La vida no se derrumbó luego de que John y Bobby supieran de su anomalía. La vida ni siquiera cambió. Todo siguió el rumbo que llevaba desde que Sam cumplió cinco años y su padre decidió que tenía edad suficiente para sostener un arma y dormir en un cuarto de motel: recorrían el país cazando monstruos, perseguían las pistas del demonio que había arruinado sus vidas, se sustentaban de comida chatarra —aunque Sam hacía lo posible por buscar opciones sanas— y mantenían las mismas discusiones de siempre, dentro del Impala.

Los meses transcurrieron con monotonía. Dean cumplió veintidós y jamás insinuó un deseo de comenzar una vida propia, y Sam cumplió dieciocho y un cosquilleo en el brazo le alertó sobre un hecho inminente. Su instinto entendió, aunque su mente quiso negarlo. En la soledad del baño desató el brazalete y contempló la palabra, que tal vez ni fuera un nombre, completa al fin. Movió el brazo para observarla desde todos los ángulos, la miró en el espejo, esperando ilusamente que el reflejo devolviera una imagen distinta, y la frotó como si de algún modo pudiera eliminar la capa superficial y revelar un mensaje escondido debajo.

No hubo caso, por lo que Sam hizo lo que mejor sabía hacer: investigar.

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Tal vez investigar no era lo que mejor sabía hacer. O eso fue lo que acabó pensando luego de permanecer dos horas frente a una computadora sin conseguir resultados.

Al igual que con el color de su marca, no existían registros de gente que no pudiera entender lo que la misma decía. Ni uno. Nadie. Una vez más, Sam era la excepción. Había encontrado pasajes de lo que ya conocía: la explicación religiosa —donde uno podía leer su marca en el idioma que conocía, porque Adam y Eva habían conocido el idioma de los ángeles antes de que sus hijos sufrieran por el pecado de sus padres— y la científica —donde la marca era una construcción posible gracias al Área de Broca en el cerebro, como se había demostrado en el caso de Mike Hanlon, un joven ciego que al llegar a la edad correcta había adquirido en el antebrazo una serie de bultos negros en forma de puntos porque braille era el único lenguaje que podía leer; y también estaba el caso de Richard Tozier, el hombre que había crecido en la jungla, encontrado después gracias al llamado de su alma gemela, que no sabía hablar ni mucho menos leer y que portaba en el brazo la imagen de unos fideos y un inhalador para el asma que años más tarde, cuando fue instruido por profesionales, admitió era como identificaba a su alma gemela luego de verlo usarlos por primera vez—.

Sam no necesitaba buscar en la red para saber todo esto. Era un conocimiento mundial que la marca siempre estaría representada de un modo que el portador pudiera comprenderlas, ese era el regalo de Dios, al fin y al cabo. ¿Entonces por qué Sam no podía entender la suya? Era ilógico. Era inexplicable, aparentemente. O era... sobrenatural. Resopló pasándose una mano por el cabello en cuanto ese pensamiento cruzó su mente. Sam era un simple humano, si Dean, John, Bobby y el resto de los cazadores tenían marcas normales entonces no había razón por la que Sam no pudiera tenerla también. Debía haber otra explicación, solo que era imposible de encontrar.

¿Acaso no tenía un alma gemela? ¿Era ese el mensaje que Dios le daba con aquellos símbolos singulares que decoraban su antebrazo? Explicaría el porqué no sentía el llamado, ese que tantos años le habían dicho que le guiaría hasta su otra mitad. Sin embargo, quienes no tenían un alma gemela simplemente no tenían marca. Eran casos poco frecuentes pero cada año nacía alguna persona asexual, o algún narcisista, o un simple antisocial que no tendrían una marca para presentar al mundo. E incluso así, la gente aún los ponía en duda, en pleno siglo XIX. Sam tampoco lo había creído posible, hasta ese momento. John solía decirle: «Es imposible no tener un alma gemela», y ahora Sam era otra prueba viviente de que su padre se había equivocado durante todos esos años, si bien tampoco quedaba en claro en que categoría entraba él.

Sonrió de medio lado con amargura.

—¿Qué haces?

La voz de Dean se oyó demasiado alegre para la ocasión pero eso no era su culpa. Con un sobresalto, Sam se apresuró a cerrar la ventana donde figuraba el ingreso a la universidad pero, al hacerlo, la ventana que estaba debajo quedó a la vista con las búsquedas sobre anomalías en las marcas de Dios. La cerró con la misma prisa maldiciendo por lo bajo. Levantó la mirada con inocencia. Dean observaba la pantalla de la computadora con el entrecejo fruncido; obviamente había visto todo.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Sam para distraerlo.

—Vine a buscarte, por supuesto.

—Digo, ¿cómo me encontraste?

—Es una biblioteca. —Levantó una mano para señalar el lugar, abriendo los ojos en un claro gesto que pretendía decir "duh"—. ¿Dónde más ibas a estar?

—Dean, hay cinco bibliotecas. En toda la ciudad.

Su hermano se encogió de hombros.

—Llamémoslo suerte y ya.

—Claro. —Aceptó Sam sin ocultar una sonrisa—. ¿Necesitabas algo?

—¿Necesito una excusa para pasar tiempo contigo?

—De acuerdo... lo que digas.

De algún modo, no le sorprendería si Dean se hubiera dispuesto a visitar cada biblioteca hasta encontrarle, aunque sí habría sido un poco exagerado —pero no iba a mentir, le habría encantado saber que Dean lo buscaba con tanta insistencia—. Se aseguró de no haber dejado nada inconcluso en la máquina y se levantó para salir de allí junto a Dean.

En realidad, algo sí había cambiado luego de mostrarle su marca a John, comprendió en cuanto el Impala estuvo a la vista, y eso era que su padre ya no tenía preámbulos en dejar a sus hijos solos. La búsqueda por el demonio de ojos amarillos se había vuelto imprescindible. Toda su vida había sido el factor fundamental que motivaba a John, pero ahora era una búsqueda intensa, como si de pronto hubiera cobrado una importancia mayor—, no, mayor no, pero sí parecía haber recibido un impulso que le había catapultado de regreso al centro del mundo de John. En consecuencia, con la adultez de sus hijos había optado por concentrar su tiempo en la vendetta que motivaba su vida y encargado a sus hijos las cacerías menores, las habituales. De pronto ya no había nada de malo en que Sam y Dean pasaran tiempo juntos, a solas.

Tal vez se volvió completamente loco, pensó Sam, por primera vez sin saña y con honesta consideración.

Subió al coche y aguardó a que su hermano encendiera el Impala, el cual últimamente parecía más de Dean que de John, quien había desarrollado un favoritismo por la Ford 4x4 que Bobby le había regalado. Dejaron la biblioteca atrás en silencio. Dean no realizó el mínimo ademán por encender la radio, señal de que deseaba conversar, sobre qué, Sam solo podía suponer. Sin embargo, esperó pacientemente a que Dean decidiera hablar. Cuando por fin lo hizo ya se encontraban a medio camino de la casa abandonada que habían tomado como refugio momentáneo hasta que John volviera.

—Entonces... —Comenzó Dean; se aclaró la garganta sin apartar la mirada del camino—, ¿hay algo... sobre lo que quieras hablar?

—¿Hmm? ¿Cómo qué?

Dean se encogió de hombros, aunque daba la impresión de que estaba nervioso.

—Tú dime.

—¿Hay algo de lo que deberíamos hablar? —Frunció el entrecejo tratando de comprender a qué se refería.

—Es obvio. ¿O no?

—Para nada.

Su hermano suspiró, el mismo suspiro rendido que John soltaba cuando quería decirles sin palabras que ellos estaban equivocados pero que no iba a gastarse en corregirlos. Sam tuvo que reprimir la instintiva rabia que el sonido le causaba.

La mirada de Dean se disparó de reojo hacia el brazo de Sam. Al notarlo, cubrió la zona con la mano a pesar de que las capas de tela que traía encima hacían suficiente por él; Dean se tensó y volvió la vista al frente, tamborileando los dedos sobre el volante. ¿Acaso sospechaba? No sería inesperado, tanto John como Bobby conocían su secreto, ¿por qué Dean no iba a notar las señales de que ellos tres sabían algo que él no? Su hermano era más observador de lo que pretendía, y no había duda de que tarde o temprano exigiría saber la verdad.

Pero Sam tenía derecho a conservar sus secretos el tiempo que le diera la gana.

—No quiero hablar de eso —murmuró por fin.

El suspiro que abandonó los labios de Dean entonces fue más de comprensión que de impaciencia. Pasó una mano por su cabello, asintiendo. Se lo había dejado crecer durante los últimos meses y las puntas comenzaban a rozar sus hombros, un estilo que le quedaba ridículo pero que él insistía en que era la moda.

—Está bien, Sammy. Lo entiendo. —Esperaba que así fuera, considerando que Dean jamás había querido hablar sobre aquel asunto.

Alcanzaron la calle 23. En la intercepción con la 29 y Canal, supo que la conversación que Dean pretendía había quedado de lado, por lo que era momento de hablar antes de que Dean decidiera girar el coche a la derecha.

—Creo que tengo un caso para nosotros —informó, y su hermano detuvo el Impala de inmediato.

—¿Seguro?

—Sí. Leí la noticia ayer, pero no estuve seguro hasta que busqué más información en la biblioteca. Escucha esto: en lo que va del mes aparecieron cinco personas muertas a las que les arrancaron el corazón. Salvo por algunos signos de lucha, es el único daño severo que presentan y la obvia causa de muerte. —Hizo una pausa dramática, permitiendo a su hermano tiempo de comprender a qué se refería—. Los lugareños lo llaman el asesino de San Valentín. —Resopló con sarcasmo—. Creen que es el mismo que atacó hace cinco años, y que ha regresado.

—¿Tienes idea de la ubicación?

—Por el rango de ataques, puedo señalar el lugar, sí.

La mano de Dean se disparó hasta la palanca de cambio. La luz de giró encendió en sentido contrario a donde señalaba anteriormente y Dean, guiado por Sam, giró a la izquierda.

No era difícil, encontrar a esos monstruos. No cuando llevaban dedicándose a ello desde que tenían uso de razón. Era muy parecido a cazar un animal de verdad, con la ventaja de que la mitad de la criatura era humana y, por ende, cometía errores humanos. Es decir, que como todo asesino tenía una zona de confort. Esa zona, en un porcentaje elevado, rodeaba el territorio del asesino. Se alejaba lo suficiente de la casa o guarida como para que no pudieran señalarla con facilidad, pero al cabo de un tiempo y con varios crímenes detrás, podía notarse el patrón. Un círculo formado por cadáveres, señalando en el centro la posible localización del culpable. A partir de allí, debían seguir el rastro animal. Señales que solo los cazadores podían identificar. Huellas en la tierra, rastros materiales que el culpable habría arrastrado consigo, marcas en los árboles, olores, y hasta sustancias corporales. Entonces era fácil seguirlos, al menos para ellos.

La criatura que buscaban era novata, sin duda, a juzgar por su torpeza y su falta de cuidado para ocultar el rastro. Tal vez era joven, o un recién transformado.

Mientras avanzaban por el bosque, con el sol sobre sus cabezas, Sam sintió el pinchazo en el pecho que se negaba a aceptar en voz alta pero que siempre estaba ahí mientras cazaban en familia. El placer. El regocijo. La emoción de la cacería que aceleraba su pulso y le hacía sentir más vivo que nunca. La prueba de que la crianza que había recibido había echado frutos que ya estaban maduros, con la raíz bien plantada en su ser.

El rastro los llevó hasta una cabaña en el bosque —siempre era una cabaña en el bosque, nunca podía ser en un museo o un lugar histórico que Sam quisiera visitar—. Lucía inocente y tranquila, mas no abandonada. Había flores en la ventana, una silla en el pórtico con ropa sobre el respaldo y las campanillas de viento colgadas del umbral se mecían en la entrada cantando a la brisa. Las cortinas estaban cerradas, por lo que resultó imposible ver el interior.

Dean realizó un movimiento de cabeza, listo para avanzar. De momento, podría haber una posibilidad remota de que aquel no fuera el lugar adecuado, pero todo apuntaba a que sí.

Antes de llegar a dar un paso, Sam oyó un crujido a su espalda. Volteó con un sobresalto llevando una mano a la pistola que tenía escondida bajo la camisa, pero se quedó helado al ver el ojo del arma apuntando directamente a su nariz.

—No te muevas —ordenó la mujer tras la pistola. Era rubia, alta, y debía tener unos pocos años más que Bobby.

—Qué diablos... —gruñó Dean al verla, buscando su arma también.

Le apuntaron por la nuca, y otra voz femenina interrumpió.

—Ni lo creas, lindura.

Sam pasó saliva con fuerza, levantando las manos en señal de rendición. No necesitaba voltear para saber que Dean hacía lo mismo. Estaban jodidos. O eso pensó, pero de pronto la mirada amenazadora de la rubia fue reemplazada por un gesto de curiosidad seguido al instante por un brillo de reconocimiento. Una sonrisa se dibujó en sus labios.

—¿Sam? ¿Dean? ¡Oh, por dios! ¡Mírense!

Sam trató de esbozar una sonrisa amigable, logrando que sus labios temblaran ligeramente hacia arriba en confusión, mientras lanzaba una mirada preocupada a la pistola que continuaba peligrosamente cerca de su rostro. Al notarlo, la mujer bajó el arma.

—Terri. Son Sam y Dean, los hijos de John —dijo a su acompañante.

Oír el nombre de su padre calmó los nervios de Sam, al menos un poco. Esa gente los conocía. O conocía a John, más bien.

—¿Qué?

—Sí, míralos bien. Es decir, Dean, casi no te reconocí, con ese pelo pareces una niña, —Ahora sí Sam pudo sonreír, oyendo el bufido de su hermano a su espalda—, pero Sam, tú estás igual solo que más guapo.

La otra mujer, Terri, se situó junto a la rubia sin bajar el arma, aún cautelosa. Era pelirroja y tenía la mitad de la cabeza rapada. Su entrecejo fruncido se relajó y el mismo gesto que la rubia había mostrado minutos atrás apareció en su rostro.

—¡Diablos!

—Sí, sí, grandioso, saben quiénes somos —interrumpió Dean con impaciencia—, ahora, ¿podrían decirnos quiénes son ustedes?

Las mujeres intercambiaron una mirada.

—Somos Amanda y Terri. —Ninguno conocía esos nombres—. ¿Su padre nunca les habló de nosotras?

—Lo lamento. Papá rara vez habla de sus amistades del trabajo —respondió Sam con una sonrisa apenada.

—Será porque somos mujeres —espetó Terri de mala gana.

La rubia, Amanda, le dio un codazo.

—¿Y qué hacen aquí? Si se puede saber —preguntó Dean manteniendo el tono desconfiado.

—Lo mismo que ustedes, asumo. —Amanda señaló la casa a sus espaldas con un movimiento de barbilla.

—¿Lo cual sería...? —continuó Dean, haciéndose el tonto.

Sam le lanzó una mirada de reproche a la que su hermano respondió encogiendo los hombros desafiante. Era bueno que uno fuera cauteloso. Sam, por su parte, solo había necesitado oír el nombre de su padre para confiar en esas desconocidas. El recelo de Dean le había devuelto algo de sentido común.

Siempre preparado para toda eventualidad, pensó. Con prisa mandó a callar a esa voz enamorada.

—Matar al mandito come corazones que vive ahí dentro, sin duda —respondió Terri.

—¿Cuál era su plan, chicos?

Fue el turno de Sam y Dean para intercambiar miradas. Dean asintió, decidiendo confiar en ellas por el momento. Fue Sam quien respondió.

—Pues... íbamos a tocar a la puerta, decir que nos habíamos perdido y necesitábamos ayuda. Tantear el terreno, observar el panorama.

Ambas se echaron a reír.

—¿"Tantear el terreno"? —Repitió Terri con burla—. Niños, dejen que nosotras les enseñemos.

Pasaron de largo en dirección a la casa. Sam y Dean volvieron a mirarse, encogiéndose de hombros. Las pruebas eran más que suficientes para asumir que la casa era el hogar de uno o más monstruos, pero los hermanos siempre dejaban margen para la pequeña posibilidad de que no fuera así. Sin embargo, la balanza se inclinaba hacia el lado de que no había humanos allí dentro, así que siguieron a las mayores sin oponerse.

El grupo no era compatible en absoluto, y si la experiencia le enseñó algo, era que el único con el que se sentía a gusto cazando era con Dean, y ocasionalmente John o Bobby. Las mujeres eran ruidosas porque los años de supervivir a la cacería las volvieron confiadas, o eso supuso Sam. Sabía que cada cazador tenía un estilo propio. El estilo de los Winchester era, en lo posible, el sigilo; tomaban todo tipo de precaución y trataban de atacar por sorpresa. Amanda y Terri, en cambio, eran de aquellos cazadores que ingresaban dando tumbos y tiros. La clase de cazadores sin paciencia que aprendían a matar con estrépito y prisa, y, de algún modo, conseguían ganar.

Sam frunció el ceño casi con dolor cuando Terri rompió la ventana de la puerta, metiendo la mano con una rapidez asombrosa y abriéndola en menos de un segundo. Tomaron desprevenido a un hombre, que solo alcanzó a ponerse en pie antes de que le llovieran las balas encima, mientras que una sombra humana desapareció por la esquina del arco que guiaba a una cocina. Terri, siempre adelante, avanzó con el arma en alto. En cuanto se aproximó a la esquina un perro se abalanzó sobre ella, derribándola. Amanda se lanzó encima, tratando de apartarlo. Mientras, Sam trató de apuntar pero se movían tanto que corría riesgo de herir a alguna de las cazadoras.

Un gruñido le distrajo.

Alcanzó a penas a voltear la cabeza cuando vio que otro perro corría hacia él. Se oyó el estallido de un disparo y la cabeza del animal cayó hacia un lado, llevando su cuerpo con el impulso. Cuando se derrumbó ya no era un perro. El cuerpo de un adolescente yacía inerte sobre el suelo. Miró a Dean, que acababa de disparar.

—Revisa el resto de la casa —dijo este último, corriendo a ayudar a sus compañeras.

Sam asintió. Avanzó por el corredor que había a un lado de la cocina, atento también a los golpes y forcejeos que dejaba atrás. Deseaba voltear la cabeza y comprobar que Dean estuviera bien, pero resistió el impulso; tres contra uno era una ventaja desmesurada y un trotapiel sin manada para respaldarlo no era un desafío demasiado complicado cuando se cazaba en grupo.

Abrió la primera puerta, encontrando un baño vacío. Avanzó hacia la segunda, lanzando una mirada de reojo a la cocina cuando un alarido de mujer resonó por la casa, justo en el instante en que un golpe sordo se escuchó detrás de la tercera puerta, al final del corredor. Aferrando con fuerza el arma, se encaminó hacia allí. Esperaba que algo le saltara encima. Esperaba un zarpazo o un rugido en la cara. Sin embargo, quedó inmóvil al descubrir que dentro del pequeño armario con ropa solo había una niña pequeña intentando apartarse todo cuanto el espacio le permitía. Gemía de miedo, un miedo que se mostraba con claridad detrás de las lágrimas que le cubrían el rostro. Los forcejeos y golpes provenientes de la cocina cesaron.

Sam la contempló unos segundos, atónito. La niña no debía tener más de diez años.

—Por favor, no me mates... —rogó.

Pensó en Amy y en un director de circo que parecía más un sueño que un recuerdo. Rememoró las palabras que le habían dicho alguna vez. Con prisa, levantó su mano débil en el aire como gesto tranquilizador pero sin cometer el error de bajar el arma. La niña sollozó con fuerza y de pronto se convirtió en un canino, transformación provocada por el susto de lo que vio venir.

—Descu...

Antes de poder terminar, un disparo estalló junto a su oído, dejándole los tímpanos pitando. Se encogió involuntariamente ante el sobresalto, viendo cómo la frente del cachorro explotaba por el impacto de la bala de plata. Giró, descubriendo a Terri a su espalda, despeinada y con la respiración agitada.

—Es un maldito monstruo, Sam. No importa el aspecto que tenga.

Se volvió para continuar revisando la casa junto con Amanda y Dean. Sam, en cambio, regresó la mirada al cuerpo inerte de la niña, ahora con aspecto humano en la muerte. La sangre resbalaba por su brazo y caía al suelo. Mientras veía el cuerpo enfriarse Sam tuvo la certeza más grande de su vida.

Ya no quiero seguir haciendo esto.

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—¡Toda una familia de trotapieles!

Dean, Amanda y Terri chocaron los vasos en el aire y Sam se les unió con un segundo de retraso. El bar que habían escogido para brindar estaba tranquilo a esa hora de la tarde, siendo ellos cuatro y otros dos comensales sentados a la barra los únicos que ocupaban el lugar en ese momento. Los otros tres dieron un trago generoso a las cervezas mientras que Sam se limitó a mojarse los labios. Dean le lanzó una mirada intrigada que ignoró con facilidad.

—Así que, Sam y Dean. Vaya —murmuró Amanda tras dejar su vaso—. No me lo creo. La última vez que su padre me mostró una foto habrían de tener... no sé, catorce y dieciocho. ¿Cuántos tienen ahora?

—Pues, yo tengo veintidós. —Tomó la palabra Dean—. Y Sammy acaba de cumplir dieciocho.

—¿Dieciocho, eh?

—La edad del milagro. —Terri volvió a levantar el vaso en un brindis silencioso.

—Así que tu marca acaba de completarse —continuó Amanda.

—Sí... algo así —admitió Sam.

Ajenas a su incomodidad, las mujeres se tomaron de las manos compartiendo una sonrisa amorosa.

—Me sorprende que a su edad no estén buscando a sus almas gemelas. De Sam lo entiendo, recién debe estar sintiendo el llamado...

Excepto que Sam no sentía nada en absoluto.

—... pero tú, Dean. A tu edad uno esperaría que estuvieras conviviendo con tu alma gemela.

—Sí. Y por cómo recuerdo a tu padre, habría creído que ya tendrías esposa o marido.

—Marido, definitivamente. Con ese cabello sin duda lo espera un hombre.

Ambas rieron y Dean soltó una risa nerviosa, golpeando la boca de la botella con la punta de la uña. Sam prestó atención a la conversación aguantando la respiración involuntariamente, como siempre sucedía cuando el tema de la marca de Dean salía a flote. Su hermano le miró de reojo antes de responder.

—Es... complicado.

—Ya veo. ¿Y tú, Sam? ¿Te espera un hombre o una mujer?

—También. Es complicado —admitió con lentitud.

Amanda y Terri por fin captaron la incomodidad que envolvía a los hermanos. Dean se le quedó mirando con un brillo triste en los ojos que, al mismo tiempo, cargaba muchísimo cariño. Sam se removió en el asiento, suspirando con hastío. Por fortuna, como era costumbre, Dean captó su estado de humor y, aclarando la garganta, se dirigió nuevamente a las mujeres.

—Bueno. Fue un placer, pero Sam y yo no hemos comido nada así que...

—Oh. Si quieren les invitamos la cena —propuso Amanda.

—No se preocupen. Es hora de que sigamos nuestro camino.

No insistieron. Caminaron juntos hasta la salida y se dirigieron a sus respectivos coches, Amanda y Terri quedándose un rato fuera para verlos alejarse. Saludaron con una mano en alto, gesto que tanto Sam como Dean devolvieron escuetos desde el interior del Impala. En cuanto las perdieron de vista, ambos soltaron suspiros idénticos.

—No quiero volver a trabajar con ellas. Nunca —dijo Sam.

—Lo sé. Eso fue terrible. Terrible —concordó Dean.

—¿Te das cuenta de que si no hubiéramos estado allí, posiblemente estarían muertas?

—¡Sí!

Dejó caer la cabeza contra el respaldo, aliviado de que compartieran la misma opinión al respecto.

—No debimos hacerles caso. Tuvimos que haber actuado a nuestro modo —sentenció Dean con aspereza. Parecía estarse retando a sí mismo.

—Ya lo creo.

—Todo porque nos vieron como niños... —resopló.

—La próxima nos mantendremos firmes.

—Exacto. Y... —Empezó Dean con tono dubitativo, nervioso—, ¿quiénes se creen, no? Para opinar sobre nuestras marcas.

—Bueno... conocieron a John antes de su... crisis espiritual. Supongo que creyeron que nos criaría con el mismo pensamiento.

—Contigo casi lo logra. ¿Recuerdas? Insistías en que ni bien tuvieras el nombre de tu alma gemela correrías a pedirle matrimonio —dijo con tono burlón; luego, el rostro se le puso rojo y chasqueó la lengua—. Mierda. Lo lamento.

Comentarios como ese eran los que le llenaban de incertidumbre. ¿Por qué se disculpaba? ¿Acaso sabía? Y no podía preguntarle porque, si Dean ignoraba la falta de nombre en el brazo de Sam, entonces se estaría delatando. Pero no era fácil cargar la duda, tampoco.

—Descuida.

Entonces, en un acto que resultó de lo más natural, surgido de algún impulso inconsciente, apoyó una mano sobre la que Dean mantenía descansando sobre la palanca de cambio. En cuanto su piel entró en contacto con la contraria sintió que una corriente le recorría la mano hasta alcanzar su pecho. No era la primera vez que sucedía, y Sam detestaba sentirse así. Apartó la mano al instante, avergonzado tanto de la sensación como del gesto en sí. ¿Qué rayos hacía tomándole de la mano? No era su novio, por Dios.

—Ugh, no sé por qué hice eso.

—Descuida —repitió Dean.

El rostro parecía habérsele puesto más rojo, de ser posible. Un silencio pesado se extendió sobre ambos. Se frotó los dedos, nervioso, observando el paisaje mientras el coche los llevaba hasta el siguiente destino.

—¿Puedes dejarme en la casa primero?

—¿No tienes hambre?

—Sí, pero... —Se pasó una mano por el cabello—. Estoy exhausto y necesito hacer un llamado. ¿Puedes traer algo para cenar? Te espero.

—Seguro, Sammy.

Alcanzaron la zona de extensos terrenos baldíos. El pasto alto y la maleza abundaban a partir del punto en que la tierra dejaba de tener dueño —y, si lo tenía, poco le importaba el estado de las mismas— aventurándose dentro de los pocos edificios que había por la zona, la mayoría derrumbados o sin acabar, que alguna vez se pensaron con el propósito de servir como suburbio. Había una pequeña casa entre las paredes de ladrillo desnudo y los montículos de tierra que hubieran servido para las futuras construcciones que era, de entre todas las que se podían encontrar, la más completa. Los obreros habían llegado a pintarla mas no alcanzaron a colocar los vidrios ni a terminar los detalles del interior. Pero tenía paredes y un techo, y eso era todo lo que los Winchester necesitaban.

O al menos así los había criado John. Sam se preguntó qué diría Mary, esa mujer que era su madre solo porque su familia lo decía, y trató de decidir si ella, de haber tenido la oportunidad, hubiera pegado el grito al cielo al ver el estado en el que vivían o sí, para espanto de Sam, hubiera sido exactamente igual que John. Claro que nada de eso importaba.

Bajó del coche y se inclinó para mirar dentro.

—Trae algo sano —dijo a través de la ventana.

—Claro.

Le guiñó un ojo, aceleró y se perdió en la distancia. Sam vio el coche alejarse durante un momento antes de frotarse el rostro y suspirar cansado.

La puerta, que apenas se sostenía en pie, chirrió cuando la empujó; no tenía traba ni picaporte, pero al menos estaba ahí para dar la ilusión de seguridad. Las maderas del suelo crujieron y era gracias a la experiencia sobre superficies peligrosas que ninguno de ellos había caído en la trampa mortal que los tablones escondían. Un mal paso y los pies caerían en un hueco de dolor que hasta el momento habían sabido esquivar. No había muebles, obviamente, ni aparatos de ningún tipo; no había luz ni agua, ni siquiera había ducha, solo paredes blancas adornadas por manchas de humedad y un techo que aún no sabían si resistiría una tormenta. Era quizá el peor lugar en donde habían parado pero para evitar gastar los pocos dólares que les quedaban debían hacer el sacrificio. Se adentró en la casa vacía y fría en compañía de las telarañas y el polvo. En el suelo de la sala habían extendido dos bolsas de dormir porque no podían arriesgarse a subir las escaleras y que estas cedieran bajo el peso de alguno de ellos; a un lado de la chimenea había una pila de troncos y las cenizas del fuego que Dean había encendido la noche anterior para combatir el frío se mezclaban con el polvo sobre el suelo.

Se sentó en el lado que le pertenecía, acercó uno de sus bolsos y buscó el móvil. Lo contempló mientras sopesaba las opciones. Al final, con un nudo en la garganta, lo encendió y marcó un número de memoria.

¿Quién es?

—Bobby. Soy Sam.

Oyó movimiento al otro lado de la línea. El tono del hombre fue más relajado cuando volvió a hablar.

Hola, muchacho, ¿en dónde estás? ¿Sucedió algo?

—No, no. —Se mordió el labio inferior apoyando la cabeza contra la pared—. ¿Puedes hablar?

No te he colgado, ¿o sí?

—Claro...

¿Dónde está tu padre?

Encogió un hombro a pesar de que Bobby no podía verlo.

—Siguiendo una nueva pista. Tal vez está en California, o Washington, no lo sé.

Cielos. —Bobby dejó escapar un suspiro—. ¿Y qué sucede contigo? ¿Necesitas ayuda?

—No. Bueno, sí. Pero no es una emergencia. No tiene relación con nuestro trabajo. Necesito... tu consejo.

Dime, pues.

Clavó la mirada en el vaquero gastado que había usado tres veces esa semana, aunque no de forma consecutiva, y raspó con la uña un hilo de la tela que se había desprendido en algún momento.

—¿Debería decirle a Dean sobre mi marca?

Hubo un silencio. Sam comenzó a preocuparse justo cuando Bobby retomó la palabra.

¿No le has dicho?

—¿No...?

Espera. ¿Le contaste a tu padre pero no a tu hermano? —dijo con clara incredulidad en la voz—. Pensé que ustedes niños se contaban todo.

Sam volvió a encoger los hombros sin saber qué decir. Le ponía nervioso pensar en contarle a Dean lo que le pasaba, le daba miedo. No quería demostrarle que era anormal, bastante tenía con saber que su hermano lo consideraba un nerd y un perdedor. Pero, al mismo tiempo, necesitaba más a Dean de lo que había necesitado a John —como siempre—. Y no se sentía bien, dejar a su hermano de lado cuando el resto de sus seres queridos ya sabían la verdad.

¿Por qué diablos no le contaste? —Siguió Bobby.

—No lo sé.

Se oyó un suspiro pesado al otro lado de la línea.

Mira. Es asunto tuyo a quién le dices y a quién no, es tu marca, al fin y al cabo... Pero tu mejor confidente siempre ha sido Dean, ¿por qué vas a cambiar eso ahora?

Dean no siempre había sido su mejor confidente pero Bobby no tenía por qué saberlo.

El motor del Impala acompañado por la música a todo volumen se hizo oír media hora después de que hubo terminado su llamada a Bobby. Para entonces, Sam había adoptado una pose más cómoda —aunque no demasiado, teniendo en cuenta que una fina capa de tela y plumas era lo único que lo separaba del suelo— recostado con las piernas extendidas y las manos detrás de la cabeza. No había dejado de darle vueltas al asunto en lo que iba de aquellos minutos. Se sentó de inmediato cuando oyó la puerta del coche cerrarse seguido por los pasos de Dean al acercarse a la entrada. Empujó la puerta y entró con un alegre: "¡Cariño, ya llegué!", que erizó los vellos de Sam. A pesar de ser una obvia broma, una característica infaltable en la personalidad de su hermano, la frase era terriblemente doméstica y llenó su corazón de energía, tanto que cada palpitar irregular le provocó escalofríos.

Admiró la facilidad de Dean para pretender que la situación era normal; como si no acabara de empujar un trozo de madera inservible para ingresar en una fachada vacía y espeluznante. Sam era lo único ahí dentro, y a veces se preguntaba si a su hermano no se le habría ocurrido alguna vez que en realidad no valía la pena regresar solo por él.

¿Habría fantaseado con pisar el acelerador y jamás regresar? ¿Le habría cruzado por la mente dejar atrás esa vida que no tenía nada más para ofrecer que un hermanito raro?

—Tierra a Sammy —dijo.

Cuando enfocó su atención en él lo descubrió inclinado en su rincón, buscando dentro del bolso que le pertenecía mientras le miraba con preocupación.

—¿Estás bien, grandulón?

—Claro que sí. ¿Qué trajiste?

Dean sonrió.

—Encontré un Peggy's. Te juro que el mundo se volvió color de rosa. —Levantó la bolsa de plástico como prueba. Se incorporó con la toalla que había estado buscando segura debajo de un brazo y la bolsa con la comida en la mano y se dirigió a lo que debería ser la cocina guiñándole un ojo a su paso—. La mejor hamburguesa del mundo.

—Dices lo mismo de todos los lugares donde incluyan tocino extra... —murmuró Sam poniéndose en pie para seguirle.

Le ayudó a extender la toalla, elemento que les servía como superficie para comer en esa pocilga. Si hubiera crecido en un ambiente mejor, Sam sentiría vergüenza de su actual situación.

—Eso es porque la hamburguesa con tocino es el mejor alimento en la existencia —enfatizó Dean antes de sentarse sobre la tela.

Así habían sido sus últimas cenas: una especie de picnic improvisado en el centro de una habitación vacía sobre una tela tan corta que terminaban sentados más cerca de lo que deberían. Dean recostaba el cuerpo y comía de costado; Sam se sentaba con las largas piernas cruzadas y trataba de no mirarlo demasiado. Entre ellos quedaba apenas un espacio para apoyar la comida, y ni siquiera. Si era pizza dejaban la caja a un lado y si eran hamburguesas, como esa tarde, las mantenían en sus manos a falta de un lugar donde apoyarlas. Notó que la suya tenía lechuga y tomate, probablemente lo más sano dentro de la bolsa, y le lanzó una mirada nada impresionada a Dean, que no se molestó en disimular una sonrisa.

Comieron en silencio. El ambiente se sentía cargado, tal como lo sintió dentro del Impala antes de la cacería, y al igual que entonces Sam no se atrevió a quebrarlo. Sentía que había algo sin decir o que uno de los dos se estaba preparando para decir. Era una sensación que lo ponía nervioso. Del mismo modo, no le pasaron desapercibidas las miradas de Dean, aunque prefirió fingir que no las notaba.

Al final, su hermano sacó lo que quedaba en la bolsa: una cajita con un cuadrado de tarta y un tenedor de plástico blanco. Lo levantó listo para atacar el postre, pero se detuvo a pocos centímetros de la capa de crema que cubría la parte superior. Con un suspiro, lo dejó a un lado.

Eso sí que preocupó a Sam.

—Escucha, —Comenzó a decir Dean—, generalmente estoy cien por cien a bordo de ignorar las cosas, ya sabes, mientras menos se hable del asunto mejor.

—Claro —comentó Sam, confundido.

—Pero... no puedo ignorar esto, Sammy. —La voz le tembló un poco al final y tuvo que aclararse la garganta. Se enderezó hasta sentarse con las rodillas elevadas—. Mierda, llevo cuatro años rompiéndome la cabeza por pensar en esto. Necesito saber...

—¿Saber qué? —preguntó nervioso. Tal vez fuera el tono de su hermano o la actitud del mismo contagiándolo.

Dean lo señaló con un gesto de mano al que Sam respondió encogiendo los hombros sin comprender. Dean rodó los ojos.

—Vamos, Sam. Por primera vez estoy tratando de ser el serio en una conversación.

—De acuerdo. Pero no entiendo a qué te refieres —dijo, dando el último bocado a su hamburguesa y comenzando a chupar sus dedos para limpiar los restos de tomate que habían resbalado.

—Me refiero a... ¿puedes dejar de hacer eso?

—No es mi culpa que no trajeras servilletas.

—Pues usa la maldita toalla. Cielos.

Sam frotó las manos contra la tela intentando eliminar el rastro de grasa y tomate que la comida había dejado en su piel. Miró de soslayo a Dean, que se masajeaba la frente con exasperación. No era idiota, sabía que su hermano quería hablar sobre la marca en su brazo, pero lo que Sam no comprendía era el porqué. ¿Ya había atado los cabos? ¿El tiempo a solas en el Impala le había ayudado a descubrirlo? A decir verdad, si la situación fuera al revés, Sam se moriría de curiosidad.

Aunque, ¿no había soportado la curiosidad durante cuatro años? ¿Qué derecho tenía Dean a reclamar luego de cinco días?

—¿A qué te refieres con que "te rompiste la cabeza durante cuatro años"? —Quiso saber, curioso ante la familiaridad de aquellas palabras.

Dean le miró, apartó la vista, y volvió a mirarle. Se lamió los labios —un gesto inconsciente que perseguía a Sam en sus peores noches— e inspiró hondo. Se aproximó a Sam. Un cambio de distancia mínimo, pero con lo cerca que estaban pareció abismal. Sus rodillas se tocaron.

—Todo este tiempo me estuve preguntando cómo ibas a reaccionar. Imaginé montones de escenarios, de los peores, Sammy, lo juro... pero nunca pensé que fueras a estar tan tranquilo.

—No es que esté tranquilo... —mintió. Sus hombros se relajaron, porque si algo indicaba esas palabras era que definitivamente su hermano no tenía idea de lo que había en su brazo—, solo no me parece para tanto.

Dean quedó boquiabierto por dos segundos completos.

—¿Estás bromeando? ¿Qué quieres decir con eso? ¡Sam!

—¡Qué!

—¿Cómo puedes estar tan relajado? Toda tu adolescencia fuiste un gremlin lleno de furia y ahora que eres adulto, ¿de pronto te conviertes en el señor zen y paz? —espetó, casi indignado—. ¿Tienes una idea de cómo me jodió la cabeza ver mi marca? Pensé que iba a volverme loco. Y ahora que te estoy ofreciendo mi apoyo para que no te suceda lo mismo... ¿me sales con esto?

—No sé qué decirte Dean. Supongo que somos distintos, y ya. —Apoyó una mano sobre el antebrazo donde, debajo de la seguridad de la ropa, estaba la marca roja—. No tengo el mismo tipo de reacción que tú. Así de fácil.

No hacía falta aclarar que no tenía nada a qué reaccionar. Todo tenía un lado bueno, al menos. Jamás iba a experimentar lo mismo que Dean, una de las pocas personas en el mundo que había detestado la aparición de la marca, ni tampoco iba a correr el mismo destino que su padre y el resto de los cazadores que habían perdido a sus almas gemelas. Saber que se salvaba de aquel sufrimiento casi hacía valer la pena el hecho de que nunca experimentaría el amor puro y absoluto. Casi.

—Así de fácil... —repitió Dean, como ido. Parpadeó un par de veces y luego inquirió, dubitativo—: Entonces... ¿estás bien?

—Claro. Tan bien como se puede —respondió con un encogimiento de hombros.

Las manos le temblaron pero supo disimularlo. Una voz en lo profundo de su mente, parecida a la de Bobby, repetía: Díselo, díselo, díselo.

—Y... —Dean volvió a inspirar hondo—. ¿Qué piensas?

—¿Qué pienso? —repitió para ganar tiempo, consciente de que cualquier cosa que abandonase su boca en relación al tema sería una completa mentira.

—Es decir, ¿qué quieres hacer?

—¿Qué quiero hacer?

—Diablos, Sammy, te juro que voy a golpearte si vuelves a repetir lo que digo.

—Lo siento, lo siento. Pero ¿a qué te refieres con "hacer"?

Dean volvió a lamerse los labios y Sam pasó saliva con fuerza al notar el movimiento de su lengua. Era más difícil, cuando estaban tan cerca. Como si hubiera oído sus pensamientos y quisiera empeorar la situación, Dean estiró una mano tentativa y la apoyó sobre la rodilla de Sam. La parte de su mente que conservaba la lógica se dio cuenta, distante, que también temblaba, pero la noción fue opacada por el torbellino que el contacto generó en su interior. Trató de calmarse, repitiéndose que era un contacto casual entre hermanos, que Dean lo hacía con la intención de brindar apoyo —o lo que fuera que Dean estuviera intentando, a esas alturas a Sam le daba igual—, pero era difícil hacerlo porque al mismo tiempo resultaba un contacto demasiado íntimo. O tal vez era solo la mente de Sam generando expectativas.

—Me refiero a que estaré de acuerdo con lo que quieras. Cualquier cosa. Si quieres ignorarlo el resto de nuestras vidas, bien, te apoyo. Pero, si quieres... si quieres respetar el mensaje de Dios, o lo que sea...

Dejó la frase inconclusa, incapaz de completarla. Le brillaban los ojos pero no pestañeó durante largo rato, la mirada fija en los de Sam. Deslizó la mano más arriba, y ya no le tocaba la rodilla, sino el muslo. Le dio un apretón suave. Sam creyó que explotaría si no lo apartaba pero, al mismo tiempo, no quería que el contacto acabara.

—Uhm, gracias.

—¿Gracias? Vamos, Sammy, tienes que darme más que eso. Estoy poniendo el culo en el fuego por nosotros. —Los ojos comenzaron a ponérsele rojos, como si retuviera lágrimas. Era culpa de los nervios, comprendió, pero le faltó entender por qué su hermano estaría tan nervioso—. Te acabo de decir que estoy dispuesto a lo que quieras. Necesito una respuesta real. Si necesitas tiempo para pensarlo, está bien, pero tienes que decirme algo...

Volvió a deslizar la mano con la que le tocaba, esta vez hasta posarla encima de la que Sam mantenía sobre su antebrazo en un gesto de protección inconsciente. Su cuerpo se tensó al instante, y de pronto lo invadió la exaltación de saber que, si no fuera por su propia mano y la tela que había debajo, Dean estaría tocando su marca. Una marca nula, pero su marca, al fin y al cabo.

Fue en ese momento, con el deseo vibrando en su cuerpo y la angustia de ver a su hermano preocupado por algo que no existía, que Sam decidió decirle la verdad.

—De acuerdo. Bien... Quiero que la veas —dijo en un suspiro apurado.

En otras circunstancias habría reído al ver la expresión impactada que recibió.

—Que vea... ¿tu marca?

—Sí. Es hora... —Dean soltó una exclamación ahogada por encima de sus palabras—, de que te lo muestre también. No es justo que todos sepan menos tú.

La expresión de Dean se aclaró con prisa.

—Espera. ¿Cómo que "todos"?

—Papá y Bobby ya lo saben —admitió con pena.

—¿¡Bobby!? ¿Le dijiste a Bobby? ¡Maldición, Sam!

—¿Qué tiene de malo? ¡Es... un segundo padre, o algo! —defendió.

—Eres un desastre guardando secretos —murmuró Dean frotándose la cara.

Las mejillas se le habían puesto rojas. Era una demostración de empatía extrema, porque la vergüenza debería estar reservada solo para Sam, el único que tenía de algo de lo que avergonzarse.

—Necesitaba consejos, ¿sí? Es... no tienes una idea. Lo que te voy a mostrar es extraño.

Su hermano soltó una risa entrecortada, como si acabara de contarle un chiste.

—Ya lo sé. Ya lo sé... —Su rostro seguía rojo y los ojos todavía le brillaban, pero esta vez lucía contento—. De acuerdo. Hagámoslo.

—¿Eh?

—Si vas a mostrarme tu marca... entonces es justo que te muestre la mía. —Se lamió los labios pero en esta ocasión Sam no prestó atención al movimiento. Su mente permaneció en blanco.

Afuera, el crepúsculo comenzaba a extinguirse. Pronto no habría iluminación suficiente ni para verse a las caras, pues el ambiente comenzaba a adoptar ese color azul oscuro que descendía gradualmente hacía la oscuridad de la noche. Dean se puso en pie con prisa y trotó hacia su mochila, ansioso. Sam lo vio buscar entre sus pertenencias con asombrada incredulidad, aún intentando darle sentido a las palabras de su hermano. Iba a mostrarle su marca. Eso había dicho. Luego de todos esos años, Sam al fin iba a saber... al fin iba a conocer el nombre de esa persona que no tenía idea de lo afortunada que era de tener a alguien como Dean reservado para toda la vida. Al fin iba a tener un nombre para repetir en su mente con envidia, detestándole a distancia por el simple hecho de haber nacido para ser amado por su hermano. Alguna Stacy cualquiera con la que Sam podría envenenarse en silencio, como había hecho durante aquellos cuatro años, solo que esta vez tendría un nombre contra el cual verter su odio.

Al menos hasta que Dean la o lo conociera, y comenzara a sonreír con auténtica felicidad. Sam no se creía capaz de odiar a nadie que pudiese hacer feliz a su hermano.

La realidad de lo que la situación implicaba cayó sobre sus hombros con un cosquilleo cuando Dean regresó con dos velas y las encendió, creando un círculo de luz donde solo existían ellos. La realidad de que por fin, luego de tanto tiempo, su curiosidad iba a ser aplacada.

—Listo —murmuró Dean con una sonrisa, dejando el encendedor a un lado.

Se reacomodó, sentándose más cerca que antes, de modo que su rodilla llegaba hasta la cintura de Sam y viceversa. Sam perdió el aliento cuando encontró sus rostros a poca distancia, tanto que si se inclinaba unos centímetros podría tocar la ridícula nariz de Dean con la suya.

—Dean... —El nombre escapó de sus labios en un suspiro. Le ardió la cara ante lo obvio que estaba siendo y trató de remontar con prisa—. Lo que tengo en el brazo es una anomalía.

—Lo sé. La mía también. —Y ahí estaba otra vez esa expresión en su hermano donde parecía que intercambiaban un chiste privado. De pronto, Dean le tomó la mano—. Hemos sobrevivido a cosas más extrañas.

Al mismo tiempo, con lentitud, arremangaron sus camisas y comenzaron a desatar los brazaletes. Sam sentía el corazón retumbarle dentro del cuerpo, y con espanto sintió que había comenzado a sudar. Alternó miradas entre su brazo y su hermano, que no apartaba la vista de sus ojos, sintiendo que los nervios le entorpecían. Esperaba lucir por fuera tan relajado como Dean, quien solo presentaba un color rojo en el rostro que parecía haberse instalado permanentemente sobre su piel. Fue debido a la confianza de Dean que Sam lo vio primero. Ambos enseñaron los antebrazos, ahora desnudos, poniéndolos uno junto al otro, y mientras los ojos de Dean observaban la expresión de Sam, la mirada de este último se disparó hacia la piel de su hermano con desesperación. Ansiando descubrir lo que ocultaba debajo. Cuatro años de misterio, por fin desvelado. Sus ojos bien pudieron habérsele salido de las órbitas cuando leyó el nombre que decoraba el antebrazo de Dean.

Sam Winchester.

Sunombre.

El mundo se detuvo por un segundo, y luego retomó la marcha a toda velocidad.

¿Qué demonios?

Un sonido entrecortado murió en su garganta a la vez que un escalofrío le recorría la espalda y le atacaba el pecho. Al ver la transformación en su expresión, Dean bajó la mirada para leer el nombre que marcaba la piel de Sam, y entonces toda confianza se le desvaneció del rostro cuando comprobó que no había un nombre para leer. Con una exclamación de sorpresa y pánico apartó el brazo y se puso en pie de un salto, derribando una vela a su paso. Protegió el brazo contra su pecho, pero era demasiado tarde. Abandonando su estupor, Sam enderezó la vela antes de que pudiera comenzar un incendio en la sucia madera del suelo y luego elevó la mirada hacia Dean, que le contemplaba con los ojos muy abiertos y la respiración agitada. El rojo en sus mejillas se había desvanecido y en cambio presentaba ahora una piel terriblemente pálida.

Sam también se levantó, imitándolo. No tenía idea de cuál era la expresión en su rostro, pero no debía ser muy diferente a la que portaba su hermano.

—Dean, ¿soy tu...?

—¡No!

El grito de Dean retumbó por las paredes de la casa hasta descender en un susurro que continuó haciendo eco en sus tímpanos.

—¿Qué rayos? ¿Qué significa eso? —Señaló el brazo de Sam como si lo que estaba escrito fuera un insulto hacia su persona.

Era exactamente lo que temía. Que Dean lo mirase como si fuera un fenómeno, que no pudiera entender por qué Sam era tan diferente. Sin embargo, no tuvo tiempo para concentrarse en el temor con el que había fantaseado desde que su marca comenzara a revelarse, pues en su mente no había espacio para nada más que la imagen de su nombre grabada para siempre en la piel de Dean.

—Pero es mi nom...

Antes de que Sam pudiera terminar de hablar, Dean salió disparado por la puerta. Si no fuera porque siempre tenía la llave del coche encima, no habría podido usar el Impala para escapar. De todos modos, se habría alejado a pie de ser necesario. Sam se quedó solo, en una casa vacía, iluminado por dos velas mientras el corazón le martilleaba en el pecho. El mundo había girado sobre su propio eje y sentía que en cualquier momento dejaría de respirar.

No se dio cuenta de que el cuerpo le temblaba hasta que intentó moverse y descubrió que no podía.

Carajo.