Holis! Gracias por todos los reviews que me están escribiendo. Yes, yo también me puse feliz de que al fin se conozcan ;;

Les dejo con el siguiente cap, amiwis.

Besitos.


CAPÍTULO IV

涙が頬をつたう 狭まった世界

Victor cruza los brazos y frunce el ceño. Yuuri siente que las palabras no le llegan. No sabe cómo es posible, pero allí, frente a él, está su ídolo…

… y él no sabe qué decirle.

Cuando finalmente se decide por un saludo inicial, el científico lo acusa con acritud:

―Tú no eres un astrofísico. ¿Qué haces aquí?

Siente que podría llorar. No, no lo es, pero ¿no es acaso amor por las estrellas lo que ambos sienten? ¿No es eso lo que Victor le ha ayudado a descubrir?

Victor niega con la cabeza como si pudiera leer su mente, y replica:

―Con esos dibujos tan horribles que haces, no puedes llamarte amante de las estrellas de ninguna forma. Además, ¿qué fue ese boceto de mi rostro? ―Victor exuda teatralidad incluso hasta cuando está molesto, y la parte de Yuuri que no está sufriendo con tan horribles palabras desearía tener un lápiz a mano para ponerse a retratar el gesto tan dramático que hace el astrofísico con su mano frente a sus facciones―. Una ardilla podría dibujar mejor de lo que tú lo haces.


Se despierta de golpe, y advierte al instante la sólida corteza del árbol contra el cual se había quedado dormido mientras dibujaba a los concurrentes del parque cerca de su casa.

Era un sueño.

Sí, sí lo era. Se siente tonto por no haberlo sabido: eso diálogos tan trillados y ridículos… Su inconsciente trata de matarlo, y aunque está acostumbrado a la inseguridad y a las pesadillas, eso no se lo había esperado.

Victor jamás diría algo así, se conforta a sí mismo y ya cuelga una sonrisa al dirigir su mirada a su libro de dibujo y corroborar que de las frondosas ramas del árbol en el que había estado trabajando han brotado estrellas.

―Realmente, las amo tanto…

Es un comentario al aire, un suspiro.

No espera respuesta.

Y aun así, la obtiene:

―Pero no eres un astrofísico, ¿verdad?

Del susto, Yuuri se lleva la mano al corazón y se aparta instintivamente del tronco. Al costado de este, apoyado con el codo como quien no quiere la cosa y vestido con un atuendo de lo más casual ―vaqueros negros que Yuuri calificaría como «bien amados» y una remera roja con la imagen de un perro caniche―, Victor Nikiforov lo observa con curiosidad. El artista levanta un índice señalándolo, como si lo estuviera acusando.

―V-V-V-Vic…

―Victor, , un gusto ―responde el aludido, estrechando la mano extendida como si esa hubiera sido la intención de Yuuri todo el tiempo―. Te vi sentado por aquí y quise pasar a saludar.

Sin más preámbulo, Victor abandona su mano para desplomarse en el césped, a su lado. Se inclina hacia delante y apoya sus antebrazos en las rodillas, la cabeza girada hacia Yuuri, quien aún no ha atinado a bajar su propio brazo tras el saludo. El astrofísico, no obstante, no le presta atención, pues ha reparado en el libro de bocetos y ya lo hojea hasta llegar a la página más reciente.

Yuuri siente que tiene ganas de reír, llorar y ―claro― vomitar al mismo tiempo. Victor Nikiforov, el mismísimo astrofísico y su ídolo desde la adolescencia, está sentado a su lado, examinando su dibujo más reciente.

―Ah… Sí que las amas ―concluye con una sonrisa que parece hablar de cosas que Yuuri no comprende al observar los resplandecientes frutos del árbol―. Esto es realmente… único.

El artista no se atreve a decir nada. Solo abraza sus piernas y mira hacia el frente, intentando pensar en alguna explicación lógica sobre lo que está ocurriendo. De pronto, Victor parece reparar en él.

―Disculpa, soy un maleducado.

Le acerca el cuaderno en un gesto delicado, gentil. Yuuri se coloca bien las gafas más que nada para asegurarse de que su cuerpo aún le responde, y toma el libro de las manos ajenas.

Victor parece notar su nerviosismo, así que le comenta con tono amigable:

―Te vi en la charla. Y, aaaaah, tenías esta cara de no entender nada en absoluto, y pese a eso, ¡lucías fascinado! ¿Cómo es eso, señor artista? ¿Cómo es que alguien cuya mente puede ver todo lo existente sin ayuda de ningún dispositivo termina en una conferencia de aquellos que tenemos que construir complejos aparatos para ver un poco más allá de nuestras narices?

Yuuri quiere responder, de veras quiere hacerlo, pero es consciente de que no podrá. De que no podrá explicarle con claridad todo lo que hizo solo para verlo a él.

Aun así, lo intenta.

―Quería verte.

Y por supuesto, las únicas dos palabras que puede pronunciar son las peores que pudo haber elegido.

La expresión de Victor es extraña, una mezcla de desconcierto e incredulidad, y una emoción que las escasas habilidades sociales de Yuuri no alcanzan a interpretar.

―¡No, no quise decir eso! ―Sus desesperadas gesticulaciones no pueden deshacer lo que ha dicho―. Es decir, ¡sí, pero no así, lo que quiero decir es…!

La sonrisa que el astrofísico le ofrece esta vez es curiosa, uno de los tantos misterios que Yuuri sabe que el universo esconde.

―Tranquilo, señor artista ―replica Victor Nikiforov, su cabeza ladeada levemente hacia un costado tal y como Yuuri lo ha visto hacer miles de veces en sus videos―. Estoy aquí.

Siente que podría morir ahora mismo, cuando, de repente, repara en un detalle que el sobresalto le ha hecho olvidar:

―Disculpe, señor Nikiforov, pero… ¿qué hace todavía en Japón? N-no trato de ofender, es solo que… tenía entendido que se quedaría únicamente dos días.

El astrofísico se encoge de hombros y responde:

―Imprevistos ―Con esa escueta explicación da por sentado el asunto y agrega con voz suave―: No te pregunté tu nombre. ¿Cómo te llamas, señor artista?

Esa pregunta, al menos, puede responderla sin hacer el ridículo.

―K-katsuki Yuuri…

Casi. Casi.

Victor voltea el rostro, se aparta, y deja que su espalda halle un apoyo gentil en el tronco del árbol.

―Katsuki Yuuri…

Los ojos de Victor se pierden en el horizonte, y Yuuri aprovecha la oportunidad para tomar un poco de aire.

―Katsuki es mi apellido… Yuuri es…

―… tu primer nombre, sí, sé algo de las costumbres japonesas ―Victor le asegura a la par que dirige la mirada de vuelta a él―. Así como sé algunas otras cosas… Entonces…, ¿puedo decirte por tu primer nombre? «Yuuri»… Sé que los japoneses tienen un montón de reglas respecto a los nombres… Bueno, sí, los rusos también, pero a mí en particular no me importan mucho: puedes decirme Vic, Victor, Vicky, sin ningún problema ―Victor habla por los dos, como intentando llenar el espacio entre su amabilidad y la incomodidad de Yuuri―. Sin embargo, de vuelta al punto, ¿puedo yo decirte «Yuuri»?

Yuuri cae en la cuenta de que los labios le tiemblan, así que solo asiente.

―¿Cómo me dirás tú, Yuuri?

Es extraño y surreal, esto de escucharlo pronunciar su nombre con su voz como el océano y, sin embargo, al mismo tiempo siente que, de alguna extraña manera, este momento encaja perfectamente con su línea de tiempo en este particular universo que le ha sido asignado.

―Solo… «Victor» ―Yuuri sonríe, y es genuino, porque tal vez el que Victor pronuncie su nombre de la manera correcta (porque tiene que ser la manera correcta frente a las maneras incorrectas de los demás si nunca su nombre ha sonado tan bonito como en este instante) es una singularidad que, contra todo pronóstico, se ha hecho un espacio en este universo―. Me gusta pensar en términos de igual a igual; nombres sin honoríficos. Como una estrella binaria, ¿algo así?

Por supuesto, él tiene que arruinar todo; siente el color retornar a su rostro, mas Victor no da señales de incomodidad.

―Si ese es el caso, Yuuri ―replica entonces mientras dirige su mirada al cielo―, estaría encantado de formar parte de tu sistema estelar.

Yuuri vuelve a sonrojarse y manotea para no dejar caer su cuaderno. Victor solo deja oír una carcajada relajada, auténtica.

Todo bajo la atenta mirada de la primera estrella que ya titila en el firmamento, anunciando la llegada de sus hermanas.


Yuuri = yo en la vida.

En fin, ¿qué les pareció?

¿Reviews? ¿Amor?

¿Estrellas?

-Pekea