Perdón por tardar (como siempre). Estoy en pleno proceso de tesina y AAAAAAAAAAAAAAH.

Un abrazo, disfruten.

Advertencia: preparen pañuelos. Odio todo y me odio a mí misma por esto.

(Mentira, me amo whoops jeje).


CAPÍTULO XVI

Under sheets I'm wondering…

El final es, a diferencia de la ficción, completamente normal y cotidiano.

Es un resfriado y unos días en cama. Un mensaje en su teléfono móvil que dice:

Esta gripe es realmente persistente (´・ω・`) ¡Te juro que el lunes estaré de vuelta para continuar con nuestra búsqueda! Creo que estamos tan cerca…

La respuesta de Victor es parca: un simple «de acuerdo, el lunes, entonces», porque pese a que es un genio, todavía es apenas un adolescente inexperto incapaz de decir «cuídate, espero que estés bien».

Se pasa el fin de semana encerrado en su casa, viendo series de televisión.

No ve el mensaje que el profesor Katsuki le envía el domingo de tarde hasta ya entrada la noche.

No me siento muy bien… ¿Podría pedirte que compres unos medicamentos por mí? No creo ir mañana…

Victor responde, si bien tarde:

Mañana temprano paso por tu casa.

No aparece la notificación que le indica que el mensaje ha sido visto, mas supone que el profesor Katsuki habrá sucumbido al sueño.

Está bien, le hará bien descansar, se dice. Mañana de mañana iré a visitarlo…


Cuando baja del autobús frente a la residencia del profesor, lleva consigo una bolsita con antigripales y expectorantes. Llama a la puerta, y espera pacientemente.

(Es lógico que el profesor tarde en responder, considerando su enfermedad).

Pero los minutos pasan, y nadie abre la puerta.

Llama de vuelta una vez más, y sigue haciéndolo sin respuesta.

Es entonces cuando escucha la voz quebrada detrás de sí:

―¿Eres amigo de Yuuri?

Victor voltea. La mujer que lo observa tímidamente es, indiscutiblemente, pariente del profesor Katsuki: aunque sus ojos y su cabello sean castaños, y su estatura mucho menos imponente, sus mejillas redondeadas y la mirada tranquila a pesar de las arrugas es inconfundible. A su lado, un hombre alto y delgado de ojos rasgados guarda silencio.

―Soy su colega. Me pidió que le dejara algunos medicamentos anoche ―Victor les enseña la bolsa a la par que voltea hacia ellos―, pero vi su mensaje ya tarde y… ¿Señora?

La mujer se cubre el rostro con las manos. El hombre la rodea con un brazo, y parece ser todo lo que evita que caiga al suelo.

No.

El cerebro de Victor se niega a procesar la información. A partir de entonces, el mundo toma una perspectiva rara: como si viera las cosas desde afuera.

Como si le estuvieran pasando a alguien más.

―Señora… ―Traga saliva antes de continuar―: ¿Qué fue lo que pasó?

―Fue un accidente… ―balbucea entre sollozos―. Un accidente estúpido. Estaba muy débil, y salió a buscar los medicamentos por su cuenta… Estaba oscuro, estaba mareado, y no prestó atención al cruzar la calle…

Un automóvil. Un golpe.

Un accidente, en verdad: un estúpido accidente.


Cuando Victor hubo enviado el mensaje, Yuuri Katsuki ya estaba en camino a la farmacia.

Cuando Victor compró los medicamentos, ya era demasiado tarde.

Cuando Victor llegó al hogar del profesor Yuuri Katsuki, Yuuri Katsuki ya no existía.

Los medicamentos antigripales van a parar al tacho de basura al lado de su cama mientras la joven promesa de la astrofísica se anuda la corbata negra.


Victor permanece a un costado del hoyo recién cavado, un número más en la marea de conocidos, amigos y familiares de Yuuri Katsuki.

El joven mira a sus compañeros de trabajo, a su hermana, a sus padres, a su amiga de la infancia que habla y llora y llora y habla sobre cómo siempre estuvo enamorada de un astrónomo demasiado distraído para darse cuenta.

Qué irónico que ni siquiera su mayor desgracia es solo suya.

No obstante, aunque hasta ese momento ha experimentado todo con la distancia entre una película y su espectador, de pronto, siente una punzada similar a una flecha perforando su corazón.

Siente, también, la calidez de las lágrimas que llegan con la misma certeza con que lo hacen las primeras paleadas de tierra sobre el cajón.

La verdad es esta: toda su vida Victor ha sido un número, con desgracias intrascendentes por la felicidad desconocida de tener una familia y un lugar al cual pertenecer.

La cruda verdad es esta: ha perdido a la única persona para la cual no ha sido un número.

La ineludible verdad es esta: no sabe cómo vivir sin Yuuri Katsuki.

―Yuuri…

El Yuuri Katsuki que no alcanza a escuchar su nombre pronunciado por Victor Nikiforov.

El Yuuri Katsuki al que están enterrando.


Es algo intangible lo que lo hace no huir de la mujer enlutada que acaba de perder a su hijo.

―Entonces ¿tú eres Victor? ¿Victor Nikiforov?

Victor sabe que es obvio lo que ha ocurrido: que si él hubiera visto el mensaje de Yuuri, que si tan solo hubiera sabido, que si hubiera acudido al instante…

Es algo innombrable lo que le hace asentir y soportar con estoicismo la sonrisa rota de la madre de Yuuri a la par que su brazo le acerca un cuaderno destartalado.

―Él siempre hablaba de ti… Decía que eres el futuro de la astronomía…

¿Qué futuro?, desea preguntar Victor, mas no lo hace. ¿El que Yuuri no verá?

Es algo inconcebible lo que lo lleva a escuchar en silencio la petición:

―Este cuaderno era de Yuuri. Contiene sus anotaciones personales. Creo… Creo que eres la persona que debe tenerlo; la persona que puede asegurar el futuro… El futuro que mi hijo deseaba ver.

Es algo infinito lo que lo hace responder:

―Yo terminaré el trabajo que empezó su hijo.

No es una tarea fácil, pero él lo hará.

Él resolverá el misterio de las singularidades de los agujeros negros.

Aunque sea lo último que haga.

Lo jura allí, frente a la tumba de Yuuri, y frente a la mirada empañada en lágrimas de su madre.


Esa noche, Victor no llora la muerte de la única persona que ha amado.

No: tan solo desliza sus dedos por los trazos semifrescos y trata de seguir una línea de pensamiento para la cual ha sido entrenado durante numerosos años.

Es la mente de la persona que ama.

Y la fórmula casi terminada que conduce al descubrimiento más importante de la historia.

Al final, tal vez si llora un poquito.

Tal vez se duerme acurrucado junto a las palabras en tinta de alguien que ya no está.

Si pudiera hacerlo, el catalejo olvidado sobre la mesita de luz le daría un abrazo.


¿Qué les pareció? Mi corazón está roto (MENTIRA, me estoy riendo fuerte porque QUÉ TAN IMBÉCIL TENÉS QUE SER PARA MORIRTE ASÍ JAJAJAJA ay perdón).

¿Reviews? ¿Amor?

¿Estrellas?

-Pekea