El tiempo debía de haberse detenido.

No había forma de que el mundo continuara su rumbo habitual luego de semejante descubrimiento. Ciertamente, Sam se había detenido por completo. Estaba seguro de que incluso había dejado de respirar. Luego, se activó con una corriente de energía que le calentó de pies a cabeza y tuvo que recuperar el oxígeno perdido con grandes bocanadas de aire. Su mente, hasta entonces en blanco, estalló en un torrente de pensamientos.

Fragmentos de su vida danzaron ante él, encajando como rompecabezas ahora que la pieza faltante estaba en sus manos. Entendió entonces la actitud que Dean había adoptado con los años, agregando en cada intercambio, cada circunstancia entre ellos, el hecho de que su nombre estaba en el antebrazo de Dean. En un segundo vio toda su vida reproducida con este detalle presente y se encontró con que muchísimas cosas tomaban sentido. Su pulso perdió el control al pensar en ello. Lo que para Sam había sido la adolescencia volviendo un imbécil a su hermano, para Dean había sido una transición, el proceso hacia la aceptación de que la persona que toda la vida le habían prometido que le haría feliz era, ni más ni menos, su hermano. El cuerpo de Sam se estremeció de solo pensarlo. Porque su nombre estaba en el brazo de Dean mientras compartían habitaciones, su nombre estaba en el brazo de Dean cuando fueron al cine, su nombre estaba en el brazo de Dean cuando fueron a nadar, y también lo estuvo cuando forcejearon sobre la cama y Dean le había mirado embelesado como si quisiera...

El rostro de Sam se calentó tanto que se sintió febril. De pronto, invocadas por una fuerza subconsciente que jamás podría controlar, recordó las palabras que Dean le había dicho unos míseros minutos atrás. Le había prometido que respetaría sus deseos, que si Sam quería que algo surgiera de esa revelación él estaría dispuesto a aceptar. Había dicho eso con el nombre de Sam en su brazo porque había creído que vería su nombre reflejado en la piel contraria. Como una bofetada, entendió que de no haber expuesto su marca, de haber ocultado su anomalía durante un par de minutos más, posiblemente él y Dean se habrían besado.

Un retorcijón agradable le asaltó el estómago y un escalofrío le invadió la piel. Por fin comenzó a moverse. Necesitaba descargar aquella energía de algún modo pero como no tenía mucho para hacer no le quedó más opción que avanzar en un vaivén veloz como un león enjaulado.

La idea de besar a Dean permaneció fija en su cabeza. La imagen floreció, se colmó de detalles y se transformó. Una puerta hasta entonces sellada se desplomó con la facilidad con la que se empuja una pluma. Detrás estaba todo el deseo que durante años había contenido en su interior. Ahora, la posibilidad de llevar acabo sus fantasías existía y Sam no la iba a desperdiciar. Sabía, estaba seguro más que nunca, que Dean le correspondía. ¿De qué otro modo, si no, debía interpretar todas las señales? Había estado celoso, alguna vez, cuando fueron a un viejo cine y le había dicho, literalmente, que estaban en una cita.

Dean no era más obvio porque Sam no lo había querido ver de tal manera.

Soltó una risa exaltada, casi histérica. Era tan obvio y Sam se sentía tonto, solo que... no debía, porque él no tenía forma de saber que su nombre marcaba la piel de Dean. ¿Cómo podía? Eran hermanos, esas no eran cosas que sucedieran salvo como tema de estudio para psicólogos y marctólogos, y, como mucho, aquella posibilidad no era más que la fantasía de una mente pervertida. Jamás hubiera creído que fuera a suceder, que dicha posibilidad tuviera un mínimo de chance de existir. Pero ahí lo tenía. Sam no pensaba desperdiciar tal bendición por nada en el mundo...

Excepto que había algo que podía impedirle ser feliz. El propio mundo. Una gigantesca pared en el camino, indestructible, que siempre permanecería allí erguida para juzgarle. ¿Qué lugar en el mundo tenía espacio para un amor como el suyo? ¿Dónde podría encajar? Incluso aunque fuera puro y respetuoso la gente no le permitiría instalarse. Como mucho, podría ser un secreto. Pero los secretos se marchitaban con facilidad, los secretos dolían y al final siempre resultaban amargos. La otra alternativa, sin embargo, sería enfrentarse al prejuicio y al desprecio del resto. Y Sam solo estaba pensando en el mundo exterior, aquel con el que apenas tenía un mínimo de contacto. No se atrevía siquiera a imaginar lo que John o Bobby...

El calor instalado en su rostro se desvaneció bajo el ataque de un frío mortal.

Otro velo se apartó, y así como la imagen que creyó ver de Dean todos esos años giró sobre su eje y le brindó una nueva perspectiva, lo mismo le ocurrió con John. Porque John sabía. Lo había sabido todo ese tiempo. Desde el día en que un monstruo había intentado cobrar venganza atacando a sus hijos hasta la tarde de pocos días atrás en donde partió en busca de aquel demonio que había acabado con cuatro vidas cuando Sam era apenas un bebé. De pronto, la actitud de su padre cobró sentido. Las miradas oscuras, la negativa en dejarlos juntos, el miedo que ahora Sam era capaz de imaginar en su padre disfrazado de obstinada tiranía. Porque de todas las cosas que resultaban ciertas esa noche, la más certera era que su padre debía haber sentido mucho miedo. Miedo por sus hijos y de sus hijos. ¿Qué habría cruzado su mente? ¿Habría creído que podía intervenir en el transcurso natural de la marca divina? ¿Habría imaginado que si los dejaba un momento a solas ambos saltarían a ejercicios indecorosos? ¿Habría perdido el sueño creyendo a sus hijos capaces de actos depravados?

Solo que no era depravado si Dios así lo había designado, pensó la parte testaruda de su mente.

Le habría gustado enojarse, sentir una furia cegadora al descubrir que su padre estaba al tanto del secreto de Dean, pero no pudo. En ese momento, más que en ningún otro, comprendía a su padre. Además, el torrente de emociones que le recorría era tan variado que no lograba enfocarse en una sola emoción. Definitivamente el cuerpo no le temblaba porque estuviera enojado.

Salió de sus cavilaciones al oír la puerta de la casa. De un salto y con una nueva corriente de energía en sus venas, se apresuró hacia la entrada. El nombre de su hermano estaba listo sobre sus labios pero grande fue su desilusión al asomarse por el umbral y descubrir la figura de un agotado John inclinado para dejar caer la mochila.

—Oh, eres tú.

—Gracias, Sam, haces que me sienta apreciado —bromeó John con voz cansada.

Sam golpeteó con los dedos el marco de la puerta mas no agregó otra cosa. La mirada de su padre recorrió la casa hasta que un ceño delató un fuerte desagrado.

—Esto es una pocilga.

—Y eso que solo llevas aquí medio minuto.

John encogió los hombros.

—He estado en peores lugares... ¿Dónde está tu hermano?

En lugar de responder, Sam siguió los movimientos del padre con la vista, formando la idea y luego las palabras en su mente. Mientras John se ponía de cuclillas para abrir la mochila y sacar un paquete de emparedados del interior, Sam se armó de valor para encender aquella chispa que podría tornarse en una llamarada destructiva. De todos modos, se dijo, tenía derecho a preguntar. Era hora de que los Winchester dejasen de ocultar información entre ellos.

—¿Lo sabías?

—¿Hm?

—¿Sabías que mi nombre está en el brazo de Dean?

La única reacción de John fue un movimiento ligero de las cejas, poco impresionado. Un suave "huh" compuesto por su rostro.

—Así que te lo dijo.

—Sí... bueno, no exactamente. Me lo mostró. Pero tú ya lo sabías —acusó, decidido a no perder el hilo de sus pensamientos.

Su padre regresó la mirada a los emparedados y Sam tuvo que apretar los puños para contenerse.

—No es como si importara.

—¿A qué te refieres?

—Es tú nombre, pero no es nombre —dijo John con calma avanzando hasta el arco de la puerta que llevaba a la sala. Observó las bolsas de dormir y frunció el entrecejo pero su mirada continuó vagando por la habitación en busca de un lugar donde sentarse a comer—. A lo que me refiero... Es una casualidad muy extraña, espeluznante casi, pero no debes ser el único Sam Winchester en el mundo.

Boquiabierto, Sam contempló como su padre tomaba asiento en las escaleras y desenvolvía la comida. Una sensación helada amenazó con trepar por su espalda pero la calidez que lo había embargado minutos atrás se rehusaba a dejarse vencer. Intentó hablar pero le falló la voz por lo que tuvo que aclararse la garganta antes de proseguir.

—Pero tú sí pensabas que era nombre. —John se detuvo, tenso—. Vamos, papá, ¿crees que soy estúpido? Puedo atar los cabos ahora que .

—No hay nada que saber. De acuerdo, lo admito, la idea cruzó por mi mente y de verdad lo lamento —admitió con un suspiro y una mueca sin apartar la mirada del emparedado al que ya le faltaban dos bocados—, pero debes entenderme, Sammy, al verlo esa fue la única conclusión a la que pude llegar. Por fortuna, no eres el alma gemela de tu hermano —finalizó con un bufido despectivo, burlándose de su propia desfachatez.

—No digas eso.

Las palabras abandonaron los labios de Sam antes de que pudiera siquiera reconocerlas. Habían brotado del tumulto de emociones que giraba en su pecho tratando de decidir, inciertos, qué rayos estaba sintiendo en aquel momento. Los ojos de su padre se dispararon a su figura con una velocidad tajante y un brillo sagaz, analizando la expresión de Sam que no tardó en apartar la mirada como un cobarde.

—No digas que soy su alma gemela... Es raro. —Se obligó a decir. Miró a su padre con cautela y se relajó al verlo asentir y regresar su atención al emparedado.

—Lo siento. Diablos, imagina cómo me sentí este último tiempo, y ni hablar de lo que debe haber sentido tu hermano. Tu hermano en un buen muchacho, ambos lo son —agregó—, debió ser duro para él. Por fortuna eso se terminó.

—¿Cómo lo sabes? —Volvió a espetar Sam, apretando la mandíbula ante su falta de control. John estaba picando en un tema sensible que para Sam era reciente y frágil, cualquier palabra errónea por parte de su padre podría hacerle saltar como una bomba—. ¿Cómo estás tan seguro?

—Es evidente. Para empezar, no tienes su nombre en tu brazo, y aunque lo tuvieras, ¿acaso sientes el llamado?

Y con esas palabras empuñadas cual martillo John destrozó las ilusiones que Sam había armado. El frío ascendió por su espalda ahora sin rival y le lastimó el pecho. La lógica apagó la llama que el revuelo de sus emociones había provocado.

—Tu hermano tampoco lo hace, entonces no hay de qué preocuparse —prosiguió John con evidente alivio, ignorando que desgarraba el corazón de su hijo.

Sin decir nada, Sam se dirigió a la sala donde las bolsas de dormir se mezclaban con el polvo del suelo. Se sentó sobre la suya con la vista perdida, pensando, pensando, pensando. Al rato oyó que su padre subía las escaleras. No había vacilación en sus pasos, por supuesto, a diferencia de ellos John poseía la confianza que la edad daba a hombres testarudos, además, le resultaba imposible imaginar a su padre cayendo por las escaleras pues incluso la madera podrida debía sentirse intimidada por su presencia. En cuanto lo oyó subir se recostó sobre la tela acolchada ignorando el frío y reprimió un sollozo. Detestaba aceptarlo, pero era un llorón y seguramente seguiría llorando el resto de su vida. Lo había aprendido de Dean, el muy sensible.

Por mucho que esperó Dean no regresó esa noche.

:::::

John lo alcanzó hasta la biblioteca la tarde siguiente y luego marchó en busca de algún bar abierto en donde emborracharse hasta que fuera un horario concurrido y sus siguientes víctimas de estafa se presentaran.

Mientras su padre se preparaba para robar los pocos billetes que les servían para subsistir en el día a día, Sam se sumergiría en una profunda investigación. Le ardían los ojos y le pesaban los párpados producto de la mala combinación de haberse quedado dormido a altas horas de la madrugada luego de llorar un rato. Pero Sam no tenía un hueso de holgazán y la falta de sueño no iba a derrotarlo ahora, así que se aventuró dentro de la biblioteca y recorrió cada pasillo de estantes revisando títulos, buscando entre categorías y autores. La bibliotecaria le lanzó un par de miradas de sospecha, pero había visto a Sam el día anterior y el recuerdo de su sonrisa encantadora evitó que la mujer le molestara durante las horas siguientes. Con una pila de libros en brazos tomó asiento frente a un ordenador e inició una búsqueda exhaustiva. Era, tal vez, la investigación más importante que había hecho en su vida.

¿Era posible ser el alma gemela de una persona sin que esta fuera la de uno? Psicólogos hablaban de una disonancia entre los deseos y la realidad, mientras que el resto de las ciencias negaban la existencia de tal posibilidad. Una marca siempre era correspondida.

¿Qué significaban las almas gemelas entre familiares? Para responder esta pregunta Sam se había rebajado a consultar libros de Freud, ¡santo cielo, Freud!, pero si quería realizar una buena investigación y asegurarse de no saltar información entonces debía recurrir a todo el material que pudiera alcanzar con sus manos dentro de aquella biblioteca. El problema se presentó en que los autores del tema que aquella biblioteca tenía para ofrecer referían al asunto como una posibilidad, un deseo incestuoso. A partir del 89' se mencionaban casos entre primos, familiares distantes en mayoría, documentados de forma rebuscada. El único caso que pudo hallar entre los polvorientos libros de marctología que adornaban los estantes fue el de los gemelos Pine, y en resumidas palabras los estudios señalaban que la probabilidad escasa de que se presentara una marca en tales circunstancias apuntaba a un amor potente y una felicidad similar a la esperada sin el valor romántico de por medio (el trabajo terminaba en una referencia al estudio de los lazos entre gemelos que Sam ignoró por completo).

No lo creía. Experimentó una ráfaga de fastidio ante tales declaraciones y cerró el libro pensando que los Pine debían de haberlos engañado a todos para no quedar socialmente marginados. Pocos querían ahondar en aquellos temas, no fuera a ser que se ganaran la reputación de pervertidos y que les acusaran de desear a sus padres o hermanos. Si la bibliotecaria decidía acercarse a espiar lo que Sam hacía, si decidía entrometerse en sus asuntos, ¿no lo pensaría ella un pervertido sin molestarse en averiguar las razones de sus búsquedas?

Reconoció con vergüenza que se había sentido personalmente atacado, lo cual no tenía razón de ser. Después de todo, el nombre de Dean no estaba en su brazo y no existían las marcas sin par.

Lo que le catapultó al siguiente asunto.

Con el cuerpo tenso y las venas heladas abandonó los libros y se volvió hacia el ordenador. Lo contempló turbado como si se tratara de la criatura más aterradora que hubiera tenido que confrontar en la vida. Con brazos pesados encendió el aparato y acercó las manos al teclado; pasó saliva con fuerza antes de tipear en el buscador su propio nombre. Se trataba de aquella extraña mezcla entre curiosidad y terror. El impulso de conocer la respuesta pero el miedo de enfrentarse a una conclusión inevitablemente terrible.

Cundo la página terminó de cargar y Sam efectuó la búsqueda correspondiente, se encontró observando cinco fotografías. Cinco Sam Winchester en distintas partes del mundo. Cinco hombres de edades variadas que recurrían a una página global en busca de empleo. A penas habían entrado en el año 2000 y Sam no dudaba de que la tecnología avanzaría hasta el punto en que un día habrían más de cinco hombres con un nombre idéntico al suyo exponiendo sus datos en internet, pero mientras tanto se aseguró de memorizar aquellos rostros con una mezcla de envidia, enojo e interés, comprendiendo que probablemente uno de ellos podía portar el nombre de su hermano en su antebrazo.

¿Sería el hombre de bigote? ¿O tal vez el de la barbilla prominente? ¿Sentían ellos el llamado que algún día les guiaría hasta Dean si decidían que era tiempo de salir a encontrar a su otra mitad? ¿Lo sentía Dean? Sin duda, su hermano era un actor tremendo, resistiendo los impulsos que llegaban con la marca, guardándose la tristeza constante, el anhelo, las ensoñaciones y todas aquellas características que Sam había aprendido de segunda mano, leyendo u observando a quienes le rodeaban. Por fortuna, se dijo, porque no habría sido capaz de soportar el mínimo comentario al respecto por parte de Dean. Hasta los más liberales tarde o temprano reconocían que una fuerza invisible les llamaba. Siquiera pensar en palabras similares abandonando los labios de su hermano le partía el corazón.

Aunque en verdad no cambiaba nada, ¿no? La realidad era que la voluntad de Dios obligaba a Dean a sentirse atraído hacia alguien en alguna parte del mundo, y esa atracción solo podía existir en donde existiera una marca. Sam no poseía una marca con un nombre al cual llamar. Todas las posibilidades de amor se habían alineado en su contra, con o sin Dean ocupando sus pensamientos y su corazón.

—¿Estás bien?

Levantó la vista con un sobresalto. Parpadeó varias veces para apartar el escozor de sus ojos, frotándose el rostro mientras intentaba sonreír. La bibliotecaria finalmente se había animado a acercársele.

—Sí, sí —aseguró.

—Te quedaste quieto demasiado tiempo, me estabas asustando. Y no te ves nada bien. Oh, bueno. Iba a decirte que estamos por cerrar, de todas formas.

—¡Claro! Gracias. ¿Podría imprimir esto primero?

Sosteniendo la hoja recién escupida por la impresora recogió tres de los libros que había tomado prestados para la lectura y se dirigió hasta la recepción para firmar la ficha mientras la bibliotecaria, ahora al otro lado de la mesa, le avisaba que tenía tres días para devolverlos. Con los libros bajo el brazo se dirigió al bar en donde sabía que John estaba estafando gente.

Aguardó en una mesa del fondo ignorando el entorno. No miró a su padre fingiendo camaradería con los borrachos que jugaban a los dardos ni miró a la poca gente que intentó acercarse a coquetearle al creerlo presa fácil debido a su soledad. Mantuvo la vista fija en los libros sin verlos realmente, perdido en sus pensamientos.

Armado con las revelaciones de esa mañana y la información que había conseguido en la biblioteca, se sintió listo para enfrentar a Dean.

::::

Sam había recibido clases de manejo a los catorce años y había conducido ocasionalmente durante los años subsiguientes. Su profesor había sido Bobby y sus clases habían consistido en reprocharle con un gruñido todo lo que hacía mal mientras bebía y soltaba constantes: «Idiota», que no ayudaban a la técnica del chico. Varios accidentes detrás del volante del Impala le habían conferido la reputación de pésimo conductor entre la familia, pero no era su culpa: no tenía práctica y la licencia falsa no le otorgaba la habilidad mágicamente, solo le permitía ser un peligro al volante. Por eso, delataba el estado de embriaguez de John el hecho de que el hombre le hubiera entregado las llaves de la camioneta y le hubiese ordenado con voz seca que condujera. Aquello solo podía significar que en esos momentos su padre era un peligro más grande que él.

Poco acostumbrado a conducir y nada acostumbrado a manejar una camioneta, Sam realizó el recorrido con calma mientras John cabeceaba en el asiento de copiloto, por lo que alcanzaron el terreno abandonado más tarde de lo que deberían haberlo hecho y, gracias a la concentración que se obligó a mantener sobre el camino, poco pudo pensar en lo que pretendía decirle a Dean en cuanto volvieran a verse. La imagen del Impala estacionado frente a la casa y la tenue luz que brillaba en el interior causaron que acelerara el coche y luego lo detuviera de golpe al darse cuenta de lo que hacía. John despertó de un sobresalto ante la sacudida.

—¡Wo! Cielos, Sam, ¡ten cuidado! —bramó.

Lo ignoró. No estaba preparado para ver a Dean, no realmente. De algún modo, creyó que tardarían más en verse cara a cara luego de lo sucedido, pero eso no tenía sentido, ¿no? Después de todo, ¿a dónde rayos iría su hermano por tanto tiempo? De los tres era quizá al que más afectaban los lazos de sangre y el amor por la familia. No podía estar lejos aunque quisiera.

Descendieron del vehículo al silencio de la noche. John avanzó tambaleante hasta la puerta, pero sus hijos lo habían visto en peores estados por lo que fue poca la vergüenza que le causó mostrarse de tal modo ante ellos. Por su parte, Sam se mantuvo unos pasos más atrás repasando en su mente cada posible diálogo, con una pesa en la garganta y detonaciones en el pecho. Entró detrás del padre buscando a Dean con la mirada; lo encontró en lo que debería ser la cocina, desenvolviendo unos burritos encima de una caja que servía como mesa improvisada. Los ojos contrarios se elevaron clavándose en John e ignorando a Sam por completo. Se veía tranquilo, relajado, y Sam habría creído en su acto si no fuera por lo mal que lucía. Pálido, ojeroso y desalineado. Sintió una oleada de satisfacción al descubrir que sin importar dónde o con quién hubiera pasado la noche, Dean no había dormido mejor que él.

—Traje la comida —anunció con tono seco, volviendo a posar la vista sobre los burritos.

—Buen chico —murmuró John palmeandole el hombro con afecto mientras se sentaba torpemente a su lado.

Era evidente que no percibía la tensión en el ambiente. O estaba demasiado borracho, o aquella energía estaba reservada solo para Sam, que siguió a su padre y tomó asiento al otro lado de Dean. Cuando sus rodillas se rozaron mientras terminaba de acomodarse, Dean apartó la pierna con prisa y sus labios temblaron en una mueca cargada de desgracia. Lanzó una mirada fulminante a los libros que Sam apoyó sobre la mesa mas no comentó al respecto. Sam se moría por ser capaz de leerle la mente, al menos unos minutos, o de atreverse a iniciar la conversación, pero con John ahí no podía indagar en busca de la charla que todo su ser rogaba por comenzar.

—Aquí tienen su parte —comentó John dejando la comida para sacar un puñado de billetes del bolsillo. No se molestó en contarlos, posiblemente no pudiera hacerlo en ese momento. Dividió los papeles en dos pilas que consideró iguales y se las tendió a cada uno. Dean lo aceptó sin problema con un suave «gracias, papá» pero Sam se tomó un segundo para mirar con desagrado los dedos cubiertos de grasa que ensuciaban el dinero—. Anda, ¿no lo quieres?

De mala gana lo aceptó.

—Mmm. De acuerdo —soltó John dando otro bocado a la comida y dejándola caer con ademán de conclusión.

La esperanza brotó en Sam, cada palpitar de su corazón susurrando «vete, vete, necesito estar a solas con Dean», al mismo tiempo que una franja de pánico le recorría hasta la mente gritando «no te vayas, no me dejes solo con Dean». Quería hablar con Dean y al mismo tiempo no. Sentía nauseas ante tanta indecisión, o tal vez fuera obra de los nervios.

—Iré a dormir, estoy destrozado.

El nudo en la garganta de Sam se fortaleció.

—No comiste nada —dijo Dean con prisa.

—Me llené de nachos en el bar —respondió mientras se ponía en pie.

Con paso pesado y torpe se dirigió a las escaleras. Tardó una barbaridad en subirlas, o eso le pareció a Sam. Oyó las pisadas sobre las maderas, los crujidos y los golpes en el segundo piso hasta que todo quedó en silencio. Esperó un poco más, por si acaso, hasta que comprendió que en realidad hacía tiempo porque no sabía cómo proseguir. No se atrevía a mirar a Dean ahora que estaban solos. El silencio se extendió, torturador.

—¿"Tótem y tabú"? ¿En serio, Sam? —soltó de pronto Dean quebrando el silencio con amargura, poniéndose de pie y alejándose en un intento de huida.

Sam no se preocupó. No había a dónde huir, siempre y cuando las llaves del Impala permanecieran sobre la chimenea donde Sam tenía una clara vista para vigilarlas. Su hermano avanzó hasta la que debía ser la sala manteniendo la espalda en su dirección, una táctica para no mirarlo. Armándose de valor Sam inspiró hondo, abrió el libro con el título que su hermano había recitado y sacó la hoja impresa que permanecía doblada en el interior. La observó mientras se preparaba, repitiéndose que tenía todas las armas en mano y que debía mantener la cabeza fría si quería usarlas a su favor.

—Qué bueno que lo menciones —comenzó, notando que Dean se tensaba—, porque de eso quería hablar.

—No —dijo Dean, recogiendo su mochila para mantenerse ocupado.

—Fui a la biblioteca... a buscar información...

—¡No me importa, Sam!

—Y conseguí esto para ti.

Ante sus palabras, pese a su anterior afirmación, Dean volteó a verlo con exasperada curiosidad. Miró el papel con sospecha y luego el rostro de Sam solo que no se detuvo mucho tiempo en este último, incapaz de mirarlo a la cara; se acercó lo suficiente para arrebatar el papel ofrecido de las manos contrarias y regresó a su lugar, a tres metros de distancia.

—¿Qué es esto? —preguntó sin molestarse en mirar la hoja.

Se aclaró la garganta.

—Son los Sam Winchester que figuran en internet por el momento.

Las cejas de Dean se alzaron con incredulidad. Con lentitud desplegó la hoja y las cejas cayeron en un ceño al ver los rostros que le devolvían la mirada. No pareció gustarle lo que vio, y Sam se reprochó el alivio que eso le causó.

—¿Es una maldita broma? —Había rabia contenida en el tono de Dean.

—No. Es la realidad. Probablemente uno de esos sea tu alma gemela —remarcó con énfasis, orgulloso de que no le temblara la voz—. Y aun así, —Comenzó antes de que Dean decidiera volver a hablar—, pensabas que tu alma gemela era yo. —Notó que su hermano quedó inmóvil ante la inesperada declaración; no había vuelta atrás, aunque Sam no pensaba retractarse. Pasó saliva con fuerza al recordar las palabras de John—. Pero no puedes sentirte llamado por alguien que no es tu alma gemela, entonces, cuando pienso en todo lo que dijiste ayer no le encuentro sentido, porque... tendrías que saber, tendrías que darte cuenta, ¿verdad?

El papel en las manos de Dean temblaba pero su hermano no levantó la mirada.

—Dean... ¿Soy tu alma gemela?

Pese a que su voz surgió tan frágil como un hilo pareció retumbar frente al silencio hueco que dominaba la casa. El pecho de Dean se alzó en un vaivén próximo a errático y los ojos se le habían puesto rojos a pesar de que mantenía una expresión de mármol. Lanzó una mirada fugaz al brazo de Sam.

—No.

No estaba preparado para el latigazo de dolor que eso le causó y por poco perdió las riendas del control que había acumulado para aquella charla. Era la respuesta lógica, pero su mente se aferró al recuerdo de la actitud de su hermano a lo largo de todos esos años que por fin había adquirido sentido.

—Lo supuse, porque estuve investigando y al parecer es imposible que la marca no sea correspondida, pero mientras más lo pienso menos sentido tiene, ¿sabes?, porque todos estos años pensaste que yo era...

—¡Te dije que no, Sam! —interrumpió Dean. Lanzó una mirada preocupada al techo, como si temiera que su arrebato fuera a causar que John atravesase la madera hecho una furia porque lo habían despertado.

—Dime la verdad.

—¿Qué diablos? ¿Qué verdad quieres? ¡Te lo estoy diciendo! No sé qué porquerías te imaginaste mientras leías a esos sabelotodo, —señaló los libros olvidados—, pero comienzas a fastidiarme.

—Dijiste que estarías de acuerdo con lo que quisiera, que si quería respetar el mensaje de Dios estabas a bordo —repitió las palabras saboreando el recuerdo ahora agrio mientras trataba de mantener la compostura—, no puedes negar eso, no puedes esperar que no entienda lo que eso significaba. Dean.

Su hermano negaba con la cabeza, los ojos errantes moviéndose por toda la casa. Se notaba atrapado buscando una salida, solo que no podía escapar de la verdad.

—¿Te gusto?

En otras circunstancias sentiría vergüenza de lo débil y patética que su voz se oyó. Ilusionada y asustada al mismo tiempo. No había esperado el peso que dos palabras tan sencillas serían capaces de cargar. Dean también debió sentirlo, a juzgar por su expresión, solo que con el peso extra de la sorpresa.

—Si tienes miedo porque tu nombre no está en mi brazo...

—Basta. Basta. ¡Basta! —interrumpió, avanzando unos pasos pero deteniéndose a tiempo; su aspecto nervioso contrastaba con la calma de Sam y eso lo molestó aún más—. ¿Qué estás haciendo? ¿Cómo puedes preguntarme una cosa así? ¿Te volviste loco?

—Los hechos...

—¡A la mierda tus hechos, y tus libros y tus investigaciones!

Esta vez no se contuvo. Acortó la distancia entre ambos e intentó empujar a Sam pero este lo aferró con fuerza por la chaqueta, evitando que sus cuerpos se apartaran. El pánico floreció en el gesto de Dean ante lo cerca que estaban.

—La única forma de que pensaras que la marca me pertenece sería si te gustara. Es la única explica...

—¡Eres mi hermanito! —Se impulsó hacia delante hasta acorralar a Sam contra la pared, apretando el brazo contra su cuello y sosteniéndolo con fuerza—. ¡Si dije todas esas idioteces fue porque me confundí! ¡Pero no significa nada! Esta mierda te jode la cabeza, no sabes qué pensar ni qué sentir, pero tú no lo entiendes, ¡porque no sabes lo que es tener una marca! Entonces, sí, me equivoqué, puede pasar aunque tus libros digan lo contrario, ¡afortunadamente!, porque eres mi hermano menor y eres un idiota. ¡Así que deja de reflejar en mí tus mierdas incestuosas!

Fueron como cuchilladas en el pecho de Sam. Había tocado y atacado los puntos más sensibles que portaba: su falta de marca y su amor indebido. E, incluso peor, le estaba rechazando. Negaba cualquier ventana de posibilidad al deseo que había cargado durante esos años cuando Sam había moldeado la situación a una llena de chances. El control que mantuvo hasta entonces se esfumó y, con furia, le dio una patada en la tibia acompañada con un puñetazo cuando Dean se encorvó de dolor. Su hermano retrocedió y se quedó un momento con la mano en el mentón mirándole con asombro.

Entonces Dean se lanzó contra él tomándole por la cintura y estampándole contra la pared. Atinó puñetazos contra sus costillas a los que Sam respondió golpeándole en la espalda y empujándole cuando el agarre de Dean cedió por el dolor. Se dispuso a ir tras él, seguir golpeando, lastimarle tanto como sus palabras acababan de lastimarlo, pero una voz lo detuvo.

—¿¡QUÉ ESTÁN HACIENDO!?

El grito de John fue un rugido ensordecedor. Jamás lo habían escuchado levantar la voz de tal modo, ni siquiera luego de sus peores errores, pero lo cierto es que John jamás los había visto pelear así. Alternó la mirada todavía borracha y enojada entre ambos hijos, esperando una reacción. Dean agachó la cabeza.

—Perdón, papá.

Sam no se dejó intimidar. Más que aplacarse, la furia alimentada por la pelea se avivó ante la presencia de su padre. Nunca iba a poder negar lo mucho que se parecía en ese aspecto al hombre: una vez que la ira brotaba, era una proeza apaciguarla. Lo señaló y espetó:

—No te metas.

La expresión de John en ese momento era para recordar.

—¿Qué dijiste?

—¡Es nuestro problema, vete a dormir! A ver si al menos por una vez te muestras decente. —Le miró de arriba abajo con desdén.

Hubo una pausa breve. Luego, con una mueca iracunda, John avanzó hasta él con paso agresivo. El niño interior de Sam se encogió en terror al ver que su padre se aproximaba de tal manera pero no se dejó invadir por él, se había dejado dominar por esa parte de su ser por demasiado tiempo y era hora de ponerle fin. Tensó el cuerpo listo para recibir a su padre.

— ¿Cómo te atreves a hablarme así?

Era la primera vez que John se abalanzaba contra él de modo violento. Seguramente, si Sam se disculpaba o daba señales de sumisión, John retrocedería, pero ese no fue el caso. La mezcla de ira, alcohol y la autoridad desafiada lo habían empujado hasta ese punto, pero estaba borracho y Sam era ahora mucho más grande que él. Lo empujó con una facilidad que no había esperado y sintió un enorme placer al ver como John chocaba contra la escalera y perdía el equilibrio, desplomándose sobre los escalones. El rostro se le puso rojo y se levantó tan rápido como la embriaguez le permitió, pero el daño a su orgullo ya estaba hecho.

—Pedazo de...

¿Cuántas veces había fantaseado con enfrentar a su padre, irse a los puños contra él? La satisfacción que le causó provenía de años de represión y lenguas mordidas para reservar las palabras hirientes que deseaba lanzarle; las volcó todas sobre sus puños y lanzó una tras otra, complacido de que John recibiera unas cuantas directo en el rostro. Su padre peleaba bien incluso borracho pero los sentidos confundidos no le permitían moverse con la eficacia que tendría sobrio. Comenzaron a forcejear, aferrándose de las camisas, cuando Dean decidió intervenir.

—De acuerdo, basta, ¡ya es suficiente! —gritó mientras aventuraba los brazos entre sus cuerpo e intentaba apartarlos.

Tras varios intentos, se lo permitieron. John, tan agitado como su hijo, lo miraba de un modo que comenzó a incomodar a Sam. Una incomodidad que se tornó peligrosamente sensible, por lo que aprovechó que Dean sostenía a su padre para dar la vuelta y marchar hacia la sala. Se inclinó y comenzó a recoger sus pertenencias.

—Tienes razón, es suficiente.

—¿Qué crees que estás haciendo? —inquirió John con la voz quebrada por el enojo.

—Me largo. Estoy harto de todo esto, de esta vida y de ti.

John soltó una risa seca, ignorando a Dean que se mantuvo frente a él con los brazos sobre sus hombros para detenerlo ante cualquier arrebato.

—Otra vez con lo mismo. ¿Cuántas veces vas a decirlo? ¿No te cansas, hijo? Ya todos sabemos que no irás a ninguna parte.

—¡Esta vez sí! Ahora soy un adulto, ya no te necesito.

Su mirada debió demostrar algo porque John se detuvo un momento, inseguro, y luego sonrió con burla.

—¿Y a dónde se supone que irás, eh?

—A cualquier parte, todo es mejor que esto. ¡La universidad, por ejemplo! Eso que siempre quise hacer y no me permitiste, ¿recuerdas?

—Eres ingenuo. ¿Cómo mierda piensas que entrarás a la universidad? ¿Tienes una idea de lo que cuesta? Rayos. —Volvió a reír con sorna—. Cuando te calmes te darás cuenta de lo idiota que te oyes.

Sam se cargó la mochila al hombro sintiendo el impulso de correr hasta su padre y volver a pegarle, pero lo contuvo enseñando una sonrisa propia, tan llena de burla como la de John.

—Para tu información, llevo tiempo averiguando. Resulta que existen programas para gente sin recursos, becas y beneficios. No necesito dinero, solo perseverar y ser inteligente. Y, ¿sabes qué?, ¡lo soy!, ¡y sé que puedo hacerlo! Así que váyanse al diablo. Los dos. —Miró a Dean, que había vuelto la cabeza en su dirección pero mantenía la vista fija en sus pies; le sangraba el labio en donde Sam le había pegado—. No hay nada aquí para mí —murmuró.

Con paso decidido avanzó hacia la salida.

—Si cruzas esa puerta —dijo John con finalidad—, será mejor que no regreses.

Aquello sirvió para detenerlo un momento. Comprendió la realidad de la afirmación. No porque temiera lo que John le haría sino porque tenía razón. Esta vez no se permitiría regresar, no se permitiría ser débil. Era la última vez que lo decía, era definitivo. Apartó la madera sin molestarse en cerrarla. No era como si hiciera diferencia.

—Sammy...

Fue lo último que escuchó. Avanzó veloz dando grandes zancadas para poner distancia entre ellos lo más pronto posible. Se adentró en la oscuridad de la noche y siguió caminando por la calle desolada sin mirar atrás. Ninguno fue tras él. Mientras el frío del ambiente reemplazaba el calor del enojo, comenzó a pensar en todo lo que había ocurrido desde la noche anterior. Le escocieron los ojos, rememorando las palabras dichas y oídas una y otra vez. Sacudió la cabeza negándose a quebrarse a tan pocos minutos de haber abandonado a su familia.

Mierdas incestuosas, como bien había dicho Dean. Estaba jodido en la cabeza y Dios se había burlado de él al poner su nombre en el brazo de Dean, pero ya no más. No iba a continuar con eso. Iba a olvidarse de todo, iba a olvidarse que existían los seres sobrenaturales e iba a olvidarse que alguna vez tuvo un hermano que era tan encantador que había logrado enamorarlo a él también.

Tendría una vida nueva y en esa vida no existiría nadie más que él. Tarde o temprano, tendría que convertirse en la verdad.

La realidad comenzó a calarle cuando por fin se aproximó a la ciudad. A partir de ahora estaba solo, realmente solo. Y la universidad era preciosa como idea pero puesta en práctica, ¿por dónde iba a comenzar?

¿A dónde iría?