Capítulo I
Uno, dos y tres kunai golpearon fuera del blanco de los árboles, cortando imperceptiblemente el viento a su paso. Los rojos centros que debían atravesar estaban estratégicamente acomodados por su maestro, de modo que, careciendo de la visión de su objetivo, lograra disparar en tres direcciones distintas al mismo tiempo. Corriendo hacia la diana detrás de un tronco, la más complicada de acertar, maldijo con una frustración casi infantil al notar que había fallado otra vez. Convenciéndose en su último aliento de que si se concentraba lo suficiente esa azabache arma lograría golpear el blanco que le faltaba, él juntó sus kunai entre sus dedos y volvió en su paso.
El surco entre sus cejas se hundía reflejando que, como raramente sucedía, él se lo estaba tomando en serio. Su campo visual se centraba en su objetivo, su cuerpo se posicionaba en un perfecto ataque. «Bien, te daré esta vez 'ttebasa...»
Y entonces, volvió a lanzar. En una centena de segundo, sus críticos ojos analizaron el recorrido de las tres armas. Formando una perfecta recta en el aire, avanzaron con la velocidad que él impulsó hasta finalmente clavarse a un costado del centro, otra vez. Como si la historia estuviese destinada a repetirse, Uzumaki Boruto maldijo y se lanzó al suelo, completamente rendido.
Entretanto, su sensei lo estudiaba en un gesto pensativo desde la copa de uno de los árboles contiguos.
—¡Al diablo con esto, 'ttebasa! ¡No soy perfecto como Sarada! —exclamó con palpable frustración. Sus brazos se cruzaban pertinaces tras su nuca, en señal de que había vuelto esa actitud caprichosa e infantil.
Konohamaru negó con su cabeza reiteradas veces antes de bajar de las altas ramas. Su alumno no tenía remedio.
—El sol está por caer, Boruto. Vuelve a casa. Tu madre debe estar preocupada, kore' —se acercó a él. Su voz sonaba intranquila, como si acaso intentara evitar ser arrastrado por los problemas que Boruto causaba.
El Uzumaki pareció pensarlo por unos instantes, hasta que se dio la vuelta en el suelo, fingiendo dormir. Sus manos hacían de una factible almohada al tiempo que sus piernas se inclinaban en posición fetal.
—No tengo ganas —cerró sus ojos.
El hombre suspiró y se sentó a su lado, observando el cielo adornarse en tonalidades naranjas, mezclándose con los restos de las últimas nubes dispersándose. Inconforme con su breve respuesta, hizo una pausa antes de hablar, consciente de la bomba que lanzaría.
—Todo esto es por Sarada, ¿verdad?
—¿Q-Qué dices? —bajó su voz, levemente molesto. Imágenes de la misión de hoy retornaron a su consciencia, exasperándolo aún más.
—Sabes, es normal que ella se enoje contigo si la molestas todo el tiempo, kore'.
—No es mi culpa que sea una amarga y aburrida —remató. Su cuerpo se había enderezado en alerta y ahora el cálido cielo se reflejaba en sus orbes azules.
Konohamaru sintió que había vivido esto demasiadas veces por el poco tiempo que lideraba en el Equipo 7. Sin embargo, de alguna forma, podía entenderlo.
—Boruto, acepta de una vez que ella es tu compañera de equipo —lo miró con firmeza— No llegarán a ningún lado si continúan discutiendo por pequeñeces. ¿Por qué te empeñas en molestarla?
Silencio. «¿Por qué lo hago?» Aquella pregunta que parecía ser tan simple tenía la fuerza suficiente para resonar con bullicio dentro de su mente. Para él, llevarle la contraria era una especie de juego. Y, si lo pensaba demasiado, llegaba a la conclusión de que molestarla era la única manera para que ella le prestara la suficiente atención, al menos por un momento. Sólo de esa forma Sarada volteaba a verlo, lo perseguía con amenaza en sus ojos o acercaba su rostro al suyo abrupta e intimidantemente. Sí, le gustaba molestarla. Pero estaba casi seguro de que aquello no era unilateral.
—¿Por qué no le dices nada a ella, 'ttebasa? No es una niña tan recta como todos creen —entre extrañas muecas, el chico se sinceró— Cuando está conmigo, se torna diabólica.
Konohamaru ahogó una pequeña risa por la descripción. Debía comportarse como un adulto ahora mismo. Su alumno lo miraba con ojos anhelantes, esforzándose tímidamente por ocultar su necesidad. Al verlo, se percató de que el rubio iba completamente en serio, como no siempre ocurría.
—Sé que es algo mutuo, Boruto —el chico se paralizó de repente— Y eso es lo más preocupante, kore'. Si Sarada no quisiera que la molestes, ¿no crees que te habría hecho pedazos hace un tiempo?
Imágenes de la descomunal fuerza de su compañera de equipo invadieron su mente y un escalofrío erizó por completo su espina dorsal. Sólo un golpe bien dado y él quedaría inconsciente por un buen tiempo. La experiencia se lo había demostrado. «Ella da miedo, 'ttebasa», pensó. Sin embargo, las palabras de su sensei lo conducían hacia un camino ciertamente claro.
—Hey, nii-chan... ¿Estás diciendo que a ella también le gusta molestarme?
—¡Llámame sensei! —él cayó en su juego, otra vez. Al instante, Konohamaru aclaró su garganta para recuperar su compostura— Como decía; por supuesto que es así. Conozco ese tipo de relaciones, kore' —Konohamaru sonrió con triunfo—. Quizás ustedes son muy niños para entenderlo, pero creo que Sarada se siente igual que tú, sólo que su orgullo no le permite demostrarlo. Pero estoy seguro de que si quieres acercarte a ella, no te rechazará. Tarde o temprano sus verdaderos sentimientos saldrán a la luz.
—Acercarme a ella... —pensó en voz alta
No iba a negar que la idea le provocaba curiosidad. ¿Cómo reaccionaría la recta Sarada si él de repente intentase estar a su lado de una forma amable? El silencio congeló el ambiente por un momento. Boruto clavó sus ojos en el sol que comenzaba a ocultarse, quizás tanto como ellos solían hacer. «Tal vez si yo no intervengo, ella seguirá así 'ttebasa». Y aquello fue suficiente para impulsar a alguien como él a levantarse una vez más. Definitivamente lo conseguiría.
—Gracias, Konohamaru-nii-chan. Creo que ya sé que hacer —extendió su puño, una amplia sonrisa adornaba su rostro— Será sencillo. Conseguiré que Sarada sea sincera conmigo. Ya verás 'ttebasa.
Konohamaru le devolvió la sonrisa. En sus adentros, casi que podía sentir la voz del Séptimo y del Cuarto Hokage enorgulleciéndose de él. Había ayudado a que Boruto crezca como hombre y eso no tenía precio.
—Y bien... ¿Cuál es tu plan, kore'?
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—Entonces, ¿qué ha pasado al final? —su madre le preguntó. Cierta delicadeza se distinguía en su voz.
La azabache probó un bocado de arroz antes de hablar, como procurando deshacerse del mal sabor de su boca. Sakura la observaba con ojos enternecidos; sus instintos maternales comprendían a la perfección lo que su hija estaba sintiendo. Sarada tragó, notoriamente irritada. Odiaba estar en esa vulnerable posición.
—Ya te dije, mamá. Hemos ido a atrapar unos bandidos con Konohamaru-sensei. En realidad era una misión sencilla, pero... —hizo una pausa, recordarlo le generaba impaciencia— Ya sabes el resto, mamá. Boruto siempre arruina las cosas.
La pequeña Uchiha soltó un cansino suspiro mientras comenzaba a mover su comida de un lado a otro. Irremediablemente, el apetito se le había ido, lo que empeoraba su humor aún más. Por el reflejo de sus lentes, podías ver sus ojos arrugarse por la ira.
—Sarada, ¿no crees que eres muy cruel con él? —la pelirrosa arqueó sus cejas
—¡No! ¡Tú no lo conoces, mamá! Él no es como el Séptimo —alzó sus brazos— Tiene esa maldita necesidad de llamar la atención todo el tiempo. ¡Es tan insoportable!
Su madre se tomó unos segundos antes de hablar, eligiendo cautelosamente las palabras que usaría.
—¿Y piensas que molestándolo tú también solucionarás su actitud? Entiendo cómo te sientes, cariño. Pero no veo que hagas algo al respecto. Pareciera que en realidad él te... —Sarada la interrumpió en un grito ahogado
—¡No lo digas! ¡Ni se te ocurra pensarlo!
Sakura endulzó el ambiente con su risa. Debía tratar a su hija entre pinzas si no quería desatar una tragedia. Le recordaba tanto a ella que no podía evitar reír.
—Bueno, bueno, no lo diré. Pero piénsalo, ¿sí? Te contaré algo para que reflexiones —apoyó sus codos en la mesa. De repente, una nostálgica sonrisa adornó su rostro, provocando que Sarada la observara con intriga—. Tu padre era igual conmigo cuando éramos genin. Bueno, en realidad era una relación muy distinta a la de ustedes, pero... Se podría decir que lo perseguía con mis intenciones amorosas, al igual que Boruto te persigue para molestarte, o te lleva la contraria. Sasuke-kun solía decir que era una molestia para él, pero en el fondo, siempre atesoró en su corazón cada una de mis palabras, cada uno de mis actos. Sólo que, ya sabes... Las cosas no estuvieron a nuestro favor por mucho tiempo. Pero tal vez no estés siendo sincera contigo misma, al igual que él lo era en esos momentos.
Aunque previamente había oído algunos fragmentos de su enredada historia de amor, Sarada abrió sus ojos con cierto asombro. ¿Realmente su padre era tan parecido a ella con sus sentimientos?
Sin embargo, aquella expresión le duró tan sólo unos instantes; Sarada procuró recuperar su semblante enseguida. Por supuesto que eso no pasó desapercibido para los inquisitivos ojos de su madre.
—Veré qué hacer, mamá. Gracias por contarme tu historia y por la comida, pero necesito una ducha —se levantó, casi escapando.
—¡Oh, Sarada! No has terminado tu cena —hizo un puchero.
—¡Lo siento, mamá! ¡Prometo que comeré luego si me da hambre! —gritó desde las escaleras
Aunque no sabía exactamente de qué, Sarada estaba huyendo. Y por alguna razón, sentía que vaya a donde vaya, esta vez no tenía salida. Se sentía extrañamente atrapada en su propio cuerpo.
Tras unos presurosos minutos, la azabache se acurrucó entre la lluvia artificial con urgencia, como si acaso sus pensamientos pudieran barrerse con el fluir del agua. El vapor se adhería y limpiaba profundamente cada una de sus respiraciones, incitándola a cerrar sus ojos en calma. Sin embargo, a dondequiera que su mente fuera, parecía irónicamente desembocar en un mismo punto. Como jugándole una mala pasada, su memoria la condujo al recuerdo menos conveniente.
En la misión de esa mañana, el Equipo Siete acordó que Boruto actuaría como carnada para que Sarada le diera el golpe final a los bandidos de una problemática organización delictiva. Siguiendo el plan, Mitsuki los acorralaría desde el otro lado y los llevarían a la policía. Y aunque parecía ser un apunte perfecto, la realidad y los ideales no eran precisamente lo mismo. Cuando la Uchiha estaba por dar el golpe definitivo, Boruto intervino alabando sus propias cualidades para afrontar él solo la sencilla situación.
—¡Déjenmelo a mí, 'ttebasa! —con una amplia sonrisa, señaló su pecho con su pulgar
—¡Boruto, no lo hagas! ¡Recuerda el plan! —Sarada bramó desde su posición
Sin embargo, ya era demasiado tarde. Boruto abandonó su papel de señuelo y un Rasengan se comenzó a formar en su mano. En una fracción de segundo, los ladrones sufrieron el impacto de su jutsu y varios árboles fueron completamente arrasados de la fuerza. Con eso, había llamado la suficiente atención como para permitir que uno de ellos escapara. Afortunadamente, Mitsuki había sido lo suficientemente rápido para tomar su lugar y reparar su error.
—¡Agh! ¡Siempre haces lo mismo, bakaboruto! —enfurecida, alzó su puño.
—¿Qué hay de malo, 'ttebasa?
Sus manos descansaban en su nuca con despreocupada calma, y esa actitud no hacía más que potenciar la ira de su compañera de equipo.
—¡Casi echas a perder la misión! ¡Agradece que Mitsuki siempre está atento a tus errores!
Mitsuki parecía no inmutarse en lo absoluto. En realidad, él era completamente neutral en sus discusiones.
—Lo importante es que salió bien, ¿verdad? Además, mi Rasengan es mejor que tus golpes —se burló.
Aquella fue la gota que rebalsó el vaso.
—¿Ah? ¿Insinúas que no podría haberlo hecho yo misma? —en un aura casi demoníaca, Sarada se acercó a él— ¡Te recuerdo que seré la próxima Hokage!
Boruto agradeció profundamente que el sensei Konohamaru apareció en el momento indicado para, como siempre, calmar las brasas entre los dos.
Aún en la relajante ducha, Sarada comenzaba a molestarse por ese amargo recuerdo. «¡Es tan insoportable!», bufó.
Quizás lo peor del asunto era que ella realmente sabía que no todo era tan malo en él. Por alguna razón, sus sentimientos continuaron fluyendo hacia las veces en las que Boruto la había salvado del peligro, que se había preocupado por ella, o incluso cuando mencionó que la protegería. Incluso su mente divagó hasta el día en que su sueño de ser Hokage finalmente se cumpliera. ¿Será que él estará a su lado para ese entonces?
Sarada negó con su cabeza, intentando disipar aquella imagen de sus pensamientos. «No es que me afecte si él está o no». Y con esa última afirmación, la azabache apagó la ducha.
Quizás lo único que ella necesitaba era una sesión de entrenamiento. Probablemente, un remolino de emociones negativas no hallaba una escapatoria de su cuerpo, y de esa forma su mente se sentía perdida y confusa. No había mejor manera de canalizar sus energías que entrenando. Sí, estaba segura de que se trataba de eso. Prometiéndose que mañana definitivamente le destinaría su tiempo, la Uchiha volvió a su cuarto para tener su noche de descanso.
Sin embargo, al instante que un primer pie golpeó seco en la habitación, sus sentidos se alertaron. La fría brisa proveniente de las cortinas abiertas acarició su piel en un tinte duramente amargo. Sarada jamás dejaba sus ventanas abiertas. Casi automáticamente, su campo visual se tiñó de un vivo color carmesí que, apoyado por la oscuridad de la noche, podía llegar a estremecer a cualquiera. La Uchiha se acercó al marco ventanal con sus instintos encendidos. Sin embargo, no parecía haber nadie allí. Tan sólo su propia respiración, sus propios latidos, muriendo con el movimiento de las grandes hojas chocando entre sí.
Sarada arrugó su ceño. Aunque su mente había vagado por la idea, no podía simplemente admitir que se trataba de un tonto descuido de su parte. Confirmando sus sospechas, la azabache encontró un pequeño pergamino rojo reposando sobre su almohada. «¿Qué rayos es esto?», se preguntó. Profundizando su estado de suspenso, las cortinas se deslizaron en una ráfaga detrás de ella. Examinándolo con ojos críticos, Sarada recordaba haber visto ese tipo de pergaminos en algún lugar.
Manteniendo su calma aún en situaciones límite, la joven Uchiha dio un profundo respiro antes de abrirlo en la distancia. Consciente de que podía tener alguna especie de trampa dentro, había tomado los recados necesarios para un ninja. Sin embargo, al deslizarlo por el suelo, nada extraño ocurrió. «¿Una nota?», pensó. Sus ojos se impregnaron en duda. Sobre el blando papel, una prolija caligrafía en tinta negra resaltaba en su suavidad. Con la intriga a flor de piel, Sarada deslizó su vista por el mensaje.
"Es extraño, pero la única forma de acercarme a ti es esta. Eres una Uchiha y todos dicen que son demasiado orgullosos. ¿No crees que deberías dejar de ser tan recta y esforzarte por ocultar tus sentimientos? Nadie es feliz así. Y puede que quien te escriba esto se sienta igual que tú".
En la esquina inferior, una firma decía "para Sarada, de tu admirador más secreto". Respecto al emisor, no tenía otra información más que esa. Al terminar de leerlo, un tonto rubor invadió sus mejillas. Y, como si cada una de esas palabras prolijamente escritas hubiese acariciado cada parte de su piel, un trémulo hormigueo había aturdido sus movimientos.
«Yo... ¿Tengo un admirador secreto?», pensó. Su corazón dio un vuelco y su cuerpo cayó seco en la cama.
