—Ya bésense —murmuró con exasperación.
—¿Hm?
Rafael levantó la mirada, atento. Sin duda pensaba que le hablaba a él, pues no había nadie más que ellos en el salón del trono. A veces se sumergía tanto en las historias que olvidaba que solo Él podía verlas. Ante sus ojos cruzaba cada momento en la vida del universo pero desde afuera solo parecía perdido en sus pensamientos. Por suerte, Rafael no era intrusivo. Era, de sus cuatro predilectos, el más indiferente. Como esperaba, el joven regresó la atención a sus medicinas y Él regresó la atención al túnel al final de su visión.
Había tantas historias. Tantos dramas, tantos giros, llanto, risas, amor... Él las conocía todas, las sabía todas. Las había visto reiteradas veces. Pero esta... esta era particular. Había nacido de su ingenio, de su lado más pícaro, y aunque sabía perfectamente cómo iba a terminar no podía apartar la mirada de ellos. Porque esos hermanos estaban esquivando el guion y, si bien al final regresaban al camino correcto, era interesante observar esas pequeñas vueltas inesperadas. ¡Y qué camino tenían por delante! Anhelaba ver los cambios que esos dos iban a causar en su obra maestra.
Los vio irse a dormir y cerró la conexión que mantenía con sus almas, de pronto desanimado. Se dejó caer contra el respaldo del trono, ya aburrido.
Cambio.
Qué palabra increíble. Él tenía la habilidad de cambiarlo todo, pero, para Él, nada era diferente. Él sabía todo, una vez que algo se formaba Él ya lo conocía a la perfección tanto por dentro como por fuera, su principio y su final. Era... aburrido. Y agotador.
Estaba cansado.
—¿Nunca sientes deseos de hacer las cosas de un modo diferente? —preguntó a su hijo.
Rafael volvió a mirarle, esta vez con extrañeza.
—¿Sentir...? —repitió, probando la palabra en su boca.
—Olvídalo.
¿Cómo iba su hijo a entenderlo, si había sido creado con un propósito único y sin un alma para cuestionarlo? Esas preciosas criaturas que se habían multiplicado durante todos esos siglos de libertad.
Las amaba tanto, pero eran demasiado repetitivas. Nacían, sufrían, morían. Volvían a nacer. Era aburrido. Era aburrido verlas hacer lo mismo una y otra vez. Ni siquiera tenía la oportunidad de interactuar con ellas. Cuando llegaban al cielo eran sombras de lo que una vez fueron en la tierra: sumisas, relajadas, pacíficas, satisfechas. Habían cumplido su ciclo de vida y en muerte ya no les quedaba nada más que demostrar: no habían deseos, no había envidia, no había hambre ni lujuria. Solo... eran. Y el infierno no era mejor. Almas torturadas eternamente, ¿qué tenía eso de interesante? Solo una semana —luego de que su ira inicial al ver lo que esos demonios hacían con su creación desapareciera— era suficiente para volver al infierno el lugar más tedioso del universo.
Pero Él quería cambios. Quería cambios reales.
Tenía tantas historias por contar, por crear, pero solo Él las veía, ¿y dónde estaba la satisfacción en eso? ¿Dónde estaba el reconocimiento? Sí, quizá los humanos agradecían las cosas que Él les daba, pero no era suficiente. Quería estar ahí, verlos a los rostros y que ellos lo vieran a Él cuando agradecían. Vamos, que estaba harto de que lo imaginaran como un barbudo en toga o una nube brillante.
Se levantó de un salto, negando cuando Rafael realizó el ademán de seguirle.
Avanzó por el cielo, contemplando a sus hijos, contemplando las almas dormidas en sus mundos perfectos. Llevaba millones de años en ese lugar. Todos estaban tan acostumbrados a verle pasar, tan seguros de que el Padre de todo siempre estaría ahí para protegerlos. Pero ¿qué pasaría el día que Él no estuviera? ¿Qué ocurriría si Él simplemente... desaparecía? Soltó una risa solo de pensarlo. Y entonces se le ocurrió que podía hacerlo. Podía hacer lo que quisiera. Sabía que sus hijos estarían bien, eran adultos, ya. Sabía que sufrirían, pero las almas en la tierra sufrían todos los días y aun así seguían adelante por cuenta propia.
Sería interesante. Muy interesante. Y Él podría tener el cambio que añoraba. Podría seguir haciendo sus cosas, esta vez desde un lugar oculto y privado, lejos de la adoración de sus hijos y de la perfección que debía mostrar. Podría seguir viendo todo como un espectador, poniendo su mano en el tablero cuando era imperativo pero, por lo demás, permitiendo que los sucesos se desenvolvieran de forma azarosa. Y Él podría estar ahí, podría participar. Dejar de ser un mero espectador.
Podría seguir creando historias, de un modo diferente. Podría contar su historia favorita y compartirla con los humanos.
Podría ser escritor. Podría ser... Chuck, el escritor.
Sí, eso era lo que necesitaba en su vida. Un buen cambio.
Decidido, más a gusto de lo que había estado en milenios, abandonó el cielo por la puerta trasera. La puerta que ningún ángel sabía que existía porque Él acababa de crearla.
