando de largo y siguiendo a Dean al interior de la casa. ¿Qué sentido tenía repetir lo que Dean había dicho? Su hermano al menos sabía utilizar un tono amistoso para motivarlo. Bobby apoyó una mano sobre su hombro, distrayéndolo. Lo miró con simpatía.
—Te ayudo.
Avanzaron el trecho hasta el coche, Sam dirigiéndose al asiento trasero y Bobby hacia el baúl. Dos bolsos negros ocupaban el asiento y en el espacio que quedaba entre este y el delantero había una bolsa blanca inclinada hacia un costado, probablemente derribada por el movimiento del vehículo sobre la carretera. De mala gana, se colgó los bolsos a los hombros y luego estiró la mano para levantar la bolsa. Chasqueó la lengua cuando el contenido se deslizó del interior del plástico hasta caer bajo el asiento. Dejó los bolsos en el suelo y se inclinó dentro del coche para recogerlo, sintiendo una repentina curiosidad al notar lo que era: un guante de baseball, nuevo y de aspecto caro, con un moño amarillo atado en un extremo. Había una tarjeta unida al moño. Levantó la vista cuando Bobby cerró el baúl, posicionando su cuerpo de modo que el hombre no pudiera ver lo que hacía, pero Bobby siguió de largo sin mirar dentro del coche con un aburrido:
—Apresúrate, muchacho.
En cuanto se alejó, Sam regresó la vista a la tarjeta. Curioso, la abrió.
"Para el mejor hijo del mundo."
Una serie de emociones cruzaron por su mente en menos de un minuto. Sorpresa, porque su padre no era de los que hacían regalos tan personales y con un toque de cariño. Luego vino la confusión. Estaban en septiembre, por lo que tanto su cumpleaños como el de Dean se hallaban a meses de distancia. Tuvo entonces la terrible revelación de que aquel regalo, sin duda, debía ser para Dean. Era su hermano quien más disfrutaba de aquel deporte y era su cumpleaños el más próximo. Seguramente John lo había visto y, contando con el dinero suficiente, había decidido no perder la oportunidad incluso si debía mantenerlo escondido el resto del año. Lo que automáticamente despertó el enojo en Sam, quien ese año había recibido un cupón arrugado con un 20% de descuento en helados de un John agotado cuya única presencia ese día fue entregarle el papel con un simple «feliz cumpleaños» antes de retirarse para descansar. La envidia no tardó en asomar su horrible cabeza, notando el material resistente con el que estaba formado el guante. Nuevo y caro. Para el mejor hijo del mundo.
—¡Sammy!
Y ahí estaba él.
Con prisa, guardó el guante en la bolsa y la introdujo en uno de los bolsos de John. Podía estar enojado, pero no era tan imbécil como para arruinarle la sorpresa a Dean.
—¿Qué haces ahí metido? —preguntó este recargándose contra la puerta.
Sonrió encantado al ver como Sam debía arrastrarse sobre el asiento para abandonar el coche. Ahora que Sam lo superaba en altura, cualquier momento donde su tamaño resultase inconveniente eran motivo de gozo para él y Sam detestaba lo abierto que era a la hora de expresar su burla. Ni siquiera se molestaba en disimular, el maldito. Sin cuidado le pasó uno de los bolsos, asegurándose de empujarlo un poco.
—Oye, tranquilo. ¿Así me agradeces haber preparado el almuerzo?
—Comprar comida chatarra no es algo que deba agradecer.
—Es la intención lo que cuenta.
—Déjame en paz.
—¿Y ahora por qué estás así? ¿Otra vez estás en tus días? Diablos, Sam. Tienes que ir a un médico para que te revise, esto no puede ser normal...
Sam intentó propinarle una patada pero Dean la esquivó con facilidad, riendo. Pensaba seguirle hasta lograr su cometido, sin embargo, la voz de John los detuvo.
—Dean.
Fue todo lo que dijo. Se hallaba en la entrada con las manos a la cintura y unos lentes de sol idénticos a los que Dean llevaba que lo hacían lucir como un policía resentido con la vida. Tal vez eso era, al menos con sus hijos. La sonrisa de Dean se desvaneció; chasqueó la lengua y como un soldado obediente se encaminó hacia la casa, susurrando un agrio: «sí, ya voy», que desquició a Sam. Una vez que su hermano se adentró en la casa y Sam se convirtió en el centro de atención del padre, levantó el bolso y lo arrojó al suelo con fuerza.
—¡Sam! —rugió John, pero el susodicho le dio la espalda y comenzó a alejarse—. Sam, regresa aquí en este instante. ¡Sam!
Lo ignoró. Se perdió entre el cementerio de coches y plantas sin molestarse en alejarse demasiado de la casa, sabiendo que John no realizaría el esfuerzo de seguirle. Desde su escondite pudo oír las voces distantes de los otros. Alguno, Bobby o Dean, había salido de la casa, atraído por los gritos de John, sin embargo, su voz no eran más que un murmullo mientras que la autoritaria de su padre se oía fuerte y clara.
—Déjalo. Más vale que aclare su cabeza antes de regresar. Y ni pienses en darle algo de lo que compramos, con ese comportamiento no va a... —Las palabras se perdieron cuando John se alejó, sin duda hacia el interior de la casa.
Sam pasó una mano por su cabello sintiéndose tonto. Pero aún estaba molesto. Apretó sus ojos con los nudillos y, al cabo de un rato, apartó las manos con un suspiro. Su mirada fue a parar sobre su brazo. Con lentitud levantó la tela de la camisa y observó la piel de su antebrazo. Allí, entre las franjas rosas que sus uñas habían generado minutos antes cuando, sin percatarse, había rascado la zona, se diferenciaban unas líneas pequeñas y rojas. Sam las observó con desánimo, distanciado de su propio cuerpo. Al principio, había creído que las líneas eran el producto de una herida causada por sus uñas, pero por más precauciones que tomó y el control que llevó a cabo —revisiones periódicas, cremas humectantes, vendas y paños fríos— las líneas no desaparecieron, al contrario: se duplicaron. Una observación más cercana reveló que no eran heridas, sino que portaban la simetría y la apariencia de lo que sin duda algún día llegaría a convertirse en un conjunto de letras. Y eso sería fenomenal, Sam estaría extasiado de dicha, si no fuera por aquel pequeño detalle.
Las líneas eran rojas. No negras, como debían ser. Rojas.
¿Por qué?
Jamás, en sus casi diecisiete años de vida, había oído de algo similar. Ni siquiera había encontrado registro de un caso parecido en los documentos que guardaban las bibliotecas de cada estado que él y su familia habían visitado durante los últimos meses. Tampoco había encontrado casos médicos similares que pudieran explicar el motivo o, como mucho, demostrarle que aquello era posible, que había sucedido antes y que si bien era extraño no resultaba imposible. Nada. Si alguien como él existió alguna vez, o habían mantenido el caso en silencio, o nadie había querido dejar pruebas del hecho.
Por eso estaban ahí, ahora, en casa de Bobby. Técnicamente, según John, estaban ahí porque se rumoreaba que brujas rondaban el área y era conveniente detenerse en casa del hombre en lugar de pagar un motel, pero aquello había sucedido luego de que Sam expresara lo mucho que extrañaba a Bobby y le recordara que llevaban demasiado tiempo sin verlo. Cosa que era verdad, pero lo cierto es que Sam necesitaba los libros de Bobby y sus conocimientos. Si alguien sabía algo, entonces ese sería Bobby. El hombre que, en su mente, era el más sabio y que poseía todos los recursos conocidos por los cazadores. Así que mientras John y Dean se lanzaban a la carretera en busca de monstruos que matar, Sam inventaba excusas para quedarse en la casa e investigar la biblioteca de Bobby, ignorando las sospechas que comenzaba a levantar en su familia.
Llevaban cuatro días durmiendo allí y aún no había encontrado nada relacionado al color de la marca que Dios les había regalado.
—Ya estás grande para estos berrinches.
Sam no se molestó en levantar la mirada. Continuó observando las líneas en su antebrazo con calma, reconociendo las pisadas a la perfección. Cada uno tenía un andar particular que se oía distinto contra la superficie y aquellas eran las únicas pisadas en el terreno que no le preocupaban.
—No es un berrinche...
—¿Y cómo le llamas a esto?
—Le llamó "alejarme de lo que me fastidia". Me evita el estrés.
—Vaya, que chico listo. —Bobby se sentó junto a él apoyando una cerveza en el suelo y con la otra mano extendió un tupper de plástico que contenía una abundante cantidad de ensalada— . Ten, traje tu almuerzo.
Sam arrugó el ceño con repulsión —ignorando que tres años después la cadena de comida rápida dejaría de fabricar elementos de esa calidad y los reemplazaría por plástico barato, altamente contaminante, que producirían en masa todos los días y que harían que Sam extrañase los tuppers con la sencilla PW que los distinguía—.
—¿Ensalada de Piggly Wiggly? ¿Sabes que eso es peor que las hamburguesas que venden ahí?
—Díselo a tu hermano, él lo compró —respondió Bobby encogiéndose de hombros con desinterés.
Aceptó la comida, removiendo la lechuga con el tenedor de plástico que venía incluido antes de murmurar:
—Creí que papá no quería que me dieran mi parte.
—Sí, pero tu padre no puede decirme qué hacer. —Bobby le dio un leve empujón con el codo y Sam no pudo reprimir una sonrisa—. Entonces... ¿quieres charlar de eso? —Señaló con la cabeza el antebrazo expuesto del muchacho.
Sam negó.
—No hay nada más que hablar.
Era la verdad. Bobby era el único a quien Sam había confiado su situación, no porque decidiera que el hombre era el único que podía saber sino porque no le había quedado más opción. ¿Cómo iba, si no, a encontrar los libros adecuados? ¿Cómo iba a explicar su necesidad por el material? Y si Bobby tenía información al respecto, ¿cómo más iba a pedirla? El hombre era capaz de leer entre líneas, en especial cuando se trataba de los Winchester, sabiendo por experiencia que ninguna pregunta era casual o inocente. Así que no había tenido más remedio que contarle bajo la promesa de que no le diría nada a John. Bobby había asentido, inseguro y solo tras un largo debate, y luego había bebido dos cervezas en el sofá sin pronunciar palabra.
—Diablos, muchacho. Sabes que si encuentras algo puedes contar conmigo —dijo, aunque era lo que llevaba diciendo durante esos cuatro días pese a que nunca encontraban información nueva.
—Gracias.
Comió en silencio mientras Bobby bebía la cerveza. La ensalada de Piggly Wiggly era insulsa y la sal era todo lo que le daba sabor pero era mejor que nada, además, era la intención de Dean lo que contaba. Había terminado de comer cuando, luego de una larga pausa en la que Bobby y él contemplaron el cielo entre columnas de coches oxidados, la voz de John se hizo oír otra vez.
—¿Bobby?
Sam miró al hombre en cuestión con súplica. No tuvo que decir nada, pudo notar en su mirada que Bobby comprendía. Se puso en pie dedicándole un último gesto empático antes de doblar la esquina entre los coches e ir al encuentro de John. Sam pudo oír parte de lo que hablaban.
—¿Te vas otra vez? Diablos, John, acabas de llegar.
—Es una emergencia.
—¿De qué tipo?
John evadió la pregunta.
—Necesito que vigiles a los chicos. ¿Prometes que lo harás?
—Solo son muchachos, déjales algo de libertad...
—Bobby.
Cualquiera fuera el intercambio silencioso que tuvieron a continuación fue finalizado por un suspiro de Bobby.
—Demonios. De acuerdo...
—Me llevó la camioneta.
—No me sorprende.
Oyó los pasos sobre la tierra, la puerta de un coche abrirse y cerrarse, el motor y, por último, las ruedas que se alejaban.
—Ya puedes salir de tu escondite —dijo Bobby al cabo de un rato.
Sam se levantó y avanzó el corto trayecto que había realizado entre el laberinto de coches hasta llegar a Bobby y la entrada de la casa.
—No me escondía —rebatió.
—Ajá, —Bobby le observó un momento, un brillo que delataba el cariño que sentía por los Winchester apareció en su mirada—, idiota.
El tono suave con el que lo dijo delató su aprecio y fue imposible para Sam no sentirse querido, incluso cuando se trataba de un insulto.
—Entonces... ¿Vas a ser nuestro guardia ahora? —preguntó con amargura.
Bobby resopló.
—Muchacho, yo no soy perro guardián de nadie. Tú y tu hermano ya están grandes como para necesitar una niñera, y no sé si lo notaste pero no soy ninguna Mary Poppins.
Dicho esto le dio la espalda y se encaminó hacia la casa. Sam se permitió una sonrisa. Sabía que aquella era la forma ruda de Bobby para decirle que estaba de su lado, además, cualquier persona cuerda reconocería lo ridículo que John era al insistir en no dejar solos a sus hijos. Cualquiera menos Dean, aparentemente. Y hablando de Dean: lo encontró en la sala acostado en el sofá con los pies sobre el apoyabrazos y una revista de rock en manos. En la mesita había un pilón de revistas, la primera de ellas siendo una edición de "Hermosas asiáticas pechugonas". Sam frunció el ceño.
—¿Porno, Dean? ¿En serio?
Su hermano sonrió sin apartar la mirada de las hojas. Había algo alegre en aquel gesto, como si acabara de alcanzar alguna meta.
—Son para Bobby, lo juro —respondió con tono de marido acorralado.
Sam se limitó a rodar los ojos.
—¿Sabes que papá le pidió a Bobby que "nos vigile"? —No pudo evitar decir. Moría de ganas por quejarse o, como mínimo, compartir la amargura con alguien.
—¿Ah, sí? —murmuró Dean. La sonrisa había desaparecido de sus labios.
—¡Sí! ¿Puedes creerlo? —Pero su hermano no agregó nada y Sam comenzó a sentirse como un tonto ahí de pie sin respuesta—. Al menos Bobby no es un imbécil y prometió dejarnos en paz.
—Papá tampoco es un imbécil.
—¿Por qué siempre lo defiendes?
—No lo defiendo, —Cerró la revista y se incorporó—, pero a veces ustedes se comportan igual y eso me pone nervioso.
—Al menos no soy el que intenta ser como papá.
Dean, para el completo deleite de Sam, se puso rojo.
—Yo no intento... ¿qué estás...? ¡Jah! —De un salto se dirigió a la cocina, sin duda escapando de la verdad.
Bobby bajó las escaleras solo para encontrarlos aun discutiendo tonterías en la cocina. Los observó un momento: Dean recargado contra la mesa con una cerveza en la mano, Sam mirándole desde la puerta de la heladera en donde seguramente trataba de encontrar algo saludable entre toda la basura que Bobby tanto disfrutaba. Eran hombres, ya. Lejos habían quedado los niños que alguna vez fue capaz de levantar en brazos y que en la privacidad de su mente había llegado a considerar hijos propios. Sam, que aún era considerado por ley un menor, se había vuelto tan alto en los últimos años que Bobby debía tomarse medio minuto para matar esa fría nostalgia y el pánico que le generaba comprobar lo rápido que el tiempo había pasado. Cuando sus chicos rieron y una sonrisa amenazó con formarse en sus labios, Bobby supo que era suficiente.
—¡Oigan! —interrumpió—, no sé dónde creen que están pero esto no es un spa. Si van a quedarse aquí entonces van a poner sus traseros en movimiento y ayudar con la casa.
Los hermanos asintieron de distinto modo, Dean con un rastro de burla y Sam con determinación. Eran tan distintos, sus muchachos.
Eran únicos.
Pero uno de ellos tenía algo extraño en la sangre, y eso le inquietaba más de lo que ninguna criatura sobrenatural podría lograr en su patética existencia.
