Perdón por tardar, no tengo excusa, hice otro fic Victuuri y lo reajusto en estos días y lo publico la semana que viene por ahí (un lindo one-shot).

Saludos, espero que disfruten :D


CAPÍTULO XI

Still feel lost inside your eyes

Los ojos negros reflejan la luna en todo su esplendor.

Es todo lo que Victor ve.

Se decide.

Suelta el rostro de Yuuri.

Y empieza a hablar.


«Se trata de un universo casi igual al tuyo, Yuuri. Casi».

Excepto por la parte en que hay personas que no tienen identidad: personas que soñaron con dominar el mundo entero, personas que lucharon por ello, personas que perdieron una guerra, personas cuyos hijos son esclavos.

Un país llamado Ciril, el cual ya no existe, sino que se ha desperdigado en la forma de sus habitantes desarraigados que ya no tienen derecho a nada.

Es un niño que mira las estrellas cuando vienen a buscarlo. Nada más que eso y, tal vez, el dueño de una mente algo rápida. Su nombre y su apellido con el último regalo de sus padres: la identidad de su padre que solo él reconoce como tal y el nombre de su madre, un regalo ingenuo de la mujer que esperaba que su hijo venciera todo lo existente.

Lo cierto es que Victor no recuerda los crímenes de sus padres, ni carga con la culpa de lo hecho. Y, aun así, le hacen pagar por esto.

Cuando vienen a buscarlo de la granja donde crían chicos hijos de esclavos que nunca han conocido la risa de su padre o el beso de su madre, niños cuyas manos solo saben del trabajo duro y esforzado impropio de la infancia, algo dentro del bien portado chiquillo hace cortocircuito.

Es una chispa que presiente, un ramalazo de fuego cuando lo suben al auto y araña con todas sus fuerzas el vidrio del auto.

El hombre solo le da un golpe que lo deja inconsciente.

Cuando despierta, retornan el miedo y la desesperación.

Y con ellos, la cruda intención de luchar.

Esto le granjea muchos golpes más.

Al llegar a su nuevo asentamiento, su nariz sangra y está seguro de que uno de sus dientes de leche está mucho más cerca de caérsele que hace unas horas.

Esto no lo detiene: sigue peleando, retorciéndose entre los brazos del hombre que lo carga sin problemas hasta el interior del edificio gris recubierto de moho.

No les teme a los golpes ―está acostumbrado a ellos―, pero sí a las fuerzas de las que no puede defenderse.


La integración es complicada, y es por eso que Victor agradece compartir cuarto con un niño algo exhilarante: un pequeño de cabello castaño y vivarachos ojos verdes de nombre Christophe.

Christophe, pese a ser apenas un año mayor que Victor, cumple con orgullo su rol de veterano del Instituto Formador: lo pone al tanto de todas las reglas inquebrantables y de aquellas que sí pueden ser rotas con el sigilo necesario.

―Pero lo más importante que puedo decirte ―le dice al término de la primera semana que Victor pasa en su compañía― es cómo salir de aquí.

Ante esto, Victor no puede disimular su curiosidad. No presta atención a las clases que le son impartidas ese día, y solo espera el momento en que tanto él como Christophe puedan quedarse a solas y hablar al respecto.

Cuando al fin están solos, el pequeño cumple lo prometido: le dice todo lo que sabe.

―Si eres lo suficiente bueno ―explica, sentado en la cama de Victor―, vendrán a examinarte. Y no quieres fallar esa examinación.


Pasa cinco años allí: a cambio de su nombre y su identidad, aprende a realizar cálculos complejos más allá de lo que ninguno de sus coetáneos habría imaginado jamás. Las clases son estrictas y el horario es apretado, mas lo alimentan apropiadamente (no se arriesgarían a poner en peligro su cerebro) y tiene acceso a formas de satisfacer todas sus necesidades básicas.

Christophe permanece a su lado en estos años, y es el mejor amigo que Victor podría pedir. El amigo con el que comparte una confianza tan profunda que se permite conocerlo ―a Chris, y a sí mismo― a un nivel elemental, con roces torpes y labios inexpertos en las noches compartidas en complicidad.

Pero, antes que su compañero de exploración, es su amigo.

Por eso no lamenta cuando pasa su examinación y todo lo que recibe es un abrazo de despedida y una promesa de volver a verse que ambos saben que no se cumplirá.

La primera noche que pasa solo en su habitación tras ver el auto que transporta a su único amigo a algún lugar lejano del cual él solo ha oído hablar, Victor comprende que él no es la vida entera de Christophe.

Y que allá fuera debe haber algo para él también.


Cuando aún es un adolescente de proporciones torpes, le avisan que comparecerá ante una mesa examinadora.

Victor se pasa la noche anterior a la examinación sentado en una de las ramas de un árbol muerto hace tiempo.

Contemplando el cielo estrellado a través de un pequeño catalejo que solo podría ser descrito como «bien amado».


Son tres las personas que lo esperan para ponerlo a prueba: un hombre anciano, una mujer de mediana edad y un adulto joven. Victor solo mantiene la vista fija en el suelo mientras responde las preguntas de dos de ellos: es considerado un gesto de insubordinación mirar directamente a los ojos a los superiores.

Sin embargo, el más joven no habla; Victor solo lo sabe porque le falta oír una tercera voz.

Hasta que la mujer se dirige a él:

―Profesor, ¿no va a preguntarle nada? Venimos pensando que el sujeto 25126 sería una gran adición para nuestro equipo de investigación, pero deseamos oír su opinión.

Al contrario de todo lo que podría haber esperado, la voz del hombre al responder suena algo insegura y nerviosa:

―Ah, sí… Sobre eso… No necesito hacerle una sola pregunta para darme cuenta de que este chico les es inservible.

Victor no puede evitarlo; levanta la vista, porque necesita ver quién es este idiota que se atreve a arruinar con unas pocas palabras su oportunidad de salir de allí.

Es un joven de cabello negro y ojos negros, rasgados; Victor no reconoce los rasgos porque no sabe mucho sobre el mundo exterior, mas sabe que, desde el momento en que él tiene un nombre y está sentado en esa mesa, cada gota de su sangre vale más que su vida entera para este sistema cruel que no hace más que exprimirlo.

―¿Cuál es su argumento? ―cuestiona entonces el otro hombre.

El profesor solo ignora la mirada de Victor y se encoge de hombros al explicarse:

―La investigación genética es un campo de estudio fascinante que requiere, considerando su departamento, personas que sepan trabajar en equipo y responder rápidamente a lo especificidad de las tareas solicitadas. El joven aquí presente no demuestra signos de poseer la capacidad de trabajar de la forma en la que ustedes esperarían; más bien lo veo siendo avasallado por tamaña responsabilidad y otorgándoles resultados poco satisfactorios.

El silencio es pesado, y es el doble de pesado porque Victor sabe que tiene razón. Se conoce a sí mismo, y sabe cómo trabaja. Pero puede adaptarse.

Y es eso lo que dice.

―Que tenga aspectos a mejorar no significa que sea inservible ―Su voz es suave porque sabe que no debe perder la calma incluso cuando el profesor más joven enarca las cejas y los más experimentados giran la cabeza hacia él como si hubiera dicho alguna barbaridad―. Tengo solo quince años. Hay mucho que puedo aprender.

Sus palabras son una súplica, y aun así, parecen no hacer más que enojar a la científica sentada en el medio de la mesa.

―Sujeto 25126 ―masculla con los dientes apretados―, nadie te ha otorgado la palabra. Guarda silencio y compórtate.

Victor resiste la urgencia de retroceder un paso; las palabras le llegan como una bofetada.

No puede decir nada más.

Solo tiene certeza del rechazo cuando una semana entera transcurre sin noticias del equipo científico.


Por eso se sorprende cuando, un mes más tarde, se abre la puerta de la pequeña celda que hace las veces de su residencia poco antes del toque de queda.

Un guardia le gesticula que se acerque. Está por hacer eso cuando el hombre niega con la cabeza.

―No, ven con tus cosas.

Victor siente que el corazón le da un salto.

―Vienen a buscarte.

Reprime la sonrisa porque no se supone que un asistente científico pueda dejarse llevar por emociones así.

Empero, cuando se gira hacia su minúscula ventana, les dedica la mayor sonrisa posible a las estrellas.

En el bolsillo de sus pantalones de algodón, el metal frío del catalejo se siente como un cálido abrazo.


NO SABEN cómo me MATÉ de la risa por los comentarios que recibí. "Yuuri tuvo sexo con un extraterrestre D:", "LLEVATELO A TU PLANETA, VICTOR", y cosas así.

LLORO. JAJAJAJJAJAJA POR FAVOOOOOOOOOOOOOOOOOOOR.

Espero hayan disfrutado este cap y se les aclaren algunas cosas c:

(Mi headcanon es que algo pasó entre Christophe y Victor en algún momento pero, no fue romántico, sino algo entre buenos amigos con la madurez y confianza suficiente, así que quise poner algo de eso acá).

Saludos :D

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-Pekea