Contempló el agua y el reflejo del sol que se devolvía sobre la superficie como pequeños diamantes. El lago estaba tan silencioso y tranquilo como Sam lo recordaba de su infancia, cuando Bobby los traía para nadar o enseñarles a pescar. Dean interrumpió aquella paz al correr sobre los tablones del muelle y zambullirse. Emergió agitando la cabeza de modo que un arco de agua se levantó sobre su figura.

—¡Vamos, Sammy! No me dejes así —llamó.

Sam lanzó una mirada a Bobby. El hombre había desplegado un asiento de playa sobre el muelle y se había sentado junto a la pequeña heladera de viaje en donde estaban las cervezas y las gaseosas. Abrió una lata, notó que Sam lo observaba, y la levantó en señal de apoyo. Un silencioso: «Anda, idiota, diviértete». Con un suspiro y cierta incomodidad, Sam se despojó de su ropa hasta terminar en calzoncillos, igual que Dean. En cuanto su cuerpo quedó expuesto posó la vista sobre el viejo brazalete de cuero que cubría su creciente marca.

Pertenecía a Bobby.

—Ya no lo necesito. —Fue todo lo que el hombre dijo al entregárselo esa mañana cuando Dean insistía en que debían ir al lago y divertirse antes de que los días de calor se acabaran. Al notar la expresión de Sam, agregó—: Acéptalo y ya. Siempre pensé que algún día se lo daría a mi hijo, de todos modos.

Eso fue lo que bastó para que Sam decidiera aceptarlo, completamente agradecido.

Ahora, junto al lago, pudo notar que los ojos de su hermano se fijaban en el accesorio pero no logró identificar el gesto que mostraba. ¿Sentiría un poco de intriga? Deseaba que así fuese. Solo Dios sabía lo que Sam sería capaz de dar por conocer el nombre en el brazo de Dean. ¿Una mujer? ¿Un hombre? Las últimas aventuras amorosas de Dean parecían indicar al último, pero todo era posible en ese mundo. Inició una carrera por el muelle y se lanzó también al agua, cerca de su hermano. Cuando emergió, Dean continuaba mirándole con el mismo gesto.

—¿Qué?

En respuesta, Dean le tiró agua en la cara con ambas manos. Sam cerró los ojos e intentó apartar el rostro, luego procedió a devolverle el ataque hasta que ambos terminaron riendo y persiguiéndose a lo largo del lago. Cuando Dean se detuvo para permitir que lo alcanzara, Sam sintió el revoloteo de la dicha palpitar en su pecho. Los dos eran adultos, o casi, y cada ocasión en la que podían permitirse jugar de aquel modo, igual que críos, se sentía como una joya valiosa forjada por los momentos donde podían tocarse y sentir la calidez del cuerpo contrario sin el temor a que fuera demasiado raro, demasiado extraño para el ojo ajeno. Dean dejó que pusiera una mano sobre su cabeza y lo hundiera para luego zafarse y devolverle el gesto. Por un largo rato pretendieron que luchaban cuando en realidad se trataba de un juego de "tira y suelta" en el cual se empujaban el uno al otro tanteando hasta qué punto podían llegar.

De algún modo los brazos de Dean terminaron rodeando a Sam para retenerlo, para evitar que escapara, y él no podía dejar de reír, sintiendo el pecho de su hermano contra su mejilla, las piernas entrelazadas bajo el agua, la voz y los suspiros contra su oído, roces en partes del cuerpo que no debían rozar, ni siquiera por accidente. Era... era demasiado. Sam sentía que iba a explotar. Que iba a cometer una estupidez.

—Pausa, pausa. Me rindo —exclamó.

Dean lo apretó más contra su cuerpo antes de dejarlo ir.

—Nunca vas a ganarme, Sammy —dijo, sonriendo victorioso—. No importa qué tan alto te vuelvas siempre vas a ser el pequeño perdedor.

Le lanzó agua otra vez pero más que borrarle la sonrisa solo consiguió que Dean riera con fuerza. Nadó de regreso al muelle antes de que su hermano pudiera reiniciar el forcejeo, dirigiendo una mirada sutil a Bobby; el hombre los contemplaba con la segunda lata de cerveza abierta en mano. Por suerte, en su gesto no había sospecha de ningún tipo, solo la expresión seria de siempre que parecía expresar un deseo por protegerlos y ahorcarlos al mismo tiempo. Avanzó hasta el lugar donde habían dejado las toallas, oyendo que Dean también abandonaba el lago y se acercaba a las mochilas, y con los ojos cerrados se frotó la tela por el cuerpo secándose lo mejor que pudo.

Cuando miró atrás descubriendo que Dean se había sentado sobre su propia toalla y se pasaba protector solar por los brazos. Pensó en una estupidez, la misma clase de estupidez que unos segundos atrás había interrumpido su juego fraternal. Una estupidez que se había instalado en su cabeza y que estaría asomando su horrible ansia durante la siguiente hora, hasta que volviera a descender a lo profundo de su conciencia. Ya sabía cómo era, llevaba resistiéndola dos años. Nunca le había hecho caso, hasta el momento Sam había sido más fuerte y había logrado resistirla una y otra vez, por eso, se sorprendió en sobremanera cuando abrió la boca y preguntó:

—¿Necesitas que te lo aplique por la espalda?

Vio el modo en que Dean abrió mucho los ojos, mirándole como si le acabara de acusar de algo inaudito, y decidió fijar la vista en Bobby por temor a notar en su hermano cosas que no deseaba ver (sospecha, desagrado, burla). Bobby tenía la cabeza hacia atrás y los ojos cerrados, disfrutando del sol. Mientras, el monstruo en el pecho de Sam parecía removerse emocionado, acelerando su corazón mientras la mente no dejaba de gritarle: estúpido, estúpido, estúpido.

—De acuerdo, ya que te ofreces... —respondió Dean en un hilo de voz luego de un largo rato en silencio.

Se aclaró la garganta entregando la crema a Sam, quien resistió el impulso de hacer lo mismo en un intento por calmar los nervios que parecían anudados en su garganta. Aceptó el tubo, observó cómo Dean se acomodaba boca abajo y se arrodilló a su lado. Vació una buena cantidad de crema sobre su mano sin dejar de lanzar miradas a Bobby mientras se decía que aquello no sería diferente al contacto que habían intercambiado dentro del agua, entre juegos y forcejeos, sin embargo, en cuanto sus manos entraron en contacto con la espalda de Dean sintió que una energía eléctrica ascendía por sus brazos hasta alcanzar su pecho. Los músculos de Dean se tensaron bajo sus palmas y Sam tuvo que pasar saliva con fuerza para obligarse a moverlas. Pensó en hacerlo rápido, esparcir la crema de forma veloz y terminar con aquella situación que él mismo había provocado, en lugar de eso, su cuerpo decidió tener el control y frotar la espalda de Dean tan lento como fuera posible. Lanzó una mirada en dirección a Bobby una última vez antes de rendirse y sumergirse en la sensación. Porque, diablos, si ya lo estaba haciendo entonces iba a disfrutarlo.

Ejerció presión mientras recorría la piel en un vaivén innecesario, pues la crema no requería más de dos o tres movimientos para cubrir la piel, no, pero Sam pretendió que sí. Por primera vez podía tocar el cuerpo de Dean sin generar preguntas, bajo la excusa perfecta. Recorrió la columna, la dureza de los hombros y los músculos de los brazos hasta que se le hizo agua la boca. Inspiró hondo y volvió a repetir la acción, temblando cuando su hermano soltó un suspiro de gozo. Sin poderlo evitar, sonrió. Una respuesta impulsiva ante las sensaciones que lo recorrían. Como una bofeteada, pensó en que debía verse como un pervertido. Un degenerado. Trató de eliminar aquel gesto cuanto antes, levantando la vista una vez más. Para su espanto, Bobby los miraba con el entrecejo fruncido.

La boca se le secó en un instante y el nudo en su garganta cayó como un peso muerto hasta su estómago. Apartó las manos y las sacudió.

—¡Listo! No pienso volver a ayudarte, Dean, me quedaron las manos grasientas —exclamó alto, fingiendo una mueca de repulsión ante la sensación de la crema entre sus dedos.

La verdad era que el corazón le palpitaba con tanta fuerza que apenas entendía lo que decía. De cualquier modo, cuando volvió a levantar la vista descubrió que ya no eran el centro de atención de Bobby. El hombre aún fruncía el entrecejo pero ahora estaba más ocupado buscando otra lata en la heladera de viaje que tenía a su lado.

—Te faltó la espalda baja —murmuró Dean de pronto.

—¿Qué? Claro que no.

—Te digo que sí.

Rodó los ojos, el calor que dominaba su cuerpo descendiendo gracias a la terquedad de su hermano.

—Y yo te digo que te cubrí toda la espalda.

Dean suspiró con exasperación, como si el ilógico fuera Sam, y volteó la cabeza, que durante todo ese rato había estado mirando en dirección opuesta, para dedicarle un gesto de falso fastidio que se vio opacado por el color rojo que cubría sus mejillas.

—Bien, veremos quién tiene la razón cuando la mitad de mi espalda desentone con el resto de mi cuerpo.

— De una forma u otra, yo gano —rebatió Sam con una sonrisa.

Dean resopló pero no insistió.

Por fin se permitió relajarse por completo, convencido de que estaba a salvo, que no había sucedido nada fuera de lo normal en la superficie, que el problema continuaba existiendo solo en su cabeza. Mas no poco después, mientras esparcía crema ahora por sus brazos, notó que Dean continuaba mirándole; no, no a él. Una vez más, la vista de su hermano estaba fija en el brazalete que cubría la zona donde la marca estaba terminando de formarse.

—¿Qué? —volvió a preguntar, nervioso.

Frotó el material de modo que Dean no tuviera forma de ignorar que el objetivo de su mirada era evidente, causando que encogiera los hombros con aparente desinterés. La manera en que su prominencia laríngea se movió cuando pasó saliva y la repentina inquietud, en la cual acomodó la cabeza sobre los brazos tres veces, delató su nerviosismo. Sin embargo, cuando habló la voz de Dean fue casual y segura.

—Ya debes tener una buena idea del nombre, ¿no? —Volvió a encogerse de hombros pero su mirada, inquieta, no buscó los ojos de Sam en ningún momento—. Ya pasó bastante tiempo. Suficiente como para que lo deduzcas, ¿no?

Sam quiso creer que el quiebre de su tono al final era nerviosismo y no una fantasía ofrecida por sus oídos. Fue su turno de pasar saliva con fuerza.

—Algo así.

La verdad era que, además de la anormalidad del color, su marca había adquirido formaciones extrañas; lo que creyó que sería una "x" había resultado ser un desconcertante cruce entre dos líneas moduladas y, un poco más apartado, un semicírculo había comenzado a formarse sobre lo que originalmente interpretó como un "i". Había dejado de mirar la marca desde entonces porque, en palabras de Bobby, su marca era "tan improbable como cruzarse con un unicornio". Y él no quería ser improbable, quería ser normal. Recibir una marca roja imposible de leer era lo opuesto a ser normal.

Con un suspiro incomprensible, Dean se incorporó, volteando para sentarse junto a Sam con los brazos descansando sobre las rodillas. Observó la toalla bajo sus pies antes de proseguir en un murmullo:

—¿Vas a mostrármela cuando lo sepas?

—¿Por qué debería? —rebatió con una risa sarcástica—. Nunca me mostraste la tuya.

—Es diferente.

—¿Ah, sí? ¿En qué?

Dean tardó unos segundos en responder. Se pasó una mano por el cabello, se miró las uñas.

—Iba a tener que esperar cuatro años para que tuvieras la tuya, me pareció injusto.

Ambos sabían que eso era mentira. Dean no había tenido problema en enseñarle la marca cuando recién comenzaba a aparecerle en la piel; luego, porque era un adolescente que pretendía ser rebelde, había dejado de mirarla y, por ende, de mostrarla a los demás en un intento por simular completo desapego. Sam pensó en decirle esto, estuvo por hacerlo, pero entonces Dean levantó la mirada y, cuando sus ojos se encontraron, sintió que el mundo era apartado por un manto cálido que le impedía asomarse. En ese momento se formó un espacio solo para ellos y nadie más; un espacio formado solo por ellos. Como un tonto, su corazón volvió a enloquecer. Dean lo miraba con tranquilidad, con los párpados relajados y un brillo especial en los ojos. Era tan atractivo, pensó, que no había duda de que había sido bendecido. No solo en aspecto, sino también con bondad y un carácter agradable. Alguien ahí arriba lo había visto nacer y había decidido que Dean merecía el paquete completo: belleza, salud, una gran personalidad y un corazón de oro.

Si fuera alguien más, si se tratara de cualquier otra persona en el mundo... Sam no dudaría en besarle. Todo en aquel instante indicaba un sentimiento compartido, un aire de romance correspondido en el que solo hacía falta que una de las dos partes tomara valor y diera el paso restante. Y, si estuviera sucediendo con otra persona, Sam lo haría. Sin dudar. Pero no se trataba de otra persona, sino de Dean. Con alguien más, si se equivocaba, Sam podría reconocer que había cometido un error y, exceptuando una incomodidad inicial, podría salvar la relación que mantuviera con dicha persona, pero, si se inclinaba ahora y trataba de besar a Dean, ¿cómo rayos iba a salvar esa relación? ¿Cómo volvía a ver a su hermano a la cara luego de intentar besarlo? Fácil: no podría. Sería un daño irreparable en el que el mejor desenlace tendría a Dean pensándolo un degenerado y guardando una distancia segura entre ambos, y en el peor: Dean jamás querría volver a verlo.

Era perder o perder.

Así que, con el impulso golpeando su cuerpo en cada palpitar del corazón, Sam buscó alguna distracción con la cual interrumpir aquel acogedor velo invisible que se había formado en torno a ellos antes de que cometiera alguna acción (estúpido, estúpido, estúpido) imperdonable. Su vista se enfocó en el collar que Dean conservaba alrededor del cuello.

—Recuerdo que te portabas como un imbécil en aquellos días —dijo, pretendiendo que no sentía el temblor en su voz.

Tuvo el efecto deseado: Dean apartó la vista soltando una risa falsa y con gesto poco apenado, quebrando la atmósfera (romántica) extraña que se había generado entre ellos.

—Otra vez con eso... déjame en paz.

—Te habías quitado el collar, entonces —continuó Sam, sintiendo una curiosidad honesta al rememorar una discusión cuyas palabras había olvidado por completo—. ¿Por qué?

Dean miró el objeto en cuestión con una curiosidad similar, como si también lo hubiera olvidado y ahora regresaba a su mente con sorpresiva claridad. Lo tomó entre sus dedos y lo miró de cerca, balanceándolo.

—Sentía que me asfixiaba... —admitió en voz baja.

—¿Eh? ¿Cómo es eso?

Nunca obtuvo respuesta. Dean se levantó, corrió por el muelle y volvió a zambullirse. Lo contempló durante varios minutos hasta que fue evidente que su hermano no pensaba regresar pronto: nadaba con rapidez, alejándose. Buscó una pose más cómoda sin dejar de mirarlo: lo vio ir y venir en el agua, dando una vuelta entera al lago, acompañado por el canto de las aves y los ronquidos de Bobby hasta que el motor de un coche interrumpió la paz del momento. Giró a penas el rostro alcanzando a ver el momento en que la camioneta gris se detenía a pocos metros de donde ellos estaban.

Apartó la vista con prisa, sin deseos de ver a su padre bajar del vehículo. Cerró los ojos y se recostó, tratando de relajarse. Inmediatamente, como si no pudiera controlar sus propios pensamientos, la idea de que en una versión paralela John habría llegado a una escena en donde sus hijos estarían besándose cruzó su mente, robándole una risita y luego una mueca de amargura. Ahora no solo tenía en mente lo que sucedería con Dean si intentaba besarle, sino también las posibles reacciones de John y de Bobby. Diablos, del mundo. Un simple beso podría arruinar su vida, una vida que detestaba, sí, pero su vida al fin y al cabo.

—¿Qué es eso?

La voz de John se oyó a su lado. Abrió los ojos y descubrió que su padre estaba de pie ante él con una lata de cerveza en la mano. Tan distraído estaba, fantaseando con finales terribles y vidas paralelas, que no lo había oído hablar con Bobby ni acercarse a él. De cualquier modo, tardó en comprender a lo que se refería. Solo cuando siguió el trayecto de la mirada contraria y terminó posándola sobre el brazalete prestado fue que entendió.

—Un brazalete, ¿qué más? —respondió, no sin sarcasmo.

John frunció el ceño. Al instante, Sam se levantó; tener a su padre en aquella posición le ponía nervioso. En cuanto estuvo de pie la seguridad regresó a él. Ahora era más alto que John, un hecho que siempre generaba un cosquilleo de regocijo en su pecho; saberse más alto le daba la ilusión de control, de poder, y John ya no lo intimidaba como solía. Seguía imponiendo un respeto imposible de apartar, pero Sam ya no le tenía miedo como antes. Podría hacerle frente, si era necesario.

O eso quería pensar.

—¿De dónde lo sacaste?

—Bobby me lo dio.

Ambos voltearon la cabeza hacia el susodicho, que apartó la mirada somnolienta pretendiendo que no los había estado observando todo ese tiempo. Sam no pudo resistir levantar ligeramente el mentón cuando John regresó la vista hacia él, retándole a comentar al respecto. Por su parte, John lucía más exhausto que molesto por la actitud del menor.

—No puedes usar el de Bobby.

—¿Por qué no?

—Porque es de mal gusto, Sammy —gruñó John bajando la voz.

Y, desde un punto de vista social, era cierto. Usar el brazalete que solía cubrir el nombre de una persona muerta mientras el dueño original debía vivir con el dolor de haber perdido a su alma gemela no era ideal, pero tampoco era como si tuviera otra opción.

—¿Y qué propones? Si quieres, me lo quito y presumo mi marca al mundo, ya que en los últimos años te volviste tan tolerante —espetó.

No había forma de que Sam mostrara su marca anormal al mundo, sin importar qué, pero ese no era el punto. El punto era disfrutar de la mueca contrariada que cruzó las facciones de John, del modo en que apretó los labios como signo de que Sam había dado en el blanco. Sin embargo, su padre siempre sabía cómo devolver la pelota con un buen golpe.

—Vamos a comprarte uno. Ahora.

::::

Creyó que su padre bromeaba, pero John no sería un Winchester sin la terquedad que los caracterizaba. Seguían discutiendo el asunto cuando Dean salió del agua (en seguida recogiendo su ropa y vistiéndose, como si la idea de que John descubriera que sus hijos habían compartido el mismo espacio en tal grado de desnudez le aterrara) y, predeciblemente, apoyó a John en la moción. El argumento principal de su padre se centraba en que era una falta de respeto para Bobby.

—A mí no me molesta —respondió Bobby en voz baja, distante y sin mirarlos, como si no quisiera que los reclamos de John se volcaran sobre él también.

Irónicamente, fueron sus palabras las que terminaron por convencer a Sam. Bobby podría decir que no le importaba, pero el muchacho estaba utilizando el brazalete que alguna vez cubrió el nombre de su difunta esposa, y visto desde otro punto, quizá su padre tenía algo de razón cuando le decía, indirectamente, que estaba siendo insensible.

Así que ahora iba en el coche acompañado por su padre, sumidos en un silencio que John no tardó en interrumpir con la música de uno de sus casetes; una buena banda de rock que produjera el ruido suficiente para pretender que no existía el silencio, tal como Dean hacía en el afán por imitar a su padre cuando era él quien iba al volante. Sam mantuvo la vista en el paisaje durante todo el transcurso del viaje hasta el centro de la ciudad. No habló siquiera cuando John detuvo el coche ante la primera tienda que cruzaron, no porque estuviera intentando ignorar al hombre, sino porque no sentía que tuviera nada que decirle. Solo debía entrar, comprar y John le dejaría en paz.

Una chica joven, apenas mayor que él, les recibió con una sonrisa y los guio hasta el sector donde una alta variedad de brazaletes estaban expuestos, los más costosos colocados en lo alto del estante, iluminados y vistosos.

—Elige el que gustes —dijo John con simpleza.

Se mantuvo apartado, con las manos en los bolsillos, esperando. Sam dudó al comienzo, acercándose con recelo al sector de brazaletes, lanzando una mirada sospechosa a su padre; cuando el hombre no dio señales de reconsiderar sus palabras o de delatar una trampa, se permitió admirar los diseños con interés. Si la vida fuera como Sam la deseaba, en otro universo, le habría dicho a John que no necesitaba —no quería— un brazalete, pero por todas las bendiciones que Dios le había dado a Dean, a Sam parecían haberlo maldecido el doble, así que, gracias a la anomalía de su situación, ahí se encontraba tratando de elegir un diseño que le gustara. Colores lisos, texturas suaves, ásperas, variaciones en las formas, metales o cueros. Eran todos espantosos, y aun así Sam estaba obligado a decidir por uno, no solo por John, sino por su propio bien.

Decidió poner a prueba a su padre. Tanto por la rebeldía de fastidiarlo como por la masoquista necesidad de demostrar que John no le daría lo que él deseaba, incluso si era capaz de soltar frases como: «Elige el que gustes». Optó por los dos más caros: uno de metal bañado en oro con piedras blancas y rojas incrustadas en la base —Sam no estaba seguro de que fuesen reales— y otro de cuero hecho con piel de zorro y algún otro animal exótico que había tenido una muerte espantosa para que alguien pudiera colgárselo del brazo. El primero era demasiado femenino, así que escogió el último con la expectativa venenosa de ver el cambio en la actitud de su padre, listo para lanzarse en una discusión en cuanto el hombre se negara a respetar su elección.

Pero John se limitó a sonreír con cansancio y lo acompañó hasta la caja.

El trozo de piel de zorro costaba ciento veinte dólares. Era una barbaridad, era un lujo que no podían darse por un accesorio espantoso y desagradable. Era la carnada perfecta para provocar a su padre. Sin embargo, John sacó la billetera del bolsillo y se dispuso a pagar. Sam notó con una sorpresa fría que solo tenía doscientos dólares guardados entre las paredes de cuero falso pero los tomó como si nada, listo para entregarlos a la muchacha que aguardaba ansiosa por concretar la venta.

Sam lo detuvo, sintiendo que su cuerpo no le pertenecía.

—No seas ridículo —dijo con voz neutra.

Al final, caminaron calle abajo hasta una feria de jardín y adquirieron un brazalete usado, gastado en los bordes, que les costó un dólar y diez centavos. A Sam le resultó más valioso que cualquier brazalete que pudiera encontrar en tiendas de marcas extravagantes hechos con la sangre del último animal en el planeta. John fingió que admiraba unos vinilos mientras Sam se desprendía del brazalete de Bobby y lo reemplazaba por su nueva adquisición, una que no generaría culpa porque él no tenía idea de quién había sido su dueño anterior. Una vez que la marca volvió a estar oculta, se dedicó a admirar la espalda de su padre; descubrió que una simple acción inesperada, como ofrecerle un regalo u otorgarle la privacidad necesaria, era suficiente para descolocarle por completo. Las defensas que estaba acostumbrado a levantar en presencia de su padre parecían tambalearse, tratando de encontrar una nueva ubicación ante la carencia de pleito.

—Listo —anunció.

John le miró por encima del hombro, sus ojos disparándose directamente hacia el brazo donde la marca permanecía oculta, y sonrió de medio lado. Levantó un brazo, enseñando una gorra blanca y azul.

—Para Bobby, ¿qué dices?

Sam se limitó a asentir y su padre fue en busca de la pareja que oficiaba aquella venta de jardín para efectuar el pago. Avanzó entre las mesitas dispuestas para presentar elementos diversos —ropa, estatuillas, cuadros, accesorios, relojes, muebles— admirando la variedad y la antigüedad de ciertos componentes, tratando de deshacerse de la inquietante sensación que lo embargaba, cuando su mirada captó una fotografía. No era demasiado vieja, pero sí lo suficiente como para notarse gastada y con líneas corrosivas a lo largo de la imagen. Tampoco era nada especial, pero no pudo dejar de mirarla. En la fotografía podía apreciarse un grupo de recién graduados con un cartel que rezaba: «Universidad de Oxford, generación del '80».

Siguió mirándola durante largo rato, una idea sin forma armándose en su mente, hasta que John regresó con la gorra dentro de una bolsa naranja.

—¿Quieres ir a tomar algo? —ofreció John.

—Es temprano para beber, papá. —Señaló de mala gana.

Era tarde, pero el sol no se acercaba ni por asomo al horizonte aún. En respuesta, John soltó una risa cargada de amargura.

—No vivo solo de alcohol, Sammy.

—Pero... ¿no quieres regresar? —preguntó con precaución.

Se encogió de hombros.

—Pensaba que podríamos pasar un rato de calidad entre padre e hijo —explicó, y las palabras en su voz se oían como una broma, aunque no lo eran—. Paso más tiempo con tu hermano, siento que estás creciendo y no hago más que perdérmelo...

«Demasiado tarde para eso», pensó en decirle, pero sabía reconocer una tregua cuando se la ofrecían y, a decir verdad, no tenía ganas de rechazarla. Así que fueron a una cafetería. John bebía un café negro; y Sam, una malteada a pesar de que era septiembre y las tardes comenzaban a ser más frescas que cálidas.

No hablaron en ningún momento. Eran dos extraños sentados a la mesa, pensando en un modo de quebrar un silencio que se había instalado en ellos tras años de distancia producida por un padre que desaparecía en las noches y un hijo que le guardaba rencor por ello.

—Entonces... —Inició John cuando su café se enfrió y Sam hubo terminado la malteada—, quería hablar contigo.

«Ah, sí hay un motivo para todo esto», pensó Sam en una victoria agría, volviendo a prepararse para una discusión.

—Es un tema que creo que deberíamos conversar —prosiguió John sin mirarle—. Sobre tu marca.

Si las defensas de Sam se habían levantado con la sola idea de hablar, ahora eran una alerta roja ante el tema. Bobby no le habría dicho, ¿o sí?

—¿Por qué deberíamos hablar de eso?

—A esta altura ya debes hacerte una idea de lo que dice.

Era como Dean. O Dean era como él. Y luego su hermano tenía el atrevimiento de decir que Sam lo ponía nervioso con su parecido a John.

—No sé, no me fijé.

John le miró de una forma extraña: serena pero agotada, tan cansado que no lograba expresarse.

—Sam. Vi la marca de tu hermano.

—¿Y?

Abrió la boca y la cerró. Clavó la mirada en su café con una sonrisa triste y negó con la cabeza, luciendo más viejo de lo que en realidad era. Sam temblaba. Agitó una pierna para deshacerse de la energía, en vano, y miró a su padre sin pestañear; quería contarle. Una parte quería mostrarle lo que solo Bobby sabía, la parte que aún era un niño y que tenía miedo y que necesitaba que su padre le diera la respuesta, que lo protegiera de lo desconocido, pero la otra, la que era casi un adulto y que había crecido en un motel sin más cariño que el de un hermano al que su necesidad de afecto había convertido en un deseo sexual, no quería decirle nada. Quería que el silencio fuera el castigo. Su forma de señalar a John y decir: "mira, esto es tu culpa".

John no insistió. Dejó parte del cambio que había conseguido en la transacción de la venta de jardín sobre la mesa, con propina y todo, y se puso en pie. Sam le siguió solo cuando lo vio cruzar la puerta. Todavía temblaba, todavía luchaban dos partes en su interior. Se preguntó si John lo sabía, porque durante el trayecto de regreso no encendió la radio en ningún momento, presentando la oportunidad para que Sam cambiara de parecer, dejando la ventana abierta para que, si lo deseaba, se comunicara con él. Este gesto solo complicó más el debate interno que lo azoraba. Cuando la casa de Bobby estuvo a la vista una presión le asió el pecho, aumentando a medida que se acercaban a la vivienda. Un lado tenía que ganar, y cuando John detuvo el coche y puso la mano en la manija de la puerta, se hizo evidente cuál era el vencedor.

—Papá...

John prestó atención de inmediato. La parte derrotada rugía «no, no, no lo hagas» pero era tarde, había comenzado a hablar y, como una catarata, debía soltarlo todo.

—Papá, me pasa algo y... mierda. —Se le llenaron los ojos de lágrimas. Más tarde tal vez se avergonzaría, pero en ese instante era un niño y necesitaba expresar su debilidad—. No sé qué hacer, papá.

John asintió, como si comprendiera, pero la verdad era que no comprendía nada.

—Ya sé, hijo. No te preocupes.

—¡No! No entiendes, es...

Chasqueando la lengua, se quitó el brazalete con brusquedad y enseñó el antebrazo. Miró la expresión de su padre con aterrada expectativa, esperando ver la confusión, el espanto ante las líneas rojas, los símbolos incompletos que anunciaban una agonía eterna. En lugar de eso, John abrió mucho los ojos antes de que su gesto se relajara en un suspiro. De pronto sus ojos adquirieron una compasión que Sam no había visto en años.

—Ah —soltó en una exhalación tranquila.

—¿Por qué tengo esto, papá? —Insistió Sam, volviendo a temblar—. ¿Qué significa? No es... ¿por qué? Solo quería algo normal, ¿por qué soy así? ¿Qué tengo de malo?

—Nada. —Apoyó una mano en su hombro y le miró directamente a los ojos—. ¿Me oyes? Nada. Esto no es tu culpa, Sam.

—¿Y por qué siento que sí lo es? Es porque... ¿Es porque estoy dañado? —Pensó entonces en Dean. A su mente acudieron todas las fantasías que guardaba en las noches, todas las veces que había mirado a la espera de encontrar con depravada ansiedad un poco de piel con la cual deleitarse, aquellas ocasiones en las que había deseado inclinar a Dean contra la mesa y demostrarle que podía dominarlo de una forma exquisita cada vez que su hermano le llamaba "nerd" o "perdedor"—. Es porque soy perverso. Es eso, ¿verdad?

—No.

John siguió negando con la cabeza, tranquilo. Tan tranquilo. Sam no quería su tranquilidad, no quería ver su expresión relajada, como si entendiera perfectamente lo que estaba sucediendo, como si la revelación no fuese un impacto sino más bien la prueba de una teoría que solo él conocía. Sin embargo, abrazó aquella calma como si su vida dependiera de ello. El pánico en su mente necesitaba esa paz que su padre estaba demostrando.

—No tienes nada de malo, Sammy. Créeme. Estás bien. Te prometo... —Por un momento perdió la voz, delatando la mentira—. Te prometo que no hay nada malo en ti.

—¿Entonces por qué soy diferente, papá?

—No lo eres. Yo... te juro que lo voy a solucionar.

Aquella era la peor mentira. Sam la aceptó con desesperación. En ese momento no había tiempo para pensar, para analizar, solo existía la imperiosa necesidad de recibir consuelo y el niño asustado que más que nunca precisaba la protección paternal. Así que le creyó. Confió en que John iba a salvarlo de los demonios que cargaba dentro. Su padre lo envolvió en un abrazo, permitiéndole llorar como un crío.

Sam ni siquiera recordaba la última vez que John lo había abrazado, pero de pronto todo estaba bien. Por una pequeña fracción de segundo en esa vida maldita se sintió seguro, a salvo.

::::

Bobby frunció el entrecejo en cuanto les vio entrar. Su mirada alternó entre Sam y John como si intentara encontrar rastros de una pelea, de algún malestar físico, tratando de armar el rompecabezas de un hipotético escenario negativo. Seguro creía que habían peleado. Seguro había estado las últimas dos horas de su vida imaginando que padre e hijo se matarían el uno al otro. Por la expresión de sus caras, cualquiera creería lo mismo.

—¿Qué les sucedió? —preguntó Bobby.

—Nada. —John se aclaró la garganta y levantó la bolsa, entregándosela a Bobby, mientras tanto, Sam se dirigió al sofá y se sentó junto a Dean.

—¿Estás bien? —preguntó este último con la voz quebrada.

Sam se encogió de hombros.

—¿Tú estás bien?

Dean se encogió de hombros.

Mantuvo la mirada fija en los mayores. Bobby sacó la gorra de la bolsa y, pese a que intentó mantener un gesto serio, se le notó abochornado y contento.

—Ey, no debiste.

Se quitó la gorra verde y gastada que tenía puesta y la reemplazó por la que acababa de recibir. John, aún pálido, sonrió. Era reconfortante, de un modo incomprensible, ver a dos hombres tan serios y golpeados por la vida otorgando y recibiendo regalos. Daba la certeza de que los males podían superarse, que se podía seguir adelante a pesar de todo. Viendo la nueva gorra de Bobby y el brazalete que había adquirido, pensar en aquel guante de béisbol que había descubierto en el Impala ya no le llenaba de ácida envidia.

Pero cuando el mes de mayo llegó y Dean recibió como regalo un almuerzo en Peggy's, mostrándose extrañado cuando Sam preguntó por el objeto, pues... era otra duda en su vida que solo iba a poder despejar muchos años después.