Quería TANTO llegar a esto. Este capítulo se lo dedico a Carl Sagan, que seguramente nos mira desde alguna estrella (aunque según él se moría y chau), cuyo cumpleaños fue ayer (igual que el mío JEJE :D), pero no pude publicar ese día porque me concentré en terminar otro fic que me faltaba.
SO, continuando...
Pueden escuchar las músicas que mencioné en la playlist c:
Besotes y adelante.
CAPÍTULO V
滲んで見えた景色が 青く見える
Siempre alegando «imprevistos» que no dejan de replicarse (Yuuri sospecha que en realidad se trata de algún asunto enmarañado que el astrofísico no termina de resolver), Victor permanece una semana más en el país.
Una semana en la que alega contar con tiempo libre en numerosas ocasiones, y suplica a Yuuri que acomode su horario para convertirse en su guía por la ciudad en cada oportunidad.
―Yuuuuuri, ¡hoy quiero conocer el parque de diversiones donde dices que pasaste tu infancia!
Cuando Victor le escribe ese viernes de mañana, recordándole sobre su encuentro a la tarde, Yuuri cae en la cuenta de que ha cometido un error.
Es el día en que había acordado ir a observar la práctica de Yuuko, antiguo ritual compartido entre dos niños que crecieron juntos.
Piensa en una excusa, no muy seguro de a quién se la dará.
¿A Yuuko?
¿O a Victor?
Sale de su trabajo de medio tiempo a toda prisa y corre en dirección a su destino.
Se le ha hecho tarde, y no llegará a tiempo a la hora pactada ―considerando que ya es la hora pactada―. Aun así corre, corre lo más rápido que puede hasta el viejo edificio cuyas luces ya están apagadas.
Dentro, a excepción de las respiraciones entrecortadas de Yuuri, reina el silencio.
―Lo siento, Yuuko… ―menciona apenado a la par que apoya los brazos sobre la baranda de la pista―. Me tiraron trabajo a última hora…
Yuuko, a varios metros de distancia, le sonríe. Por supuesto que lo ha escuchado: su voz retumba en el edificio vacío.
―Está bien, Yuuri. Eso me dio la oportunidad de prepararte una sorpresa.
Yuuri no comprende sus palabras y su pregunta queda ahogada en la repentina melodía que inunda el predio. No es siquiera un volumen potente, mas en el absoluto silencio del lugar no hay nada que se le oponga.
El joven artista dirige la mirada hacia la sala de audio, donde Yuuko ha empleado a un astrofísico como sonidista.
Con la grabación de Mercury sonando de fondo, Victor abandona la sala de audio para dirigirse al lado de Yuuri. El artista repara en su paso lento, pausado, y luego sigue su mirada, fija en la muchacha que realiza dobles, triples y cuádruples con una facilidad tal que obliga a Yuuri a preguntarse qué hace su amiga allí en lugar de estar compitiendo profesionalmente.
Victor se detiene a su lado, y ambos observan en silencio durante varios minutos el espectáculo que solo ellos ven, que solo ellos verán, porque Yuuko es un cometa, un espectáculo de una vez en la vida que solo un artista y un astrofísico alcanzarán a descifrar.
Para cuando Saturn empieza a sonar, Yuuko está tan concentrada en su acto que no repara en el hálito de Victor que el frío materializa en el ambiente. No repara, tampoco, en las palabras que abandonan su boca:
―Tu amiga es hermosa.
Yuuri piensa que sí, que efectivamente lo es. Es más: está seguro de ello. Tal vez si se hubiera tratado de otra persona, el despistado muchacho habría murmurado un «¿en serio?» y reparado recién entonces en la belleza cotidiana como redescubriendo una flor a la vera del camino.
No obstante, es Yuuko de quien están hablando, y los sentimientos de Yuuri son de acumularse hasta ser imposibles de ignorar.
―Es la persona más hermosa que vi en mi vida.
Por alguna razón, no lo dice con el dolor que ya se había acostumbrado a sentir en su pecho, sino con una calidez que se asemeja al orgullo de un hermano. Yuuri agradece el cambio a cualquiera sea la parte del cerebro que se encargue de los sentimientos: un amor no correspondido es una cosa, pero un afecto mal ubicado es un tirón constante entre fuerzas que escapan a su entendimiento.
Victor sonríe y lo mira antes de hablar. Yuuri le responde la mirada, y se arrepiente cuando el astrofísico replica:
―Deberías haber conocido a mi tutor. Era una noche estrellada.
Como por arte de magia, Yuuri percibe un cambio en el ambiente. Es algo etéreo, casi imperceptible: Yuuko se encuentra atravesando el espacio entre planetas, Victor deja caer la espalda sobre el pasto y mantiene los ojos en las estrellas, y Yuuri…
Yuuri, como siempre, solo atina a lanzar un comentario desacertado en un intento de equilibrar una sustancia que no alcanza a comprender:
―M-me gustaría patinar como Yuuko ―Es un deseo tonto y un sinsentido, y lo advierte apenas termina de pronunciar las palabras. Hace el intento desesperado de arreglar lo roto con la mirada curiosa del astrofísico encima y agrega―: Quiero decir, sé que es imposible, pero tal vez me habría gustado aprender a patinar sobre hielo en lugar de hacer dibujos que parecen significar algo solo para mí…
Su voz va perdiendo fuerza y sus ojos la secundan clavándose en el suelo.
Soy un idiota.
A su lado, Victor, en cambio, considera la idea antes de responder:
―Soy de la opinión de que, en algún universo, tanto tú como yo somos patinadores sobre hielo. Y profesionales, para que te des una idea de las miles (no, millones) de posibilidades.
A Yuuri esta idea le da ganas de reír. Levanta la cabeza y observa al astrofísico, quien no despega su mirada de la patinadora.
―¿En algún universo, entonces, tú y yo patinamos juntos?
Victor pondera la posibilidad nuevamente, y una sonrisita que parece contar un chiste en un idioma que Yuuri no comprende agrega:
―Estoy convencido de que somos campeones mundiales en alguno de ellos, Yuuri.
―Eso es… Eso es demasiado ―Yuuri siente que la voz le tiembla un poco ante la idea de verse a sí mismo causando sensación ante un público imaginario―. A lo sumo yo sería un patinador mediocre observando tu carrera por la televisión. A lo sumo lograría competir en algunos torneos a nivel nacional, y eso sería mucho. Dios, aspirar a una medalla de plata sería mucho.
Los ojos de un azul gélido a la vez que cálido se clavan en él antes de concluir:
―Si ese fuera el caso, Yuuri, estoy seguro de que habría venido desde Rusia o desde donde fuera hasta aquí con tal de patinar contigo.
Yuuri no sabe qué decir y, no obstante, Victor sabe qué hacer. Con un gesto silencioso, le indica al dibujante que lo siga afuera.
Bajo el manto de la noche que les sonríe con todas sus pecas, Victor lleva la mano al bolsillo de su abrigo, y retira un objeto que Yuuri no está del todo seguro de conocer.
―Alguna vez deberías verlas de cerca, si tanto las amas.
Las manos del dibujante no están hechas para sostener el catalejo, quizá, como lo están las del astrofísico.
Aun así, el aumento de la lente le muestra vistas que nunca antes había contemplado: una mirada al desnudo del universo observable.
―Qué fantástico instrumento… ¿Es esto un telescopio?
Victor no puede evitarlo; se echa a reír. Yuuri aparta el objeto de su rostro y se sonroja, sintiendo sus labios temblar.
―F-fue una pregunta boba, ¿verdad? Ah, perdón, no debí…
El astrofísico solo coloca una mano sobre la que aún sostiene el aparato, y Yuuri calla. El gesto es natural y cálido en una noche de otoño que presagia días fríos por venir.
―Tu curiosidad me hace feliz, Yuuri. No es un telescopio, pero es parecido; es un catalejo. Aun así, puede acercarte más a ellas.
Yuuri no necesita siquiera preguntar a qué se refiere Victor. Este, por su parte, solo mete las manos en los bolsillos de su saco y avanza como si nada, bajando las escaleras que lo alejan del centro de patinaje.
El dibujante apenas alcanza a comprender que se está marchando.
―Espera, ¡tu catalejo! ¡Es importante, ¿verdad?!
Victor no deja de caminar al mirarlo por encima del hombro y replicar con un gesto indolente:
―Es apenas un vejestorio. Es tuyo ahora.
No vuelve a detenerse, y Yuuri no intenta detenerlo.
Siente la mano de Yuuko en su hombro minutos después, mas sus ojos están contemplando algo mucho más allá.
Arriba, Venus le hace señas con su resplandor blanquecino.
Esa noche, Yuuri siente que las piernas le tiemblan al cruzar el umbral de su casa. Todos duermen, y esto solo hace que el bombear de su sangre le parezca dolorosamente ruidoso.
Cuando alcanza su habitación, al contrario de lo que se podría esperar, no se deja caer sobre su cama, sino que toma asiento frente a su escritorio, guarda el catalejo en uno de sus cajones y enciende su lámpara de mesa.
Retira una hoja mucho más grande que las que usa normalmente y varios lápices que ha guardado para ocasiones especiales.
Y empieza a dibujar una noche estrellada.
Fuera de la habitación de Yuuri, una joven mujer aguza el oído. Escucha los trazos, el entusiasmo en sus acciones. Con una sonrisa triste, va hasta la cocina e introduce el ajado cuaderno en un sobre grande. Anota una dirección y sale de la casa.
La mujer sabe que está a punto de hacer lo correcto, aunque luego la acusen de entrometida.
Aunque puedan decirle lo contrario, Mari tiene la certeza de que nadie entiende a su hermano como ella.
¿Qué les pareció? c:
¿Reviews? ¿Amor?
¿Estrellas?
-Pekea
