No ingresó a la universidad de Stanford inmediatamente. La vida estaba cargada de elementos sobrenaturales pero eso no la convertía en un cuento de hadas. Cuando lo consiguió, sin embargo, se sintió profundamente satisfecho consigo mismo (aunque en un comienzo no tuvo con quién compartir su logro).
El cambio en la rutina fue complicado durante el primer año. Leyó más de lo que había hecho en toda su vida y tuvo que apretar sus horarios para cumplir con las lecturas sin faltar al trabajo de medio tiempo que había conseguido mientras se preparaba para los exámenes de acceso. A veces, en los momentos donde el agotamiento y el estrés se aliaban en su contra, pensamientos traicioneros avanzaban en su mente; cosas como: "estafar a la gente era fácil" o "antes no tenía tantas preocupaciones" pero rápidamente los extinguía. En contraposición a la actividad mental a la que su cerebro estaba expuesto, sintió los cambios en su físico. La falta de entrenamiento y las largas horas que pasaba sentado en una silla con la espalda encorvada sobre algún libro de texto comenzaron a hacerse notar; durante el primer año perdió gran parte de su musculatura y movimientos constantes le agotaban más rápido que antes. También, en ese tedioso primer año, le costó distanciarse de los reflejos de cazador. La desconfianza o la sospecha sobre quienes le rodeaban, acciones o palabras que despertaban la alarma del peligro, el ademán de mirar por encima de su hombro, la costumbre de poner sal bajo todas las ventanas y la molesta sensación de estar desprotegido. Y la peor: el impulso de buscar la opinión de su familia, de comentar alguna observación o hallazgo.
El primer año fue el más duro, como todo lo nuevo a lo que uno debe acostumbrarse. Los siguientes fueron mejores. Una vez que logró ingresar a la universidad las cosas fluyeron en un rumbo natural: se adaptó, como era su naturaleza, y aunque aún le suponía un gasto extra finalizar los deberes y las lecturas sabía que lo llevaba mejor que muchos de sus compañeros —a los cuales vería marchar con el paso del tiempo, rendidos—. Retomó la actividad física, un grito de alivio para su cuerpo una vez que recuperó el ritmo. Se inscribió en todas las actividades deportivas a las que pudo, fracasando en algunas —como futbol— y triunfando en otras —como judo—. Cualquiera fuese el resultado, agradecía la posibilidad de experimentar otra vez la emoción del desgaste físico, si bien no era la clase de actividad que realmente buscaba ese palpitar ansioso que alimentaba sus venas con el deseo de algo más peligroso, más extremo. Conoció gente, hizo amistades. Jamás imaginó la diferencia que aquello ocasionaría sobre su rendimiento. Tener un grupo sobre el cual apoyarse y con el cual intercambiar conocimientos, además de compartir los requeridos momentos de ocio, redujo el estrés que se había acumulado en su cuerpo. El estudio parecía más fácil cuando tenía gente con quien congeniar. Su primer amigo, Brady, fue el conducto por el cual amplió sus amistades. Gracias a él, conoció a Jessica, a Ralph, a Zach y a otros que terminaron encajonados en la categoría de conocidos y amistades casuales.
Comenzó a fijarse en Jessica, particularmente, por todos los motivos erróneos. Su cabello rubio, sus ojos verdes, sus labios llamativos, su gusto por la comida grasosa, el sentido del humor y cómo le daba igual si era la única que reía, su amor por el rock, su actitud confiada, su preocupación por el bienestar de Sam... Comenzó a mirarla porque encontraba en ella una familiaridad atractiva y gracias a ello comenzó a notar diferencias que también le gustaron. Asimismo, ella comenzó a devolverle la mirada. Tardó en permitirse una relación porque su corazón aún estaba roto (aunque, cuando se tomaba el tiempo para pensarlo, suponía que en realidad nunca dejaría de estarlo) pero una tarde en que la conversación derivó en el asunto de las almas gemelas y Jessica anunció que no tenía una marca —enseñando ambos brazos impolutos ante sus incrédulos amigos—, Sam pensó: "Aquí hay alguien con quien puedo tener algo real, algo que no está controlado por una fuerza mayor".
La invitó a salir esa noche y no le sorprendió que ella aceptara de buena gana, acusándole de haber tardado demasiado.
Para cuando Sam cumplió veintiuno, ya llevaban tres meses de noviazgo. A Jessica le gustaban las fiestas y a Sam le gustaba dejarse convencer para asistir a las mismas. Celebraron su cumpleaños en un bar cercano a la universidad y Sam estuvo encantado cuando Jessica y una de sus amigas se apoderaron de la máquina de karaoke, bebiendo y riendo hasta la madrugada. Cuando el bar cerró y el grupo se dividió, Sam se dejó convencer a base de besos y caricias para llevarla a su dormitorio; caminaron en la calma de la madrugada cargados de la abundante alegría residual de una noche memorable. Susurraron palabras al oído del otro y de vez en cuando la risa de Jessica estallaba contra las paredes de los negocios cerrados causando que Sam la silenciara con una sonrisa contenta, sintiéndose aplacado al tener sus manos enlazadas, compartiendo la calidez de sus pieles. Era lo que había querido toda la vida, pero con la persona incorrecta.
Jessica llevaba dos minutos en la ducha cuando el teléfono sonó. Por un momento, Sam sopesó la idea de ignorarlo pero la curiosidad de quién pudiera ser a esas horas lo convenció de levantar el tubo.
—¿Hola? —respondió con la voz quebrada por el exceso de esfuerzo durante la celebración y el efecto del cansancio.
Tras unos segundos de silencio, la persona al otro lado contestó.
—Hola, Sammy.
—¿Dean?
La voz volvió a quebrársele, esta vez a causa de algo más doloroso. Inadvertido, perdió la fuerza en las piernas y se dejó caer sentado sobre la cama.
—¿Cómo obtuviste este número? ¿Cómo sabías que estaba aquí? —Soltó con prisa.
—¿En serio, Sammy? —Dean dejó escapar una risa aliviada que llenó de calor el pecho de Sam—. Relájate.
Intentó obedecer pero resultó imposible: le temblaban las manos y el corazón le latía con fuerza. Pasó saliva para controlar los nervios.
—¿Por qué llamas?
—Feliz cumpleaños. —Un sentimiento hermoso y aterrador lo asaltó al oír la voz de su hermano pronunciando esas palabras después de dos años; no supo qué responder—. Vamos, no creíste que iba a olvidarlo, ¿o sí?
—Lo olvidaste el año pasado —rebatió.
—Claro que no. Solo... fue complicado.
No era necesario entrar en detalles. Sam era perfectamente capaz de entender las palabras silenciosas que aquella oración cargaba. Apretó los labios, tratando de decidir si presionar o no cuando oyó a Jessica estornudar en el baño. Volteó a ver pero el sonido del agua le confirmó que Jessica aún no había terminado. Pegó el tubo contra su oído intentando acercarse todo lo posible a su hermano, aunque no tenía idea de dónde estaba Dean en esos momentos.
—¿Dónde estás? —preguntó.
—En Houston. —Hubo una pausa preñada—. Entonces... ¿cómo va todo? ¿Qué tal la universidad? Cielos, Sammy, dime algo.
—No tengo nada que contar... es decir, sí, las clases van bien, me estoy esforzando y rindiendo todo en orden, pero... no es la gran cosa.
—¡"No es la gran cosa", dice! Vamos, señor humilde, por fin puedes presumir ese cerebro que tienes, no te lo guardes, sabes que puedo soportarlo.
Sam rio. Fue una risa llena de un dolor que sirvió como revelación y deshago más que otra cosa.
—Te extraño —admitió sin proponérselo.
Dean calló de golpe y Sam cerró los ojos con fuerza, maldiciendo, antes recordar que no tenía nada de malo extrañarlo.
—Sí, bueno... pues... —balbuceó Dean; luego se aclaró la garganta—. Yo también te extraño.
—Y supongo que papá no dirá lo mismo, ¿o sí? —señaló con sarcasmo, presentando finalmente el plato rancio sobre la mesa al que no tenía sentido seguir ignorando.
—Ya sabes cómo es.
—No te atrevas. Tal vez lo olvidaste, pero la última vez que hablamos tenía tu puño estampado en la cara...
—Por lo que recuerdo, era tu puño estampado en mi cara —interrumpió Dean.
—... y sin embargo aquí estás, volviendo a contactarme, preguntando por mi vida, recordando mi cumpleaños. ¿Papá siquiera se acuerda de mí o está decidido a fingir que no existo?
—Cielos, Sam, claro que se acuerda de ti...
La puerta del baño se abrió, distrayendo a Sam del resto de la oración. Volteó justo para ver pasar a Jessica, vestida en un conjunto liviano para dormir mientras terminaba de cepillas el cabello húmedo. La chica señaló el teléfono con la cabeza.
—¿Quién es?
—Nadie, después te cuento.
—¿Hay alguien ahí? —inquirió Dean.
—Uh, sí. Mi novia —admitió.
Se sintió dividido en dos. Por un lado, estaba demasiado atento a los movimientos de Jessica alrededor de la habitación, y por el otro, estaba sumamente alerta a cualquier mínimo sonido que pudiera provenir del otro lado del teléfono. Por desgracia, una de las mitades se vio frente a un extenso silencio y Jessica comenzó a acaparar su atención por completo.
—¿Dean?
—Ah, lo siento, me sorprendiste. Estás... de verdad estás aprovechando la vida al máximo, ¿eh?
—Pues... Te dije que quería una vida normal.
—Claro. Normal. Es verdad. Te mereces la vida que quieres, Sammy. Espero que sea como siempre soñaste. Oye, tengo que cortar, así que...
—Sí, claro, entiendo —respondió Sam.
No quería colgar. No quería volver a perder contacto con Dean, incluso si todo lo que tenía era su voz al otro lado del teléfono. Si pudiera elegir, allí y ahora, permanecería pegado al aparato hasta la noche siguiente, pero Dean quería terminar la conversación y Jessica se acercaba a la cama para tomar asiento junto a él y la vida tenía un rumbo distinto al de las fantasías.
—Adiós...
—Hasta luego, Sammy.
Permaneció con el tubo junto a la oreja incluso cuando el tono muerto cantó contra su oído. Lentamente lo apartó y lo dejó en su lugar.
—¿Dean? —preguntó Jessica.
Apenas se atrevió a mirarla. Jessica conocía el nombre porque, al igual que Vanessa algunos años antes, lo había oído en los labios de Sam en el momento que menos le hubiera gustado mencionarlo, sin embargo, a diferencia de la adolescente a la que Sam casi no recordaba, Jessica no mostraba una fascinación inadecuada ni una envidia juvenil, simplemente esperaba una respuesta que Sam tenía la libertad de darle o no. Varias cosas pasaron por la mente de Sam en ese momento. Recordó su pasado e imaginó su futuro, pensó en lo que podría responderle a Jessica y en lo que en realidad quería responder y, por sobre todo, pensó en lo que sucedería con su relación a partir de este instante. Decidió, entonces, que ningún futuro a su lado valía la pena si comenzaba con mentiras y que ella merecía apartarse ahora si lo deseaba y no perder más tiempo con Sam. Su romance era demasiado reciente como para lamentar la clase de esfuerzo y dedicación que supondrían varios años dentro de una relación, por lo que, si iba a hacerlo, era mejor hacerlo ahora.
—Dean es mi hermano —admitió. Aguardó unos segundos para permitir que la información se asentara dentro de la mente de Jessica, que atara los cabos entre el nombre que ocasionalmente abandonaba los labios de su novio en las noches donde la pasión le consumía y lo que acababa de oír, al mismo tiempo que se armaba de valor para continuar—: Y estoy enamorado de él. Es por eso que abandoné a mi familia y nunca quiero hablar de mi pasado. Al menos, uno de los motivos...
Soltó una exclamación ahogada, falto de aliento, como si pudiera recuperar el aire luego de aguantar la respiración demasiado tiempo bajo el agua. Era la primera vez que lo decía en voz alta. Era la primera vez que lo ponía en palabras. La emoción que le recorrió fue eléctrica, haciéndole temblar tanto del alivio de haberlo expulsado de su pecho como de la aterradora expectativa que la posible reacción de Jessica causaba.
La chica se mantuvo en silencio y Sam no se atrevió a mirarle. Le daba miedo y vergüenza verla a la cara, además, temía que si se movía podría causar una reacción violenta en ella.
El silencio se extendió en la habitación por más tiempo del que hubiera creído posible. A esa altura habría esperado indignación, repulsión e incluso hasta gritos (¿y por qué no? Debía sentirse fatal que tu pareja estuviera enamorada de alguien de su propia sangre) pero al cabo de unos minutos todo lo que obtuvo fue un suspiro junto a su oreja. Luego, Jessica apoyó la cabeza contra su hombro.
—De acuerdo —murmuró.
Eso fue todo lo que dijeron esa noche.
Sam se mordió el labio inferior tratando de reprimir las lágrimas. Al notarlo, Jessica le besó la mejilla una, dos y tres veces. Lo abrazó hasta que Sam se sintió preparado para retomar el rumbo habitual. Sin pronunciar palabra se acomodaron bajo las sábanas y se quedaron abrazados toda la noche. Los suspiros dormidos de Jessica le acariciaron el cuello durante horas pero Sam no logró acompañarla en sueños, al comienzo; sus ojos permanecieron fijos en el teléfono de la mesa esperando que este volviera a sonar, el cuerpo listo para enderezarse de un salto, atender y volver a escuchar la voz de su hermano. Se quedó dormido esperando por un llamado que jamás iba a llegar.
Más tarde, cuando la luz del sol atravesaba los vidrios y el reloj señalaba un horario más cercano al almuerzo que al desayuno, captó con ojos entrecerrados a Jessica de pie junto a la ventana con una taza en una mano y la otra rozando los granos blancos que decoraban el marco de madera. Al notarlo despierto lo único que preguntó, tranquila y como si la noche anterior no hubiera sucedido, fue:
—¿Por qué hay sal bajo tus ventanas?
—Mmm, uh, ya sabes... —balbuceó Sam, aunque no tenía una excusa preparada.
Jessica sonrió con placidez.
—Sí. Yo tengo que pisar los cuchillos cuatro veces cuando se me caen al suelo, de lo contrario, no puedo levantarlos. —Se encogió de hombros como si las pequeñas peculiaridades de ambos fueran cosa de todos los días.
El cabello le brillaba bajo los rayos del sol y Sam supo en ese preciso instante que algún día podría enamorarse de ella. Tal vez requeriría esfuerzo y práctica, pero estaba seguro de que se hallaba frente a la puerta de la vida que añoraba y que aprendería a ser feliz, si se lo permitía.
